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Edición Nro 216 - Junio de 2017


M.A.f.I.A.

Los vínculos entre el mundo católico y la esfera estatal y política

“Volver a la normalidad”

Por Sol Prieto*

En el año y medio de gobierno de Cambiemos se observa una activa complementariedad entre la Iglesia y el poder estatal que se manifiesta en la educación o las políticas de memoria. Luego de una cierta “ruptura” durante el kirchnerismo, Argentina parece encaminada a revitalizar su tradicional matriz católica.

l mundo católico es en todas partes heterogéneo y múltiple. Incluye jerarquías locales e internacionales, órdenes, congregaciones, movimientos, agrupamientos de laicos, grupos de expertos, científicos, intelectuales y cuadros políticos, organizaciones parroquiales, hospitales, sindicatos, organizaciones sociales y políticas, partidos, universidades, cientos de miles de escuelas, grupos de sociabilidad intensa. Incluye a millones de católicos y católicas que se relacionan con sus creencias, con sus prácticas, con su Dios y sus santos de las maneras más diversas. Esto ocurre también en Argentina. A fines de la década de 1970, el sociólogo francés Émile Poulat publicó un libro llamado Iglesia contra burguesía cuya principal premisa es que no hay un solo catolicismo, por lo tanto no hay una sola Iglesia católica y, por lo tanto, eso que llamamos “la Iglesia católica” es el resultado de una serie de pujas entre los distintos catolicismos para definir los vínculos entre lo que está más allá de este mundo y lo que está acá. En estas latitudes, el sociólogo Fortunato Mallimaci trabajó sobre los distintos catolicismos presentes en Argentina, donde el apoyo de la jerarquía eclesiástica y parte del movimiento católico a múltiples dictaduras militares generó tensiones, dislocamientos y la emergencia de una multiplicidad de identidades religiosas y políticas dentro del campo católico.

Hitos seculares y límites

Si se toma como punto de partida esta multiplicidad, los vínculos entre la Iglesia y la esfera estatal y política a lo largo del corto período argentino de estabilidad democrática pueden analizarse en términos de complementariedad y autonomía como categorías no exentas de matices. En la década de 1990, por ejemplo, la jerarquía de la Iglesia coincidió con las posiciones gubernamentales ante temas sensibles para el catolicismo como la educación, los derechos de las mujeres y los derechos sexuales y reproductivos y apoyó al Gobierno en estas cuestiones. Pero, a medida que las políticas liberalizadoras comenzaron a dejar secuelas, obispos y sacerdotes alertaron sobre la situación de emergencia social, participando cada vez más visiblemente de la esfera pública y abriendo un margen de autonomía.

De la misma manera, entre 2003 y 2015, los gobiernos kirchneristas tuvieron muchas políticas de ruptura respecto a la complementariedad activa del menemismo: la elección de funcionarios laicos y no vinculados a familias católicas tradicionales en la Secretaría de Culto y en la Embajada ante el Vaticano; el apoyo a dos mujeres en la Corte Suprema que habían sido criticadas por la Iglesia debido a sus opiniones en torno al aborto; el sostenimiento de una política de memoria y derechos humanos que marchó en el sentido opuesto a la idea de reconciliación sostenida por la Iglesia; la defensa de posiciones en torno a los derechos de las mujeres y las minorías sexuales en las Naciones Unidas que se encontraban en contra de las posiciones del Vaticano; la reducción de los fondos destinados a las iniciativas de caridad promovidas desde las organizaciones vinculadas a la Iglesia y el incremento del presupuesto de los programas sociales dependientes del Estado; la sanción de una ley nacional que establece la educación sexual en escuelas primarias y secundarias y otra ley en defensa de los derechos sexuales y reproductivos; la expulsión del obispo militar luego de que dijera que el ex ministro de Salud, Ginés González García, debía ser “arrojado al mar con una piedra de molino atada al cuello”; la ausencia anual en el Te Deum de la Catedral Metropolitana, y las leyes de matrimonio igualitario e identidad de género, fueron medidas políticas consideradas por muchos como verdaderos “hitos seculares”. Pero al mismo tiempo persistió un vínculo de subsidiariedad o delegación en algunas esferas de la política pública, sobre todo en el terreno educativo. Además, quedó pendiente de respuesta el reclamo insistente por parte del movimiento de mujeres de dejar en cada mujer la decisión sobre si seguir o interrumpir un embarazo. El financiamiento de la Iglesia católica (sobre todo a través de contribuciones a obispos, becas a seminaristas, salarios para capellanes) y la consideración de ésta como una persona pública en el Código Civil también fueron cuestiones que marcaron un límite a esta dinámica de autonomía. A pesar de estos matices, es difícil negar que esta dinámica existió.

Rasgos de complementariedad

Desde esta perspectiva, si bien el gobierno de Cambiemos es un fenómeno aún incipiente como para definir categóricamente si la tendencia que predomina es de complementariedad o de autonomía, desde diciembre de 2015 a esta parte se manifestaron seis rasgos que marcan la existencia de lazos de complementariedad activa entre la Iglesia católica y la esfera política y estatal.

El primer rasgo de complementariedad está en el gobierno de la educación. Esto se debe a tres motivos. Primero, la creciente provincialización educativa. La provincialización de las paritarias docentes no parece, a primera vista, un fenómeno directamente vinculado a la Iglesia ni a cualquier dinámica religiosa. Sin embargo, la descentralización educativa en los últimos veinte años implicó la consolidación de un sector de salida privada (mayoritariamente confesional) del sistema estatal que permite absorber la nueva demanda educativa. Además genera focos estatales de poder que son más débiles a la hora de gestionar frente a un actor fuerte y homogéneo como son los colegios católicos cuando negocian con el Estado. La provincialización de la paritaria docente, al descargar sobre los gobernadores todo el peso de la negociación del salario docente, refuerza esta dinámica porque permite a los gobernadores tomar las subvenciones a las escuelas confesionales como variable de ajuste. Para un gobierno provincial, un crecimiento de la matrícula o un aumento de salarios resultan más fáciles de afrontar con un incremento de las subvenciones o aportes a las escuelas de gestión privada antes que con la apertura de nuevas escuelas estatales. Esto redunda en más vínculos entre el Estado y la Iglesia debido a que las escuelas confesionales son las que, generalmente, reciben estas subvenciones: el 75% de las escuelas privadas con subvención total y el 61% de las escuelas privadas con subvención parcial en Argentina son confesionales. De las escuelas confesionales, el 96% son católicas. Esto puede generar un crecimiento de la educación confesional tanto en el porcentaje de la matrícula provincial (demanda) como en los porcentajes de unidades educativas (oferta) y de gasto estatal transferido a estas escuelas. Este crecimiento ocurrió cada vez que existieron descentralizaciones educativas. El segundo motivo por el que se puede hablar de una tendencia a la complementariedad en el gobierno de la educación es la presencia de un discurso oficial que le quita valor a la educación de gestión estatal: el presidente de la Nación dice que los alumnos argentinos “caen en la escuela pública”; el ministro de Educación explica la variación de los resultados del plan Aprender a partir del tipo de gestión de las escuelas a las que asisten estos alumnos (aunque todos los estudios educativos muestran que esta variación se debe al nivel socioeconómico de los hogares y no al tipo de escuela); la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires basa su discurso político en la afirmación de que los alumnos de las escuelas estatales no tienen clases. En suma, por diferentes factores, el discurso oficial siempre reafirma que las escuelas de gestión estatal tienen menos valor que las de gestión privada, las cuales son, en su mayoría, confesionales. El tercer motivo por el que se puede hablar de rasgos de complementariedad en el gobierno de la educación de Cambiemos es la presencia de cuadros católicos en las carteras educativas tanto en la Ciudad de Buenos Aires como a nivel nacional. Este rasgo, recurrente en los gobiernos democráticos, no había estado presente durante el kirchnerismo y con Cambiemos volvió a aparecer. Personas provenientes de la Vicaría en Educación del Episcopado porteño, de grupos políticos y pedagógicos formados en la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA), políticos y especialistas provenientes del entorno del católico notable Santiago de Estrada circulan por ambos Ministerios y toman decisiones de política educativa. El propio Esteban Bullrich tiene una trayectoria católica y recientemente habló de los beneficios que podría traer aparejada la inclusión de contenidos religiosos en la currícula de las escuelas estatales. Aunque es poco probable que esta expresión de deseos del ministro se implemente, el hecho de que lo diga marca un quiebre en relación a los ministros anteriores y muestra su pertenencia a un catolicismo en el cual pensar en una iniciativa de este tipo es posible.

El segundo rasgo de complementariedad está en la mirada asistencialista sobre la pobreza y las políticas sociales que se derivan de esta perspectiva. Esta mirada asistencialista se caracteriza por ir a contramano de las políticas sociales universalistas y por apoyarse en las organizaciones de la sociedad civil, muchas de inspiración católica o con fuertes vínculos con la Iglesia, para implementar políticas de ayuda social. El año pasado el Gobierno destinó alrededor de 55 millones de pesos a organizaciones como CTEP, Techo y Cáritas para que realizaran un relevamiento social en villas y asentamientos del Área Metropolitana de Buenos Aires y en todo país. Este año, a través de la Resolución 201-E, el Gobierno creó el Programa de Transición al Salario Social Complementario a través del cual se les da la potestad a estas organizaciones de incluir como destinatarias de una asignación mensual de 4.000 pesos a aquellas personas que hayan finalizado su participación en algunas líneas de asistencia económica individual de programas como Trabajo Autogestionado, Construir Empleo u otras acciones especiales de empleo del Ministerio de Trabajo.

El tercer rasgo de complementariedad puede observarse en la designación de un obispo castrense, Santiago Olivera, luego de que este lugar estuviera vacante durante años como consecuencia de la pelea irresuelta del gobierno de Néstor Kirchner con el obispo Antonio Baseotto. Aquella disputa, que se desarrolló sobre todo en 2005, no se tradujo en un cambio institucional dado que el Obispado Castrense siguió existiendo como figura jurídica. Sin embargo, marcó un límite por parte del gobierno a la matriz de militarización y catolización integral que comenzó en Argentina en la década de 1930 y llegó a su punto más alto en la última dictadura militar. La designación de un nuevo obispo no depende solamente del Gobierno sino también del Papa (quien nombra y asigna obispos a las distintas diócesis) y eso se constata en el perfil de Santiago Olivera, que definitivamente no coincide con el de Baseotto. Olivera se manifestó en contra del fallo de la Corte Suprema por medio del cual se aplicó la ley conocida como “dos por uno” a los militares condenados por crímenes de lesa humanidad que permitía su salida anticipada de la cárcel. Sin embargo, la designación de un obispo castrense después de doce años marca una suerte de “vuelta a la normalidad” que, teniendo en cuenta lo rupturista de la disputa del kirchnerismo, puede leerse en clave de complementariedad.

El cuarto rasgo de complementariedad se puede rastrear en las posiciones respecto a la memoria sobre la última dictadura militar y a los militares que perpetraron crímenes de lesa humanidad. Durante los debates previos a la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, así como luego de que comenzaran a desarrollarse los juicios, la Iglesia sostuvo que la última dictadura militar debía ser entendida como un período en el que existieron excesos tanto por parte de las Fuerzas Armadas como por parte de las organizaciones guerrilleras, y que los crímenes cometidos por los militares durante ese período debían ser tramitados en el marco de una amplia reconciliación social. Estos discursos fueron, en general, desoídos por el poder político y el Poder Judicial durante el kirchnerismo. En cambio, durante el gobierno de Cambiemos, muchos funcionarios sostuvieron posturas similares a ésta y la Corte Suprema tomó la decisión política de permitir la salida anticipada de prisión de un condenado por crímenes de lesa humanidad tan solo dos días después de que se diera a conocer un nuevo pronunciamiento del plenario de la Conferencia Episcopal Argentina en el sentido de la llamada “reconciliación”.

El quinto rasgo de complementariedad se observa en el nombramiento de Santiago de Estrada como secretario de Culto. Más allá de una excepcionalidad, la selección de De Estrada para este cargo implicó reafirmar la posición de numerosos gobiernos, tanto autoritarios como democráticos, de colocar a un cuadro católico institucional con una relación privilegiada tanto con la jerarquía eclesiástica como con el movimiento católico, atendiendo a su rol de posible intermediario entre el Gobierno y la Iglesia (1). Durante el kirchnerismo, tanto la Secretaría de Culto como la Embajada en el Vaticano fueron lugares en los cuales, a diferencia de otros gobiernos, no se habían promovido perfiles como el de De Estrada. El hecho de que esta Secretaría vuelva a un apellido como éste constituye otro signo de “vuelta a la normalidad”.

Por último, existe una complementariedad de tipo cultural o social entre el mundo de los católicos y las redes de las que surge Cambiemos y en las que se reclutan funcionarios y cuadros políticos. Ésta se genera a través de una serie de lugares de socialización (colegios, ONG, etc.) en los que convergen sobre todo factores de clase y territoriales, pero también religiosos. Si bien este fenómeno no es homogéneo, y por lo tanto no abarca a la totalidad de la coalición gobernante ni a la totalidad del mundo católico, es un hecho que en última instancia incide en el discurso político. Y por lo tanto en las maneras de pensar y actuar sobre los problemas públicos. La razzia posterior a la marcha de las mujeres del 8 de marzo en la que la policía detuvo ilegalmente a mujeres lesbianas, por ejemplo, resultaría impensable políticamente si estas redes no existieran.

Diferencias

Estos rasgos de complementariedad no son perfectamente determinantes ni homogéneos. Como en otros momentos de la historia argentina, la misma jerarquía eclesiástica que apoya a un Gobierno o tiene posiciones similares en algunos temas, puede ser muy crítica en relación a otros, por ejemplo, la cuestión de la pobreza y el agravamiento de los indicadores sociales. Al mismo tiempo, esas posiciones contienen y sintetizan de manera imperfecta a varios espacios con posiciones políticas diferentes.

Tampoco existe homogeneidad dentro de Cambiemos, donde conviven posiciones cercanas a las de la Iglesia en cuestiones, por ejemplo, relativas a los derechos individuales, con otras posiciones ideológicamente opuestas. La propia dinámica social hace prevalecer unas tendencias sobre otras según el momento y los consensos mayoritarios. En el año y medio que lleva Cambiemos en el poder, los rasgos de complementariedad parecen ser mucho más nítidos que los rasgos de autonomía. Pero esto, como todo lo que sucede en el mundo social, mañana puede cambiar.

1. F. y G. Giorgi, “Santiago de Estrada, entre el Estado y la institución católica. La trayectoria de un dirigente católico desde Onganía a Macri”, Revista de Ciencias Sociales, segunda época, Año 8, Nº 29, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, otoño, 2016.



* Socióloga, becaria doctoral (CEIL-CONICET).


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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