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Edición Nro 217 - Julio de 2017


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La acción sindical en la contienda electoral

Después del sueño del presidente obrero

Por Ana Natalucci*

A pesar del proceso de desindicalización del peronismo y de la creciente fragmentación y heterogeneidad del movimiento obrero, los dirigentes gremiales continúan jugando activamente en el terreno de la política, como lo confirma su participación en las listas para las PASO. ¿Cuáles son los desafíos de la representación sindical en el escenario actual?

a gran pregunta que atravesó al campo sindical durante el kirchnerismo fue cómo los sindicatos recuperaban su poder corporativo mientras hacían política en un contexto de regreso del Estado. Las diferentes respuestas en torno a qué implicaba hacer política, si había que recuperar el rol de columna vertebral, convertirse en la cabeza del movimiento nacional o fundirse en el kirchnerismo, fueron decisivas para el proceso de fragmentación. Como resultado, en diciembre de 2015 había cinco centrales y por lo menos cuatro nucleamientos.

Desde ese entonces el contexto socioeconómico cambió drásticamente. El gobierno de Cambiemos operó un giro neoconservador que, entre otras cuestiones, desmanteló las instituciones y protecciones laborales. Aunque aún no formalizó un proyecto de reforma laboral, hay indicadores que muestran el rumbo de su política: la incorporación en las negociaciones paritarias de aumentos por productividad, el pago por presentismo o los cambios en el otorgamiento de licencias. En esta coyuntura, las elecciones son pensadas como la instancia para legitimar una acción de gobierno –y con ella, el ajuste que anticipan actores gubernamentales clave– que no fue la prometida durante la campaña electoral.

En cuanto al mundo sindical, la pregunta se abre actualmente en dos direcciones. Por un lado, ¿cómo se resiste esa transformación en las relaciones laborales? Y por otro, ¿cuál es la estrategia sindical en el proceso político actual y específicamente en la contienda electoral? ¿Qué implican los posicionamientos de apoyo que diferentes dirigentes sindicales han realizado a las fuerzas políticas y sus precandidatos? ¿En qué medida contribuyen a reconstruir la representación sindical?

Como premisa general, cada posicionamiento supone un solapamiento de varias dimensiones: económicas, organizacionales, gremiales, de identificación partidaria e ideológicas. El modo en que se conjuguen y la que predomine definirán el perfil que asuma cada organización sindical. En este escenario, es importante tener presente que no es la CGT como central la que interviene en las contiendas electorales, sino que son los nucleamientos los que deciden cuál es su participación. Por último, también hay que considerar que la acción política tiene una doble dirección: una orientada hacia los acuerdos intra CGT que permite la dinámica interna y otra hacia el campo político. En definitiva, un accionar político con demandas corporativas y políticas. Sobre estas últimas nos vamos a concentrar.

Breve historia de la desindicalización

Desde los 80 se habla de la desindicalización del peronismo. Pero, ¿qué significa esto? ¿Que los sindicalistas dejaron de ser peronistas o de hacer política? ¿o que el peronismo no alberga este tipo de representaciones? En verdad, cuando se alude a este proceso se alude al momento en el que el peronismo renunció a la distribución movimientista que había adoptado en su momento originario. Es decir, la organización por cuotas como estrategia para organizar las diferentes ramas que coexistían en su interior. De esto se trató básicamente la Renovación Peronista, de la derogación de esos cupos junto con el fortalecimiento del sector político luego de los largos años de la proscripción. Los recursos y militantes ya no provenían sólo de la rama sindical, sino que había una creciente expansión de lo territorial. Finalmente, el viraje neoliberal asumido por Carlos Menem no sólo vació ideológicamente al movimiento, sino que produjo un brutal desacople con sus bases sociales.

En 2003, con la emergencia del kirchnerismo, el peronismo se convirtió más en una posibilidad identificatoria, en el sentido de ofrecer un vocabulario común y un imaginario desde el cual formular una interpelación política, que en una reapropiación de la forma organizativa. No todos los dirigentes compartían esta percepción, de allí que algunos reclamaran recurrentemente la restitución del 33% de los lugares. Como señala Ezequiel Meler (1), si bien este porcentaje no siempre se cumplió, funcionaba como un orientador de la acción; un imaginario construido alrededor de un pasado que se esperaba recuperar.

En este contexto se produjeron las transformaciones del mundo del trabajo que modificaron la fisonomía de la clase trabajadora y desarmaron el universo obrero en el cual el sindicato era la mediación organizativa prioritaria. De este modo se puede entender por qué los movimientos sociales, lejos de ser transitorios, tuvieron un significativo crecimiento, al punto de compartir el espacio político con los sindicatos y partidos políticos con los que no siempre han tenido buena relación.

En consecuencia, por cuestiones estructurales y políticas internas al peronismo la desindicalización del peronismo ha cobrado un carácter irreversible.

Formas de hacer política

Ahora bien, ¿este proceso de desindicalización implicó que los dirigentes sindicales hayan dejado de hacer política? ¿Cómo entender entonces los sucesivos intentos de los nucleamientos sindicales por mantener, con diferentes niveles de estabilidad, relaciones con fracciones del peronismo?

Una recapitulación breve muestra que entre 2005 y 2011 los posicionamientos estaban distribuidos en dos grupos. El primero, conformado por Luis Barrionuevo o Gerónimo Venegas (fallecido el 26 de junio) y su alianza con Eduardo Duhalde. El segundo, por los nucleamientos de la CGT Azopardo (Independientes y MTA) en el Frente para la Victoria (FPV). En ese período, además, todas las fracciones sindicales contaban con diputados, por lo que la sumatoria total era significativa. No obstante, la fragmentación del espacio licuaba su incidencia política.

La ruptura del moyanismo con el kirchnerismo y la posterior fractura de la CGT en 2012 movieron todo el tablero: si hasta entonces se discutía el salto a la política como modo de recuperar el poder político, desde entonces se ampliaron los tópicos: el lugar del movimiento obrero en el peronismo, las formas de hacer política legitimadas y los sujetos autorizados.

Este proceso de fragmentación no clausuró las expectativas políticas de los nucleamientos sindicales; más bien las reorientó. Así, en mayo de 2013, Moyano y un conjunto de sindicatos agrupados en la CGT Azopardo fundaron el Partido de la Cultura, la Educación y el Trabajo (CET) que para las elecciones de medio término de ese año estableció una alianza con Francisco de Narváez en el Frente Unidos por Libertad y Trabajo. Esta fuerza obtuvo el 5,43% de los votos y se quedó con el cuarto lugar. La división de la CGT también alcanzó a la Juventud Sindical. Su conductor, Facundo Moyano, se acercó al Frente Renovador y en 2015 renovó su banca como diputado bajo esa bandera.

En la CGT Alsina la discusión fue dispar a causa de la diversidad de sectores involucrados. Los principales, sin embargo, eran dos: el Movimiento de Acción Sindical Argentino(MASA) y la Corriente Federal de Trabajadores (CFT). El MASA se conformó a partir de la emergencia de dicha CGT y en su documento fundacional, “Unidos o dominados”, se reconocía como continuador de la línea del Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA). Los acuerdos se restringían a las negociaciones gremiales y a la alianza con el gobierno nacional presidido por Cristina Fernández de Kirchner. En las elecciones de 2013 y 2015 jugaron dentro del FPV. El segundo nucleamiento es la actual Corriente Federal de Trabajadores (CFT), cuyo origen se remonta a fines de 2014 cuando surgió la Corriente Político Sindical Federal (CPSF), integrada principalmente por gremios del interior del país. En la “Declaración de Córdoba” postulaba la necesidad de discutir un programa del movimiento obrero y profundizar el proyecto nacional y popular. En 2015, la CPSF apoyó activamente la candidatura presidencial de Daniel Scioli (FPV). A través de acuerdos con el “Núcleo del MTA” y la Asociación Bancaria en agosto de 2016 fundaron la CFT. Una de sus fracciones permaneció cercana al kirchnerismo, manteniendo reuniones con dirigentes políticos, inclusive con la misma CFK. Al respecto, hay dos acontecimientos recientes para destacar. Por un lado, la reunión organizada en el Sindicato Argentino de Docentes Privados (SADOP) el pasado 4 de mayo donde la ex presidenta insinuó una autocrítica a la relación que mantuvo durante su gobierno con los sindicatos. Por otro, el lanzamiento del Frente Sindical para la Victoria (FSV) a principios de junio, una especie de agrupación de extracción gremial pero con participación directa en el espacio político kirchnerista. La gran novedad de este espacio es la articulación de dirigentes provenientes de la CGT y la CTA, que permitió renovar los debates al interior del movimiento obrero e hizo explícito un clivaje generacional.

Para resumir, los sindicatos y sus dirigentes siguen haciendo política, aún en este marco de fragmentación. Vale destacar que como los sindicatos no cuentan con personería política para presentarse a elecciones, deben aliarse con frentes electorales. Para ello crean partidos políticos con personerías acotadas a ciertos distritos, lo que permite entender algunas de sus acciones.

En el escenario actual, y frente a las elecciones legislativas, algunos nucleamientos han optado por hacer política por fuera de sus sindicatos (MASA), otros pensando en la contigüidad del trabajo corporativo y el político (CET y gremios pertenecientes a la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte, CATT) y otros fundiéndose en un espacio político mayor (FSV). Los dos primeros suponen acuerdos coyunturales con algún frente político en los que prima una lógica de intercambio de militantes para fiscalizar y de recursos para la campaña por lugares expectantes en las listas. Sin embargo, la permanencia de los diputados electos en esos bloques legislativos suele ser precaria; una vez asumida la banca se forman bloques gremiales que responden al nucleamiento antes que al frente electoral.

Desde esta lógica deben entenderse los recientes acuerdos entre Hugo Moyano (Camioneros), Luis Barrionuevo (Gastronómicos), Armando Cavalieri (Comercio), Roberto Fernández (UTA) y Omar Maturano (La Fraternidad) con el Frente Renovador de Sergio Massa, y el de Hé ctor Daer con Florencio Randazzo. Un caso más complejo es del partido Fe presidido, hasta su fallecimiento, por Gerónimo Venegas, ferviente anti-kirchnerista, cuya trayectoria osciló entre Duahlde y Cambiemos desde 2015. En este caso parece priorizarse un acuerdo ideológico entre cúpulas, sobre todo si se tiene en cuenta la diferencia brutal entre las bases sociales de cada fuerza. La última posición (hoy reflejada en el FSV) supone la participación en el espacio kirchnerista, no como cabeza o columna sino como una parte más. En este sentido, implica el pasaje de una concepción del movimientismo como distribución de cuotas a uno entendido como construcción política.

La trayectoria de la Central de los Trabajadores de la Argentina (CTA) ha sido diferente. Desde su fractura en 2010 las posiciones se bifurcaron entre los confesamente kirchneristas y aquellos que siguen bregando por un instrumento electoral autónomo. La CTA de los Trabajadores –presidida por Hugo Yasky– ha participado entre 2013 y 2017 del FPV. La CTA Autónoma sufrió otro quiebre a causa de las disputas al interior de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). El secretario general de la seccional Capital, Daniel Catalano, es un activo miembro del espacio sindical kirchnerista y uno de los fundadores del FSV. Por su parte, la línea de Víctor De Gennaro y Hugo Godoy (ATE Nacional) ensayó para 2015 el Frente Popular –que no logró la cantidad de votos necesaria para presentarse en las elecciones generales– y recientemente fundó el Frente Socialista y Popular.

Una nueva representación

Algunas preguntas siguen abiertas: ¿por qué si los dirigentes sindicales intentan sucesivamente hacer política y ganar puestos políticos electivos seguimos hablando de un proceso de desindicalización? ¿Cuáles son los desafíos de la representación sindical en el escenario actual? Como se mencionó anteriormente, el sindicato perdió su estatuto como mediación organizacional prioritaria, perdiendo el monopolio de la representación del mundo popular. En este sentido, estudios recientes del campo de la historia política han deconstruido ciertos consensos clásicos de la histografía y han ensayado que la pervivencia del peronismo no debe atribuirse sólo a una clase social relativamente homogénea o a la fortaleza de las organizaciones sindicales que se incorporaron a él, aun durante su proscripción. La explicación debe buscarse también en el carácter constitutivo que tenían los sindicatos en la vida asociativa del mundo popular como ordenadores de la experiencia cotidiana.

Volviendo al presente, si acordamos con estas premisas y asumimos que ese mundo popular organizado por el trabajo fordista ha sufrido una tremenda mutación desde la emergencia del neoliberalismo, es evidente que la representación sindical tal como la conocíamos hasta ahora cambió inexorablemente.

Este proceso no fue voluntad del actor sindical, ni exclusivo de Argentina, en donde hay intentos de reconstruir aquella representación. En otro trabajo (2) analicé las implicancias para la acción sindical en el marco de una clase trabajadora sumamente fragmentada, no sólo respecto de la cobertura legal y sindical, sino también al interior del colectivo de trabajadores formales. La insistencia de los nucleamientos sindicales por seguir participando en política y contar con diputados propios es una estrategia en el camino de reconstituir esa representación. Si bien esta estrategia es necesaria, ya que han sido diputados sindicales los que tuvieron una atención especial a cambios regresivos pero también progresivos en materia de normativa laboral, ésta no puede ser la única. De hecho durante 2016 la CGT promovió el fortalecimiento del vínculo con movimientos sociales y colectivos de trabajadores como la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP).

Este proceso está en curso y no tiene un destino predeterminado. Dependerá más bien de las acciones sindicales y de su capacidad para ampliar y consolidar una nueva representación sobre la actual y heterogénea clase trabajadora.

1. Ezequiel Meler, “Las internas justicialistas de 1983: reflexiones preliminares”, ponencia presentada en el workshop El Estado, lo político, la cuestión social y la cuestión sindical (1850-2014), Universidad Nacional de Lanús, Buenos Aires, 2014.

2. Ana Natalucci, “El sindicalismo peronista durante el kirchnerismo (2003-2015)”, en Martín Rodríguez (dir.) ¿Existe la clase obrera?, Le Monde diplomatique/Capital intelectual, Buenos Aires, 2017.

* Doctora en Ciencias Sociales. Investigadora Adjunta del CONICET con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani, UBA.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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