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Edición Nro 221 - Noviembre de 2017


Cécile Marin

Una potencia nuclear consumada

Corea del Norte atemoriza al mundo

Por Martine Bulard*

El verborrágico presidente estadounidense, Donald Trump, prometió “destruir completamente a Corea del Norte” si su líder, Kim Jong-un, osa lanzar un ataque. Francia y Rusia impulsan el diálogo pero con la condición innegociable de la detención del programa nuclear norcoreano. Una propuesta de acercamiento que ya se muestra como un fracaso.

l diablo nuclear ha salido de su caja. ¿Podremos volverlo a introducir? No es la primera vez que pasa en la República Popular Democrática de Corea (RPDC): el primer ensayo data de 1993. Pero, desde el año pasado, Kim Jong-un hace sonar la carga a un ritmo desenfrenado: diez lanzamientos de misiles balísticos de alcance intermedio e intercontinental en veinte meses; tres ensayos nucleares reivindicados.

Este desbocamiento fue acompañado por un desfile militar espectacular y por la difusión de imágenes saturadas de misiles y de tanques (el 15 de abril pasado), de fanfarronadas belicosas y de amenazas contra las ciudades estadounidenses, que el hombre fuerte de Pyongyang amenaza con “reducir a cenizas”, al igual que Guam, verdadero portaaviones estadounidense en pleno Océano Pacífico. El artefacto lanzado el 14 de septiembre recorrió 3.700 kilómetros antes de estrellarse en el océano, mostrando así que esa isla situada a 3.400 kilómetros de la capital norcoreana ya no está fuera de alcance. Por el momento, el doctor Strangelove de Asia se cuidó mucho de tirar en esa dirección. Sólo los japoneses oyeron el sonido estridente de las sirenas que señalaban el sobrevuelo por su territorio.

Las provocaciones de Kim Jong-un son respondidas por las declaraciones verborrágicas y otras “tweetonadas” de Donald Trump. A Pyongyang, el presidente estadounidense le promete “una furia y un fuego jamás vistos en el mundo” (8 de agosto); a Pekín, considerado demasiado débil, lo amenaza con cortar los puentes comerciales, porque “los que hacen negocios con [los norcoreanos] ya no podrán hacerlos con nosotros” (3 de septiembre); a Seúl, le hace saber que la estrategia de “apaciguamiento” del presidente recién electo Moon Jae-in “no conduce a nada” (3 de septiembre).

Ha terminado el tiempo en que el actual inquilino de la Casa Blanca aseguraba estar “dispuesto a encontrarse con Kim, si las circunstancias se prestasen” (1). En lugar de utilizar a la Asamblea General de Naciones Unidas, el 19 de septiembre, para lanzar un llamado a la paz, decidió echar nafta al fuego amenazando con “destruir completamente a Corea del Norte”. El Pentágono y sus expertos están estudiando los escenarios de una guerra, total o parcial, preventiva o defensiva, e incluso el del asesinato selectivo del dirigente norcoreano, aunque reconocen que “todas las opciones son malas” (2).

Francia también posee sus halcones (detrás de sus escritorios). “Frente a Corea del Norte, la opción militar es la menos arriesgada”, asegura la responsable del polo Asia de la Fundación para la Investigación Estratégica Valérie Niquet (3). Los veinticinco millones de personas que viven en la región de Seúl, a menos de sesenta kilómetros de la frontera norcoreana, deben estar agradecidos. Hasta Steve Bannon, el ex consejero estratégico del presidente estadounidense, que no se puede clasificar en el campo de los pacifistas quejumbrosos, considera que “no hay una solución militar” (4). No importa. Como un jefe de Estado Mayor, la sinóloga francesa sueña con remodelar la región con una Corea del Norte desnuclearizada y terrestre, una China rebajada en sus ambiciones regionales, una Corea del Sur lastimada pero satisfecha de que “sus llamados a las represalias más severas” hayan sido escuchados, y unos Estados Unidos ratificados en su papel de ángeles de la paz… Como en Irak, probablemente.

Exceptuando algunos conservadores particularmente endurecidos, la gran mayoría de los surcoreanos es demasiado consciente de las consecuencias para apostar por la opción militar. Moon Jae-in ciertamente aceptó el despliegue del sistema antimisiles Thaad (Terminal High Altitude Area Defense), que había congelado desde su llegada a la cabeza del Estado, el 10 de mayo pasado, lo que no hace más que agregar armas a las armas. Pero reclamó del presidente estadounidense que no decida nada “sin consultar” a Seúl (es lo menos que puede hacer). Y, según un dirigente del Ministerio de la Unificación, encara dar al Norte “una ayuda humanitaria de 8 millones de dólares vía las organizaciones internacionales como Unicef y el Programa Alimentario Mundial” (5). El presidente habla de tomar lo que él llama la “doble vía”: las presiones y el diálogo. Pero al adoptar el punto de vista estadounidense se priva de todo crédito.

Oportunidades perdidas

“El presidente Moon se puso en el lugar del chofer pero no está en el auto adecuado”, explica el profesor Park Sun-song, del Instituto de Estudios Norcoreanos en la Universidad Dongguk de Seúl. “Debería hacer presión sobre Washington”, para que abandone su política del todo o nada. Porque no hay ninguna posibilidad de obtener una rendición incondicional del dirigente norcoreano. No se resolverán pacíficamente las tensiones sin comprender sus raíces.

En este escenario peligroso, Pyongyang tiene miedo, no de Seúl, sino de Estados Unidos. Los dirigentes norcoreanos lo creen capaz de invadir su país para acabar con un régimen públicamente calificado de “bribón”. A su manera de ver, el armamento nuclear es algo así como el único seguro de vida posible, la fuerza del débil frente al gigante militar mundial. Por falta de esa arma temible, explican a quien quiera oírlos, Irak fue destruido por los estadounidenses, que por otra parte se abstuvieron del aval de la ONU. Por el contrario, fueron obligados a negociar con Irán, que estaba a punto de “nuclearizarse”. En cuanto a Libia, había renunciado en 2003 a su programa de armamento nuclear a cambio de la promesa de integrar el campo de las naciones respetadas. “Vemos lo que ocurrió; es sabido lo que valen esas promesas –asegura un interlocutor norcoreano que prefiere conservar el anonimato–. No hicimos todos esos sacrificios para llegar a eso.” Ni hablar de seguir el camino de Trípoli.

En efecto, el problema de la nuclearización no data del primer descendiente de la dinastía Kim. Como lo recuerda el historiador estadounidense Bruce Cumings (6), “a menudo se olvida que fue Estados Unidos quien, en 1958, introdujo por primera vez armas nucleares en la península coreana”, o sea, cinco años después de la guerra entre el Norte y el Sur, menos de quince años después de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki. La carrera comenzaba. Con discreción y el apoyo soviético, la RPDC se dotó de las tecnologías necesarias, al tiempo que firmaba el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) en 1985. La caída de la URSS, el aliado más cercano al régimen, lo convenció de controlar la cadena. Después del desaire infligido por George H. Bush a Kim Il-sung, el abuelo del actual dirigente, cuando éste propuso abrir discusiones para obtener un tratado de paz y un pacto de no agresión, Corea del Norte disparó su primer misil en 1993 (7). Dispuesto en un principio a hacer frente a Pyongyang, el presidente William Clinton terminó por firmar un acuerdo marco en 1994 cuya cosecha no es desdeñable: detención del reactor de Yongbyon, entonces sellado, vigilancia de las instalaciones, creación de un consorcio formado por las dos Coreas, Estados Unidos, Japón y la Unión Europea y encargado de construir dos centrales nucleares de agua liviana aptas para suministrar la electricidad que necesitaba el país, ayudas alimentarias y petroleras, prosecución de las negociaciones para una normalización de las relaciones. Pero no fue más allá de la fase de las discusiones. Así, cuando en abril de 1997 Pyongyang solicitó su admisión al Banco Asiático de Desarrollo para financiar su crecimiento, Washington y Tokio impusieron su veto. “Apenas la RPDC comenzaba a abrirse al exterior ya se encontraba aislada y estrangulada por sanciones internacionales”, explica el periodista Philippe Pons (8). En cuanto a las centrales eléctricas, nunca verán la luz del día. George W. Bush (el hijo), que había llegado al poder en 2001, cerró todas las puertas al término de una serie de manipulaciones –fugas de informaciones que resultaron erróneas, acusación de financiamiento al terrorismo montada de punta a cabo (9)–.

Los conservadores estadounidenses estaban persuadidos de que el régimen, privado de la ayuda soviética y enfrentado con una hambruna mortífera, podía derrumbarse bajo el peso de las sanciones. Mal cálculo. Alimentada con el nacionalismo más exacerbado, la población se alineó detrás de los dirigentes, que anunciaban con bombos y platillos su retorno a la escena nuclear. La RPDC se retiró del TNP en 2003, rechazando todo control de los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Tres años más tarde, se produjo su primer ensayo subterráneo; un paso decisivo hacia la bomba. Fue el fracaso del primer ciclo de “negociaciones de a seis” (las dos Coreas, Estados Unidos, Japón, Rusia, China) impulsado por Pekín, que por primera vez se implicaba activamente. Los dirigentes chinos lanzaron un segundo ciclo que, en febrero de 2007, desembocó en una detención de la central de Yongbyon y el retorno de los inspectores del OIEA a cambio de la entrega de petróleo y un levantamiento (parcial) de las sanciones. Una vez más, la administración Bush se mostraba inflexible: se negó a considerar a Corea del Norte como un Estado normal y a aliviar su embargo. El gobierno norcoreano volvió a esgrimir su bastón nuclear y realizó un segundo ensayo subterráneo (mayo de 2009), abriendo un nuevo período de tensión que desembocó en 2012 en un acuerdo (alimentos por congelamiento de los lanzamientos) tan frágil como los otros. La continuación es conocida. En cada etapa, los dirigentes norcoreanos subieron la apuesta.

Desde 1993 se adoptaron no menos de doce resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En contra de una idea muy generalizada, China las votó a todas, salvo en 1993 (cuando se abstuvo). Lo cual no significa que aplicó celosamente las sanciones: lo acredita el continuo aumento de los intercambios comerciales entre ambos países, que pasaron de 3.460 millones de dólares en 2010 a 6.530 millones en 2013, con una muy leve baja en 2016 (6.050 millones). Desde mediados de febrero, las compras de carbón se detuvieron, luego las de textiles y de pescado. Los dirigentes chinos, sin embargo, se negaron a cerrar totalmente la canilla del petróleo, cosa que exigía Donald Trump.

Singular relación entre Pyongyang y Pekín, que defendió la existencia de su vecino durante la Guerra de Corea (1950-1953) al costo exorbitante de por lo menos un millón de muertos; una relación hecha de entendimiento cordial y odio apenas velado. Pyongyang jugó a veces con la difunta Unión Soviética, otras con China, para no ceder un ápice de su independencia. En la actualidad, Kim Jong-un sólo cuenta consigo mismo. Desde su llegada al poder en 2011 y la de Xi Jinping en 2013, los dos jefes de Estado nunca se encontraron; una novedad en la historia de los dos países. El dirigente norcoreano incluso eliminó a todos aquellos que, a su alrededor, podían ser sospechados de alguna simpatía china. Entre ellos su tío Jang Song-thaek, número dos del régimen, espectacularmente detenido y ejecutado en 2013. Lo que equivale a decir que los medios de presión de Pekín son mucho menos reales de lo que algunos piensan.

Ayer tabú en la esfera pública china, la cuestión de las relaciones con ese molesto vecino se muestra ahora a la luz del día. Zhang Liangui, profesor en la escuela central del Partido Comunista, habla sin pelos en la lengua: “Las sanciones adoptadas por China carecen de fuerza y de coherencia. Por el momento son ineficaces y demasiado débiles” (10). Críticas raras para un intelectual de ese rango. Otros, a imagen del profesor Shi Yinhong, de la Universidad del Pueblo (Renmin) de Pekín, consideran que, “bajo la presión estadounidense, China multiplicó otro tanto y más aun las concesiones… al punto de casi perder todo margen de maniobra política”. Los medios militares, se dice en Pekín, verían de muy mala manera el abandono de Pyongyang, con la consecuencia del estacionamiento de tropas estadounidenses a lo largo del río Yalu, frontera natural entre Corea y China. Xi Jinping navega con una extrema prudencia. El muy oficial Global Times, por otra parte, se empeñó en recordar que, si “China y Estados Unidos coinciden en la desnuclearización de la península, divergen en la manera de alcanzar el objetivo. Washington cree que la crisis puede ser resuelta imponiendo cada vez más sanciones económicas […]. Pekín piensa que eso sólo podrá hacerse mediante discusiones” (11). Para luego recordar la idea china de “suspensión contra suspensión”; un congelamiento de las actividades nucleares y balísticas contra un congelamiento de las maniobras conjuntas estadounidenses-surcoreanas. La proposición cayó en el vacío.

Como lo resume el presidente ruso Vladímir Putin, “los norcoreanos preferirían comer pasto” antes que abandonar su programa nuclear. Menos presente en la RPDC que China, la Rusia vecina se preocupa también por la nuclearización de la península y rechaza todo “estrangulamiento” de Pyongyang, que no le dejaría otro camino más que la implosión (12). Moscú reclama la apertura de “discusiones directas” con los dirigentes norcoreanos. Tal es también la posición del presidente francés Emmanuel Macron (13). Sin embargo Francia, único país europeo (con Estonia) que no reconoció la RPDC, no está en condiciones de tener peso en las soluciones. ¿Cómo salir del atolladero?

Una región explosiva

Ya sea que se lo lamente o no, la RPDC se unió al círculo cerrado de las potencias nucleares. Como en su tiempo Pakistán o India. Aunque no es signatario del TNP, Nueva Delhi no dejó de ser respaldado por Washington y las otras naciones nucleares, que levantaron las sanciones en su contra. Su vecino paquistaní no se benefició con semejante tratamiento de favor. Estas decisiones de doble estándar no ayudan mucho a convencer acerca de la sinceridad de los corifeos del desarme. Por otra parte, la debilidad del TNP es conceder a cinco países el privilegio de imponer a los otros lo que ellos rechazan para sí mismos (véase el mapa). De ahí la importancia del tratado sobre la prohibición de armas nucleares adoptado en Naciones Unidas, el 7 de julio pasado, que apunta a imponer a todos los Estados un desmantelamiento controlado de su arsenal.

Mientras tanto, Pyongyang dispone de una fuerza de disuasión nuclear. Más que hacer de su desmantelamiento una condición previa a la discusión, más valdría iniciar un diálogo estratégico que implique a la vez el reconocimiento del régimen, por fin liberado de su estatuto de paria, un tratado de paz sólido, un compromiso de no agresión y un desarme recíproco. De nada sirve mirar para otro lado: la fuerza de choque norcoreana perturba el orden asiático. Tokio, actualmente bajo el paraguas estadounidense, podría dotarse de su propia bomba, al igual que Seúl. Por lo tanto, hay que pensar y actuar de otra manera para evitar una nuclearización en cascada de la región.

En efecto, Lee Heajeong, profesor de Ciencia Política y de Relaciones Internacionales en la Universidad Chung-Ang de Seúl, estima que “si uno se encierra únicamente en la cuestión de Corea del Norte, no hay solución. Lo que importa es la cuestión de la paz en una región que conoció la ocupación japonesa, [la guerra civil] en el seno de la península, el estacionamiento de las tropas estadounidenses”, y que se congeló en el statu quo de la Guerra Fría. Hay que encontrar los caminos para “una cohabitación equilibrada entre las dos Coreas independientes, Japón, China, y determinar el peso y el papel de la presencia estadounidense”. Esto no se arreglará a fuerza de misiles.

1. Margaret Talev y Jennifer Jacobs, “Trump says he’d meet with Kim Jong-un under right circumstances”, Bloomberg News, 1-5-17.

2.Marc Bowden, “Here’s how to deal with North Korea. It’s not going to be pretty”, The Atlantic, julio-agosto de 2017.

3.Le Monde, 6-9-17.

4.Rubert Kuttner, “Steve Bannon, unrepentant”, The American Prospect, Nueva York, 16-8-17.

5. NK News, Seúl, 14-9-17.

6.Bruce Cumings, “A murderous history of Korea”, London Review of Books, 18-5-17.

7. Véanse las declaraciones del ex ministro surcoreano de la Unificación en “La réunification de la Corée aura-t-elle lieu”, Le Monde diplomatique, París, enero de 2016.

8. Philippe Pons, Corée du Nord. Un État-guérilla en mutation, Gallimard, París, 2016.

9. Ibid.

10. Financial Times, Londres, 6-9-17.

11.“North Korea, trade to top Trumps’s visit to China”, Global Times, Pekín, 14-9-17.

12. Andrei Lankov, “Why Russia may use its veto power on new North Korea sanctions”, NK News, 10-9-17.

13. Agencia France-Presse, 15-9-17.

* Jefa de Redacción Adjunta de Le Monde diplomatique, París.


Traducción: Víctor Goldstein


 
 
 

En vigor desde 1970, el Tratado de No Proliferación (TNP) estipula que sólo los Estados dotados de un arma nuclear antes del 1° de enero de 1967 tienen el derecho de continuar sus programas: China, Francia, Reino Unido, Rusia y Estados Unidos.

A pesar del TNP, algunos países poseen clandestinamente la fuerza nuclear (India, Pakistán, Israel y, actualmente, Corea del Norte); otros renunciaron a ella aun cuando poseían las tecnologías necesarias, como Suecia (en 1968), Suiza (1969), Argentina (1983), Sudáfrica (1989) o las antiguas Repúblicas soviéticas… Al mismo tiempo, Washington construyó una cadena de radares y de bases antimisiles alrededor del planeta. 

La mejor forma de luchar contra la proliferación es prohibir las armas nucleares para todo el mundo. El 7 de julio de 2017, en la ONU, 122 Estados adoptaron un tratado en este sentido. Una primicia, aun cuando, como era de esperar, los Estados nucleares no lo votaron.  

En vigor desde 1970, el Tratado de No Proliferación (TNP) estipula que sólo los Estados dotados de un arma nuclear antes del 1° de enero de 1967 tienen el derecho de continuar sus programas: China, Francia, Reino Unido, Rusia y Estados Unidos.

A pesar del TNP, algunos países poseen clandestinamente la fuerza nuclear (India, Pakistán, Israel y, actualmente, Corea del Norte); otros renunciaron a ella aun cuando poseían las tecnologías necesarias, como Suecia (en 1968), Suiza (1969), Argentina (1983), Sudáfrica (1989) o las antiguas Repúblicas soviéticas… Al mismo tiempo, Washington construyó una cadena de radares y de bases antimisiles alrededor del planeta. 

La mejor forma de luchar contra la proliferación es prohibir las armas nucleares para todo el mundo. El 7 de julio de 2017, en la ONU, 122 Estados adoptaron un tratado en este sentido. Una primicia, aun cuando, como era de esperar, los Estados nucleares no lo votaron.  

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