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Edición Nro 222 - Diciembre de 2017


Residencia presidencial de Olivos, 17-8-17 (Marcos Brindicci/Reuters)

Desafíos y límites de la derecha en Argentina, Brasil, Perú, Paraguay y Chile

Cuando la elite llega al gobierno

Por Federico Vázquez*

Luego del ciclo progresista, América Latina está cambiando de orientación. La reforma laboral, la contracción del mercado de consumo y el ajuste estatal bajo la pauta de una supuesta modernización son las marcas de estos nuevos gobiernos. 

auricio Macri, Michel Temer, Pedro Pablo Kuczynski, Horacio Cartes y Sebastián Piñera –si el 17 de diciembre vence en la segunda vuelta en Chile– están cambiando abruptamente el color político de América Latina. ¿Qué tipo de gobiernos están llevando adelante? ¿Hay una nueva economía bajo el sol, un nuevo pacto social con sus electorados? ¿Se los puede pensar con una sintonía equivalente a la que alcanzaron en la década pasada Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula Da Silva, Evo Morales y Néstor y Cristina Kirchner? ¿Tsunami, oleada o marea pasajera?

Tan distintos

En primer lugar, una anotación necesaria. En el caso de Brasil, cuyo peso específico es superior a la suma de todos los demás países de la región analizados, la derecha conquistó el gobierno sin pasar por las urnas. Fueron los diputados y senadores quienes decidieron reemplazar a Dilma Rousseff por Temer. Si se trató o no de un golpe de Estado es a esta altura menos importante que advertir que ese acceso por la ventana puede ser parte de una “excepcionalidad permanente”, la cual tendría un segundo y letal capítulo si el Poder Judicial le prohíbe a Lula competir en las elecciones presidenciales de octubre de 2018.

En el resto de los países la derecha llegó al gobierno mediante elecciones limpias, legitimada por el voto popular, algo que ya había ocurrido desde mediados de los 80 en buena parte de la región y desde principios de los 90 en Chile. Lo que sí aparece como novedad son las biografías de estos nuevos líderes. El anterior ciclo neoliberal estuvo protagonizado por referentes salidos de la academia (Fernando Henrique Cardoso), de partidos populares (Carlos Menem) o aventureros improvisados (Alberto Fujimori). Pero esta vez surgen de un mismo molde. No alcanza con decir que Macri, Kuczynski, Cartes y Piñera provienen de los sectores más privilegiados de sus respectivas sociedades. Son, más específicamente, miembros de una pequeñísima elite, a la que a lo sumo pertenecen una docena de personas en cada uno de los países.

Macri lleva uno de los apellidos más emblemáticos del empresariado local. Algo parecido pasa con Piñera: según la revista Forbes, cuando inició su primera presidencia en 2010 su fortuna personal ascendía a unos 2.000 millones de dólares, incluyendo entre sus propiedades a Lan Chile, la tercera empresa privada más importante del país sin contar el sector minero.

Kuczynski no amasó grandes fortunas ni las heredó, pero su biografía no es menos elitista: hijo de un alemán y una francesa, vivió poco tiempo en Perú y se educó en distintas escuelas europeas. Además de su título como economista en Oxford, entre sus destrezas figura ser concertista de piano y flauta traversa, instrumentos que cultivó en el Royal College of Music de Londres. Cuando volvió a Perú ya llevaba años trabajando como funcionario del Banco Mundial.

Una versión menos glamorosa pero igualmente privilegiada es la de Cartes, presidente paraguayo desde agosto de 2013. Supo estudiar cuestiones ligadas a la aviación en Estados Unidos y, ya como empresario, fue acusado de estafa al Banco Central. Su fortuna lo ubica como uno de los principales millonarios de Paraguay.

Distinto es el caso de Temer, abogado de la Universidad de San Pablo que ascendió bajo el clásico formato de político de carrera brasileño. Pero Temer no es un líder emergente sino más bien el mascarón de proa de un accidente. Sin proyección política futura y totalmente desprovisto de apoyo social, parece ser el punto de unión coyuntural de los intereses de la elite brasileña antes que su representante a futuro.

Durante el ciclo de gobiernos progresistas circulaba la idea de que aquellos presidentes se parecían a las sociedades que gobernaban. El metalúrgico Lula, el militar de origen humilde Chávez Frías, el cura Fernando Lugo, el indígena y cultivador de coca Evo Morales...hasta los millonarios Kirchner tenían una biografía emparentada con la de las amplias clases medias argentinas, ajena a los símbolos culturales de la elite.

En contraste, los presidentes actuales muestran un pedigree homogéneo que los aleja de la experiencia cotidiana de sus compatriotas y votantes. Si esto resultará un problema para vincularse con sus gobernados se verá con el tiempo. Por ahora puede decirse que no fue un obstáculo para que fueran elegidos.

Las agendas

Si hay un hilo conductor entre las agendas de estos gobiernos es el intento por llevar adelante reformas vinculadas a la modernización, expresiones que aparecen repetidas en los discursos presidenciales y a la hora de justificar ciertas políticas, aunque detrás del arbusto conceptual se escondan deseos más bien primarios como la reforma laboral, el recorte del gasto o la tendencia a tomar deuda como un yonki.

Por su profundidad y regresión histórica, la reforma laboral brasilera es la expresión más dura de ese afán reformista. Prácticamente todos los artículos de la ley van en la dirección de aumentar el margen de negociación empresaria y disminuir el de los trabajadores y sindicatos: acuerdos a nivel de empresa por debajo de lo que estipula la ley, doce horas de trabajo continuo, posibilidad de fraccionar las vacaciones en tres períodos y hasta reducir el almuerzo a 30 minutos. Pero además la ley afecta directamente el poder de los gremios: la contribución sindical, un descuento anual automático sobre el salario del trabajador, se convierte en optativa.

El caso argentino –todavía en fase legislativa– es más críptico. Las organizaciones sindicales parecen haber logrado morigerar los artículos más ofensivos al derecho laboral, aunque la dirección del proyecto mantiene sus rasgos flexibilizadores: permite renunciar a derechos adquiridos, las pasantías pasan a ser “prácticas formativas” y propicia un blanqueo sin costo para las empresas.

Kuczynski, aunque presionado por un Congreso dominado por el fujimorismo y enfrentado a las centrales sindicales, promueve un proyecto para facilitar la contratación de empleados jóvenes por el cual el Estado se hace cargo del seguro social de salud, equivalente al 9% del salario. Si Piñera llega nuevamente al gobierno, y aunque Chile cuenta ya con una débil legislación obrera y una presencia sindical mínima, propone flexibilizar todavía más las condiciones: se podrá trabajarhasta 45 horas en cuatro días de la semana, a razón de 11 horas y 15 minutos por jornada.

En agosto de este año, el ministro de Trabajo de Paraguay, Guillermo Sosa, dejó en claro por qué su país no necesita una reforma laboral: “Nosotros lo que tenemos es un mayor grado de competitividad porque les facilitamos la vida a las empresas con una estructura muy simplificada en lo que hace a las cuestiones empresariales y en lo que apunta a las cuestiones laborales” (1). Algo que confirma un estudio elaborado por Naciones Unidas con título medieval, “Trabajo forzoso y servidumbre por deudas”, que, entre otros datos, sostiene que la informalidad laboral en Paraguay asciende al 70% a pesar de una tasa de desempleo relativamente baja (7%).

Los gobiernos y proyectos de derecha en la región tienen una matriz excluyente en términos sociales. Salvo una mirada complaciente, es muy difícil ver algún atisbo de ampliación de derechos o una mejora social. Las agendas presidenciales expresan retrocesos en leyes laborales y recortes en salud, jubilaciones, investigación científica y educación superior. Lo que sorprende es que tampoco se advierte hacia dónde va la economía. ¿Cuál es el horizonte productivo que vendría después de los “ajustes necesarios”? ¿Qué fuerzas económicas se desplegarán una vez liberadas de los yugos impositivos, sindicales y legales?

Mercado grande / mercado chico

El mayor quiebre que produjeron los gobiernos progresistas en la década del 2000 fue hacer funcionar al mercado. Economías deprimidas o en crisis se volvieron dinámicas. El crecimiento vino acompañado de un aumento del empleo y la capacidad de consumo. En los casos de Brasil y Argentina, ese cambio se hizo sin nacionalizaciones masivas ni reformas constitucionales. Es decir, dentro de una lógica no sólo capitalista sino de libre mercado y moderación política. Las gestiones progresistas incluyeron en la ecuación económica a nuevos trabajadores-consumidores, formales e informales, e incluso a desocupados estructurales, como parte de una expansión que también fortaleció a pequeñas, medianas y grandes empresas.

Las batallas culturales y un discurso más estatista fueron secundarios; no sólo en importancia sino en términos cronológicos. Los gobiernos progresistas, antes que nada, hicieron arrancar un oxidado motor productivo que durante las décadas anteriores parecía condenado a la “inviabilidad”. Sorpresivamente, los actuales gobiernos parecen dispuestos a ejercer el poder estatal para reducir la capacidad de expansión de esos mercados. En Brasil, por ejemplo, Temer sancionó una ley que congela el gasto público por 20 años (se prevé un ajuste sólo por la inflación del año anterior), lo que condena a la economía a funcionar con la misma inversión pública en un país con una tasa de crecimiento vegetativo en torno al 1% anual, sin margen para intentar políticas contracíclicas de inversión o gasto frente a circunstancias coyunturales (un aumento de la desocupación que necesite una asistencia rápida, por ejemplo). En Argentina, el aumento sistemático de las tarifas de los servicios públicos y los combustibles también contrae el consumo a la vez que mantiene tasas altas de la inflación, que alimentan la contracción.

¿Hay una economía más allá de estos ajustes? Recordemos que en los años 90 la estabilidad monetaria y el acceso a nuevas pautas de consumo en el marco de una creciente inserción en los procesos de globalización funcionaron como dinamizadores de la economía a pesar de los ajustes al Estado. ¿Cuál es el 1 a 1, el nuevo shopping de la derecha?

Tal vez sea esa carencia la que les imprime a los actuales gobiernos una impronta tan ideológica. Los cambios y transformaciones que llevan adelante se basan más en un supuesto “deber ser” que en explicaciones fácticas que se desprendan de necesidades palpables. El aumento de los servicios públicos se justifica en la necesidad de que “se pague lo que vale”, como suele decir el ministro de Energía argentino Juan José Aranguren. Lo mismo plantea Piñera cuando dice que piensa volver atrás con la reforma educativa de Bachelet, que había prohibido el cobro de los copagos (aranceles) en las escuelas, con el argumento moral de que “cuando un padre hace un aporte a la educación de sus hijos, aunque sea muy modesto, ese padre tiene una actitud de mayor involucramiento” (2). Otro tanto pasa en el gobierno de Temer, que invirtió buena parte de sus energías en pasar el pente fino (peine fino) sobre el seguro de salud, los programas de asistencia social o el Bolsa Familia en busca de micro-estafas.

El gradualismo excede las fronteras argentinas. Pero suele resaltarse el aspecto moderado del término y no el sentido de algo que continúa y se desarrolla en el tiempo, ad infinitum, lo que puede convertirlo en un objetivo en sí mismo. Una moral. Volvemos a lo mismo: ¿cuál es la economía de estos gobiernos?

El fantasma

Los gobiernos de derecha están optando por la toma compulsiva de deuda, recurso al que pueden recurrir en la medida en que el ciclo anterior no tuvo como política central contraer préstamos externos como mecanismo de financamiento. En el caso de Brasil, la deuda pública podría llegar al 80% del PIB durante 2018: un salto brusco, de más de 20%, en sólo tres años. Argentina, aunque gracias a los bajísimos niveles heredados todavía está lejos de esa marca, bate el récord mundial de ritmo de colocación de deuda para un país emergente. Un cambio de política de la Reserva Federal que aumente la tasa de interés podría poner patas para arriba estos esquemas de endeudamiento, en un escenario no sólo de deudas imposibles sino de mercados internos deprimidos y con Estados sin capacidad de respuesta.

Un auge exportador tampoco es esperable porque ni siquiera se lo busca. Brasil canceló las líneas que Lula había construido con nuevos mercados, como el africano, en tanto que Argentina, cuyas exportaciones se mantienen en los mismos niveles a pesar de la devaluación, perdió interés en los vínculos no occidentales, como advirtió Macri en su primera gira internacional. En una mirada general, el gesto geopolítico frente a Estados Unidos que indujo un coma profundo en la Unasur y la Celac y un regreso de la centralidad de la OEA no redundó, en tiempos de Trump, en una mayor coordinación económica o comercial.

Pero ocurre que Europa tampoco está pasando por una situación económica y política pujante. En este marco, si finalmente se firma el tratado de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, impulsado por los gobiernos de Macri y Temer, se corre el riesgo de que los países del bloque se conviertan en un depósito al que arrojar una producción industrial europea de calidad pero a la que hoy nadie le abre las puertas, a lo que se suman cláusulas desventajosas en materia de inversión, patentes y compras estatales. Una arquitectura asimétrica con una región que supo ser el centro del capitalismo mundial… en el siglo XIX.

1. “Paraguay facilita la vida a empresas en cuestiones laborales”, 30-8-17, Agencia Sputnik.

2. Sebastián Piñera, 12-11-17 en el programa de televisión “Tolerancia Cero”.

* Periodista.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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