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Edición Nro 154 - Marzo de 2012

Un escritor / un país

Uruguay: una historia de caballería

Por Mauricio Rosencof*

Ex dirigente del Movimiento de Liberación Nacional–Tupamaros, Mauricio Rosencof fue apresado en 1972 y permaneció detenido trece largos años en un calabozo. Uno de los compañeros de ese cruel encierro es hoy el Presidente de la República Oriental del Uruguay.

Joaquín Torres-García, sin título, 1929 (Gentileza Christie’s)
os dos civiles estaban rodeados. Se les veía en la cara el lote de años, años de cascoteo, bien llevados. Estaban serios, pero sin enojo.
Tranquilos. Atentos, pero en paz.
A sus espaldas y a sus lados, uniformes. Una culada. Coroneles, coroneles que iban para generales. Generales.
Los civiles vestían uno, un traje gris, tirando a perla pero algo más oscuro. Corbata. Se le notaban sus años de bancario en la juventud. El otro, saco azul, desprendido, sin corbata, pantalón claro. No llevaba su indumentaria puesta. Más bien parecía “calzada”. En mis tiempos, al conjunto que lucía se le llamaba “ambo”.
El del traje gris tirando a perla había resuelto, decidido, unos días antes, que las dependencias del Regimiento 9º de Caballería debían ser desalojadas para darles otro destino. Y que los efectivos, con todas las garantías del caso, serían trasladados a la frontera, al cuartel que había pertenecido al 7º de Caballería, asentado en Santa Clara de Olimar. Las construcciones del 9º, su plaza de armas, todo, pasaría a la entidad que busca la recuperación de infractores, con vistas a su reinserción en la sociedad, pero con oficio.
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Me asaltaron entonces los días, mis días del 9º. Un par de recuerdos.
Del otro lado del muro del calabozo estaba Ricardo, que me enseñó a conversar a través de la pared con golpecitos de morse. Ricardo, por esas vueltas que da el planeta, anda hoy de ministro de Cultura. Habíamos caído juntos.
La otra anécdota fue que, un día que me sacaron para ir al escusado, condujeron también desde otro sector al Egipcio Mirza (había nacido en El Cairo mismo), con esposas y encapuchados ambos. Llegados a destino, actuamos simultáneamente, y al cairota le dio por trasmitir experiencia y, con voz baja, desde la caverna de la capucha, va y me dice: “Cuando te cuelguen de las argollas para la picana, levantá los pies”. Era tal cual.
Las argollas las imaginé como las que conocía en la niñez en el tambo del barrio donde me llevaba la vieja para tomar un vaso de leche tibia, al pie del mostrador, fijate vos.
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Lo de Santa Clara es otra historia. Allí fuimos a dar tres de los nueve rehenes (íbamos quedando siete, pero siempre seremos nueve) cuando nos sacaron del Penal para iniciar una peregrinación que duró trece años, bajo tierra, sin agua, bebiendo nuestras meadas, solos, sin un rostro humano para conversar, mascando moscas. En esas vueltas murió Adolfo Wasem, uno de los nueve.
El cuartel de Santa Clara de Olimar era de temer. Nos daban una taza de agua por día (a veces la reventaban contra la pared y chupabas el revoque), media ración de polenta fría, después de que los guardias la utilizaran de cenicero. Pero regía en el caso aquello de que no hay mal que por bien no venga y rescatábamos los puchos, que desvestíamos de la hojilla y poníamos a secar. Al escusado nos llevaban una vez por día. Se nos iban trastocando los órganos, y en el cerebro sentíamos que ese lugar había sido ocupado por la vejiga.
Nos reconocimos por la voz, gritos, puteadas, reclamos para ir al baño. Para llevarnos tenían que cerrar el portón del cuartel, que crujía, gemía, y a nosotros nos embargaba en ese instante una sensación de alivio, porque de pronto, quien te dice, nos llevaban al baño.
Así que allí fuimos a dar el hombre del traje gris tirando a perla, el del ambo calzado, y el que suscribe. Iniciábamos un periplo que nos hizo dar la vuelta al Uruguay en un calabozo, retornando en tres oportunidades al temible 7º de Caballería.
En la primera instancia el hombre del ambo se enfermó de los riñones. Tanto, que lo vio el médico de la unidad. Le recetó “dos litros de agua por día”.
Se la traían en un balde de las caballerizas, la dejaban en el piso del calabozo y en su presencia lo conminaban. “Es orden médica. Tiene cinco minutos”.
La madre del hombre del ambo le había traído, por consejo médico, una pelela de plástico. Era rosada. Estaba trancada en el S2, el Departamento de Inteligencia, aguardando la autorización (y no es joda) del Comando General del Ejército. Imaginate el orden del día del comando militar, el punto de “autorización para la entrega de una pelela rosada para el hombre del ambo”. Ni Ray Bradbury.
Uno, en tiempos pasados, sentía una mística reverente hacia Santa Clara, sin cuartel. En su cementerio estaban los restos de Aparicio Saravia, caudillo del alzamiento del 1904, muerto en la batalla de Masoller. Aparicio era además padrino de la poetisa Juana Fernández, que había pasado años de su niñez en esos pagos, antes de consagrarse Juana de América.
Pero el cuartel nos cayó gordo. Ese cuartel donde el hombre del ambo dio una batalla que ni la de Masoller, demandando a gritos y puteadas su baño privado en plástico rosa. Y lo que son las cosas. Nadie daba dos vintenes por esa guerra. Pero la ganó, carajo. Y se abrazó al recipiente como a un rencor para salvar los riñones. Así se templó el acero. Un combatiente de antes, de siempre, que incluía dos fugas, con ésta, chicas para el mundo pero grandes para él, y para todos, porque uno y el hombre del traje gris tirando a perla, logramos una lata. Calabozo con baño privado, che.

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Fueron para nosotros jornadas de caballería. Historias de caballería. Para el hombre de traje gris tirando a perla que hoy es ministro de Defensa, don Eleuterio Fernández Huidobro, el Ñato, y para el hombre de ambo, Don José Mujica Cordano, presidente de la República Oriental del Uruguay. El Pepe.
Que ahora apuntan, apuntamos a otras batallas, tan bravas como las narradas. Recogiendo el discurso a los cabreros del Caballero de la Triste Figura, que tomando dos bellotas en la mano y con Sancho a su diestra, dijo algo así como “felices aquellos tiempos que los antiguos llamaban dorados, no porque abundara ese metal, sino porque no existían estas dos palabras: tuyo y mío”.


* Escritor, dramaturgo y periodista uruguayo. Publicó, entre otras obras, Medio mundo y Las cartas que no llegaron (Alfaguara, 2010 y 2007 respectivamente), Memorias del calabozo (Aguilar, 2008) y Las ranas (Colihue, 1994).


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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