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Ser joven ya no es lo mismo
omo tantos otros conceptos que deambulan entre su uso cotidiano y el de las ciencias sociales, la palabra “juventud” es difícil de definir. La idea de juventud cobra sentido frente a la de adultez, estado que, desde mediados del siglo XX, se asocia a la formación de una familia nuclear y al acceso a un empleo asalariado. Este modelo sustenta el esquema de tres etapas que regula la vida de la mayoría de las personas: empieza con la preparación para la vida activa durante la niñez y juventud, continúa con su ejercicio en la adultez y termina con el retiro de la misma al llegar la vejez.
Así entendida, la juventud es el período de preparación y formación para la futura asunción de roles adultos. Naturalmente, el paso de una etapa a otra se ve afectado por los cambios producidos en las últimas décadas en diversos ámbitos, como el sistema educativo, el mercado de trabajo y la familia. Estos cambios complejizan y en algunos casos retrasan –por ejemplo, al dificultar la independencia económica– el pasaje de una etapa a otra.
Por eso, para caracterizar a los jóvenes de hoy y compararlos con sus contemporáneos de otros lugares o con aquellos que fueron jóvenes hace algunas décadas, es necesario definir quién lo es y quién no. Es decir, delimitar la juventud de una manera objetiva, independientemente de que alguien se vea o se sienta joven: una forma de hacerlo es definir la juventud por grupos de edad y considerar como tal a la población que tiene entre 15 y 29 años. Para el caso de Argentina, estamos hablando de casi 10 millones de personas, que equivalen al 25% de la población del país.
Cómo son los jóvenes
Todo conjunto, de personas u objetos, contiene cierta heterogeneidad interna, y este caso no es la excepción. Si uno se pregunta qué tiene en común un joven de 15 años con uno de 29, seguramente encontrará que muy poco, justamente porque la juventud es una etapa de cambios profundos. Por ejemplo, sólo el 1% de los jóvenes urbanos argentinos de 15 años dejó de ser soltero, mientras que a los 29 años ya casi el 60% se ha unido o casado. Asimismo, a los 15 años asiste a la escuela el 95% de los jóvenes y trabaja sólo el 2%, mientras que a los 29 años asiste el 14% y trabaja el 75%. Estos datos presentan además diferencias según los estratos sociales y, como expresión de profundos patrones culturales, de acuerdo al sexo. Como muestra el gráfico, los varones se retiran del sistema educativo e ingresan al mercado de trabajo más tempranamente que las mujeres, que comienzan a trabajar más tarde y en menor proporción y que se casan o unen antes.
Si extendemos la mirada a personas con más de 29 años, puede notarse que los indicadores de educación y trabajo ya muestran pocos cambios, en tanto la formación de familias continúa en aumento a la vez que disminuyen las diferencias entre varones y mujeres. Esto sugiere que el corte de edad de 29 años podría tomarse como una frontera entre juventud y adultez en algunas de estas dimensiones.
Otro elemento que hace evidente el gráfico es que entre los 15 y los 29 años ocurren muchas cosas, por lo que a veces es conveniente segmentar. Lo más habitual es distinguir tres subgrupos: jóvenes adolescentes (15 a 19 años), jóvenes plenos (20 a 24) y jóvenes adultos (25 a 29). A partir de estos grupos se pueden analizar con mayor detalle algunos cambios ocurridos en las últimas décadas, en las que la extensión de la escolaridad, el consiguiente ingreso tardío al mercado de trabajo y la postergación de la formación de familias retrasan los procesos de autonomía e independencia y alargan los períodos de juventud. Por ejemplo, mientras que en 1970 alrededor de uno de cada tres jóvenes adolescentes –de 15 a 19 años– asistía a la escuela y casi la mitad trabajaba, cuarenta años después estudian casi tres de cada cuatro, y trabaja uno de cada cinco. En los otros dos grupos, los cambios entre el pasado y la actualidad parecen menos marcados. Sin embargo, en el grupo de 20 a 24 años se triplica la proporción de estudiantes, mientras que entre los más grandes no sólo crece la asistencia escolar, sino que también lo hace la participación económica, impulsada por la mayor participación femenina.
Como se dijo, no sólo cambia la relación de los jóvenes con la educación y el trabajo, sino también con la formación de familias. Los casamientos o uniones se producen cada vez más tarde. Una investigación para la Ciudad de Buenos Aires (1) muestra que en la segunda mitad de los 70, el 46% de las mujeres de 25 años y el 64% de las de 30 estaban casadas. Veinticinco años después sólo estaban casadas el 11% de las de 25 años y el 39% de las de 30. Es decir, transcurridas algo más de dos décadas las mujeres de 25 años se casaban un 75% menos que antes y las de 30 años, algo más que la mitad. Adicionalmente, se observa un aumento de las convivencias previas al matrimonio y de las uniones consensuales –que no compensa la caída de los matrimonios–, junto a disoluciones matrimoniales más frecuentes y más tempranas. Por ejemplo, el 21% de las mujeres nacidas entre 1965 y 1969 disolvió su matrimonio antes de que éste cumpla 10 años, frente al 4% de las mujeres nacidas treinta años antes.
Estos cambios ponen en cuestión la propia categoría de juventud así como la definición propuesta más arriba. Lejos de ser un momento definido, el tránsito entre la juventud y la adultez alude a la idea de trayectoria, que permite ver estadios intermedios, retrocesos y distintos ritmos. La característica actual, comparada con varias décadas atrás, es una falta de linealidad, que se ve tanto en las experiencias educativas como en las laborales y familiares. Por supuesto, estos procesos generales presentan claras diferencias por sectores sociales. Distintas producciones académicas (2) han mostrado, por ejemplo, que los hijos de hogares pobres “queman” etapas –dejan la escuela antes, comienzan a trabajar más tempranamente y forman familia antes– en comparación con aquellos provenientes de los sectores más favorecidos.
Los jóvenes en Argentina
Porcentaje de ocupados, asistentes a la educación formal y solteros según sexo y edades.
Población de 15 a 35 años (2010).

Fuente: Elaboración propia en base a EPH-INDEC. Promedio de cuatro trimestres de 2010.
Los jóvenes y la política
Los jóvenes son recurrentemente objeto de la política y algunas veces sujetos de ella. Coincidentemente con algunos de los cambios descriptos, desde principios de los 90 parte de las cosas que los jóvenes tienen que hacer se convirtieron en problemas y programas de políticas: terminar sus estudios, acceder a un trabajo, mantenerse alejados de las drogas o divertirse. Se fueron multiplicando direcciones o secretarías de la juventud en los distintos niveles de gobierno, así como los programas destinados a ellos. Entre los problemas típicos se destaca el desempleo, que independientemente de su magnitud siempre duplica o triplica al de la población en general, o el de los jóvenes que no estudian ni trabajan (en 2011 representaban al 19% de los jóvenes argentinos de 15 a 29 años, o el 10% si se aparta de ese grupo, con buen criterio, a las mujeres que no participan del mercado de trabajo por ser amas de casa y estar abocadas al cuidado de sus hijos).
Sin embargo, más allá de las políticas públicas, cabe hacerse otras preguntas. ¿Qué significa que la juventud haga política? Simplificando, puede pensarse, por un lado, en la participación en organizaciones estudiantiles, sindicales, partidarias o en manifestaciones callejeras, caracterizadas en muchos casos por posiciones contestatarias o críticas del statu quo. Pero por otro lado también hay que considerar a los jóvenes que ocupan puestos de máxima responsabilidad pública. En ambos casos, en el de la participación de base y en el de los funcionarios, puede agregarse una pregunta más: ¿hoy ocurre algo radicalmente diferente a lo que viene pasando desde el regreso de la democracia?
En el primer caso, algunos datos, como la multiplicación de centros de estudiantes en las escuelas secundarias, la magnitud de algunas movilizaciones o el activismo en internet, invitan a pensar que hay novedades. Pero si ponemos el foco en las altas esferas de decisión la idea de una “novedad” debe ser considerada con cuidado. ¿Qué nos dice la presencia como ministros de Martín Lousteau (37 años al asumir) o Hernán Lorenzino (39) o secretarios como Axel Kicillof (40) o Julián Álvarez (28)? Si se mira la historia reciente, es fácil comprobar que desde 1983 se han sucedido ministros que por su edad podrían verse también como jóvenes: Juan Sourrouille (44), Jesús Rodríguez (33) y Domingo Cavallo (42 años cuando asumió como canciller), Dante Caputo (40), Enrique Nosiglia (37) o Gustavo Béliz (31 cuando fue designado ministro del Interior).
¿Cuántas personas pensaron en su momento en Cavallo como alguien “demasiado joven” y cuántas lo pensaron con Lousteau o lo piensan hoy con Kicillof? Cavallo, al igual que ellos, había realizado estudios de posgrado, pero tenía una experiencia laboral más amplia –la más conocida, haber sido presidente del Banco Central– y, sobre todo quizás, ya estaba casado y era padre de tres hijos adolescentes. A los 42 era la imagen de un adulto consumado. Notoriamente, ni Lousteau ni Kicillof dan esa imagen.
La diferencia no pasa sólo por los grupos políticos que representan y los discursos que cada uno encarna, ni tampoco –aunque sea lo más evidente– por cuestiones puramente estéticas, sino por cambios sociales más amplios. Como se describió en las líneas anteriores, elementos clave del proceso de pasar de joven a adulto –casarse, por ejemplo– se producen a edades cada vez mayores, y con frecuencia más allá de las edades que son consideradas como típicas de la juventud. Esto hace que las fronteras de la juventud hoy sean más laxas y que franquearlas forme parte de un proceso gradual, que puede ocurrir en algunos ámbitos y no en otros. Se puede “ser joven” en algunas cosas y no en otras: se puede, por ejemplo, desempeñar puestos de alta responsabilidad pública sin haber formado una familia, o ser padre –o madre– y todavía no haber salido del hogar familiar. Claramente, los jóvenes funcionarios de hoy no son tan jóvenes como muchos críticos o partidarios quieren ver, pero sí son parte de una generación en la que alcanzar ciertas edades no supone ya haber asumido la totalidad de los roles adultos tradicionales.
1. Georgina P. Binstock, “Cambios en las pautas de formación y disolución de la familia entre las mujeres de la Ciudad de Buenos Aires”, Población de Buenos Aires, Revista de datos y estudios demográficos, Vol. 1, Nº 0, 2004, págs. 8-15.
2. Entre ellas, puede destacarse por la pluralidad de dimensiones abordadas y el análisis de su interrelación a Susana Torrado (1995), “Vivir apurado para morirse joven. Reflexiones sobre la transferencia intergeneracional de la pobreza”, Revista Sociedad, Nº 7, FCS, UBA.
* Sociólogo.
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