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Edición Nro 211 - Enero de 2017


Buenos Aires (Juan Mabromata/AFP)

Gobernadores, senadores, diputados, intendentes y sindicalistas

Cambiemos y los cinco peronismos

Por Julio Burdman*

En el panorama político actual conviven cinco peronismos, cada uno con lógicas e intereses diferentes. Todos ellos cooperan con el macrismo conduciendo a un virtual cogobierno. Pero las elecciones legislativas obligarán a unos y otros a adoptar un posicionamiento más claro.

os primeros años de Cristina Kirchner en la Presidencia fueron un sobresalto tras otro. Tras un 2008 dominado por las secuelas de la Resolución 125 y la traumática “crisis del campo”, en el año 2009 Néstor Kirchner (secundado en la lista por Daniel Scioli y Sergio Massa) perdió en la provincia de Buenos Aires las elecciones de diputados nacionales contra la lista encabezada por Francisco De Narváez. Unos meses antes, el vicepresidente Julio Cobos había votado contra su gobierno en el debate legislativo más polarizado de la Argentina contemporánea. Y el presidente del Banco Central puesto por los Kirchner, Martín Redrado, ya comenzaba a independizarse de sus jefes políticos y amenazaba con no habilitar reservas para financiar al Tesoro. En ese contexto de derrota y asedio emergió una gran coalición de diputados contrarios al oficialismo, el llamado “Grupo A”, que rompió algunas normas no escritas que regulaban el funcionamiento de la Cámara Baja y le arrebató al kirchnerismo la mayoría de las presidencias de las comisiones. La UCR, el PRO, la Coalición Cívica, los denominados “peronistas federales” y una red de monobloques fueron parte de ese experimento inédito de coordinación parlamentaria que parecía tomar el control del Congreso. El fantasma del “gobierno dividido” (es decir, Ejecutivo y Legislativo de colores diferentes) cobraba su forma más nítida.

Días atrás, la foto de la oposición reunida tras el proyecto alternativo de ganancias que había logrado aprobar en el recinto removió, algo exageradamente, los recuerdos pesadillescos de aquel Grupo A. Por un lado, porque uno de los aspectos más amenazantes de aquel gobierno dividido era la posibilidad de que el Congreso condicione la política económica del Ejecutivo. ¿Acaso Massa, Kicillof, Bossio y sus socios circunstanciales pretendían hacer política fiscal desde el Congreso? Los senadores, sin perder la calma, sabían que eso no era posible. Que un proyecto así no podía aprobarse sin la anuencia del Ejecutivo. Que iba a volver a Diputados para ser discutido otra vez. Como finalmente ocurrió.

La economía, como sostienen todos los manuales de macro, tiene que contar con un timón unificado. Superministros como Cavallo o Sourrouille son el diseño institucional preferido de la ortodoxia. Coherentes, los economistas siempre prefieren superministros.

Pero además del tabú de la economía parlamentarizada, surgía otra imagen perturbadora en esa foto de los diputados. El Grupo A constituido el 9 de diciembre de 2009 fue el primer antecedente de Cambiemos, la coalición política que venció al peronismo kirchnerista a fines de 2015. Una imagen que se conjuga sin grandes problemas con una especie de saber popular que pervive en cierto análisis político: que todo el peronismo se va a unificar, más tarde o más temprano, y que ese día terminará el ciclo político de Cambiemos.

Hay, sin embargo, grandes diferencias. El Grupo A se constituyó después de una elección y sus miembros estaban unidos por un adversario común. El peronismo actual no está, en los hechos, enfrentado al gobierno.Más bien, lo está ayudando a gobernar. En Argentina hay un virtual cogobierno, como repite uno de los analistas políticos más lúcidos del país, Eduardo Duhalde.

Los peronismos son cinco

En el plano dirigencial, hoy no hay tres ni cuatro peronismos, sino cinco. El peronismo de los gobernadores, el peronismo de los senadores, el peronismo de los diputados, el peronismo de los intendentes y el peronismo de los sindicalistas. Todos ellos están cooperando, en mayor o menor medida, con el oficialismo. Sin esa cooperación, el gobierno de Mauricio Macri no hubiera podido siquiera arrancar.

El peronismo de los sindicalistas de la CGT es definido desde el Ministerio de Trabajo como un aliado estratégico. El PRO ya había trazado buenos vínculos con sectores del sindicalismo peronista desde el gobierno de la Ciudad, sede legal de muchas empresas, particularmente a partir de la ruptura entre Hugo Moyano y Néstor Kirchner. Aprovechando esa oportunidad, el gobierno local de Macri habilitó una instancia de resolución de conflictos en las oficinas de Producción, en las que Moyano, Barrionuevo, Venegas y otros encontraron una suerte de mini-cartera laboral paralela. Y esa misma gestión porteña hoy continúa en el Ministerio de la calle Alem. Los sindicatos saben que no están ante un gobierno peronista distributivo, y que no van a obtener ganancias relativas de ello, pero aspiran a mantener posiciones. Cuidar el empleo, las leyes laborales y la continuidad del modelo sindical argentino, que incluye el control de las obras sociales sin atrasos en las tesorerías. El primer gobierno no peronista que no sufre un paro general durante su primer año terminó de pactar la reforma de ganancias con la CGT. Tudo legal.

El peronismo de los senadores, que domina la Cámara Alta sin espejos de lo que sucede en otros peronismos, y que se desarrolla en el despacho de Miguel Ángel Pichetto y en las presidencias de las comisiones clave, es otro de los mundos que Cambiemos entendió correctamente. Aunque algunos destacados miembros del oficialismo, confundidos por culpa de una errónea tesis que sostienen algunos politólogos, hayan pedido a “los gobernadores” que detengan en el Senado el proyecto de Ganancias. Tal vez esperaban que Vidal llame a Juan Manuel Abal Medina, presidente de la Comisión de Presupuesto, o que Miguel Lifschitz utilice sus influencias personales sobre Omar Perotti... Afortunadamente, Rogelio Frigerio y Emilio Monzó sí descubrieron tempranamente que senadores y gobernadores no son la misma cosa. Se llega allí a partir de una sencilla aritmética: contando cuántos senadores peronistas responden a los gobernadores y cuántos son autónomos de ellos. Pichetto no es el senador de los gobernadores: es un coordinador de senadores. Y un coordinador tampoco es un patrón. A veces, es cierto, el peronismo de los senadores y el peronismo de los gobernadores se parecen, y hasta se superponen. Pero hoy Cambiemos tiene diálogos con las dos esferas.

El peronismo de los gobernadores es uno de los más espinosos para el gobierno, aunque parezca lo contrario. Porque los gobernadores tienen distintas demandas y Macri no puede ni quiere contenerlas a todas. Y esas negociaciones no dejan mucho margen para innovar ni hacer política. No sólo piden adelantos financieros de coparticipación para pagar sueldos: tienen carpetas y carpetas de pedidos. Los gobernadores tienen influencia sobre algunos senadores, pero además casi todas las políticas públicas requieren coordinación federal, y la mayoría de los ministros llevan relaciones directas con las provincias. Parte del problema de Cambiemos, que ya han advertido algunos en el gabinete, es que la buena relación con los gobernadores peronistas les ha restado instrumentos para hacer construcción electoral para su propio molino. En su primer año, Cambiemos hizo poco y nada para expandirse como fuerza política en el interior. ¿Cambiemos realmente está apostando a ganar elecciones en las provincias con sus propios candidatos, o se conforma con que los gobernadores que cooperan, sean del partido que sean, mantengan el statu quo? Esto puede ser una buena solución para 2017. Pero no contar con mandíbulas propias en el interior es casi un certificado de defunción para una hipotética reelección de Macri.

El peronismo de los diputados es el que más atención ha concitado, porque allí el conjunto está más fragmentado y hay figuras estelares. Por un lado, el kirchnerismo sobreviviente al cambio de gobierno se hace más visible allí, con la banca de Máximo y los fieles cristinistas. Es mucho más difícil encontrar kirchnerismo explícito en los otros cuatro peronismos, aunque haya algunas presencias minoritarias. Massa y Bossio lideran bloques que tienen comunicación fluida con el presidente de la Cámara, Monzó. La anuencia de ambos bloques no sólo permitió la sanción de leyes importantes –lo mismo cabe decir del Senado, claro–, sino también la elección de autoridades en comisión y la garantía de la línea sucesoria presidencial. En tanto contribuyentes a la gobernabilidad de Macri, tanto Massa como Bossio son frecuentemente consultados en materia legislativa: con algunas excepciones, la Casa Rosada en general dio cuenta de esta situación de cierto cogobierno, Duhalde dixit. Una de esas excepciones fue Ganancias. Ahora, todo se encarriló.

Por último, el peronismo de los intendentes (bonaerenses) también cuenta con su propia lógica. Entre Cambiemos y el conjunto de los peronistas se ha lanzado una suerte de “guerra fría” por los intendentes; la gobernadora Vidal partió de una buena base (facilitada por sus propios votos de octubre de 2015, que permitió arrastrar hacia abajo a algunos ganadores municipales), y también se ha movido con habilidad en la cooptación de algunos jefes municipales, y hoy uno de los logros que puede exhibir Cambiemos en la provincia, amén de un sistema de gobierno de coalición más fluido, es una presencia territorial importante. Y buena parte de la gobernabilidad lograda por Vidal y su jefe de gabinete, Federico Salvai, debemos atribuirla también a la buena relación que mantienen con un grupo de intendentes peronistas.

En el peronismo de los intendentes, detrás de los distintos “clubes” de mandatarios (Fénix, Esmeralda) se esconden diferentes tipos de relación con la gobernadora y también diferentes estrategias y proyectos electorales. En general, está algo sobrevalorada la influencia que el kirchnerismo, Massa y Randazzo mantendrían sobre los intendentes peronistas, tanto en el conurbano como en el interior. Massa, tras el pase de Joaquín de la Torre al vidalismo, depende cada vez más de su proyección personal. Y el Movimiento Evita, que hasta hace pocos meses promovía la interna Massa - Randazzo, tiene poca incidencia en el peronismo de los intendentes. ¿Y si surgiese una candidatura peronista de base municipal para confrontar con Cambiemos en 2017, en el marco de una elección más provincializada? Se sostiene, con razón, que no hay tiempo ni voluntad para una “rebelión” de estas características. Pero no podemos descartar la hipótesis.

Conservadurismo o audacia

Con este trasfondo se entiende mejor el debate Monzó - Peña acerca de la relación que debe mantener, a partir de ahora, Cambiemos con sus “socios” peronistas. Ambos aspiran a lo mismo: reconstruir el “partido del ballottage” que llevó a Macri a la presidencia en 2017. Pero hay diferentes lecturas acerca de la identidad de ese partido. Monzó dice: el 51,5% de Macri fue logrado con votos peronistas (de Massa, De la Sota, Rodríguez Saá), y en 2016 gobernamos gracias a los acuerdos mantenidos con los peronismos. El razonamiento concluye: ¿por qué no sinceramos esa realidad e invitamos a algunos de esos socios a formalizar el vínculo?Así, no solo será más fácil la alianza con los socios, sino que los ayudará a fragmentarse, y será más difícil saber quién ganó y quien perdió, a nivel nacional, las elecciones de 2017.

Para Peña, en cambio, el partido del ballottage es el no-peronismo. En este debate, Monzó es el conservador y Peña el audaz: el jefe de Gabinete quiere una campaña electoral fuertemente basada en el PRO y la figura del Presidente, y despegarse cada vez más de la categoría duhaldista del cogobierno. Monzó dice que eso es una locura, Peña le responde “atrévete a soñar”. Pasan las semanas y el planteo de Monzó no pierde vigencia, pero sí oportunidad. Todo indica un equilibrio intermedio entre las dos posiciones: ejercicio cogobernante (hasta donde se pueda), estrategia electoral autónoma.

Mientras tanto, los cinco peronismos atraviesan sin demasiada angustia esta situación de ausencia de liderazgo coordinador. Cada uno de los cinco peronismos sigue una lógica que incluye una fórmula de gobernabilidad, supervivencia y hasta un cierto crecimiento propio. No se le puede pedir al peronismo un liderazgo personalista, ni es necesario: una vez que surja una candidatura presidencial expectante, las cinco lógicas tenderán a unificarse. No hace falta, como en 1984 o 1985, elegir un jefe hasta las elecciones de 1989: aquí, las elecciones se aproximan a pasos agigantados.

El problema es: ¿cómo surgirá esa candidatura presidencial expectante? ¿O habrá más de una?

El massismo como partido post-peronista pierde sentido con el correr de los meses: entre las fugas de los intendentes y la cooptación de sus cuadros por parte de Cambiemos, lo que ha quedado en el Frente Renovador es una figura electoral potente, la suya, rodeada de afiliados justicialistas. Forma parte, hoy, de las opciones presidenciales del peronismo hacia 2019. Un saber extendido sostiene que el partido por la candidatura se jugará en la provincia de Buenos Aires. Cambiemos también participa de este juego simbólico, ya que para el oficialismo también la elección se juega en la provincia más grande, la “madre de todas las batallas” como se la ha denominado tantas veces. Es la posibilidad de que vuelvan Cristina y Randazzo, la oportunidad de Massa; el terreno de Vidal, que es la gran esperanza electoral de Cambiemos. Todos han hecho de esta elección provincial una suerte de superclásico del 2017. Y el mecanismo de la profecía autocumplida es uno de los más fuertes que existen en la política: si todos creen que el ganador de la provincia será el candidato presidencial del peronismo, entonces es probable que así sea. Pero, hay que recordarlo, no hay una lógica institucional clara detrás de esa presunción. ¿Qué ocurriría si el peronismo pierde esa elección? ¿O si finalmente el Partido Justicialista de la provincia decide impulsar a un candidato surgido del peronismo de los intendentes? Para el conjunto del peronismo, dado el volumen de poder y gobernabilidad que maneja y teniendo en cuenta la diversidad de dirigentes y de intereses que posee en sus cinco formatos actuales, comprar la tesis de la candidatura natural bonaerense puede implicar un riesgo.

En ese sentido, el peronismo parece destinado a volver a 1988. La experiencia de ser una oposición poderosa, multinivel y con tantas responsabilidades políticas lo convierte en un macro-partido sin jefe y atravesado por diferentes lógicas e intereses. Y sin un presidente en condiciones de imponer una candidatura presidencial, ni una provincia de Buenos Aires que provea hermanos mayores –ganar una elección de senador, después de todo, no es lo mismo que ser gobernador–, no hay razones de peso que resuelvan el proceso de liderazgo. Se impone la necesidad de una interna partidaria nacional. Va a ser conveniente, entonces, que un hábil liderazgo político de coordinación conduzca a los cinco peronismos hacia la concreción del proceso. La calma y la seguridad que exhibe buena parte de los dirigentes peronistas de hoy sobre la segura unificación por venir dependen, en buena medida, de ello.

* Politólogo. Profesor de la Universidad de Buenos Aires.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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