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Edición Nro 217 - Julio de 2017


Movilización hacia Plaza de Mayo, 22-12-15 (Marcos Brindicci/Reuters)

Entre el “pobretariado” y el “moyanismo social”

La grieta opositora

Por Pablo Semán*

Pese a la significativa desaprobación hacia la alianza Cambiemos parece improbable la construcción de una oposición unificada. Las distintas propuestas del peronismo que se enfrentan en la Provincia de Buenos Aires son un reflejo de la heterogeneidad de los sectores populares y de la dificultad de una misma fuerza para interpelarlos en su conjunto.

i pudiéramos quitar el tamiz de los filtros institucionales, los cronogramas electorales y los egos en pugna podríamos ver con más claridad que lo que se expresa en esta elección son las propiedades más duraderas y pregnantes de la estructura social y los efectos históricos que fraguan en ella un conjunto relativamente limitado de invocaciones políticas. Y si algo queda claro de ese ping pong entre estructura social y vida política es, en nuestra tesis, que hasta ahora la oposición oscila sin síntesis posible entre dos modos de existencia histórica de los sectores populares y dos modos casi opuestos de referirse a ellos. La decisión de Cristina Fernández de Kirchner de impulsar una fuerza ciento por ciento propia en la Provincia de Buenos Aires, los potenciales límites de esta estrategia para superar la imagen negativa de la ex presidenta en 2019, los límites que enfrentan las estrategias de Sergio Massa o Florencio Randazzo y la dura desaprobación que obtiene el gobierno en buena parte del electorado bonaerense expresan la compleja y contradictoria superficie que ofrecen los sectores populares en su totalidad a la interpelación política.

Sectores populares

En aras de la simplicidad, podemos entender a los sectores populares como el conjunto de los trabajadores manuales calificados y no calificados que forman el 53% de la población y que en general se encuentran en los primeros cinco deciles de ingresos. En una población económicamente activa (PEA) urbana de 15.000.000 de personas tenemos subconjuntos amplios y diferentes entre sí, como el de las empleadas domésticas (1.168.000), los empleos manufactureros (poco más de 2.000.000), los empleados de la construcción (1.500.000) y el importante grupo de los empleados de comercio (3.000.000).

La dinámica social de estos sectores es la de la fragilidad, aun en contextos de recuperación como los que se dieron a partir de las políticas públicas impulsadas por el kirchnerismo y por la suba de precios de las exportaciones argentinas. Si llevó diez años de políticas de ingresos relativamente orientadas a favor de los sectores populares recuperar una participación del salario en el Producto Interno Bruto (PIB) como la de un año no tan bueno como 1998, con una medición que en ese entonces, y en la actualidad, compensaba la pérdida de la movilidad social ascendente en términos de educación, trabajo y patrimonio con el paliativo del poder de consumo, es decir, una medición que ponderaba como mejoría algo que más bien parecía un empeoramiento histórico que la memoria popular no dejaba de registrar al menos en parte, bastó una devaluación para que esa participación volviera a descender. Esa fragilidad que erosiona desde hace décadas el perfil social erigido durante el primer peronismo se traduce en oleadas de pérdidas que supimos conseguir y se asienta en altísimos niveles de pobreza y desempleo estructural. A esa sociedad que acumula más daños que beneficios, pero también las más diversas tradiciones de contienda, le hablan el gobierno y el peronismo en sus más diversas versiones.

Bandera del “pobretariado”

Comencemos por las invocaciones en las que se intenta capturar el mundo popular tratando de entender las operaciones de la imaginación política del cristinismo. Lo que dicen sus militantes, sus simpatizantes tuiteros, sus mandos medios o sus jefes coincide en un grado conjunto de elementalidad y contundencia como si su organización fuese al mismo tiempo transparente y chata como una lámina de cristal desde la que trasciende, en voces y en luces, una estrategia. Esta sería: preservamos nuestras fuerzas, no se las regalamos a nadie y si ganamos ahora luego nos llevamos puestos a los indecisos y a los arrepentidos por imperio de la crisis económica o por prepotencia de trabajo, en un reencuentro final en el que si el líder imita, casi inconscientemente, el recorrido de la Larga Marcha de Mao, el pueblo realiza la parábola del hijo pródigo (que, como aclaran los teólogos, no subraya tanto el retorno del vástago como la figura del padre misericordioso).

Desde esa tesitura se interpretan los datos de la opinión pública (me arriesgo a incluir aquí las míticas encuestas que “sólo manejan los políticos”) que hablan de un alto piso electoral basado en la constancia del apoyo de los más pobres de la Provincia de Buenos Aires como la expresión circunstancial de una realidad primaria a la que el trabajo político de la jefa y las agrupaciones que la siguen sin condiciones han dado lugar y que deben seguir tallando contra viento y marea. En ese nivel más real que la coyuntura de las elecciones el kirchnerismo ve, además de una formidable e irrenunciable cantera electoral, y no sin algún grado de basamento empírico, la sedimentación en acero de la donación correspondida de la jefa en alma y cuerpo al “pobretariado” paria y vector de deconstrucción de la Argentina oligárquica. No nos confundimos: a diferencia del proletariado, sujeto redentor del industrialismo, el kirchnerismo, retomando implícitamente un concepto de la Teología de la Liberación, identifica en la masa de informales, trabajadores pobres, asalariados casi siempre precarios, algo más que la memoria irredenta de los buenos viejos tiempos, la rabia estructural y potencialmente desestructurante del capitalismo excluyente: esas mujeres del conurbano que morirían por Cristina, de las que muchos militantes se enorgullecen, son en ese imaginario la multitud obrera de Carpani e incluso los peronistas de Santoro, los marineros del Potemkin y, al mismo tiempo, los Stajanov del nuevo siglo; en definitiva los rebeldes y, al mismo tiempo, los constructores del proyecto.

La radiografía electoral muestra el macizo apoyo que obtiene Cristina entre los más pobres de la Provincia, el cual se nutre de años de inversión social que, con todas las omisiones, desprolijidades y discontinuidades que se puedan apuntar, existieron y se retroalimentaron de la pujanza de un mercado de trabajo y consumo que absorbía a los que, agarrados precariamente, hoy empiezan a caerse y les daba un horizonte a los que ni siquiera podían aferrarse a la cornisa del piso más bajo con la punta de los dedos. No fue magia: hubo crecimiento de la demanda agregada y políticas que, de las paritarias a las jubilaciones, pasando por las asignaciones mejoraron el ingreso popular y ayudaron a igualar mínimamente. Aun así, en estos sectores pudo crecer la popularidad de María Eugenia Vidal nutrida, entre otras razones, por un esfuerzo de la inversión social que se nota en los números del presupuesto nacional, y por una insistencia basada en la correcta percepción de que al conurbano hay que cuidarlo. Esta novedad crea brechas significativas, pero no amenazantes, en el predominio del cristinismo en la parte más baja de los sectores populares. Es que –como hasta los defensores del gobierno lo reconocen– el conurbano es el sector que más sufre la transición económica que ellos imaginan como una marea progresiva que inunda al país de beneficios en la dirección que va desde la agroindustria a la ciudad.

Desafección hostil

Las dificultades para el cristinismo y el campo fértil de otras apuestas políticas comienzan un poco más arriba, pero también en los sectores populares. El terreno de lo que con Martín Rodríguez llamamos el moyanismo social (1) es el terreno en el que restan todos los gestos que un poco más abajo suman. Esa zona de la sociedad que no sólo integra a los camioneros, sino a una buena parte de los trabajadores formales y no tanto, empezó a distanciarse del kirchnerismo a partir del ocultamiento de la inflación: pocos tienen en cuenta el grado en que esa maniobra era un corrosivo político de amplio espectro y larga duración. Entre otras cosas porque, en compensación, se conformaban con apuntar una falsedad tan irritante para esos sujetos como el mismo ocultamiento: aumentos de salarios que supuestamente superaban la inflación cuando éstos, o no lo hacían, o sólo lo hacían temporariamente, mientras la oferta concentrada se cobraba en disminución de calidad lo que no podía llevarse como renta extraordinaria en el precio. Quien pueda comparar la transformación de la variedad y la calidad de lo que ofrecía un supermercado cualquiera en 2007 y en 2015 podrá entender que la dinámica inflacionaria arrasaba no sólo la previsibilidad sino también la calidad de vida. Mucho menos se asume hasta qué punto esa negación llevaba a no querer creerle nada a un liderazgo político que no sólo desmentía una percepción primaria indiscutible sino que, asumiendo una posición docente, los reprendía moralmente. Las bocas que se taparon con amonestaciones trasladaron su descontento de la voz al gesto: los rictus descreídos del escepticismo, la empatía con la saña y obviamente de allí a la venganza en el cuarto oscuro. Las distancias se agravaron cuando el aumento de la base social que pagaba ganancias tocó a los engañados por la inflación, que eran además parte de las víctimas preferenciales de la inseguridad. El caldo de cultivo de la desafección hostil se engordó con decires que respecto de este último tema, y más allá de las políticas específicas y sus magras concreciones, dieron resultados que se corresponden con todas las potencias que el cristinismo acuerda a las batallas culturales, pero en este caso en contra.

El moyanismo social y el pobretariado no son sólo agregados sociodemográficos, sino efectos de relaciones políticas que los constituyen incluso en una contraposición que caracteriza a la economía política y electoral del mundo popular. Porcentualmente casi tan importante como el apoyo del pobretariado, el odio anticristinista del moyanismo social es irreductible pero electoralmente decisivo, y se termina de definir políticamente entre el fuego cruzado de las por ahora ilusorias recuperaciones críticas de kirchneristas reloaded, los poskirchneristas, las operaciones de contrahegemonía que promueve el gobierno y, por supuesto, la glorificación isotrumpista con que el massismo se traduce mal y se extravía.

Pero digamos algo más sobre las dinámicas que atraviesan a este grupo. En el conjunto de los sectores populares, como en casi toda la sociedad, las riquezas son percibidas como un conjunto finito de manera tal que lo que me falta a mí lo tiene otro que me lo sacó. A esa presunción básica la escena de López y sus bolsos le dio, con la contundencia innegable de la imagen presentida, todos los elementos que necesita para desplegar una comprensión del malestar económico presente y futuro como efecto exclusivo de la corrupción K. Sobre llovido mojado vino a sumarse la dinámica mediática que les da sostén a sospechas modulables ora como vehemencia, ora como soberbia y que se estabilizó en este último punto con la difusión de grabaciones de las escuchas a CFK que dejan marcas duraderas en el imaginario (no por nada esto es algo que la actual campaña de CFK intenta desmentir con ingeniosos y potencialmente efectivos cambios vocales pese a que muchos de sus partidarios que la aman como Venus de las pieles prefieran un ring tone de “Soy yo Cristina, pelotudo” y su imagen en tacones). En este contexto, las opiniones populares sobre CFK se distribuyen entre la afirmación consciente y sacrificadamente polémica del “roban pero hacen”, el encantamiento con los años de oro, indecible ante el bullying anti cristinista, y los odios retroalimentados del moyanismo social que incluso mantienen cierto crédito al gobierno.

La síntesis imposible

Valga todo este racconto para darle sustento a la tesis inicial: la construcción de una oposición mayoritaria es, pese a la desaprobación mayoritaria del gobierno, una tarea casi tan difícil como la de superar la grieta. No sólo se trata de recuperar voluntades e iniciativa en los sectores medios, y de tratar de evitar en esa tarea la propensión a representar esos sectores como lo haría un menchevique. Se trata, sobre todo, y por ahora, de que quien representa al pobretariado no contiene ni deja de herir al moyanismo social, y de que quien conduce a este último no logra contener ni descristinizar al pobretariado. Todo sucede como si se pudiera esperar menos una figura de síntesis que una agregación de estrategias políticas destinadas a coordinar su capacidad de representación en un mismo sentido. Y esto no puede ocurrir sin responder cuestiones naturalizadas que las estrategias actualmente concurrentes dejan en la oscuridad: ¿es lo mismo oponerse de forma consistente, efectiva y entonces radical al macrismo que apoyarse en las esperanzas de los más débiles?, ¿representar y conducir al moyanismo social es optar por una estrategia de oposición “moderada” para no ser confundido con un “revoltoso”? ¿No sería posible conectar mejor el cable azul del moyanismo social con el cable rojo de la actitud opositora sin mochilas para contener mejor a todos, incluso a nuestros condenados de la Tierra?

1. Véase “El moyanismo social”, por Martín Rodríguez, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2017.

* Antropólogo.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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