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Edición Nro 217 - Julio de 2017


M.A.f.I.A.

El peronismo ante el voto aspiracional

La misión

Por Julio Burdman*

Demasiado enfrascado en su autopercepción como partido de mayorías, el peronismo subestimó a Cambiemos y reconoce tardíamente una de las claves de su éxito: el componente aspiracional. Los peronistas saben que su suerte en octubre se jugará, en parte, en su capacidad para construir un mensaje que contemple esta dimensión.

upongamos un policidioen Argentina, como ese que fantasea la serie Sobreviviente Designado. Una bomba que destruye el Congreso el día de la apertura presidencial y saca de escena a todo el gobierno y la dirigencia política nacional. ¿Qué sucedería, en tal caso, con nuestros partidos políticos? La mayoría no quedaría en pie. El PRO estaría en problemas: es pequeño, tiene pocos afiliados, carece de actores de base; cuesta imaginarlo sin Macri, Rodríguez Larreta o Vidal. Y sabemos que no habría Coalición Cívica sin Carrió. La UCR podría sobrevivir, porque hay una cultura radical y una cantera de dirigentes para recordarla y representarla. Nadie duda, sin embargo, que seguiría habiendo peronismo. Porque el peronismo, a pesar de ser un partido personalista, tiene vida independientemente de sus líderes fuertes. O, mejor dicho, es anterior a ellos. El peronismo realmente existente es una gigantesca red nacional de actores sociales que forman parte del Estado argentino. Y esa red necesita un presidente propio para operar. Las oligarquías provinciales necesitan un amigo en la Casa Rosada que les asegure la transferencia de los fondos nacionales. Y para un gobernador peronista, nada mejor que un presidente peronista, casi dijo el General. Los intendentes bonaerenses, desde hace no demasiado tiempo, están en la misma. Los sindicatos necesitan que el modelo criollo de relaciones laborales siga funcionando. Los movimientos sociales, que los programas se sigan pagando. Y así.

Un partido de gobierno

Esa red es la que hace del peronismo un partido de gobierno. Cualquier presidente, Macri incluido, debe gobernar con él. El saber peronológico agrega que toda esa gobernabilidad se acomoda, se organiza y pasa al frente una vez que tiene un líder. Lo que no es fácil es construir ese liderazgo. Hay que demostrar capacidad y tener un proyecto. Los orígenes de las presidencias de Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner tuvieron importantes dosis de accidentalidad: ninguno de ellos había sido anticipado por nadie. Además, todos ellos respondieron a una situación de crisis y tuvieron una respuesta a ella.

Lo que la ciencia política no termina de explicar es por qué ese liderazgo de gobierno peronista tiene que construirse con audacia. Es la clásica tortilla que se hace rompiendo huevos. ¿Por qué el peronismo post 83 nunca puede elegir para la conducción de toda esa maquinaria a un gerente prudente y negociador que administre todo ese poder? Menem llegó desafiando al número puesto, que era Antonio Cafiero, y además fue el más noventista de todos los presidentes latinoamericanos. Kirchner vio la oportunidad, se negó a ser el administrador general que quería Duhalde, se rebeló y encabezó un nuevo populismo. Ya sabemos que el peronismo no es un partido, es un movimiento, y que no tiene ni el espacio ni la costumbre de elegir a sus jefes en forma institucionalizada y aburrida. Hay, asimismo, relaciones con el pueblo y con la mística que evidentemente conducen a los conductores a la adrenalina.

La de Cristina Fernández de Kirchner fue la presidencia peronista que más se acercó a un origen tradicional porque la postularon desde el poder y sin desafíos al jefe natural. Aunque ahora que intenta volver a liderar el panperonismo recurre nuevamente a la audacia. La Unidad Ciudadana, lanzada formalmente el 20 de junio en Sarandí, implica salirse del peronismo con la expectativa de liderarlo desde afuera. CFK, quien se sigue definiendo como “militante peronista” en su bio de Twitter, sabe perfectamente que sin la red peronista no hay proyecto de poder. Su nuevo partido cristinista se conformó, fundamentalmente, a partir del peronismo bonaerense, con el respaldo de un grupo creciente de intendentes (46 al momento de cerrar esta nota), incluyendo a La Matanza y al presidente del partido. Ella ve también una oportunidad para que la Unidad Ciudadana se constituya en otras provincias como Chaco (Jorge Capitanich será uno de los que la acompañarán en la apuesta), Santa Fe, Entre Ríos y más. Hoy el objetivo principal del kirchnerismo no es ganarle a Macri, sino liderar a la oposición. CFK sabe que el voto peronista puede dividirse pero que, en última instancia, la red peronista se unirá en 2019. Antes de las elecciones, o después de ellas.

Una pretensión ambiciosa

El problema que se le presenta al peronismo enfrascado en este proceso es Cambiemos. Un partido en ciernes, al que los peronistas observan poco y, en muchos casos, entienden menos. El peronismo estuvo siempre muy acostumbrado a que el “otro partido” era simplemente una consecuencia de lo que hace o deja de hacer el peronismo y que estaba formado por sectores sociales incapaces de formar una mayoría (a no ser que el peronismo cometa la suficiente cantidad de errores). El peronismo siempre se ve a sí mismo como el partido de las mayorías, y juega con la certeza de que eso terminará de alinearse en algún momento. Pero Cambiemos, aunque sea la continuidad del radicalismo, del liberalismo, del antiperonismo y de otros ismos que el peronismo supo derrotar, es también algo más que eso.

Cambiemos se ha consolidado como el partido de la numerosa clase media argentina. Y de todo lo que hay por encima de ella. El clasemediero argentino, una categoría con algo de análisis sociológico y mucho de construcción social, vota por Cambiemos con ganas. En estos votantes, hoy la marca Cambiemos se desempeña mejor en las encuestas que la mayoría de sus dirigentes. Pero Cambiemos también tiene la intención de arrebatarle al peronismo una partecita de lo que hay por debajo del Ecuador de la clase media, y concretar así su propio 40% el día de las elecciones. Es una pretensión ambiciosa. Pero el peronismo, poco habituado a tener contrincantes ambiciosos en las urnas, se desorienta. Sobre todo, porque lo hace con herramientas distintas (1).

Construir un liberalismo económico popular –es decir, mayoritario en las urnas– es una misión titánica en casi cualquier país del mundo. Para ello se necesita una robusta mayoría de electores que crean que menos Estado es mejor para ellos. Y, por lo general, las mayorías electorales no comulgan con esa idea. En regiones con alto nivel de vida, un mercado en expansión y, sobre todo, grandes porciones del electorado que son cuentapropistas y tienen poca interacción con el Estado, es posible encontrar una mayoría de votantes con ideas liberales en lo económico. En algunos distritos de Estados Unidos, Suiza o Inglaterra ocurrió. En América Latina, un continente lleno de pobres, luce imposible.

La comunicación cambiemita

En los 80 y principios de los 90, Reagan y Thatcher encarnaron una nueva fórmula para la popularización de las ideas favorables al mercado entre los votantes. Se trataba de un apoyo al empresario como líder social. En las encuestas que realiza Gallup sistemáticamente en Estados Unidos, lo habitual fue –y sigue siendo– que el pequeño empresario tenga una valoración muy buena en la sociedad y el gran empresario no. Algo similar ocurre entre nosotros: todos aman a las Pymes, nadie quiere a las grandes empresas. Pero en los años de oro de Reagan, esa brecha se cerró. En la opinión pública, la gran innovación del populismo capitalista reaganeano fue eliminar las distinciones entre grandes y pequeñas empresas y hacer del empresario, chico, mediano o grande, un héroe social estadounidense que se veía asediado por la voracidad del Estado. Ese empresario era de carne y hueso, no un constructo teórico impersonal como el mercado: era el joven Bill Gates que desarrollaba software en un garage, los productores de Hollywood, el señor Heinz que había creado la mejor salsa de tomate.

Esta fórmula era mejor que tratar de convencer a una mayoría de que el Estado era un problema para ellos mismos: ahora, el Estado es un problema para nuestros héroes, aquellos que todos queremos ser. Y que podríamos llegar a ser, dado que el chico de anteojos que arma computadoras en un garage y el gran empresario del software son básicamente la misma persona. Los iguala el rechazo al Estado voraz, que impide que uno se convierta en el otro. El Estado voraz tal vez nos provea de bienes básicos, pero mata nuestro sueño. El voto aspiracional en su máxima expresión.

El PRO no es reaganismo. En principio, porque no comparte esa exaltación del Estado mínimo: cree en el gradualismo, en la obra pública como motor de crecimiento y en la acción social del Estado para compensar a los más pobres. Tal vez algunos integrantes del PRO crean en el Estado mínimo, pero son minoría y no conducen el gobierno. Sin embargo, Macri y su gobierno sí creen que tenemos que ir hacia un gobierno con menos Estado y mayor libertad de acción para el sector privado.

Desplegar ese programa es difícil, porque la sociedad argentina no quiere reducir el tamaño del Estado. Por eso el mensaje del PRO tiene diferentes aristas. Por un lado, hay un núcleo duro que se alimenta de y se moviliza por el rechazo moral al kirchnerismo que busca hacerse extensivo a sus políticas. Este componente es importante en el cambiemismo, y permite justificar sus políticas. Algunos ajustes “son necesarios” porque lo que heredamos era un desastre. Esto se asemeja más a una política de shock que al voto aspiracional. Y contra eso, CFK tiene argumentos “racionales” que consisten, básicamente, en defender a su gobierno.

Pero el discurso de Cambiemos también tiene un componente aspiracional. El reaganismo señalaba a los exitosos del sector privado como modelos; Macri y sus colaboradores son, ellos mismos, los modelos. Se presentan a sí mismos como líderes exitosos en la vida privada que llegan al Estado por vocación social. Y buena parte de la razón que los asiste deriva de que ellos expresan y representan algo mejor que sus adversarios. Y no necesariamente por sus argumentos. Algunos votantes dicen que eligen a Cambiemos porque “los prefieren a los otros”, y en esa frase no está claro si hablan de gobiernos o de personas. La comunicación cambiemita trabaja con esa ambigüedad, y eso explica por qué son tan importantes las formas del optimismo, el saber escuchar, la sinceridad, el reconocimiento de los errores y todas esas características de estilo exitoso que hoy parecieran condensar el universo cambiemita. Un conjunto de recordatorios de que ellos, los que gobiernan, se destacan por sus virtudes personales.

¿Acaso todos los votantes cambiemitas aparecen cautivados por este elemento nuevo que ofrece su comunicación? Probablemente no, y en sus elecciones haya muchos elementos tradicionales –el voto estratégico, el voto identidad, el voto rechazo, el voto útil–. Pero hay razones para creer que hay una porción de este voto aspiracional, y que puede ser una clave de las elecciones por venir.

El desafío del peronismo

La dimensión aspiracional del voto por Cambiemos es algo que descoloca al peronismo porque sus opciones de políticas aparecen representadas y justificadas en lo que ellos son, y no en lo que argumentan. Los políticos peronistas, como colectivo, están cuestionados en su reputación. La corrupción es equiparada al Estado peronista y a las políticas de los gobiernos peronistas. Entonces, post-política y post-peronismo se vuelven sinónimos. Dado que el peronismo es el partido de gobierno, el discurso de superación de la política que propone Cambiemos es intercambiable con el antiperonismo. No se meten con Perón ni con Eva, dos figuras mitológicas que no dañan a nadie. Pero sí son antiperonistas del peronismo realmente existente.

En su lanzamiento en Sarandí, CFK hizo la mayor innovación estético-política que se recuerde. En lugar de ofrecer un discurso desde la cima de la montaña, trató de hacerse al costado de su propia figura, se declaró como “una ciudadana más”, y se mezcló en un escenario accesible con las personas con nombre y apellido. Dejó de ser la que más sabe, y trató de ponerse en el lugar de la que mejor entiende. Al hacer eso, reconoció que en el plano de la comunicación ella tenía falencias. Y sus contrincantes virtudes. Ello no quiere decir que lo suyo sea imitar a Cambiemos, porque la naturaleza de los mensajes no podría ser más diferente. El desafío del peronismo es construir su propio mensaje hacia aquellos pobres que buscan una vida material más exitosa, y no sólo mejores relaciones con el Estado y los servicios públicos. Y expresar todo eso a través de ejemplos y símbolos, cosa que el PRO hace muy bien. Porque aspiraciones, finalmente, tenemos todos.

1. Sobre los conceptos de Jaime Durán Barba y las estrategias adoptadas para el ascenso de Mauricio Macri, véase “La utopía de las pequeñas cosas”, por Christophe Ventura, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2017.

* Politólogo. Profesor de la Universidad de Buenos Aires.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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