> ARCHIVO > 217: La disputa por el liderazgo > La temible influencia del lobby prosaudí
Su Nombre *
Su Email *
Destinatario: Nombre *
Destinatario: Email *
Mensaje
Por favor escriba las letras y números que aparecen en la imagen.
Captcha Code
 
 

Edición Nro 217 - Julio de 2017


Donald Trump en su visita a Arabia Saudita junto con el rey Salman bin Abdulaziz al-Saud, Riad, 22-5-17 (Bandar Algaloud/Saudi Royal Co/AFP)

Lluvia de petrodólares sobre think tanks, expertos y medios

La temible influencia del lobby prosaudí

Por Daniel Lazare*

Las relaciones entre Arabia Saudita y Estados Unidos, frías durante la última presidencia de Obama, se entibiaron con la asunción de Donald Trump. Un giro sorpresivo, considerando los ataques del entonces candidato Trump contra la monarquía wahabita, que debe mucho al lobby estadounidense prosaudí.  

xisten razones para que Arabia Saudita recibiera con preocupación el triunfo de Donald Trump en noviembre pasado. Después de todo, su vieja amiga Hillary Clinton no escatimaba elogios sobre el reino, al que presentaba como una fuerza de paz y estabilidad, mientras que su adversario republicano hablaba pestes de éste desde hacía años. Tras los atentados de septiembre de 2001, Trump había acusado a Riad de ser “el mayor proveedor mundial de fondos del terrorismo”: la monarquía petrolera, escribía, utiliza “nuestros petrodólares –nuestro propio dinero– para financiar a los terroristas que buscan destruir a nuestro pueblo, mientras que los saudíes confían en nosotros para protegerlos” (1). Durante su campaña electoral, amenazó con bloquear las importaciones de petróleo saudí si el reino no intensificaba su lucha contra el Estado Islámico (EI).

Sin embargo, apenas siete meses después de su elección, el presidente estadounidense eligió a Riad para su primera visita oficial al exterior. No bien llegó, confirmó su giro diplomático instando a un cambio de régimen en Irán y anunciando un contrato de 110.000 millones de dólares para la venta de armas, a los que podrían sumarse 240.000 millones en contratos durante la década siguiente. Desde luego, puede dudarse de la capacidad del gobierno saudí en honrar este fastuoso encargo, teniendo en cuenta el déficit de las cuentas públicas del 22% del producto interno bruto (PIB) como consecuencia de la caída de los precios del petróleo; pero ésa es otra cuestión. Varias fuentes en la Casa Blanca sugieren que estos contratos de venta de armas constituirán la base de una futura “OTAN árabe” destinada a combatir a la vez a Irán y al EI (2).

Relaciones turbulentas

De la furia a la adoración en pocos meses, el viraje de Trump resulta espectacular. Sin embargo, no era totalmente imprevisible. Primero, debido al petróleo: a pesar de la revolución del gas de esquisto, Estados Unidos sigue dependiendo de los surtidores saudíes en un millón de barriles por día. Luego, debido claramente a los intereses de la industria militar estadounidense: el apetito aparentemente insaciable de Riad por los misiles Patriot y los helicópteros Blackhawk representa un maná que sería imprudente menospreciar. A lo que se suma un tercer factor: Irán, blanco de una misma hostilidad por parte de Estados Unidos y Arabia Saudita (así como de Israel), que lo consideran la principal fuente de inestabilidad en Medio Oriente. Finalmente, existe una cuarta razón: la poderosa red de simpatías estadounidenses que los saudíes tejieron pacientemente a lo largo de los años, en perfecta sintonía con otras monarquías petroleras del Golfo.

Esta red compuesta de think tanks y centros de estudios, bufetes de abogados y asesores en relaciones públicas, consejeros y lobbistas habría recibido de Riad al menos 18 millones de dólares desde 2015. La suma puede parecer módica respecto de los 130.000 millones de dólares por año que el país percibe en ingresos del petróleo. Pero constituye una señal de la facilidad con la cual los saudíes obtienen garantías contra el riesgo de caer en desgracia.

Desde los atentados del 11 de Septiembre, de los cuales quince de los diecinueve autores (comenzando por el propio Osama Ben Laden) eran de nacionalidad saudí, las relaciones entre ambos países se enfriaron considerablemente. La administración de George W. Bush limitó primero los daños disimulando información comprometedora sobre el papel del gobierno saudí para apuntar mejor a Saddam Hussein. Bajo la presidencia de Barack Obama, en cambio, el acuerdo entre ambos aliados sufrió serios reveses. El jueves 2 de octubre de 2014, el vicepresidente Joe Biden confesó frente a una asamblea de estudiantes en la Universidad de Harvard: los saudíes, los turcos y los emiratíes, dijo en términos poco diplomáticos, estarían “tan decididos a eliminar [al presidente sirio Bashar Al-Assad] que hicieron llover cientos de millones de dólares y decenas de miles de toneladas de armamento sobre aquellos que luchaban contra Assad, aunque los beneficiarios de estas entregas fueran Al-Nosra, Al-Qaeda y los elementos extremistas de los yihadistas provenientes de otras partes del mundo” (3).

Más tarde, en julio de 2015, Washington puso fin al conflicto nuclear iraní firmando un acuerdo histórico con Teherán, enemigo de siempre de Riad (4). En abril de 2016, en una entrevista concedida al mensuario The Atlantic, Obama acusó a los saudíes de apoyar el terrorismo sunnita y les sugirió aprender a “compartir” Medio Oriente con sus adversarios iraníes. Tres meses más tarde, la administración desclasificó un capítulo del informe de la investigación parlamentaria de 2002 sobre el 11 de Septiembre que señalaba que los dirigentes saudíes habían provisto fondos a al menos dos miembros del comando implicado y que luego habían obstaculizado las pesquisas de los investigadores estadounidenses. En septiembre del mismo año, el Congreso, por una aplastante mayoría, permitió a los familiares de las víctimas del 11 de Septiembre reclamar ante la justicia daños y perjuicios contra la monarquía saudí, ley que había sido vetada por el presidente Obama. En octubre, WikiLeaks divulgó un correo electrónico de 2014 en el cual Hillary Clinton se quejaba de las autoridades saudíes y qataríes, sospechadas de brindar “apoyo financiero y logístico clandestino al EI y a otros grupos sunnitas radicales en la región”.

Los motivos del acercamiento

La retórica antisaudí con la que insistió Trump durante la campaña electoral parecía pues el lógico resultado de un divorcio ya muy avanzado. Hasta que un ejército heteróclito de demócratas, neoconservadores, agencias de inteligencia y otras figuras del “Estado profundo” se involucró en una batalla ideológica para impedir cualquier acercamiento con Rusia y sus dos principales aliados en la región, Siria e Irán.

Tambaleante ante la acusación de ser un “candidato siberiano” manejado a la distancia por Vladimir Putin, Trump intentó entonces resguardarse en su ala derecha rodeándose de viejos halcones tan visceralmente antiiraníes como antirrusos. Entre ellos, el general retirado del Cuerpo de Marines James Mattis, alias “Mad Dog” (“perro loco”), designado secretario de Defensa, y el general H. R. McMaster, designado en el cargo de asesor de Seguridad Nacional –el mismo que, en 2012, en respuesta a una pregunta sobre las tres amenazas más graves para la seguridad nacional, declaró: “Irán, Irán, Irán”–.

Desde el momento en que en Medio Oriente Rusia e Irán se volvieron los principales enemigos de Estados Unidos, Arabia Saudita debió lógicamente recuperar su lugar de aliado favorito. El lobby prosaudí contribuyó a ello en gran medida, difundiendo un continuo bombardeo de entrevistas, artículos e informes llamando a una acción gradual contra Damasco y Teherán. El 14 de noviembre de 2016, el Consejo Atlántico –un think tank que recibió 2 millones de dólares en 2015 de Emiratos Árabes Unidos y benefactores cercanos a Riad– convocó al general retirado David H. Petraeus, miembro de su consejo directivo, para fustigar una “actividad iraní maligna”; exhortó al ejército a lanzar operaciones de guerra en caso de que Irán violara el acuerdo de 2015 al reanudar su programa de enriquecimiento de uranio. Unas semanas más tarde, el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), otro influyente organismo favorecido –600.000 dólares en 2015 de Riad y Abu Dabi–, envió a uno de sus voceros al Congreso con el fin de predicar allí el lanzamiento de “operaciones directas e indirectas” para impedir que Irán enviara armas a sus aliados en Siria y Yemen (5).

Por su parte, el Centro para el Progreso Americano (CAP) –un think tank mimado también por los emiratíes (1 millón de dólares) y fundado por el ex director de campaña de Hillary Clinton, John Podesta, cuyo hermano Tony está debidamente inscripto como lobbista prosaudí– publicó un informe ordenando a la administración intervenir en Siria si Al-Assad persistía en bloquear la entrega de “ayuda humanitaria” en las zonas rebeldes. La lista estaría incompleta si no se mencionara a la Brookings Institution (21,6 millones de dólares de donaciones provenientes de Qatar desde 2011, y al menos 3 millones de Emiratos desde mediados de 2014), que milita, como era de esperar, en favor de sanciones más severas contra Damasco.

Esta campaña de lobby apunta a la vez a fomentar la hostilidad hacia Irán, promover a Arabia Saudita y desacreditar todo punto de vista disonante. Resulta tanto más eficaz cuanto que está en sintonía con la ofensiva antirrusa librada simultáneamente por los demócratas, el Federal Bureau of Investigation (FBI) y la Central Intelligence Agency (CIA). Coincide también con los esfuerzos desplegados por Trump para dar muestras de su fibra neoconservadora sacando pecho contra los adversarios tradicionales de Washington en Medio Oriente. Apenas nueve días después de asumir sus funciones, ordenó un ataque militar en un sitio yemení presentado como un refugio de Al-Qaeda. El 7 de abril, lanzó una lluvia de misiles Tomahawk sobre una base aérea en Siria.

Correas de transmisión

El lobby prosaudí está completo. Mohammed Alyahya, un experto en contraterrorismo saudí miembro del Consejo Atlántico, explicaba en The New York Times: “La gente está exultante en este momento en el Golfo. Está claro que Trump entendió lo que la potencia estadounidense podía hacer que cambie, y decidió servirse de ella” (6). En The Washington Post, el cronista David Ignatius calificó el bombardeo en Siria de “constructor de confianza”, debido a que “acerca una administración errática a los pilares de la política estadounidense tradicional”, antes de llamar al ex asesor de seguridad nacional de Obama, Tom Donilon, miembro del directorio de la Brookings Institution, a apoyar el regreso a la razón de Trump (7). “Apruebo totalmente la intervención en Siria –respondió Donilon–. Respecto de Rusia, China y Siria, hubo cambios de política muy significativos.”

Cuando un periodista no demasiado hostil con Arabia Saudita necesita el comentario de un especialista, llama por teléfono a uno de los numerosos factótums del lobby prosaudí, quien le interpretará gustosamente la partitura compuesta en Riad. El cronista de The Washington Post David Ignatius es un buen ejemplo de correa de transmisión entre los grupos de intereses y el mundo de los medios de comunicación. Sus detractores lo apodan “apologista en jefe de la CIA” y “majorette de Arabia Saudita”. El 23 de febrero pasado, denunció el control de los rusos del “espacio de la información”, antes de viajar a Riad con el fin de entrevistar allí a Mohamed Bin Salman (“MBS”), el todopoderoso príncipe heredero suplente del reino. “Contrariamente a tantos otros príncipes saudíes –señala maravillado David Ignatius el 20 de abril– ‘MBS’ no se formó en Occidente, lo que le permitió tal vez preservar esa energía combativa pura que constituye su éxito entre los jóvenes saudíes.” (8) Unos días más tarde, el 25 de abril, felicitó al “imperturbable” general Mattis por haberse rodeado de un “sólido equipo de seguridad nacional” que se esfuerza por llevar a Trump por la buena dirección.

Aplaudir a Mattis, elogiar a un príncipe saudí y confundir la Rusia de hoy con la Unión Soviética de ayer: un tríptico que se ajusta idealmente a las expectativas del lobby de los halcones. En un texto publicado el 18 de mayo de 2017 por The New York Times, Ali Shihabi, el director de Arabia Foundation, señalaba que los saudíes ven en Trump un “aliado mucho mejor” que su predecesor, considerado “dispuesto a aceptar en silencio los esfuerzos de Irán para dominar Medio Oriente”. El 21 de mayo, en The Hill, un periódico de información política de Washington, Anthony Cordesman, figura del CSIS y de la red prosaudí en Washington, comentaba la visita de Trump a Riad: “El presidente dio el discurso correcto en el lugar correcto y en el momento correcto. Siempre habrá críticas sobre temas como los derechos humanos o Yemen, pero el presidente tenía otras prioridades, y sin duda las correctas”. Frases repetidas una y otra vez por la prensa, de The Washington Post a Cable News Network (CNN) pasando por The Christian Science Monitor.

Ex asesor del senador republicano John McCain, este veterano del Pentágono, el Departamento de Estado y el Departamento de Energía tiene sobre todo la reputación de ser un serio conocedor, cuyos trabajos sobre el mercado internacional de la energía son muy respetados. Se trata pues de un nuevo miembro excepcional. Resulta tanto más preciado para los asesores de prensa de la familia Saud cuanto que la mayoría de sus investigaciones se centran en un único tema: el petróleo en tanto recurso vital cada vez más codiciado, como consecuencia, como escribía en 2001, del “crecimiento limitado de las fuentes de energías renovables”. El Golfo Pérsico, cuyo subsuelo contiene las dos terceras partes de las reservas petroleras conocidas en el mundo, seguirá siendo pues durante mucho tiempo un espacio geoestratégico de gran importancia, que conviene mantener controlado a cualquier precio. Este tipo de argumento es el que va directo al corazón de los partidarios de una política exterior beligerante, y más aun de los prosaudíes, ya que implica una ausencia de solución alternativa a la alianza entre Washington y Riad.

Gobierno fantasma

El lobby prosaudí saca total provecho de lo que la antropóloga Janine Wedel llama la llegada del “gobierno fantasma”. Desde la revolución neoliberal de los años 1980 y 1990, observa, las sucesivas administraciones privatizaron meticulosamente las funciones del gobierno subcontratando “compañías, consultoras, think tanks y otros proveedores no gubernamentales”. “Estos actores privados, agrega, son partes interesadas del trabajo gubernamental, implicados en todos los aspectos de la gestión de los asuntos públicos, así como en la concepción, adopción e implementación de las leyes”. Mientras que antes la aplicación de las decisiones federales correspondía casi exclusivamente a los agentes de la función pública, actualmente las tres cuartas partes de ese trabajo, medidas en términos de empleo, son confiadas a contratistas externos. La práctica era conocida desde hacía mucho tiempo, pero se propagó como un incendio forestal desde los primeros años de la presidencia de William Clinton (1993-2001).

Semejante clima resulta óptimo para hombres que no cesan de recorrer think tanks, salas de redacción y oficinas ministeriales. Alimentan el crecimiento de un cultivo de invernadero en el cual las únicas ideas admitidas como válidas son aquellas que se intercambian en la mesa de las lujosas conferencias patrocinadas por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y otras monarquías del Golfo. “Todos quieren ser invitados a Brookings para decir hasta qué punto los saudíes son geniales y por qué debemos contar con ellos para proteger nuestro abastecimiento de petróleo –explica el historiador Toby C. Jones, autor de un libro sobre la historia del reino (9)–. Lo que exige recitar las verdades oficiales, pero ¿de qué sirve negarse?”.

1. Donald J. Trump, Time to Get Tough: Making America #1 Again, Regnery, Washington, DC, 2011.

2. Josh Rogin, “Trump to unveil plans for an ‘Arab NATO’ in Saudi Arabia”, The Washington Post, 17-5-17.

3. El vicepresidente se retractaría y pediría disculpas dos días más tarde. VéaseCarol Giacomo, “Joe Biden apologizes for telling the truth”, The New York Times, 6-10-14.

4. Véase Alain Gresh, “Négociations cruciales sur le nucléaire”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2015.

5. “Senate foreign relations committee hearing on Iran”, 6-12-16.

6. Ben Hubbard, “Trump’s strike on Syria has all sides asking: What next?”, The New York Times, 7-4-17.

7. David Ignatius, “Trump got Syria and China right last week. That’s a start”, The Washington Post, 12-4-17.

8. David Ignatius, “A young prince is reimagining Saudi Arabia. Can he make his vision come true?”, The Washington Post, 20-4-17.

9. Toby C. Jones, Desert Kingdom: How Oil and Water Forged Modern Saudi Arabia, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2010.

* Periodista, autor de The Velvet Coup: The Constitution, the Supreme Court, and the Decline of American Democracy, Verso, Londres, 2001.


Traducción: Gustavo Recalde


 
 
 
¿Ha olvidado su contraseña?

BUSCADOR

EDICIÓN JULIO DE 2017
Editorial
Por José Natanson
El Atlas de la Argentina
Por Le Monde diplomatique edición Cono Sur
El peronismo ante el voto aspiracional
Por Julio Burdman
la síntesis imposible
Por Pablo Semán
sindicatos y elecciones
Por Ana Natalucci
La hipocresía del Norte
Por Ignacio Ramonet