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Edición Nro 225 - Marzo de 2018


Mausoleo de Juan Domingo Perón en San Vicente, Buenos Aires (Marcos Brindicci/Reuters)

Desafíos de un partido lejos del Estado

El club de la pelea

Por Julio Burdman*

El peronismo se desindicalizó desde la recuperación de la democracia y atraviesa un proceso de desestatalización desde la llegada de Mauricio Macri al poder. En este marco, su futuro depende básicamente de su capacidad de construir un marco institucional para que las diferentes corrientes definan sus disputas en una interna.

a principal atracción del Museo Juan Domingo Perón en la ciudad bonaerense de Lobos es el escritorio original que el general, entonces coronel, utilizaba como secretario de Trabajo del régimen nacionalista en 1943. Allí, sobre ese mueble sencillo y cubierto de libros, Perón construyó la alianza básica de lo que luego sería el movimiento nacional justicialista: Poder Ejecutivo y sindicatos por actividad. El Estado de Bienestar criollo y el partido dominante de la política argentina contemporánea nacieron allí.

Es por eso que la peronología, una disciplina vibrante de las ciencias sociales argentinas, tiene entre sus temas predilectos a la relación histórica entre peronismo y sindicalismo. Ya en la presidencia y con plenas credenciales democráticas, la cultura peronista dirá que el movimiento tiene tres ramas: política, sindical y femenina. Otra imagen clásica se refiere al sindicalismo como “columna vertebral” del movimiento. De esa compleja relación emergen una infinidad de cuestiones, como el rol de los sindicatos en el origen del peronismo, las tensiones entre la rama sindical y la rama política en el gobierno, la supervivencia de los gremios en los años de plomo y los enfrentamientos entre la ortodoxia (sindical) y la vanguardia en los 70.

Podemos decir que hay un peronismo fundacional, casi mitológico. Y otro realmente existente, actual, que disfruta evocando al anterior. Pero la tensión entre políticos y sindicalistas es parte de ambas vidas. Con el advenimiento de la democracia en 1983 se produjo una división entre ortodoxos y renovadores que reeditaba esta puja, ya que los sindicalistas eran el poder detrás de la ortodoxia. Camperas de cuero versus corbatas. Y ganaron las corbatas.

El peronólogo estadounidense Steven Levitsky describe esta transformación en un libro clásico (1). Bien lejos del cliché de “los 70 años de peronismo” que prende como un fósforo en Twitter, Levitsky explica que en realidad el justicialismo que conocemos comenzó en los 80 a partir del acceso regular al gobierno, algo que antes estaba vedado. Presidencia, gobernaciones, intendencias: la cultura peronista, durante décadas agazapada en los sindicatos, se mudó al Estado. Se produjo, según Levitsky, un proceso de desindicalización. Los jefes gremiales tuvieron cada vez menos participación en el mundo de las elecciones y la representación política. El peronismo bonaerense, esa criatura territorial que comenzó a formarse en los 80, ya no dependía de los grandes sindicatos organizados.

La tesis de la transformación explicada por Levitsky, publicada en 2003, prohijó buena parte de la imagen que todos tenemos sobre el peronismo: un partido-movimiento territorial que gobierna el Estado apoyado en su red de jefes políticos, candidatos sonrientes, cuadros gerenciales, punteros zorros e intelectuales coloridos. Pero ya pasaron varios años. Ahora estamos en la Argentina de Cambiemos y podemos hacernos algunas preguntas nuevas.

En primer lugar, si algo puso en evidencia la marcha convocada por Hugo Moyano el 21 de febrero pasado es que, a pesar de la desindicalización de la política peronista, el poder organizacional de los gremios se mantiene intacto. Siguen contando con las leyes que le dan vida y brindando muchos servicios –comenzando por la salud– a sus afiliados; son aún los cogestores del Estado de Bienestar criollo. Muchos de ellos incluso han crecido, como el Sindicato de Camioneros en los gobiernos kirchneristas, o la Unión Obrera de la Construcción hoy. Moyano se puede dar el lujo de convocar a una gran movilización contra el gobierno nacional… desde su propio gremio. La CGT es, en este contexto, un lugar menor. Y no es la primera vez que sucede: en Argentina no se transporta sin Camioneros y no se construye sin la UOCRA.

Paradójicamente, es el “peronismo corbata” el que viene sufriendo varias derrotas consecutivas: en las presidenciales de 2015 perdió el gobierno nacional, la provincia de Buenos Aires y una serie de intendencias impensables. Y en las legislativas de 2017 Cambiemos avisó que en un par de años podría desalojarlo de Córdoba, Entre Ríos y otras provincias más.

Por supuesto que, aun con el peor de los resultados electorales, en 2019 seguirá habiendo gobernadores, intendentes, legisladores nacionales y concejales peronistas. Y también es cierto que incluso en la era cambiemita quedan algunos cuantos peronistas en las oficinas públicas, resguardados por los sindicatos estatales, el know how administrativo y un bajo perfil personal. Pero no es lo mismo. La organización desorganizada puede convertirse en mera desorganización. La hipótesis está planteada: el peronismo, estructurado desde el Estado, la maquinaria que para Levitsky es desde los años 80 su verdadero corazón, puede desaparecer si Cambiemos renueva en 2019. O, en todo caso, puede sobrevivir como un archipiélago ineficaz para construir gobiernos. El movimiento, habiendo ya atravesado por una desindicalización política, enfrenta ahora el desafío de la desestatalización.

Alternativas

En más de un sentido, el justicialismo posterior a 1983 tiene poco que ver con el peronismo de la fundación, la proscripción o la violenta primavera setentista. Si no fuera por la potencia social del mito, tal vez los herederos de Perón hoy se llamarían de otra forma, como ocurrió con los gaullistas franceses. Pero más allá de las etiquetas podemos encontrar algunas analogías históricas para pensar el desafío de un peronismo fuera del gobierno y del Estado. Una es la resindicalización, como la ocurrida a partir de 1955, durante los regímenes antiperonistas: en efecto, pese a los esfuerzos realizados por Perón entre 1946 y 1955 para distinguir entre sindicalismo y política, los gremios fueron un refugio durante los largos años de la proscripción. Otro punto de comparación es la repartidización ocurrida entre 1984 y 1988, cuando el peronismo derrotado por Alfonsín se organizó como un partido que funcionó relativamente bien, definiendo líneas de acción en órganos colegiados y logrando el hito institucional de la interna entre Carlos Menem y Antonio Cafiero para seleccionar a su candidato presidencial.

¿Ocurrirá una resindicalización? Cada vez que puede, Moyano dice en público que le gustaría ver a un trabajador como presidente. Como trabajadores somos todos, Moyano se refiere a una persona proveniente del mundo sindical al estilo Lula, la referencia excluyente de todos los peronistas que sueñan con un gremialista en el gobierno. En este sentido, y al igual que en el pasado, la organización sindical, indemne a través del tiempo, puede resultar un techo para refugiarse durante la tormenta. Y más también: el presidente del Partido Justicialista porteño, por ejemplo, es Víctor Santa María, un sindicalista que gusta de la política y cuyo gremio administra una universidad y un grupo de medios de comunicación. Soñadores y salvadores siempre hay. Además, los sindicatos tienen algo del metal imprescindible para financiar candidaturas.

No obstante, las restricciones son muchas. Por cada jefe sindical dispuesto a lanzarse a la política peronista, o a rescatarla, hay docenas de veteranos sobrevivientes que están más interesados en negociar con el oficialismo que en enfrentarlo. Además, los sindicalistas no tienen gran aceptación en la opinión pública. Eso no es nuevo, y en cierta medida es lógico, porque los reclamos sectoriales no son la mejor plataforma para construir liderazgos representativos del conjunto de la sociedad. Se suma a ello que hay connotados sindicalistas bajo el asedio de los jueces federales, y que faltan renovación y mujeres. En un contexto de vacío de liderazgo, los dirigentes sindicales pueden ocupar un rol, o apuntalarlo. Pero es difícil ver allí el combustible suficiente para un renacimiento del peronismo, aun cuando un peronismo político convertido en perdedor crónico de elecciones corre el riesgo de no poder garantizar al peronismo sindical la supervivencia del modelo laboral argentino.

La otra opción que señalamos es la repartidización, una idea que últimamente circula en los ambientes peronistas como el camino más adecuado a seguir. Muchos diseñan un método eficaz para volver al gobierno (y cuanto antes, porque afuera hace frío) y creen encontrar en la experiencia de la Renovación de los 80 un modelo: en un movimiento identitario, los símbolos siempre tienen la respuesta. Mirar la Renovación llevaría a sentar las bases de una nueva interna, como la de 1988 pero treinta años después. La fórmula sería dejar de lado las diferencias y concentrarse en la crítica del oficialismo como adversario común.

Eso, en principio, poco se parece a la repartidización renovadora de los 80. Unirse de este modo equivale a buscar el eje ordenador afuera, articular un frente antimacrista como vía rápida para regresar al Estado –y luego organizarse desde ahí–. Sin embargo, el motor del peronismo entre 1984 y 1988 no fue el antialfonsinismo. Aunque por supuesto había críticas al gobierno radical, la identidad opositora era el segundo plano de la militancia. Lo que movilizaba era vencer en la interna, recuperar el peronismo y liderarlo de cara a las elecciones presidenciales de 1989.

Además, cabe preguntarse si a tan sólo dos años de la llegada de Cambiemos al gobierno el antimacrismo puede ser un eje ordenador eficaz. La Alianza entre el Frepaso y la UCR, construida como eje antimenemista, recién se formó luego de ocho años, y la coalición antikirchnerista después de casi doce. Un mandato presidencial es poco para alinear tantas pasiones. En los estudios de opinión pública no se registra un antimacrismo visceral, epidérmico, como el que supieron padecer Menem y los Kirchner sobre el final de sus mandatos reeleccionarios. Hay gente a la que le gusta el gobierno, gente a la que le disgusta, y gente en el medio; hay, también, frustración. Pero el hastío es otra cosa.

La estrategia antimacrista puede resultar por lo tanto artificial, como también lo hubiera sido un peronismo antialfonsinista en los 80. Lo que enciende y motiva a muchos peronistas, a decir verdad, hay que buscarlo más hacia adentro del partido. Eso es lo real: buena parte del peronismo antikirchnerista cree que el kirchnerismo es lo peor que pudo pasarle al peronismo, que no merece siquiera llamarse peronismo, en tanto el kirchnerismo piensa algo parecido del peronismo cordobesista, del gobernador de Salta o de los integrantes del Bloque Justicialista. En otras palabras, la libido está adentro del peronismo. Y el resto se aprovecha de ella. Es cierto que muchos argentinos se cansaron de la energía peronista. Pero el peronismo podría incluirlos también a ellos, con una promesa de no parar hasta resolver sus propios problemas. Monopolizar la cuestión peronista, todos al ring, salir de gira, implosionar. Que nadie se salga de las cuerdas hasta que gane el mejor. Y después, claro, que todos sin excepción levanten en andas al ganador. Eso fue, más o menos, lo que salvó al peronismo en los 80.

Un cuadrilátero ahí

El box peronista sólo es posible con un cuadrilátero, porque de otro modo se transformaría en una pelea callejera. Pegarse es fácil, lo difícil es hacerlo respetando un marco de códigos y reglas. En los 80, cuando Cafiero y Menem disputaron la interna, había mayores reservas de identidad partidaria y una concepción diferente del federalismo político. Esto último es clave. Hoy la división entre kirchneristas, centristas y antikirchneristas está atravesada por la lógica de la relación Nación-provincias. Los peronistas con mayor peso institucional son los gobernadores (Entre Ríos, Córdoba, Tucumán, Salta, San Juan), los senadores y los intendentes. Si ellos no se suben al ring la pelea carece de sentido. Y hoy no están realmente convencidos de que valga la pena. La presencia de Macri en la Casa Rosada es una realidad tangible con la que tienen que lidiar en forma cotidiana para administrar sus distritos. El resto es incertidumbre. Y parece difícil que los peronistas y kirchneristas sin responsabilidad de gestión logren liderarlos (esta diferencia entre aquéllos que tienen la obligación de gobernar y quienes cuentan con más libertad es la misma que marcó el quiebre del radicalismo y la creación de la Concertación Plural durante los primeros años del kirchnerismo). La coordinación de las voluntades no es imposible pero los incentivos juegan en contra del club de la pelea.

Por supuesto, la unidad peronista se vería facilitada si el gobierno decide “ir por todo”, si apuesta a arrebatarle al justicialismo las provincias que aún gobierna en un contexto de ajuste del gasto público. Si un gobernador justicialista siente que la administración nacional está decidida a desplazarlo en 2019 posiblemente decida poner más energía en un armado nacional de cara a las presidenciales, cosa que hasta ahora no parece ocurrir. Mientras, el resto del peronismo deberá esperar y contribuir a crear las condiciones para que las reglas del cuadrilátero funcionen.

1. La transformación del justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista, Siglo XXI Editores, 2005.


* Politólogo y profesor de la UBA.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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