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Edición Nro 153 - Marzo de 2012


Alejo Rotemberg (www.alejorotemberg.com)

Jacobo Siruela investiga en un libro turbador los laberintos del sueño

Mientras dormimos

Por Carlos Alfieri

Aristócrata outsider, editor prestigioso, diseñador gráfico reconocido y ahora escritor, el español Jacobo Siruela realiza en su ensayo El mundo bajo los párpados una exploración tan apasionante y documentada como polémica de las actividades oníricas.

a tercera parte de la vida de los seres humanos transcurre en el reino del sueño. A pesar de la importante magnitud de esta porción de existencia capturada por la oscuridad, es relativamente exigua la cantidad de estudios, investigaciones o reflexiones que la han tomado como objeto. Ya en el siglo XVIII el filoso aforista alemán Georg Christoph Lichtenberg acusaba esta escasez: “Toda nuestra historia es únicamente la de los hombres despiertos; nadie hasta ahora ha pensado en una historia de los hombres que duermen”, consignó. Atraído por el tema y dispuesto a menguar ese vacío, el editor, diseñador gráfico y ahora escritor Jacobo Siruela dedicó ocho años de su vida a leer y pensar acerca del sueño; el fruto fue su ensayo El mundo bajo los párpados (1), publicado en España en octubre de 2010, que gozó de una excelente recepción crítica y cuya segunda edición ha llegado a Argentina.
A su manera, no por confortable carente de mérito, Jacobo Fitz-James Stuart Martínez de Irujo, conde de Siruela, hijo de la duquesa de Alba, Grande de España, es un outsider de la aristocracia. Desde muy joven se mostró renuente a limitarse a un destino de habitante perpetuo de las páginas de la revista Hola y asumió un papel activo en el mundo de la cultura. En 1982, con sólo 26 años de edad, fundó la editorial Siruela, dedicada en particular a la recuperación de grandes obras de la literatura medieval y fantástica, con la que logró un éxito inesperado. Sus libros –al igual que la exquisita revista cultural El Paseante, que dirigió entre 1985 y 1998– se caracterizaron por su cuidadosa edición y su diseño elegante, del que siempre se ocupó personalmente. En 2004 fue distinguido con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial otorgado por el Ministerio de Cultura de España y con el Premio Daniel Gil de Diseño Editorial. Vendió el sello Siruela en 2000, aunque lo siguió dirigiendo hasta 2004, año en que se desvincula por completo de él para crear una nueva editorial, Atalanta, cuyo primer libro aparece en 2005 y con la que rápidamente revalida su prestigio. Atalanta funciona en la finca campestre en donde vive retirado desde hace un decenio, en el pueblecito de Vilaür, en la comarca catalana del Ampurdán, y posee una estructura mínima: sus únicos empleados son él; su esposa, la periodista Inka Martí, y dos secretarias a media jornada. Uno de los primeros títulos que publicó en su flamante etapa, con su habitual esmero y en dos bellos volúmenes, obtuvo inmediata resonancia: La historia de Genji, escrito hace mil años por Murasaki Shikibu, dama de compañía de la emperatriz japonesa Akiko. Se trata de un auténtico monumento de la literatura universal; ha sido comparado, por su penetración psicológica y su vastedad narrativa, con En busca del tiempo perdido de Proust. Sin embargo, era poco o nada conocido en el ámbito hispano. Ya ha alcanzado su tercera edición.

Mensajes de los dioses

“Lo que he querido hacer con El mundo bajo los párpados, que es un libro fronterizo entre el ensayo y lo narrativo, es ubicar los sueños en un contexto cultural e histórico, y en parte, también, fenomenológico: es decir, tratar de responder a interrogantes como qué es soñar, dónde estamos cuando soñamos, cómo se forma ese espacio onírico, cuál es el tiempo que rige los sueños… No me ocupo aquí de su interpretación”, contó Jacobo Siruela a Le Monde diplomatique en su reciente visita a Buenos Aires, en la que participó de una presentación pública en el Malba, el Museo de Arte Latinoamericano. “Los sueños pertenecen a la historia e incluso han incidido en ella, pero hoy en día los sueños constituyen algo depreciado y casi despreciable; la gente se acuerda muy poco de ellos, forman un ámbito opaco que nadie conoce o del que se tienen ideas muy superficiales. Son considerados algo así como las sobras psíquicas. A mí me interesa vindicar el sueño, tratarlo como una parte de la cultura y recordar que a lo largo de la historia humana ha existido una formidable cultura del sueño.”
Siruela va trazando en su obra un recorrido tan apasionante como abundantemente documentado de las relaciones del sueño con la historia, con lo sagrado, con lo terapéutico, con el tiempo, con la muerte. Así evoca, por ejemplo, la concepción de los antiguos griegos de los sueños como mensajes de los dioses y también epifanías curativas: en los lugares de incubación –incubar significa “dormir en el santuario”– (cuevas, templos, el más célebre de los cuales era el de Epidauro, dedicado a Asclepio –Esculapio para los romanos–, dios de la medicina) el “suplicante” (hoy lo llamaríamos el “paciente”) aquejado por una enfermedad se tendía a dormir. Durante el sueño los dioses le enviarían las imágenes que, adecuadamente interpretadas por los sacerdotes a quienes el suplicante debía relatar todo lo soñado, encerraban las claves de la diagnosis y la terapéutica de su mal. De allí surgían, en consecuencia, las prescripciones médicas. Estos asclepieion (templos consagrados a Asclepio) eran, de algún modo, clínicas psicoterapéuticas.
Según la mitología, del Hades, el reino subterráneo de los muertos, provenían tanto los sueños como los poderes curativos de la tierra. En él se hallaban, contiguas, las moradas de Hipno y Tánato, divinidades del sueño y de la muerte; soñar, por tanto, era entrar en la casa de la muerte y en territorio sagrado. El Hades era para los griegos el lugar metafórico de las profundidades psíquicas, es decir, en lenguaje psicoanalítico, el inconsciente.
No sólo los sacerdotes creían en la función terapéutica de los sueños: los padres de la medicina también. Hipócrates decía que el alma percibía las causas de la enfermedad a través de ciertas imágenes del sueño, y Galeno afirmaba haber curado siguiendo indicaciones oníricas. Hipócrates creía que cuando los sueños se limitan a evocar lo sucedido durante el día, el cuerpo se halla en orden y sano, pero cuando se manifiestan escenas violentas, en las que aparecen guerras o matanzas, éstas son indicios de desórdenes corporales y denotan una enfermedad.
Curiosamente, algunos científicos contemporáneos vienen a refrendar estas antiguas teorías. El psiquiatra ruso Vasili Kasatkin publicó en 1967 las conclusiones de un minucioso estudio sobre 10.000 sueños de unos 1.200 enfermos de distintas dolencias, y constató que las enfermedades físicas tenían un correlato en la actividad onírica, que se correspondía con la gravedad, la duración y la localización del mal. Lo asombroso es que estos sueños solían aparecer antes de los primeros síntomas físicos de la enfermedad, como si fueran señales que enviaba el cuerpo. También el célebre neurólogo inglés –y delicioso escritor– Oliver Sacks sostiene que algunos sueños del paciente pueden convertirse en un camino para llegar a la diagnosis de su enfermedad.

Viajar al futuro

Uno de los aspectos más controvertibles del sueño es su supuesto carácter premonitorio. Si bien en el comienzo del libro su autor menciona la incidencia de la realidad histórica sobre los sueños, enseguida se centra predominantemente en lo inverso, la influencia de éstos sobre aquélla. Cita muchos ejemplos de sueños predictivos de famosos personajes que tuvieron inmediato cumplimiento, como el del presidente Abraham Lincoln, que soñó con su asesinato, o de otros cuya ejecución fue diferida, como el que Oliver Cromwell experimentó siendo un niño y contó a su maestro: soñó que lo nombraban rey de Inglaterra; cuarenta años después, en 1649, decapitaba al rey Carlos I Estuardo –coincidentemente, un antepasado de Jacobo Siruela– y asumía el poder.
El problema radica en que el ámbito onírico es extremadamente inseguro: sólo tenemos testimonio de un sueño a través del soñante; no puede haber testigos que garanticen la fidelidad de su versión. Si la memoria suele reconstruir incesantemente los recuerdos de la vigilia, qué no hará con los más borrosos del sueño, que en su tránsito a la vida consciente tienden de por sí a deformar sus rasgos, a modificar sus contenidos. Y esto al margen de la honestidad del soñante; ni hablar del peligro de que éste invente un sueño “literario”.
Estas circunstancias, sin embargo, no desalientan a Siruela: “Si examinamos la historia –dice– veremos que en todas las culturas antiguas se apreciaba la índole premonitoria de los sueños. Esto empezó a cambiar en la Edad Media debido a la prédica contraria de la Iglesia, y en el siglo XVIII, por motivos absolutamente distintos, de la Ilustración, que arrojó estas creencias al desván de las supersticiones. En el siglo XX Freud sitúa sus raíces en la infancia del individuo, mientras que Jung recoge la vieja tradición profética del onirismo y dice que así como la conciencia piensa el futuro, los sueños también. Muchas personas tienen sueños precognitivos, pero lo ocultan para no sufrir el descrédito social. Como a mí me interesa todo lo que es despreciado, lo que es raro, me dije ‘bueno, en vez de despreciar vamos a investigar estas cosas’”.
Pero cabe preguntarse qué valor podemos asignarle a un puñado de sueños premonitorios que se vieron realizados –y concedamos que fueron realmente soñados– frente a tal vez millones de sueños proféticos de personas famosas o anónimas que jamás se tradujeron en acciones reales. El autor de El mundo bajo los párpados no se detiene ante este tipo de reparos: “Lo que analizo en el libro, de una manera bastante lógica, creo, son las paradojas supremas del sueño. Entre otras cosas rompo un poco el tópico del inconsciente: también hay una conciencia de los sueños; es sabido que existen los llamados sueños lúcidos, aquéllos de los que el soñante es consciente mientras los sueña. En cuanto a los sueños premonitorios –y, desde luego, no todos lo son–, creo que no hay dudas de su existencia; los testimonios son abrumadores y multitud de personas de relevante altura intelectual –como Schopenhauer o Jung– se han interesado en ellos. Claro, es difícil de admitir lo que choca con una cierta concepción racionalista todavía imperante, pero no hay que asustarse, no se trata de nada sobrenatural, aunque sea muy complejo para comprender; lo que intento es ampliar la mirada, poder pensar que lo que creíamos de una manera puede ser de otra. No abogo por el irracionalismo sino por otros paradigmas de lo racional. De hecho, a mí me interesa muchísimo la ciencia, y creo que el modelo racional va a ir cambiando a lo largo del siglo XXI; pienso que el centro de la realidad, que hasta ahora era la materia, va a desplazarse a la mente. En este tránsito hay una serie de fenómenos que cobran un carácter polémico, como esos sueños que son extraños y que han sido negados: es un poco lo que estudio”.
¿Qué ocurre entonces con los sueños precognitivos? Siruela apela a la física cuántica para tratar de fundar sus explicaciones.“Sencillamente (si puede decirse así) hay una parte de la psique que está fuera del espacio y del tiempo –argumenta–. Es una paradoja que la física cuántica ha consignado también con respecto a las partículas elementales. Eso sí que es más raro aún: que la materia esté más allá del espacio y del tiempo es mucho más paradójico que que lo esté la psique. En el microcosmos el orden temporal se torna incierto, el antes y el después se borran, la relación causal se invierte. Podría establecerse un paralelismo entre el macrocosmos (donde todo es constante, lógico y mensurable) y la conciencia, por un lado, y por otro entre el microcosmos (ámbito indeterminado de las partículas elementales) y el inconsciente. En estos últimos el espacio y el tiempo se vuelven relativos. Así como la mecánica cuántica demuestra que una partícula elemental invierte su dirección temporal y puede ocupar dos lugares al mismo tiempo, un sueño podría alterar la ley causal de la naturaleza y vehiculizar la información de un acontecimiento muy distante o que aún no ha tenido lugar. Como en el mundo infinitesimal de la materia, el pasado y el futuro confluirían y se harían presentes en la psique.”


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Crear soñando


Entre las variantes oníricas más atractivas que Siruela aborda en El mundo bajo los párpados se cuenta la del sueño inspirador, durante el cual un artista, un escritor, un pensador o un científico pergeña una obra o una teoría. Uno de los casos que recuerda es el de los tres famosos sueños que Descartes habría experimentado la noche del 10 al 11 de noviembre de 1619, que le proveyeron las claves del edificio del racionalismo moderno que después construiría (llamativa paradoja la de una epopeya racionalista que habría nacido del proceloso mar del inconsciente). Hay muchos otros casos, como el del astrónomo Johannes Kepler, que descubrió las órbitas elípticas de los planetas en un sueño, o el del premio Nobel de Medicina Otto Loewie, que esbozó la teoría química de la transmisión nerviosa a partir de un experimento realizado durante una visión onírica.
Una concepción del sueño lo caracteriza como la manifestación de las tensiones del inconsciente; según otra, es un territorio misterioso que permite el acceso a un mundo desconocido. Siruela parece sentirse más próximo de esta última. “Yo creo que fundamentalmente el mundo es misterioso –confiesa–. Las teorías científicas son fascinantes, pero, por ejemplo, nadie sabe qué es la fuerza de gravedad. Los científicos constatan que existe, pero no saben qué es. Ellos registran fenómenos y sus comportamientos, establecen pautas, buscan explicaciones, y lo hacen con un rigor admirable, pero en el fondo sigue permaneciendo el misterio de las cosas.” No resulta extraño, entonces, que en el desarrollo de su ensayo frecuente con mucha más asiduidad las indagaciones acerca del mundo onírico de Carl Gustav Jung y sus discípulos que las del psicoanálisis freudiano. “Es que los temas que trato en este libro, como los vínculos con lo sagrado o con el tiempo, tienen poco que ver con Freud –se defiende– y mucho más con Jung. Esencialmente, Freud vio el sueño como un síntoma, mientras que Jung apreció también el enorme potencial creativo del inconsciente. A mí siempre me interesó tanto la vertiente psicológica del onirismo como la artística y literaria. Hay una poética del sueño, que me fascina. Ahora bien, estoy escribiendo un segundo volumen de esta obra, que se llamará El sueño y sus metáforas (y también planeo un tercero), y en él dedicaré un capítulo a las interpretaciones de Freud.”
Desde los tiempos más remotos se estableció un parentesco entre el sueño y la muerte. Visto desde fuera, el dormido imita cada noche a los muertos al yacer (relativamente) inmóvil y en silencio. En tanto, su psique deambula, cuando sueña, por el reino de las sombras. Para Jacobo Siruela “el sueño es una metáfora de la muerte y es una metáfora de la vida. Es la primera experiencia psíquica que tenemos cuando estamos en la matriz materna”. Y se explaya: “Los antropólogos dicen que todo salió del sueño: la religión, los dioses, los rituales, incluso el comer ciertas plantas. Es decir que el sueño está en el origen de las estructuras antropológicas de la mente. Y aunque no se puede tomar literalmente, la vida es de alguna manera un sueño. Me refiero a la concepción de Kant de que la mente moldea la realidad, y esto la psicología de la percepción actual lo corrobora: lo que vemos es una elaboración de nuestra mente. Digamos que el sueño es la vida de la psique sin cuerpo, por eso tiene una relación simbólica inmediata con la muerte. Pero también es nuestra segunda vida, como tan acertadamente lo definió Gérard de Nerval. Todas las noches tenemos una segunda vida, de la cual recordamos sólo una mínima parte”.



1. Jacobo Siruela, El mundo bajo los párpados, Ediciones Atalanta, Vilaür, Gerona, España, 2011 (segunda edición), 354 páginas.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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