
Protestas por el fraude cometido en las elecciones parlamentarias, Krasnodar, Rusia,10-12-11 (Mikhail Mordasov/AFP)
Las expectativas de la sociedad rusa
o habrá una revolución de color al estilo ruso (1). Las concentraciones del 5 y el 10 de marzo pasado, convocadas por grupos que rechazan el resultado de la elección presidencial, no atrajeron las muchedumbres esperadas, y sus organizadores admitieron la necesidad de cambiar el modo de expresión de su descontento. No obstante, el poder no debería hacer de cuenta que todo ha vuelto a la normalidad. Tras un período de movilizaciones sin precedentes –que comenzó en diciembre de 2011 con las elecciones legislativas–, la sociedad rusa parece estar más dividida que nunca.
Más allá de los fraudes comprobados (2), la reelección de Putin no es una sorpresa. Primero porque, para gran parte del electorado, es el único que puede garantizar la estabilidad del país, traumatizado por las crisis políticas y económicas que se suceden desde 1991. Incluso en las grandes manifestaciones que siguieron a las controvertidas elecciones en la Duma, la mayoría no deseaba una ruptura política completa. El partido en el poder supo aprovechar con eficacia este estado de ánimo y prometió continuidad. Por otro lado, las leyes electorales implementadas en 2000 le impidieron a la oposición presentar candidatos creíbles.
La oposición
Estas manipulaciones fueron precisamente el detonante para un amplio movimiento de oposición. El sector más apegado a los valores democráticos –de los cuales se valieron todos los dirigentes, desde Boris Yeltsin– no apoyó el cinismo con que se anunció la inversión de los papeles en el tándem del poder: el 24 de septiembre pasado, el actual presidente Dimitri Medvedev presentó la candidatura de su predecesor y primer ministro, y enseguida éste le devolvió la gentileza prometiéndole a aquél el puesto de futuro jefe de Gobierno.
El panorama político ruso en general y la opinión pública en particular están profundamente conmocionados ante una campaña electoral marcada –sobre todo en Moscú y en varias ciudades del interior– por la amplitud de manifestaciones cada vez más hostiles hacia el candidato oficialista.
A pesar de su discutido éxito en las legislativas, el partido en el poder, Rusia Unida, arrastra como un lastre el sobrenombre, popularizado en internet, de “partido de los sinvergüenzas y ladrones”. Por lo demás, en la elección presidencial terminaron muy debilitados el Partido Comunista (PC), que salió segundo, así como su candidato, Guennadi Ziuganov, y Vladimir Jirinovski, candidato del Partido Liberal Democrático de Rusia (LDPR), el partido nacionalista tradicional, relegado al cuarto puesto. Al llevar adelante una política social activa (recuperación de las pensiones y las jubilaciones; aumento de salarios de algunas áreas, como docentes y personal de salud), y al subvencionar las industrias tradicionales, Putin debilitó la influencia del PC en sus bastiones históricos; al mismo tiempo, recuperó la retórica patriótica, ganándole de mano a Jirinovski. Por su parte, Iabloko, el partido de Grigori Iavlinski, presentado durante un tiempo como una especie de partido socialdemócrata ruso, se quedó fuera de la Duma por los fraudes y su candidato se vio impedido a presentarse a las elecciones presidenciales, lo cual lo dejó aun más marginado.
Los grandes mitines de la oposición sacaron a la luz el papel de los movimientos extraparlamentarios, algunos de cuyos representantes fueron recibidos por el presidente Medvedev a principios de marzo. Dichos movimientos reunieron un espectro inéditamente amplio de tendencias contradictorias, agrupadas por el rechazo hacia las prácticas del poder actual. Además de una izquierda particularmente dividida, había allí dos corrientes, una de ellas de derecha –llamada liberal y todavía frágil–, que considera a la democratización radical como una condición sine qua non para el reordenamiento del crecimiento ruso. Junto a las voces de siempre, como el ex campeón mundial de ajedrez Garry Kasparov o ex primeros ministros como Mijail Kassianov y Boris Nemtsov, la sorpresa vino de la mano del tercer lugar que obtuvo en las elecciones Mijail Projorov. Oligarca multimillonario, Projorov llevó a cabo una campaña activa contra el fraude y confirmó su intención de estructurar ese polo liberal, anunciando la creación de un nuevo partido. Pero, en un país que sigue siendo hostil a los oligarcas, su fortuna y sus declaraciones sobre la necesidad de una reforma del Código Laboral constituyen una desventaja, más aún que su inexperiencia política.
La segunda corriente pertenece a la esfera nacionalista, que –a pesar de la reactivación del discurso patriótico de Putin– se desarrolló considerablemente por fuera de todo partido, sobre un fondo de campañas xenófobas recurrentes y de violencia contra los inmigrantes (violencia que, por cierto, movilizó muchos menos policías que las manifestaciones de los demócratas). Sostenida en una ola de eslóganes demagógicos parecidos a los de sus homólogas europeas, esta corriente se vio beneficiada con la ambigüedad de las posiciones que exhibió Alexei Navalny, bloguero ruso y gran perdonavidas del establishment corrupto.
Frente a la magnitud de la protesta, el poder, con la enorme ayuda de los medios administrativos, organizó la movilización de sus partidarios. Exhumó los espantapájaros, tan usados en el pasado, de “enemigos de Rusia” o “traidores a la patria”. Luego pareció querer responder a ciertas demandas. Antes de las elecciones del 4 de marzo, Medvedev impulsó el debate en la Duma de varios proyectos de ley que apuntan a reformar elementos del sistema actual (vuelta a la elección de gobernadores, simplificación del trámite de registro de partidos). Pero Putin ya mencionó varias barreras que limitarían el alcance de estas reformas…
Fuerzas desiguales
Resulta significativo el título que eligió el semanario ruso The New Times, el 5 de marzo, para una entrevista a Igor Iurgens, responsable de un think tank supuestamente cercano a Medvedev: “Perdimos”. Al analizar las luchas de influencia en el entorno inmediato del “primer tándem” (Medvedev presidente, Putin primer ministro), Iurgens describe una pelea entre dos fuerzas desiguales. La primera –en la cual se inscribe– se parece mucho a la categoría social de los manifestantes de diciembre y enero en las calles de Moscú: la intelligentzia liberal, docentes, estudiantes, investigadores y la incipiente clase media; todos ellos partidarios de la apertura del país y de una rápida profundización de la democracia.
A esa corriente Iurgens opone un lobby conservador, “una corporación poderosa”, organizada en todos los engranajes del poder y apoyada en un conjunto de sectores tradicionales: “El complejo militar-industrial, los hidrocarburos, el agro y el ejército”, de los cuales subraya el miedo al cambio y a las agresiones exteriores. Resulta sorprendente ver citados los nombres en un recuadro publicado por el mismo semanario (3) que detalla los lazos, tanto personales como formales, que unen a Putin con un conjunto de dirigentes políticos y empresarios de estos ámbitos, a los cuales se suman las grandes infraestructuras de transporte y dos elementos clave del dispositivo: los bancos y los grandes medios de comunicación.
Esta red representa más de la mitad del Producto Interno Bruto (PIB) ruso y más del 75% de su capacidad de exportación. El control del Estado se vio aun más reforzado durante estos últimos años. La prensa no deja de denunciar las prácticas de las empresas, cuyas actividades están muy vinculadas a órdenes gubernamentales: sobreprecio sistemático para sacar provecho de situaciones de monopolio, fuga de ganancias hacia plazas offshore, falta de transparencia que favorece la corrupción.
Más allá de las protestas por las elecciones, la movilización se cristalizó precisamente alrededor de una exigencia de transparencia, justicia, control de las decisiones por parte de la población, y contra los exorbitantes privilegios de la nueva Nomenklatura, nacida tras veinte años de ausencia de separación de los poderes. No por azar el color escogido por los manifestantes fue el blanco, multiplicado en cintas, prendedores y globos. La corrupción, los desvíos de dinero, pero también el poder de los dirigentes de todos los niveles están en el centro de la discusión. Pero, a pesar de promesas muchas veces reiteradas por el dúo Medvedev-Putin, no se ve progreso alguno en este terreno. Ninguno de los funcionarios apartados en el último período fue oficialmente despedido por hechos de corrupción o de abuso de poder.
En un estudio sobre la carrera y la acción de Putin, dos investigadores estadounidenses delinean el perfil de un hombre apasionado por la historia que pretende, ante todo, restablecer el poderío y el dinamismo de su país, convirtiéndose en una especie de Piotr Stolypin del siglo XXI (4). Según ellos, este ministro del zar Nicolás II, famoso a la vez por la represión del movimiento revolucionario de 1905 y por ser promotor de importantes reformas inacabadas, es el modelo del nuevo presidente, quien hizo suya esta frase de Stolypin en la Duma en 1907: “Señores, no necesitamos grandes conmociones; necesitamos una gran Rusia”. Al recordar varios episodios decisivos de la carrera política de Putin, primero como adjunto del primer alcalde reformador de San Petersburgo, Anatoly Sobtchak, y luego como delfín designado de Boris Yeltsin, los investigadores se topan con una aparente contradicción entre su decisión, reafirmada muchas veces, de inscribirse en una lógica de mercado abierto y de una democracia en construcción, por un lado, y su firme intención de preservar un Estado centralizado y omnipresente.
De su paso por la KGB como oficial de inteligencia y luego en el ayuntamiento de San Petersburgo, mientras el país atravesaba fuertes turbulencias, Putin parece haber conservado una desconfianza profunda, que las “revoluciones de color” primero y la “primavera árabe” después reactivaron. Putin teme un nuevo período de disturbios, y a ello se suma la certeza de que las manifestaciones de estos últimos meses han sido manipuladas en secreto por organizaciones extranjeras. En una serie de largos artículos, el candidato Putin reiteró la idea de que Rusia debe renovarse en todos los ámbitos, protegiéndose de presiones exteriores cuya intención solo puede ser debilitarla.
Esta doble desconfianza, interna y externa, conduce a una actitud paradójica. A fuerza de encarar el desarrollo de la democracia sólo desde la perspectiva de un control absoluto, se pisotea el principio mismo que pretende defenderse. Mientras Medvedev, todavía presidente, encara una nueva ley anticorrupción (5) y el nuevo presidente de la Duma, Serguei Naryshkin, propone aumentar sensiblemente el papel del Parlamento (6), Putin amenaza a la radio Eco Moscú y al canal de televisión privado Dojd (“La lluvia”), famosos por su tono libre, y la administración presiona a Alexander Lebedev, el financista del diario opositor Novaia Gazeta…
¿Qué hará Putin cuando asuma oficialmente sus funciones el próximo 7 de mayo? Según el politólogo alemán Alexander Rahr, este nuevo mandato estará marcado por un giro reformador. Para muchos, sin embargo, a Putin le alcanzará con declaraciones y cambios engañosos, no como Stolypin sino como otro ministro, Grigori Potemkin, que supo presentarle a Catalina la Grande la ilusión del éxito. Queda por ver si la oposición, que hoy parece desorientada, sabrá organizarse políticamente para tener algún peso en estas decisiones.
1. Las “revoluciones de color” –la “de las rosas” en Georgia en 2002 o la “revolución naranja” en Ucrania en 2004– designan los intentos de derribar los poderes instalados mediante movilizaciones populares.
2. Véase el primer informe de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), en su sitio www.osce.org/odihr/elections/Russia2012. Golos, la organización no gubernamental rusa especializada en estas observaciones, detalla el fraude (www.golos.org), pero considera que de todos modos Putin habría resultado electo en primera vuelta.
3. The New Times, Moscú, 31-10-11.
4. Fiona Hill y Clifford G. Gaddy, “Putin and the Uses of History”, The National Interest, Washington, 4-1-12.
5. Nezavisimaia Gazeta, Moscú, 14-3-12.
6. Nezavisimaia Gazeta, 15-3-12.
* Director del Centro de Estudios Franco-Rusos de Moscú.
| Follow |