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Edición Nro 154 - Abril de 2012


Léo Guma, Sarau do Binho, San Pablo, noviembre de 2010

Puntos de Cultura

No todo es bellas artes

Por Nazaret Castro*

El gobierno brasileño ha creado desde 2004 una red de 3.000 puntos de cultura que fomentan las iniciativas culturales desarrolladas por las comunidades de base. El rotundo éxito del programa ha despertado el interés de los países vecinos, entre ellos Argentina, que lanzó una iniciativa similar el pasado mes de agosto.

n la periferia sur de San Pablo, en el barrio de Campo Limpo, todos los lunes decenas de personas se unen en el Bar de Binho para leer y escuchar poesía (1). En Nova Linda, un pequeño municipio del estado de Ceará, la fundación Casa Grande, dirigida por jóvenes y niños, organiza actividades culturales de diversa índole. Cerca de allí, la editora Lira Nordestina publica poesía de cordel, una de las manifestaciones culturales más arraigadas en la región. En Río de Janeiro, la asociación AfroReggae trabaja en la favela de Cantagalo, en pleno barrio de Copacabana. Algunos de ellos, tal vez, leen la web Outras Palavras (2). Todas estas iniciativas tienen algo en común: forman parte del programa estatal brasileño Puntos de Cultura, que otorga financiación o medios técnicos a iniciativas culturales desarrolladas por las comunidades y organizaciones de base.
Todo comenzó en 2004. Hacía un año que Luiz Inácio Lula da Silva había asumido la Presidencia y, con ganas de generar un profundo cambio en las políticas culturales de Brasil, había designado a Gilberto Gil ministro de Cultura. Empezó entonces a fraguarse una nueva forma de concebir las ayudas a los proyectos culturales que se alejase del paternalismo habitual, heredado de la colonización, o del mercantilismo que emana de la Ley Rouanet (3). Así nació Cultura Viva, una nueva política cuyo buque insignia serían los Puntos de Cultura.
Célio Turino, ex secretario de Ciudadanía Cultural de Brasil, fue uno de los elegidos para poner en marcha el programa. En sus largos viajes por el país se percató de la riqueza de las iniciativas culturales y artísticas que, con las peculiaridades de cada región, prosperaban en todo Brasil (4): “La filosofía de los puntos consiste en potenciar lo que ya existe”, explica. Los beneficiarios del programa lo confirman: “Música en la periferia hay desde siempre, pero ahora tenemos estructura. Antes había que ir al centro; ahora comenzamos a tener acceso en la comunidad”, cuenta Jaime Diko, que coordina el punto Música na Periferia, en el barrio de Monte Azul, zona sur de San Pablo.
Para Turino, el programa tiene éxito porque “prioriza las personas por encima de las estructuras”. Porque “busca un habla en primera persona”. Y el éxito fue tal que en 2010, sólo seis años después, se habían creado 3.000 puntos distribuidos por todo el país.
Hay puntos centrados en la danza, el teatro, la música culta, la música popular, los medios de comunicación, la poesía. La decisión de cómo emplear los recursos públicos –adecuación del espacio físico, equipo técnico, talleres y cursos– pertenece a las personas que fundaron y llevaron adelante esas iniciativas. Algunas están en las favelas y periferias, otras en las aldeas indígenas o quilombolas (5), otras en los barrios más céntricos. Es esa diversidad de la red uno de los tres requisitos que Turino exige para aspirar a un Punto de Cultura. En segundo lugar, debe ser una iniciativa ya en marcha, y no un proyecto; por último, los puntos se concentran en las áreas más vulnerables, “pero no sólo en ellas, pues eso también sería excluyente”. Así, por ejemplo, hay un punto en la Universidad de San Pablo (USP) consagrado al estudio de la obra de Baruch Spinoza.

Crear redes

Atraída por lo innovador de estas propuestas, la Secretaría de Cultura argentina inició en 2009 un diálogo con el Ministerio de Cultura brasileño. “Siempre nos pareció que las políticas culturales de Brasil eran muy atractivas, muy avanzadas. Lo veíamos casi con envidia”, cuenta Alejandra Blanco, ex jefa de Gabinete y flamante subsecretaria de Políticas Socioculturales de la Secretaría de Cultura. Así que, durante un año y medio, la Secretaría estuvo en contacto con personas como Turino. Ese diálogo fructificó el pasado agosto con la presentación del programa Puntos de Cultura, que repartirá dos millones de pesos entre organizaciones, asociaciones y culturas indígenas que soliciten la ayuda.
La cantidad no es muy grande, pero puede ser muy eficiente, pues, como recuerda Turino, “todo llega al extremo final de la cadena”. En Brasil, el costo unitario de un punto es de 5.000 reales (12.600 pesos), lo que da un total de dos millones de reales; y se calcula que los 3.000 puntos involucran a unos nueve millones de personas. Además, “no se trata sólo de dar subsidios, sino de ofrecer herramientas para crear redes y registrar y compartir sus herramientas”, indica Diego Benhabid, coordinador del programa para la Secretaría de Cultura argentina. En su opinión, “lo más relevante de los puntos en Brasil ha sido su capacidad para crear redes”.
En el punto Morarte, en Campo Lindo, al sur de San Pablo, que reúne al Sarao de Binho y al Movimento da Moradia (MDM, Movimiento de la Vivienda), los recursos se dividen en partes iguales para financiar proyectos para el sarao de poesía, para el movimiento social y para el registro audiovisual y la difusión de esas iniciativas. Binho, que ha participado en varios encuentros nacionales de integrantes de Puntos de Cultura, confirma la importancia que tienen este tipo de redes para el “mutuo enriquecimiento” de los movimientos culturales y sociales. En la Secretaría sostienen que “cultura es algo más que bellas artes”, como afirma su titular, Jorge Coscia. “Desde Buenos Aires se replicaban en provincias las políticas concebidas en este despacho del barrio de Recoleta, el más próspero del país. Y en Ushuaia o La Quiaca tienen una cultura muy diversa que hay que respetar. Ya existe esa cultura: lo que se necesitan son herramientas –explica Alejandra Blanco–. Son las organizaciones sociales y populares las que conocen a fondo la realidad del lugar. El Estado debe dar visibilidad a los proyectos, potenciar lo que existe y establecer redes.”
Para que la iniciativa no quede sólo en buenas intenciones, los actores de la cultura quieren llevar al Congreso Nacional un proyecto de ley consensuado durante meses dentro del colectivo Pueblo hace Cultura, referido a temas como valores presupuestarios y criterios de asignación de los recursos. “La idea es que el proyecto sea votado en el Congreso este mismo año”, señala Francisco D’Alessio, responsable de la Comisión de Cultura del partido Nuevo Encuentro.
Por su parte, las asociaciones culturales, si bien valoran positivamente el programa a la luz de la experiencia brasileña, temen que en Argentina se politice y se termine concediendo las ayudas a organizaciones políticamente afines. En general, esa temida politización no se ha producido en Brasil. Tampoco ha habido problemas de desviación de fondos, lo que resulta lógico tratándose de cantidades pequeñas y de proyectos que ya existían antes del subsidio. En cambio, reconoce Turino, la complicada burocracia obliga a las organizaciones y actores de la cultura a gastar un tiempo excesivo en completar formularios y otros papeleríos.
Con todo, es el estancamiento del programa lo que más preocupa en este momento. El Ministerio de Cultura brasileño no está funcionando con la misma diligencia desde el inicio de la gestión, en enero de 2011, de la ministra Ana de Hollanda, que tiene muy preocupados a los actores de la cultura, entre otros motivos, por el retraso en los pagos. Paralelamente, el avance de los Puntos de Cultura se ha estancado: si se crearon 3.000 en sólo seis años, en 2011 esa expansión se frenó. Algunos de los artífices de los Puntos de Cultura, como el propio Célio Turino, ya no están en el Ministerio.
“Los Puntos de Cultura surgieron porque confluyeron varias circunstancias: el significado simbólico de la victoria de Lula da Silva –obrero metalúrgico y pernambucano– y una personalidad como la de Gilberto Gil a la cabeza del Ministerio de Cultura. Ahora esas condiciones no se dan”, razona Turino.
Contradicciones
Se trata de un programa valiente: una apuesta firme por ese poder de transformación social que tiene la cultura, casi revolucionario; un poder que –según Turino– “agudiza las contradicciones del Estado”. Y esa es la otra cara de esa capacidad de transformación social del programa que –como sostiene Alejandra Blanco– “tiene una enorme capacidad integradora; es un factor clave para la recomposición del tejido social”.
Bien lo saben en la periferia sur de San Pablo. Allí, los saraos de poesía han provocado una auténtica revolución cultural. Personas que no habían leído en la vida están editando sus propios libros de poemas. Los saraos, como otras iniciativas de teatro, danza o música, han cambiado la percepción que tiene de sí misma la población de los barrios periféricos: quienes antes ocultaban su procedencia, ahora la afirman con orgullo (6). Ese sentimiento de pertenencia tiene mucho que ver con la producción cultural en la comunidad. Y el caso de San Pablo es también revelador en lo que respecta a la disminución de la violencia y la delincuencia.
Ese potencial revolucionario se advierte en otras iniciativas culturales que se están desarrollando con ayuda del programa Cultura Viva. Un buen ejemplo es la radio comunitaria de Heliópolis, la mayor favela de San Pablo. Cuando ganó un Punto de Cultura que le dio acceso a equipamientos técnicos, la emisora todavía no tenía licencia, debido a las trabas burocráticas que encuentran las radios comunitarias para salir de la ilegalidad. Fomentado por la prensa conservadora, se producía así el primer escándalo protagonizado por los puntos: ¿cómo era posible que Cultura desafiara a las autoridades locales paulistas?
No es de extrañar que surjan esas contradicciones: los Puntos de Cultura proporcionan recursos para un desarrollo autónomo, para que el pueblo tenga una voz propia, en lugar de controlarlo, sea desde la fuerza o desde el asistencialismo paternalista. Entonces, la pregunta que se comienzan a hacer en Brasil los actores de la cultura, conscientes de esas contradicciones, es hasta cuándo el Gobierno Federal brasileño estará de acuerdo en apoyar estas iniciativas liberadoras. El programa de los Puntos de Cultura todavía no es ley en Brasil –un proyecto de ley se encuentra en trámite en el Congreso desde hace meses–, por lo tanto está sujeto a la voluntad del Gobierno de turno. “Me preocupa que el programa retroceda. Los puntos están en una encrucijada, y es una paradoja, pues se da simultáneamente al interés internacional que esta política despierta”, explica Turino, quien ha pasado los últimos meses viajando y divulgando el programa en países como Colombia o España.
En efecto, al tiempo que los Puntos de Cultura viven una fase de estancamiento en Brasil esa política cultural recibe cada vez más atención en América Latina. En las cumbres del Mercosur y de la Unasur se ha impulsado el proyecto y, además de Argentina, Bolivia, Paraguay, Perú y Uruguay están evaluando iniciativas similares. Pero “es ante todo un movimiento de las organizaciones, que se han movido para promocionar los puntos tanto en la ciudad de Belém [Pará], en el Foro Social Mundial de 2009, como más recientemente en Medellín”, explica Emiliano Fuentes Firmani, coordinador del programa en Argentina e investigador de políticas públicas culturales. “Durante mucho tiempo, hemos estado mirando a Estados Unidos, a Europa. Ahora es un tiempo interesante, nuevo, para América Latina”, añade.
Tal vez, como decía Carlos Fuentes, la cultura pueda y deba abanderar la integración de América Latina. Y tal vez los Puntos de Cultura, con su potencial para la creación de redes y de construcción de identidades, puedan a su vez ser la vanguardia de esa integración cultural. Célio Turino va más lejos. Concibe un futuro en que exista una moneda cultural, similar a las iniciativas que ya existen en San Pablo (7), para el intercambio de actividades culturales en toda una gran red latinoamericana de miles de Puntos de Cultura. ¿Utopía? Puede ser. A Turino le gusta cerrar sus discursos con aquella célebre cita de Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.


1. Sobre los saraos de poesía en San Pablo, véase Nazaret Castro, “Una flor en el asfalto”: www.fronterad.com/?q=node/1304
2. www.outraspalavras.net
3. La Ley Rouanet establece que las empresas pueden desgravar impuestos mediante sus aportes a proyectos culturales. “Fue un mecanismo para que los inversores privados pudieran decidir qué proyectos culturales sacar adelante y colocar allí su marca, cuando en realidad son financiados con recursos públicos”, explica Célio Turino.
4. Véase Célio Turino, O Brasil de baixo para cima, Anita Garibaldi, San Pablo, 2010.
5. “Quilombo” refiere a las comunidades afrobrasileñas que se asentaron huyendo de la esclavitud y conservan sus tradiciones.
6. Véase Renato Souza de Almeida, “Cultura de periferia na periferia”, Le Monde diplomatique, edición brasileña, San Pablo, agosto de 2011.
7. Iniciativas de este tipo están siendo desarrolladas en San Pablo por colectivos como la Casa Fora do Eixo y la Agência Cultural Solano Trindade.

* Periodista, San Pablo.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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