Desde su fundación en 1843 por un sombrerero inglés, el semanario The Economist no ha cambiado lo esencial de su línea editorial: el elogio encendido a la sublime libertad de los mercados y la execración de la intervención del Estado en la economía (excepto, eso sí, cuando es para salvar a los banqueros). Y vende un millón y medio de ejemplares.