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Edición Nro 215 - Mayo de 2017

Anticipo del Atlas de Argentina, La democracia inconclusa

La fiebre de la deuda

Por Pablo Stancanelli

En unas semanas sale el nuevo Atlas de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, dedicado a analizar los fracasos, logros y desafíos de Argentina desde el retorno de la democracia en los ámbitos político, económico, internacional, social y cultural.

i hay un dispositivo que condicionó la autonomía y el desarrollo de la joven democracia argentina, éste ha sido por lejos el de la deuda externa. Piedra angular del neoliberalismo a ultranza impuesto por la dictadura cívico-militar a partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, fundó un ciclo vicioso de empobrecimiento, saqueo y destrucción del aparato productivo del país, que culminó en diciembre de 2001 en una de las mayores crisis económicas y sociales de la historia nacional.

Desde la posguerra, la deuda externa constituyó una palanca de presión de los organismos financieros internacionales –principales prestamistas hasta los años 70– para influir en las decisiones domésticas de las economías en desarrollo. Este mecanismo se exacerbó tras el abandono del patrón oro por parte de Estados Unidos (1971) y la crisis petrolera mundial (1973), cuando una lluvia de dólares inundó los mercados periféricos ajustando los engranajes de una nueva economía transnacional basada en la valorización financiera. Argentina, como el resto de América Latina, se sumó a ese festival de liquidez que derivó en repetidas crisis de la deuda en la región y el resto del mundo.

Sin embargo, como explica Mario Rapoport en Las políticas económicas de la Argentina. Una breve historia (Booket, 2010), su caso fue en cierto modo único. Si hasta ese momento, el endeudamiento externo local se vinculaba con las necesidades de la economía real y la consolidación del segundo proceso de sustitución de importaciones, a partir de 1976 la deuda externa sufrió mutaciones radicales, cuantitativas y cualitativas, al servicio de la imposición de un modelo económico de disciplinamiento social basado en la acumulación y la especulación rentístico-financiera, que constituyó una “política económica deliberadamente destructiva” de la producción nacional. Desde la asunción de José Alfredo Martínez de Hoz como ministro de Economía de la dictadura, contrariamente a otros países como Brasil que se endeudaron para completar su proceso de industrialización, el Estado argentino lo hizo para “solventar la especulación, la fuga de capitales, la compra de armamento y la demanda de consumo” importado, favoreciendo a las élites agrarias y los grandes grupos económicos y financieros. La dictadura constituyó así una suerte de proteccionismo invertido, en desmedro de la industria local y el movimiento obrero, que inauguró una larga era de “movilidad social descendente”, raíz de un núcleo estructural de pobreza difícil de erradicar.

Se trató de un punto de inflexión en las políticas económicas argentinas que, según el documento “Deuda externa, fuga de capitales y restricción externa. Desde la última dictadura militar hasta la actualidad” del Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo de la Argentina (CEFID-AR) –un centro de investigación económica heterodoxo dependiente de tres bancos públicos cerrado por el gobierno de Mauricio Macri en enero de 2016–, implicó un viraje drástico del endeudamiento externo tanto en lo que respecta a las características de los deudores y los acreedores externos, como a la dimensión y el rol de la deuda en la economía.

Por una parte, las grandes empresas privadas oligopólicas se endeudaron de forma “inusitada”. No para financiar inversión o capital de trabajo, sino para realizar colocaciones en el mercado financiero local, aprovechando el diferencial entre las muy bajas tasas de interés internacionales y las altas tasas locales, para fugar las ganancias obtenidas. Lo perverso fue que el Estado argentino impulsó este proceso desregulando por completo las tasas de interés y los movimientos de capitales, y luego se sometió al mismo, endeudándose y obligando a las empresas estatales a hacer lo mismo para proveer las divisas que saldrían del país; estatizando la deuda privada en sucesivas etapas a través de seguros de cambio, lo que permitía reanudar el ciclo sin que estalle y, sobre todo, potenciar el negociado, ya que las necesidades crecientes de endeudamiento para cubrir los intereses y los vencimientos en una economía en contracción y con altos niveles de inflación generaban una rentabilidad cada vez mayor debido al constante incremento de las tasas locales. A modo de ejemplo, destaca Rapoport que en el período 1980-1982 se fugaron del país entre 16.000 y 22.000 millones de dólares, una cifra equivalente o superior al incremento de stock de deuda externa en ese trienio (16.481 millones de dólares) y al de la deuda privada (14.836 millones de dólares).

Por otra parte, los organismos financieros internacionales fueron dejando su lugar de acreedores mayoritarios a los grandes bancos transnacionales para convertirse en lobbistas de las finanzas y presionar, ya con mayor peso, a los sucesivos gobiernos democráticos para que implementaran políticas de ajuste y liberalización que permitieran sostener la capacidad de pago y la salida de divisas. Fue el caso de los Planes Baker (1985) y Brady (1989); este último vino a legitimar y atomizar una deuda criminal, al convertir las acreencias de los grandes bancos en bonos negociables en los mercados financieros.

Un desenlace traumático

La democracia argentina, que enfrentaba en su retorno obstáculos gigantescos en todos los ámbitos, ingresó entonces en un sendero económico estrecho, en el que las posibilidades de desarrollo social e industrial se encontraban severamente restringidas por los vencimientos de los intereses de la deuda y la creciente fuga de capitales, reflejo de la escasa predisposición a colaborar de los organismos financieros y los grupos económicos beneficiados por la dictadura. Las pujas sobre el tipo de cambio y las tasas de interés y la escasez estructural de divisas generaron presiones inflacionarias y ajustes permanentes que sólo lograban retroalimentar la espiral. El régimen de Convertibilidad implementado en 1991 por Domingo Cavallo, artífice de la estatización de la deuda privada en 1982, devolvió cierta estabilidad a la economía. Pero en un nuevo marco de liberalización de la economía y los movimientos de capitales, de privatización corrupta de las empresas públicas –otra forma de generar divisas listas para ser fugadas–, el alto valor ficticio de la moneda local, atada al dólar, redundó en una nueva fase de desindustrialización, especulación y desempleo, cuyos déficits económicos sólo podían ser superados por la vía de mayor endeudamiento y precarización de la población.

El desenlace no podía ser más que traumático. Obsesionado por mantener a toda costa la paridad con el dólar, el funesto gobierno de Fernando de la Rúa profundizó el recorte social y el endeudamiento externo, en medio de fuertes presiones devaluadoras y dolarizadoras que reflejaban las disputas de intereses en la cúpula económica. Ante la inminencia del colapso, recurrió nuevamente a los organismos financieros internacionales y a Cavallo. Los primeros ofrecieron un costoso blindaje financiero y un fraudulento megacanje que pusieron nuevamente a disposición las divisas para que los grandes grupos concentrados fugaran del país alrededor de 30.000 millones de dólares en 2001, hasta que el segundo, presa de la desesperación, acorraló las cuentas bancarias de los pequeños ahorristas, profundizando la depresión económica y desatando la revuelta social que llevó a la caída del gobierno y, el 24 de diciembre de ese año, a una aclamada declaración de cesación de pagos.

Desendeudamiento y después...

La crisis provocada por el estallido de la convertibilidad, y la consecuente devaluación del peso, implicó un nuevo incremento de la deuda externa, debido al reordenamiento del sistema financiero. Pero a partir de 2003, con la llegada al poder del kirchnerismo, Argentina, convertida en un paria de los mercados financieros internacionales, emprendió una política forzosa de desendeudamiento externo que, sumada a la capacidad de producción ociosa, los salarios reducidos y el incremento de las cotizaciones de los commodities, le permitió retomar la senda del crecimiento y la reindustrialización.

En base al ahorro interno –lo que Aldo Ferrer denominaba “vivir con lo nuestro”– y a un equilibrio fiscal paradójicamente alcanzado con medidas heterodoxas, el país pudo prescindir de los “mercados” y los organismos internacionales. En ese proceso, Argentina llevó a cabo dos canjes (2005 y 2010) de la deuda pública en default (81.800 millones de dólares) que implicaron una de las mayores reestructuraciones de la historia, con una aceptación del 92,2% y una quita nominal superior al 40% (la quita real fue menor). A su vez, canceló con reservas (2005) la deuda con el Fondo Monetario Internacional (9.800 millones de dólares), desligándose de sus condicionamientos. Pero no sólo se redujo el peso de la deuda en relación al Producto Interno Bruto (146% en 2002, 41% en 2013), también se modificó sustancialmente el perfil de la misma. Por un lado, la nueva deuda fue mayormente intra-sector público (la estatización de las AFJP en 2008 profundizó ese proceso). Por otro, su denominación en divisas se redujo sustancialmente en favor de una mayor deuda en pesos.

Esto no impidió que prosiguiera una importante fuga de capitales, ya no ligada al endeudamiento sino a la concentración y extranjerización de la economía, lo que sumado a las presiones inflacionarias y las necesidades de divisas provocadas por la industrialización y el déficit energético llevó a que el país buscara normalizar su relación con los mercados y estableciera restricciones que generaron todo tipo de maniobras especulativas. Se alcanzó un acuerdo con el Club de París (2014), pero la cesión de soberanía implícita en los contratos de la deuda permitió que un reducido grupo de holdouts (quienes rechazaron el canje), conocidos como fondos buitre pues se trata de fondos especulativos de capital de riesgo dedicados a comprar deuda de Estados en crisis o default a muy bajo precio para luego litigar por su valor nominal, jaquearan al Estado argentino ante la justicia estadounidense. El gobierno se negó a cumplir la sentencia e impulsó con éxito en Naciones Unidas una resolución de principios para la renegociación de deudas públicas.

La victoria de Cambiemos en las elecciones presidenciales de 2015 implicó un preocupante retroceso en este sentido. El gobierno de Mauricio Macri, partidario del regreso a los mercados para aprovechar las relativas bajas tasas internacionales (contrariamente a las locales), volvió a optar por el financiamiento externo para pagarles a los fondos buitre y cubrir el creciente défícit público, endeudándose en casi 50.000 millones de dólares en un año de gestión. La relación entre deuda y PIB, que ya venía creciendo en los últimos dos años del kirchnerismo, sube peligrosamente, y las nuevas acrencias son contraídas mayormente con privados externos y en moneda extranjera. Mientras tanto, se han liberalizado por completo los movimientos de capitales y la fuga de divisas se incrementó un 118% en 2016. Una historia conocida...

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Fuentes: Eduardo Basualdo (coord.), ”Deuda externa, fuga de capitales y restricción externa. Desde la última dictadura hasta la actualidad”, CEFID-AR, abril de 2015; Mario Rapoport, Las políticas económicas de la Argentina. Una breve historia, Booket, 2010.


Lanzamiento editorial

Un mapa imprescindible de Argentina

En unas semanas saldrá a la venta el primer Atlas de Argentina de Le Monde diplomatique. Editado a lo largo de seis meses de intenso trabajo por el equipo de el Dipló junto a un staff de diseñadores, infógrafos, ilustradores y expertos estadísticos, es la primera experiencia de estas características que se elabora y publica en el país. Incluye artículos a cargo de prestigiosos especialistas y un ambicioso despliegue visual con cientos de mapas, gráficos y cuadros, que combina el rigor académico con el tratamiento periodístico.

Como en los Atlas mundiales que el Dipló viene publicando con singular éxito de público, la idea que guía la obra es la de “vistazo”: la posibilidad de entender un tema con el click instantáneo de una mirada a partir de una serie de elementos gráficos que lo hacen rápidamente comprensible. Los textos explican, refuerzan o profundizan el diseño de información: la apuesta es visual.

Bajo la idea articuladora de “democracia inconclusa”, homenaje al célebre concepto del maestro Aldo Ferrer, la nueva propuesta editorial de el Dipló ofrece una mirada panorámica de los grandes temas de la política, la economía, las relaciones internacionales, la sociedad y la cultura. De la deuda externa a la soja, de la crisis de los partidos políticos al federalismo, de las relaciones con América Latina al vínculo con China, de los hábitos alimenticios a los derechos humanos, del cine a la cumbia y de ahí a Borges y Maradona, el Atlas de Argentina aborda los avances, desafíos y fracasos, los íconos y los sueños de un país tan agotador como apasionante.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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