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Edición Nro 216 - Junio de 2017


M.A.f.I.A.

¿Es posible representar a la sociedad partiendo desde arriba?

La larga marcha

Por Gabriel Vommaro*

Aun siendo un partido de elites económicas, el PRO logró conquistar a un electorado más amplio con un discurso de modernización del Estado, miedo al “populismo” e indignación con la corrupción. Pero una vez en el poder, los límites para ampliar su representación social se hacen evidentes y su proyecto no seduce ni siquiera al mundo de los negocios.

l partido Propuesta Republicana (PRO) construyó un fuerte arraigo social en el mundo de los negocios. Hizo de los valores emprendedores una dimensión fundamental de su ethos; construyó su estética como celebración de ese hacer pragmático y desideologizado. Pero la representación no es un reflejo mecánico de la vida social. Para convertirse en el partido de los emprendedores construyó instancias de mediación política formales –Fundaciones, ONG– e informales –charlas en casas particulares, cafés, conversaciones en los pasillos de las escuelas de negocios–, y movilizó mecanismos de traducción de las ideas y demandas de los actores de ese mundo –el de los negocios– en programa político. La movilización de los CEO, en definitiva, comenzó mucho antes de tener que conformar gabinetes. Esos gabinetes pueden ser vistos como el punto de llegada de una larga marcha que consistió en esta movilización y politización de un universo que, desde los años 90, se había replegado masivamente de la actividad política y miraba con desconfianza –y con superioridad– a los políticos profesionales. Agentes centrales de un capitalismo globalizado y flexible, portadores de la promesa de una modernización para las economías periféricas demasiado expuestas a los “engaños del populismo” y conectados con los países del Norte, pero también de la región, a través de los caminos señalizados por las corporaciones en las que hacían carrera, así como por la sociabilidad managerial y la formación educativa de posgrado propia de su universo, los CEO y su medio social se politizaron y entendieron que era necesario “meterse en política”, o al menos en la función pública, para que el Estado hablara por fin el lenguaje de la globalización. Como los economistas en los años 90, estos managers eran agentes centrales del capitalismo post-industrial y, hasta entonces, permanecían relegados de la toma de decisiones en las organizaciones públicas.

Un doble movimiento

En este proceso de politización hubo algunos actores clave: cuadros de PRO como Horacio Rodríguez Larreta, Esteban Bullrich y Guillermo Dietrich, ellos mismos emprendedores y/o managers –es decir, cuadros jerárquicos del mundo corporativo– que hablan el lenguaje de la gestión. Su relación con el mundo de los negocios era de una extrema familiaridad. Se trata de personas en las que otros managers pueden sentirse reflejados y, en ciertas condiciones, si la acción proselitista es exitosa, querer ser como ellos. Junto a la conversación informal y a la provisión de evidencia de que “se puede transformar la realidad desde el Estado”, el trabajo de politización de los CEO utilizó el testimonio como herramienta fundamental. El testimonio es una técnica central del mundo de los negocios. Las grandes convenciones corporativas vibran al ritmo de narraciones de superación personal y autoayuda empresaria. En el testimonio, brindado en charlas y reuniones de tamaño medio, se cruzaba la historia personal con la historia del país. Y en todos los casos se ponía de relieve la retribución moral de “servira otros” que estos managers, formados en su mayoría en la socialización católica de las clases medias-altas y altas, y ávidos de “dejar una huella” en el mundo, sabían decodificar.

La movilización de los CEO significaba llevar al Estado la eficiencia del mundo privado. Darle a la política algo que no tenía. También, politizar a las elites económicas alejadas de la vida partidaria y de la función pública. Retraídas, como suelen contar, en la acción solidaria y el voluntariado de las ONG, otro de los mundos sociales en los que PRO reclutó cuadros y de los que tomó componentes centrales de su discurso. Se trataba, así, de movilizar nuevos cuadros al mundo público, pero también de hacer que los grupos sociales de los que provienen esos managers se involucren en política partidaria. La campaña de 2015 fue la oportunidad de movilizar esas clases medias-altas y altas en pos de la candidatura presidencial de Mauricio Macri.

Entre otras cosas, PRO le dio a la alianza Cambiemos ese core social y electoral que constituyó el núcleo moral de la épica en la batalla electoral. “Sí se puede” significaba, en cierta forma, sí es posible gobernar un país dominado por fuerzas nacional-populares y por una clase política que no se recluta, como en otros países, sólo en las elites sociales. “Sí se puede” gobernar un país plebeyo en el que, además, los empresarios y sus cuadros dirigentes no gozan de especial estima pública. Como parte de esta cruzada hicieron de la oposición al populismo, que ya era una bandera de las derechas regionales en los años 90, una parte central de su estrategia. En tal sentido, Gloria Alvarez, politóloga guatemalteca, autora junto al chileno Axel Kaiser de Los engaños del populismo, fue una asidua oradora de eventos organizados por PRO y las fundaciones cercanas desde que se hizo célebre por su crítica al populismo en términos de dictadura que “anula la dignidad de las personas”.

El fantasma de Venezuela

La movilización de los managers y de sus círculos sociales se dio entonces a través de dispositivos específicos ajustados a esos grupos. Hospitalarios con sus formas de actuar y de ver el mundo, así como hospitalarios eran los cuadros de PRO especializados en ese reclutamiento. Pero más allá del soporte institucional, de la afinidad cultural y social de los reclutadores y de la estrecha familiaridad de PRO con la sociabilidad de las clases medias y altas, ¿cuál fue el combustible de esa politización? ¿Qué impulsó a los managers a involucrarse, a “dar el salto”? No fue, exclusivamente, un cálculo racional de medios y fines, aunque muchos de ellos consideraban que el rédito moral de “meterse”era alto, en especial para quienes, llegados a la middle age, sentían un vacío que el éxito económico ya no llenaba. En cambio, buena parte del motor del involucramiento estuvo en las emociones. En especial, en la indignación y el temor. Paradójicamente, un partido que se construía desde una estética festiva, encontraba en el miedo un poderoso motor para la acción proselitista.

¿Pero miedo a qué? El fantasma era Venezuela. En una sociedad polarizada, donde la información circula, en buena medida, como lo ha mostrado Ernesto Calvo en su trabajo sobre los circuitos de los tweets durante el “caso Nisman” (1), por avenidas que no se cruzan, la sociabilidad de las clases medias-altas y altas reforzaba marcos cognitivos construidos en torno a la idea de que Argentina se “chavizaba”. ¿Cómo era posible, en un país sin confiscaciones ni nacionalizaciones –con excepciones, es cierto, resueltas con las reglas del capitalismo–, que se consolidara esa percepción sobre el kirchnerismo tardío? En buena parte, el cierre en el círculo íntimo de la toma de decisiones al interior del Estado que se produjo en el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, así como algunas señales de regulación económica vividas como arbitrarias –el “cepo”– eran vistas por las élites económicas y sociales como una amenaza. El miedo a la chavización funcionaba como espejo con la imagen que el core del Frente para la Victoria tenía de sí mismo como fuerza “para la liberación”. Fue, además, la clave interpretativa con que las derechas regionales comenzaron a leer el proceso político latinoamericano desde mediados de la primera década del siglo XXI.

Todo iba hacia Venezuela. PRO organizó charlas con CEO y sus círculos sobre la situación en ese país. Invitó a figuras destacadas del antichavismo que, en su testimonio, parecían narrar el futuro de Argentina… “¡si no hacemos algo!”. La ex diputada venezolana Corina Machado primero, Gloria Alvarez luego, fueron las voces que encarnaron ese horizonte temido. La sociología acuñó el término de pánico moral para referirse a la reacción de un grupo basada en la percepción falsa o exagerada de que algún comportamiento cultural o grupo es peligrosamente desviado y representa una amenaza para la sociedad. Podríamos aplicarlo, con cierta libertad, para pensar el temor a la chavización que el kirchnerismo tardío infundía en ciertos sectores.

Unidos por la indignación

Los programas periodísticos de denuncia de corrupción cimentaban este temor y lo transformaban en indignación. La máquina de narrar al kirchnerismo como “banda” que actuaba frente a la pasividad de la sociedad encontró un público forjado en los años 90, como mostró Sebastián Pereyra (2), competente para consumir espectáculos políticos asociados a la corrupción. El programa de denuncia de Jorge Lanata, “Periodismo para todos”, constituyó, al menos como hipótesis, primero, un potente traductor al lenguaje ordinario de los discursos críticos opositores; segundo, una escena de dramatización que permitía hacer vívidos y conmovedores los eventos de corrupción denunciados; tercero, una ceremonia de reafirmación de la identidad antikirchnerista que no encontraba aún expresión orgánica en otra parte. Se valió de ese saber-hacer –que es también un saber-interpretar– de los públicos en relación a los casos de corrupción y moldeó nuevos públicos en este vínculo indignado con la política y con el gobierno. El símbolo del programa era, precisamente, el gesto universal de fuck you, y todo el tiempo Lanata se preocupaba por recordarle a su audiencia que el gobierno de Cristina Kirchner “los tomaba por boludos”. En mayo de 2013, G25, una de las fundaciones más activas de PRO en la movilización de los managers y de su entorno social, creada en 2008 por Esteban Bullrich y Guillermo Dietrich, organizó una gran reunión en el salón de eventos del Hipódromo de Palermo. La convocatoria decía: “Ayer viste el programa de Lanata y hoy te preguntás: ¿Qué puedo hacer para cambiar las cosas?”.

Esa indignación fue también la argamasa que pudo unir las partes de Cambiemos. La que contribuyó, en definitiva, a que la lectura de la realidad del mundo de los managers fuera altamente compatible con la indignación de las clases medias urbanas frente a un gobierno al que consideraban cada vez más agresivo. A pesar de los intentos por construir legitimidad “por abajo”, entre las clases populares, a través de florecientes circuitos de filantropía empresaria potenciados a partir de 2002 y también del conflicto agropecuario de 2008, no quedaba claro si era posible, para el core social de PRO, convencer a las mayorías sociales de que estaban en condiciones de gobernar. Como una mamushka, Compromiso para el Cambio como fuerza municipal se fundió en PRO y logró una incipiente nacionalización, al menos en los principales distritos del país, a partir de 2007. Logró, también, dominar casi absolutamente el espacio político del centro-derecha y sus electorados. Más tarde, en 2015, fundido en Cambiemos, pareció encarnar un proyecto civilizatorio de normalización del país para volver a ponerlo en sintonía con “el mundo” luego del “engaño populista”. En algunos momentos, ya desde el gobierno, aspira a ser el nuevo partido de las clases medias modernas y urbanas. En otros, en cambio, le cuesta hablar ese idioma y sólo silabea el credo de los negocios. Sus acercamientos al mundo sindical, en cambio, lo llevan en otra dirección, en la que, en su necesidad de ceder posiciones y recursos, se diluye su voluntad de ser otra cosa que un puro proyecto de poder, es decir de perdurar en el poder sin lograr cristalizar un proyecto.

Los límites de representación

La presencia de los CEO en el gobierno significó un descubrimiento del Estado por parte de estos actores que llegaban a él con más prejuicios que esperanzas. Hacerse de un espíritu estatal –es decir de vocación a la vez universal y reguladora– parece un imperativo cuando se enfrentan a la intervención sobre la sociedad desde arriba con las armas de las políticas públicas. Este espíritu estatal tiende a producir tensiones con actores sociales de todo tipo (sindicatos, movimientos sociales), pero también con el mundo privado, que se resiste a su gobierno, aun cuando éste se muestre amigable y quiera dar pruebas de afinidad con las demandas de los inversores. Las quejas respecto de la actitud “mezquina” de los empresarios por parte de algunos CEO en el gobierno parecen replicadas del manual del funcionario del ciclo político anterior –¿y de todos los ciclos políticos de la Argentina moderna?–. Especialistas en “mover procesos”, estos managers parecen ser más eficientes, hasta el momento, en importar algunas tecnologías de la gestión privada al mundo público (los “semáforos”, los “tableros de control” que hoy se vuelven lenguaje corriente en las oficinas públicas) que en convertirse en agentes efectivos de la reforma social –“el cambio cultural”– que el gobierno de Cambiemos quiere llevar a cabo. Por caso, algo defraudados, los economistas más ortodoxos abandonan el barco, o al menos se alejan de la sala de máquinas. El gobierno tiene en los CEO fieles escuderos de la eficientización del Estado, logra “empujar procesos” con estos “especialistas en hacer que las cosas pasen” –como se autodefinía una manager-funcionario que entrevistamos– pero encuentra pocos aliados allende este universo.

¿A quién puede, en definitiva, representar el gobierno de Cambiemos más allá del core de PRO y de los indignados del kirchnerismo? En una sociedad que mantiene altos grados de polarización en sus elites y bajos grados de polarización en su base, el desafío de los proyectos de poder es lograr atraer a sectores que no están, natural y evidentemente, con ellos. Atraerlos significa, también, hacerlos mover en su dirección. El proyecto de capitalismo moderno que trae PRO en su core social no tuvo, hasta ahora, capacidad ni volumen político para producir ese discurso ancho en cuanto a apoyos sociales; de pretensión hegemónica, por usar la vieja terminología. Por primera vez, parece ser cierto que una parte de las elites sociales y económicas “sí pueden” gobernar el país plebeyo, domar sus “procesos”; en cambio, aparecen más dificultades para que “sí se pueda” realizar el cambio cultural del que son portadoras. Por momentos, como gobierno de normalización, Cambiemos parece tener una épica de bajo vuelo fuera de esos grupos, poderosos pero ciertamente minoritarios, en los que aún resuenan los pechos que se golpean por haber vencido al “engaño populista”.

1. Anatomía política de Twitter en Argentina, Capital intelectual, Buenos Aires, 2015.

2.Política y transparencia. La corrupción como problema público, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2013.

* Sociólogo, autor, junto a Sergio Morresi y Alejandro Bellotti, de Mundo PRO, Planeta, Buenos Aires, 2015.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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