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Edición Nro 219 - Septiembre de 2017


M.A.f.I.A.

La representación política de los sectores medios

Del radicalismo al macrismo

Por María Esperanza Casullo*

Aunque la elite argentina viene ejerciendo un influjo cultural sobre los sectores medios al menos desde los años 60, esta hegemonía no se había traducido en un proyecto político. La gran novedad en el ascenso del macrismo es la decisión de las clases propietarias de construir un partido capaz de atraer a la clase media y desplazar al radicalismo.

as PASO de agosto dejaron un dato principal: el macrismo, que pasó de gobernar un solo distrito y ganar las elecciones presidenciales por una estrecha diferencia en el ballottage, se consolidó como un partido nacional y pasó a ser así el polo estructurante del sistema político nacional, que siempre se organiza según el eje gobierno-oposición. El segundo dato es que ha logrado consolidar como propios a votantes que había logrado “pescar” en 2015: su crecimiento electoral se dio mayoritariamente en provincias donde se había impuesto en la segunda vuelta de las presidenciales pero que cuentan con gobernadores peronistas y una historia de adhesión al justicialismo, como Córdoba, San Luis y La Pampa.

Si esto se confirma en octubre, el macrismo consolidaría una base social nacional, integrada por las clases medias urbanas (ganó en muchas capitales de provincia, incluyendo a la ciudad de Formosa), junto a las zonas ligadas a las actividades agroexportadoras. La base de votantes de Cambiemos, entonces, se solapa con la base del antiguo Partido Radical, a punto tal que parece haberla absorbido de manera efectiva. La hipótesis es que la mayoría de los votantes históricos del radicalismo no apoyan a Cambiemos de manera estratégica o sólo “para ganarle al kirchnerismo” sino que han migrado de manera convencida hacia una nueva identidad política; de ser así, parece difícil que regresen al partido en un futuro, sobre todo porque el núcleo del PRO en Cambiemos no está dispuesto a dejar que esto suceda.

Una forma de ver este fenómeno son las internas de Cambiemos en diez provincias: Catamarca, Córdoba, Entre Ríos, La Pampa, San Luis, Santa Cruz, Neuquén, Mendoza, Salta y San Juan. En una decisión que no puede ser una coincidencia, la dirigencia nacional de Cambiemos optó por impugnar judicialmente las listas opositoras en varios de estos distritos. En Neuquén y San Luis fue la justicia la que habilitó finalmente la competencia; en Santa Fe la alianza se rompió y un sector se presentó por afuera, mientras que en Tierra del Fuego el sector opositor quedó inhabilitado por vía judicial (el presidente de la UCR provincial también terminó candidateándose en una lista aparte). Por supuesto, el caso más resonante es el de Martín Lousteau en la Ciudad de Buenos Aires, que fue forzado a competir con una lista propia. Hay que notar que, aún con este juego brusco interno del PRO hacia sus socios de la UCR, los votantes no parecieron nuclearse alrededor de la defensa de la identidad radical, como confirma el escaso 13 % obtenido por Lousteau.

En general, las listas internas opositoras, ligadas a sectores tradicionales del radicalismo, fueron inhabilitadas o derrotadas, y los votantes optaron masivamente por la identidad cambiemista.

¿Es este un fenómeno novedoso? ¿Representa Cambiemos algo totalmente distinto de la centenaria identidad radical? En cierto modo, Cambiemos es algo viejo y algo nuevo al mismo tiempo. Es viejo porque representa la fusión en un partido de una hegemonía cultural por parte de la élite hacia las clases medias, algo que ya existía durante el siglo XX. El dato nuevo en la consolidación de Cambiemos como partido nacional no es la conducta política de las clases medias que ahora votan convencidas al macrismo sino la politización de las elites, que resolvieron asumir de manera franca un lugar de competencia y conducción en la política partidaria argentina. Este alineamiento de liderazgo político novedoso con una hegemonía cultural que lleva décadas hace muy probable que Cambiemos se consolide como el partido que integre a las clases medias y se convierta en el heredero definitivo del radicalismo.

Los partidos mayoritarios durante el siglo XX

Es común encontrar menciones a la debilidad de los partidos políticos argentinos durante el siglo XX. Ya Gino Germani planteaba la crítica al modelo argentino de integración política de las clases medias y trabajadoras (1). En Europa Occidental, decía Germani, las clases obreras y las clases medias lograron su incorporación política mediante la construcción de organizaciones partidarias, al tiempo que los partidos conservadores o de derecha representaban, también de manera clara, los intereses de las clases propietarias. Pero en Argentina los derechos políticos no se lograron de manera gradual sino que fueron “otorgados”, según la expresión de Germani, por líderes personalistas. Este modelo de incorporación populista, válido tanto para el radicalismo yrigoyenista como para el peronismo, sería el responsable de las características “patológicas” de los partidos argentinos: movimientistas, con una débil impronta ideológico-programática, demasiado centrados en la figura del líder y con una frágil representación de clase.

Análisis posteriores pusieron en duda esta certeza de la sociología nacional fundante: Norman Lupu y Susan Stokes demostraron que la representación de clase de los dos grandes partidos argentinos era más estable que lo que el viejo modelo germaniano suponía. Demostraron que entre 1946 y 1983 el voto fue más “europeo” de lo que podría pensarse: la clase media votaba al radicalismo, en tanto que la clase trabajadora y los sectores más pobres, tanto urbanos como rurales, se inclinaban mayoritariamente al peronismo (2). En otras palabras, los votantes parecían estar mucho menos confundidos sobre qué partido los representaba a ellos, a su visión de mundo y sus intereses, que los sociólogos o los politólogos. Los partidos políticos tenían la capacidad de convocar apoyos sociales segmentados por clase, estables en el tiempo y reconocibles identitariamente.

Sin embargo, hasta 1983 la democracia argentina estuvo sujeta a una sucesión de golpes de Estado y el peronismo estuvo proscripto durante 18 años. ¿Cómo puede haber sido tan débil una democracia con partidos relativamente fuertes? Aunque por supuesto no hubo un único factor, hay que mencionar que la única clase social que durante esta etapa no estuvo representada claramente por un partido político fue la élite económica: empresaria, financiera y agrícola. La Sociedad Rural, la Unión Industrial Argentina y los grandes bancos no disponían de una fuerza política que los representara claramente, comparable al Partido Conservador británico o al Partido Republicano estadounidense.

La función representativa de los intereses de las élites no fue, al menos hasta el menemismo, asumida por el peronismo: Ricardo Sidicaro muestra cómo los grupos empresarios rechazaron al peronismo aún cuando Juan Domingo Perón imaginaba alianzas posibles entre su movimiento, profundamente anticomunista, y la burguesía nacional (3). Pero tampoco fue asumida de manera abierta por el radicalismo. Las cúpulas empresariales podían confluir con la UCR en la oposición al peronismo e incluso apoyar a los gobiernos radicales, sobre todo en los inicios de sus mandatos. Sin embargo, no dudaban en recostarse en sectores de las Fuerzas Armadas e incluso en apoyar los golpes de Estado contra los propios presidentes radicales cuando percibían que éstos ya no las representaban.

Si a partir del ascenso de Cambiemos la élite parece haberse articulado con las clases medias en un mismo proyecto común, la relación de esta misma élite con el radicalismo fue históricamente ambigua. Y no puede entenderse sin mirar al espejo de esta idea, que es la ambivalencia del radicalismo hacia la élite. Durante todas estas décadas, en efecto, el radicalismo estuvo liderado por dirigentes enraizados en la clase media, hijos de inmigrantes, radicados en ciudades como La Plata, Córdoba o Chascomús, que expresaban una historia de movilidad social ligada a la educación pública y el Estado. Así como el peronismo hablaba del trabajador, la justicia social y la solidaridad combativa de los humildes, los dirigentes radicales hablaban del sacrificio, la austeridad republicana, la entrega a la política como una tarea a la que se dedica la vida entera. La dirigencia de la UCR no planteaba una oposición franca a las visiones de mundo encarnadas en los sectores propietarios, pero sí una autonomía de la política.

La hegemonía cultural

Sin embargo, y este dato es central para entender el crecimiento de Cambiemos, puede plantearse como hipótesis que, aún en estas décadas de fuerte ligazón política con el Partido Radical, los votantes de clase media desarrollaban una vida cotidiana en la cual la hegemonía cultural de las elites ligadas al mercado y a una visión tecnocrática de la política se fue fortaleciendo progresivamente. La capacidad de las clases propietarias para estabilizar una hegemonía política por vía electoral (o, en realidad, por cualquier otra vía) fue muy limitada, pero su capacidad de establecer una hegemonía cultural fue en cambio muy significativa.

A partir de los 60, en efecto, comenzaron a aparecer una serie de dispositivos culturales que expresaron de manera clara la admiración de las clases medias urbanas hacia las elites modernizantes del momento desarrollista. Revistas, publicidades y programas de televisión celebraban la modernización del país y la nueva clase que la expresaba: los ejecutivos de las compañías multinacionales. La revista Primera Plana renovó al periodismo al combinar un discurso liberalizante en lo económico con una estudiada neutralidad hacia la democracia liberal y una crítica cultural sumamente sofisticada, que iba del cine europeo a las producciones del Instituto Di Tella, todo salpicado de publicidades que vendían desde cigarrillos hasta jabones gracias al nuevo aspiracional de “los ejecutivos”. Tal vez en la figura del ejecutivo, tan central a la década del 60, pueda encontrarse un lazo con la nueva identidad tecnocrática y gerencial del macrismo.

Un lugar donde es posible comprobar esa corriente de atracción cultural cargada de ambivalencia es otro gran producto cultural que nos ofrece una ventana hacia cierta clase media que en los 60 y 70 vivía en un departamento de tres ambientes, se educaba en la escuela pública, compraba un televisor color y un Citroen 3 CV y vacacionaba dos semanas al año en una playa de la provincia de Buenos Aires: Mafalda, la niña con inquietudes políticas, de padre empleado y madre ama de casa, que soñaba con ser traductora en la ONU para solucionar los problemas del mundo. Mafalda va a comprar al almacén de Manolito, el hijo de inmigrantes gallegos que expresa la ética del trabajo, la acumulación económica y el desinterés político. Le dice: “Me manda mi mamá a comprar aceitunas. ¿Qué tal están, Manolito?” Manolito responde: “¡Ahhh, para ejecutivos!”. La construcción del ejecutivo –el CEO de hoy– como una figura aspiracional para sectores de la clase media urbana es un legado de larga data. (Mafalda, sin embargo, mostraba una serie de preocupaciones ético-políticas que le eran propias; en otra viñeta, se congratula de que “llegó la Navidad, que es para todos, no sólo para los ejecutivos”.)

Esta mezcla de fascinación con rechazo marcó sin dudas la cultura de las clases medias en la década del ochenta. El gobierno de Raúl Alfonsín mostró una orientación distinta, más socialdemócrata, entroncada con los valores de compromiso militante con lo público y una visión épica de la política, así como con una posición no alineada en política exterior. Pero el alfonsinismo fue menos una expresión de la esencia de la UCR que el resultado de un liderazgo absolutamente excepcional. Ya en el gobierno de Fernando de la Rúa, el Grupo Sushi, nucleado alrededor de figuras como Hernán Lombardi y Darío Lopérfido, pudo interpretar estética y comunicacionalmente la promesa de una nueva modernidad que imaginaba la política como algo más aspiracional que sacrificial o épico; no es casual que, luego de la implosión del 2001, ambos se incorporaran al núcleo original del gobierno del PRO en la Ciudad de Buenos Aires.

El ethos macrista

El ascenso de Cambiemos puede leerse como un proceso gradual por el cual ciertos sectores de la élite empresarial lograron canalizar en un proyecto político propio y electoralmente viable esa corriente que los unía y los une culturalmente con las clases medias urbanas (corriente que se construye, hay que decirlo, desde el efectivo control de los principales motores de edificación de la hegemonía cultural, es decir los medios de comunicación masivos). Cambiemos ancla su apelación a las clases medias en la recuperación aspiracional de ese ethos modernizante, un poco en retirada de la esfera pública, que los niños imaginados por Quino hace cuarenta años ya mostraban: la idea de que la acumulación de riqueza es un valor positivo, que la felicidad auténtica se encuentra en los proyectos personales, y que la política no debería ser una actividad a la que uno se dedica las veinticuatro horas del día.

En este sentido, y como ya señalamos, el dato realmente nuevo no es que las clases medias urbanas voten a Cambiemos sino que dirigentes como Mauricio Macri y los miembros fundadores del PRO hayan decidido lanzarse a construir un partido capaz de fusionar una ascendencia cultural preexistente con un poder político logrado mediante la competencia electoral. Cambiemos parece haber obtenido la clave para cancelar la antigua ambivalencia entre fascinación y autonomía con la élite que expresaba la identidad cultural y política de una mayoría de las clases medias urbanas nacionales: este es sin dudas su mayor éxito en su proyecto de consolidarse como un partido político nacional capaz de disputar de igual a igual con el peronismo.

1. “Los procesos de movilización e integración y el cambio social”, Desarrollo Económico, Vol. 3, N° 3, octubre-diciembre de 1963.
2.“Las bases sociales de los partidos políticos argentinos. 1912-2013”, Desarrollo Económico, Vol. 48, N° 162, 2008.
3. Los tres peronismos. Estado y poder económico, Siglo XXI, 2010.

* Politóloga.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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