Cambiar sin alterar el rumbo
a “sintonía fina” a la que se refirió la Presidenta en sus últimos discursos no supone frenar el crecimiento ni cambiar sus políticas esenciales, como reclaman los economistas neoliberales. Tampoco endeudarse para satisfacer a capitales financieros en busca de lugares rentables. Se trata, por el contrario, de apuntalar el crecimiento y la demanda agregada, amenazados tanto por el desfavorable contexto internacional como por restricciones de pautas económicas establecidas en otra coyuntura histórica. Algo que de no hacerse afectaría los cambios en la economía y en la sociedad que se impusieron con las presidencias de Néstor Kirchner y de Cristina.
¿De qué estamos hablando? De continuar con el desendeudamiento y con el apoyo a la industria, la ciencia y la tecnología; de ampliar la infraestructura; de mejorar la distribución de los ingresos; de reforzar los márgenes de autonomía nacional y profundizar la integración. Estas son metas estratégicas, no coyunturales. A ello se agregan factores conflictivos a resolver, como la inflación, la dolarización parcial de la economía y la fuga de capitales. Todo esto preservando el rol del Estado y su independencia con respecto a los intereses de las corporaciones.
La sintonía fina se usaba en las viejas radios para ubicar el punto justo del dial que permitiera escuchar con la mayor fidelidad posible un exquisito concierto de Mozart o un emocionante grito de gol de Fioravanti. En este caso se apela a la gestión del gobierno y a la respuesta favorable de los actores económicos. El primero intervendrá manteniendo más afinadamente las riendas de la economía y conservando su rumbo; los segundos, en particular los sectores productivos, tendrán que elevar su competitividad, sus inversiones y sus tecnologías sin ayudas masivas extras. En relación a las multinacionales, la cuestión pasa por convencerlas de reinvertir una parte de sus ganancias en el país (¿bastará con ello?); respecto de las empresas concentradas, evitar que tiendan a alimentar la espiral inflacionaria. A su vez, los sindicatos, otrora privilegiados puntales del gobierno, deberán defender los derechos de los trabajadores, incluso su participación en las ganancias, mediante mecanismos consensuados con las patronales, aunque la Presidenta reconoce la creciente diferencia entre productividad y salarios a favor de las patronales. Y, por último, los sectores medios tendrán que volcar sus ahorros en el mercado interno y no transformarlos en billetes verdes.
Es una sintonía fina, que si bien permite un manejo más preciso del dial bajo la conducción del Estado, corre el riesgo de no confluir siempre en el punto correcto y producir algunos ruidos. ¿Se podrá algún día escuchar el himno nacional sin ningún tipo de interferencias? ¿Será posible escapar a la crisis que atraviesa la economía mundial? Resta por ver si en el Cono Sur hay una fórmula de solución que contradiga con éxito a las que se impusieron en la mayor parte del mundo en las últimas cuatro décadas.
* Economista e historiador.