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Edición Nro 201 - Marzo de 2016

Introducción

El país real, el país imaginado

Por Luciana Garbarino

La historia de Cuba ha estado marcada por la superación de los desafíos. Hoy, con Raúl Castro al mando, le toca enfrentarse a la actualización del modelo socialista, en un intento por superar las dificultades que golpean a la isla desde la caída de la URSS.

ifícil; el camino será difícil. Desde su primer discurso tras el triunfo de la Revolución el 1º de enero de 1959 en Santiago de Cuba, hasta el anuncio de su renuncia al cargo de Presidente casi medio siglo después, el 19 de febrero de 2008, Fidel Castro insistió en que la Revolución no sería una tarea fácil. En apenas unos pocos años se llevó adelante el Programa del Moncada: la reforma agraria, la campaña de alfabetización y la gratuidad de la enseñanza, las nacionalizaciones, el fomento a la cultura, la ley de reforma urbana –que hizo propietarios de sus viviendas a la mayoría de los cubanos–. La hostilidad de Estados Unidos frente a un poder que cuestionaba su hegemonía sobre la isla y que había derribado al dictador Fulgencio Batista, servil a sus intereses, no se haría esperar. De inmediato suspendió su cuota azucarera, rompió relaciones con Cuba e inició acciones directas (invasión a la Bahía de Cochinos, imposición del bloqueo, etc.), las cuales no harían más que incrementarse desde que la isla se proclamó socialista el 16 de abril de 1961 –según una de las lecturas posibles, como reacción a las agresiones estadounidenses– y se acercó al bloque soviético. El pueblo cubano, acostumbrado a la adversidad, no tardaría en hacer de la resistencia al imperialismo una bandera. Y así fue que tras uno de los primeros ataques, la explosión del buque La Couvre en el puerto de La Habana, Fidel lanzó un mensaje eterno: “¡Patria o Muerte!”.

En la construcción de ese sueño igualitario que irradiaba sus convicciones al mundo entero, el vínculo con el campo socialista se fue intensificando. La década del 70 y hasta mediados de los 80 fueron años de prosperidad para la isla, con altos niveles de crecimiento, ocupación, salarios y desarrollo educativo y cultural. Y aunque es evidente que existían problemas (la persecución a la disidencia, la censura), la falta de desarrollo industrial se sentía poco gracias al padrinazgo de la Unión Soviética que suministraba el petróleo y la maquinaria, a veces al alto precio de colocar sus misiles nucleares. Pero este romance llegaría a su fin y revelaría su peor rostro: la dependencia. Tras la disolución de la URSS a fines de 1991, Cuba entró en una profunda crisis denominada con benevolencia “Período especial en tiempos de paz”. El caos era generalizado: penuria energética y alimentaria, derrumbe de las exportaciones, escasez de divisas, caída del 35% del PIB en pocos años, endurecimiento del bloqueo hasta la asfixia. Pero más grave aun era el desencanto con el modelo de buena parte de la población –en especial de las nuevas generaciones– y la necesidad de “resolver” para sobrevivir, que derivó en la emergencia del mercado negro y la corrupción. De un rincón al otro del mundo se repetía –en especial en Miami– que ahora sí el socialismo tropical había entrado en su hora final. Contra todo pronóstico, eso no sucedió; el gobierno implementó una estrategia de supervivencia que implicó una relativa apertura económica (atracción de inversiones extranjeras, dolarización parcial de la economía (1), etc.) permitiendo poco a poco, y con muchas dificultades, salir a flote. “Ni renunciaremos a la esperanza, ni renunciaremos a las oportunidades que la vida nos ha dado de construir nuestro destino sin importarnos las difíciles condiciones de hoy. ¡Y para arrebatarnos lo que tenemos, tendrán que exterminarnos, si es que pueden exterminarnos!” tronaba Fidel en 1992, en un intento de envalentonar al pueblo para emprender la hazaña.

Como resultado de esos años, la transformación de la estructura productiva fue total: un sector central como el azucarero pasó de representar el 80% de las exportaciones en 1990 a sólo el 47% en 1997, mientras que en el turismo se produjo un salto espectacular que llegó a significar la mitad de los ingresos por exportaciones de servicios en 1998. La llegada masiva de turistas trajo sus contradicciones: junto con las divisas y la fiebre de consumo de Caribe y exotismo socialista, los viajeros traían sus cámaras fotográficas, sus zapatillas de marca, su estilo de vida hasta entonces ajeno a la isla.

A lo cubano

La salida de esa profunda crisis, sin embargo, no fue total y se hacía evidente que el modelo exigía una reformulación más profunda. En ese contexto, el precario estado de salud de Fidel Castro condujo a la asunción de su hermano como presidente. Raúl había desempeñado un rol importante en la apertura económica de hace más de veinte años y parecía ser el hombre capaz de administrar el pragmatismo necesario para llevar a cabo la compleja tarea de “actualizar el modelo socialista”: introducir modificaciones en el sistema económico preservando el sistema político. Pero mientras que en los 90 las transformaciones se dirigieron en lo fundamental a obtener divisas tratando de mantener la inmutabilidad de la economía interna, los cambios recientes apuntaron justamente a tratar de alterarla. En 2007 se logró el consenso para el inicio de las “reformas estructurales” que impulsaron la entrega a privados de tierras estatales ociosas y el despido de trabajadores del sector público. Poco después, en abril de 2011, el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba definió los “Lineamientos de la política económica y social” –previamente sometidos a discusión popular– que anticiparon otras novedades: autorización a la compraventa de viviendas y automóviles, reformulación de las políticas sociales, impulso al trabajo por cuenta propia, flexibilización de la política migratoria, atracción de inversiones extranjeras. Aunque las medidas están mostrando resultados positivos –en 2015 la economía cubana creció un 4%–, la agudización de las desigualdades asoma como una consecuencia no deseada de los cambios.

Consultado por el rumbo del modelo cubano, José Luis Rodríguez, ministro de Economía entre 1995 y 2009, insiste en que la transición no se parece en nada a las experiencias de los países de la ex URSS “que ampliaron cada vez más los mecanismos de mercado […] hasta que del socialismo de mercado quedó solo el mercado sin socialismo”. Y resume el plan revolucionario del siguiente modo: “En primer lugar se mantiene la propiedad social sobre los medios de producción fundamentales […]. Se establecen límites al desenvolvimiento de la propiedad no estatal al reducir su capacidad de acumulación y se asegura la prestación de los servicios sociales básicos universal y gratuitamente” (2).

En el plano externo, la diversificación de las relaciones internacionales fue asombrosa: Cuba se reinsertó en América Latina, renovó sus vínculos a nivel global y recompuso las relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea. A pesar de la permanencia del bloqueo y de la desconfianza que tiñe el acercamiento con Washington, se multiplicaron los beneficios indirectos del proceso: normalización de los flujos financieros externos, acrecentado interés por invertir en el país, renegociación de la deuda externa.

No hay dudas de que Cuba enfrenta hoy múltiples desafíos; quizá el mayor sea construir una transición política que garantice la continuidad de la gesta heroica una vez que la generación de la Sierra Maestra se haya extinguido. Pero, ¿cuándo no tuvo que hacerlo? De lo que se trata en una Revolución, decía Fidel Castro aquel 1º de enero de 1959, es precisamente de hacer cosas que no se han hecho nunca.

1. De allí surgió la actual dualidad monetaria, en la que conviven el peso cubano convertible (que reemplazó al dólar en 2003) y el peso cubano.
2. La Jornada, 21-11-14.


Este artículo forma parte de Explorador Cuba

Otros textos de la publicación:

Tiempos de distensión, por Sarah Ganter

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© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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