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Edición Nro 147 - Septiembre de 2011


Legendario hotel La Mamounia, Marrakech, 19-9-09 (Abdelhak Senna/AFP)

Riads lujosos y ciudades pauperizadas

Las dos caras de Marrakech

Por Allan Vannier Popelard*

Transformada en una “nueva Saint-Tropez” y vaciada de sus modestos habitantes, Marrakech ilustra crudamente las desigualdades que corroen la sociedad.

nos quince kilómetros al sur de Marrakech, Tameslouht se destaca en medio de un paisaje árido. Al igual que el resto de las aldeas y pueblos ubicados en la periferia de la capital del turismo marroquí, éste tuvo un crecimiento muy rápido en los últimos diez años; la población casi se ha triplicado. Por todas partes se ven casas nuevas o en construcción, del color gris de los bloques y del cemento fresco: “Antes, sólo había algunos molinos de aceite y talleres de tejido. Tameslouht no era más que una aldea de agricultores. Hoy, tenemos una farmacia, almacenes, carnicerías y cafés”, recuerda Ahmed, un capacitador agrícola.

Son muchos los que se han instalado aquí, atraídos por los empleos de Marrakech. Originarios de los campos del sur y de ciudades del norte como Fez o Meknes, trabajan en hotelería y construcción. El éxodo rural y el hecho de relegar a los más pobres urbanizaron el campo. “Ahora, Marrakech es como Europa –constata Marwan, empleado de una cafetería ubicada en la entrada de Tameslouht–. Los alquileres, la alimentación: todo se ha vuelto muy caro. Yo vivía en la Medina, pero vine a instalarme aquí porque ya no tenía con qué pagar mi alquiler. En Tameslouht el precio de las viviendas sigue siendo alrededor de un 30% más bajo que en el centro de la ciudad”. Esta ciudad dormitorio está comunicada con el centro de la capital regional mediante una línea de ómnibus explotada por una empresa española. Los niños que la toman todos los días para ir a los colegios y liceos, y sus padres para ir a trabajar, se van familiarizando así con el modo de vida periurbano.

Entre Marrakech y Tameslouht las obras se extienden a lo largo de unos diez kilómetros. Grúas y excavadoras preparan el espacio para el turismo. A lo largo de la ruta, a la entrada de un descampado, una vivienda modelo invita a los compradores potenciales a detenerse. Aquí y allá las líneas de luces esbozan el trazado de calles pavimentadas que pronto van a aparecer. Frondosos carteles indican el emplazamiento de futuros complejos residenciales.

El Domaine Royal Palm entregará sus primeras viviendas a fin de año. Organizada en torno a una cancha de golf, y con un hotel de lujo en la parte central, esta comunidad cerrada de 230 hectáreas, limitada por muros y rejas de tres metros de alto y colocada bajo la vigilancia de patrulleros y cámaras de vigilancia, “fue concebida alrededor de dos principios fundadores: la eco-conciencia y el refinamiento, erigidos en arte de vivir”, elogia el folleto. Para aquellos que no tengan los medios como para comprarse las casonas del Domaine Royal Palm quedan, más modestamente, las casas que figuran en los carteles publicitarios de los diarios marroquíes y en los letreros del subterráneo parisino. El reordenamiento de la periferia de Marrakech da nacimiento a una zona turística aledaña, una cintura residencial y recreativa reservada a los propietarios de casas y a los que pasan allí sus vacaciones. Ya se trate de visitantes europeos que pasan un tiempo en el centro de la ciudad o en enclaves cercanos o de trabajadores marroquíes obligados a la periurbanizacion, la industria del entretenimiento ha erigido la segregación en factor estructurante de la organización del espacio.

Las dinámicas de la segregación en Marrakech resultan tanto del aumento de la desigualdad en el país como de factores exógenos. Al pasar una temporada en los hoteles de lujo o en los palacios reales, o al veranear en sus casas, las estrellas del show-business, mediócratas, personalidades políticas y hombres de negocios han hecho de Marrakech uno de los lugares más importantes de la oligarquía francesa. En junio de 1997, Bernard-Henri Lévy y Arielle Dombasle les compraron a Alain Delon y Mireille Darc el Palacio de la Zahia. En octubre de 2001, a algunos metros de allí, entre el nuevo palacio real de Mohammed VI y el hotel de lujo La Mamounia, Anne Sinclair y Dominique Strauss-Khan adquirieron ellos también un lujoso riad (1). Estos dos ejemplos, lejos de ser anecdóticos, dan muestra del espíritu cooperativo y mimético que contribuye a reunir a los miembros de la alta sociedad en los mismos espacios urbanos.

Encantos orientalistas a tres horas de París

Durante las vacaciones de Navidad, la ciudad se convierte en el teatro de una verdadera migración mundana: “Brice Hortefeux y Hervé Morin están en el mismo hotel –relata l’Express de enero de 2011–. (…) En las cercanías, ex ministros (Thierry de Beaucé, Alain Carignon, Dominique Bussereau), representantes electos del partido Unión por un Movimiento Popular (UMP) (Olivier Dassault), socialistas (Jérôme Cahuzac y Jean-Christophe Cambadélis), centristas (François Sauvadet) y ecologistas (Jean-Vincent Placé). (…) Bernard-Henri Lévy, Pierre Bergé, Liliane Bettencourt y Albert Frère tienen allí una propiedad. En la ciudad, uno puede cruzarse con Jean Sarkozy, Yannick Noah, Alexandre Bompard, Jean-René Fourtou, Dominique Desseigne, Jean-Pierre Elkabbach, Guillaume Durand” (2).

En la “Ciudad Roja” –apelativo dado a Marrakech por sus paredes ocres– el “colectivismo práctico” (3) de la clase dominante adopta una coloración particular. El escritor y editor Jean-Paul Enthoven describe una de sus estadías en la vivienda de su amigo BHL: “Enseguida me sentí como en casa en ese palacio donde el sol se filtra a través de los pórticos y las cascadas con lianas. Estaba protegido por sus zelliges [mosaicos], sus persianas, sus puertas de madera siria, sus techos en cúpulas. (…) Los masajistas y cantantes sabían cómo relajarnos en todo momento. Libros, conciertos, cuernos de gacela, bebidas deliciosas aparecían en el mismo instante en que resultaba agradable gozar de ellos. Y en todas partes lámparas, candelabros, adornos bordados, cristalerías turcas y persas y guirnaldas provenientes de dinastías de gusto infalible agregaban a esa escena su magia inanimada” (4).

“Marrakech siempre fue un sueño para los europeos. Era África, el misterio, el Oriente”, comenta Elie Mouyal, arquitecto de las propiedades de Strauss-Kahn y del millonario belga Albert Frère en Marrakech. A apenas tres horas de avión de París, esta ciudad ofrece siempre ese encanto orientalista –el mundo sensorial y erótico de los pintores y novelistas de los siglos XIX y XX– que constituía el aspecto imaginario de la conquista militar. Paréntesis mítico, elipsis geográfica, este decorado de fantasía hace posible poner en escena el hedonismo distinguido de los miembros de la clase dominante. Sin ocupaciones, socialmente liberados de los rigores comunes del trabajo productivo, estos “tropeles cosmopolitas que trashuman en la ociosidad” (5) poseen todos los rasgos de la “clase ociosa” descripta por el sociólogo estadounidense Thorstein Veblen, para quien el “sentimiento de indignidad del trabajo productivo” y “la posibilidad pecuniaria de permitirse una vida de ocio” llevan hacia el “consumo improductivo del tiempo” (6).

El palmar, plantado durante la dinastía almorávide en los siglos XI y XII, apartado del centro histórico, tuvo un desarrollo espectacular. Este espacio aloja hoy las principescas residencias de las dinastías del Golfo, de los futbolistas Zinedine Zidane y David Beckham, e incluso de la modelo Naomi Campbell. A lo largo de las calles que lo atraviesan, se perciben lujosos palacios y majestuosas mansiones. Macizos y monumentales, estos castillos de arena pretenciosos, parecidos a los de los caíds (7) cubriendo la superficie agreste de las colinas circundantes, permiten a sus ocupantes poner en evidencia su pertenencia a la elite ociosa y remolona. Delante de sus pórticos enfáticos y sus murallas almenadas, corredores, golfistas y dromedarios completan ese paisaje de inspiración californiana.

La tradición aristocrática de Marrakech data de los primeros años del protectorado francés. La construcción de La Mamounia, en 1921, marcó el comienzo de la especialización de la ciudad en el turismo de lujo. Mientras las autoridades coloniales decidían orientar la mayor parte de los flujos turísticos hacia las ciudades del litoral (Casablanca, Rabat, Agadir), concentrando la mayor parte de la infraestructura y del equipamiento turístico allí, Hubert Lyautey, oficial francés y primer residente general en Marruecos, tomó la decisión de reservar Marrakech para la elite colonial (8).

La sociedad burguesa, capaz de desplazarse por la superficie del globo al ritmo de las estaciones, hizo de la Ciudad Roja una de sus escalas favoritas. El barrio del Hivernage (Invernadero), caracterizado por la trama ortogonal de sus calles, se fue formando sobre el modelo de los balnearios del Segundo Imperio. Al igual que Cannes o Deauville, el Hivernage está organizado en torno a su casino, su teatro, sus hoteles de lujo y sus jardines con árboles y flores.

La receta del éxito

La independencia de Marruecos, en 1956, no puso fin a la política inaugurada por Lyautey, que siguió siendo la del Estado marroquí y la de los inversores privados. Los hoteles de categoría superior están sobrerrepresentados en la ciudad; los de cuatro y cinco estrellas cubren la mitad de la capacidad hotelera (9). La apertura del primer hotel-restaurante del grupo Lucien Barrière fuera de Francia ilustra la vocación suntuosa de Marrakech. El Hotel & Riads Naoura Barrière incluye un Fouquet’s que, al reproducir “el ambiente único y el lujo particular del célebre restaurante de los Campos Elíseos”, permite restablecer lazos con la “elegancia, el refinamiento y el glamour parisinos”, según puede leerse en el sitio de internet del grupo.

Las autoridades marroquíes supieron hacer de la concentración de celebridades en la ciudad un argumento de venta para el turismo internacional, permitiendo distinguir a Marrakech de otros destinos competitivos de la cuenca mediterránea. Algunas iniciativas reales, como la creación, en 2001, del Festival Internacional de Cine de Marrakech, que cada año hace figurar a numerosas personalidades en su jurado, han contribuido a hacer de la ciudad un destino de moda.

Resultado: las visitas a la ciudad casi se duplicaron en diez años, pasando de alrededor de un millón de visitantes en 2001 a cerca de 1.800.000 en 2010. En 1973, Marrakech tenía 25 hoteles; ahora hay 152. Hamid Bentahar, presidente del Consejo Regional de Turismo, estima que la ciudad posee el 30% de la capacidad hotelera del reino. La conversión de la economía marroquí al librecambio –con la intensificación de los flujos turísticos como la prueba más evidente– le valió al país el reconocimiento internacional. Esto le permitió al reino organizar en Marrakech la conferencia ministerial que dio nacimiento a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995.

La concentración de “bellas personas” en la ciudad resolvió la contradicción interna de la mercantilización de los bienes culturales al tiempo que favoreció su atractivo turístico. Tal como lo sugirió el geógrafo David Harvey, el valor mercantil de los bienes culturales reside en su unicidad (10). El turismo no tendría ninguna razón de ser si no existiera en cada lugar un carácter “típico” que suscite entre los turistas el deseo de descubrirlo. Ahora bien, la preparación de los territorios para el turismo tiende a disolver eso que hay de singular en cada uno de ellos, al reproducir una serie estandarizada de motivos geográficos –cadenas hoteleras, lugares para comer, negocios de ropa–, banalizando al mismo tiempo los lugares y las prácticas.

Resolver esta contradicción requiere crear “un arte de la renta”, administrando la demanda según los instrumentos que provee el marketing territorial. En el caso de Marrakech, los emprendedores urbanos pusieron en valor la variedad de ambientes naturales –una ubicación cercana al desierto del Sahara y a los montes Atlas–, el patrimonio histórico –la Medina y la plaza Jemaa-El-Fna, clasificada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO (11)–, y la presencia en su seno de clases adineradas. Los cronistas de la prensa amarilla no dejaron de ver en la ciudad el “nuevo Saint-Tropez marroquí” (12).

Este “arte de la renta oligárquica”, que también se encuentra en Gstaad (Suiza) o en Courchevel (Francia), contribuyó a atraer hacia esta ciudad a la alta burguesía, cuya historia tiende ahora a confundirse con la de las personalidades que pasaron un tiempo allí. “Winston Churchill la frecuentaba en los años 1940 y 1970; Yves Saint Laurent y los Rolling Stones lanzaron la moda”, señala Mouyal. Esta historia urbana a través de los “grandes hombres” le permite a la aristocracia contemporánea imaginarse a sí misma y presentarse ante los ojos del mundo como su digna heredera. Tener una vivienda de vacaciones en Marrakech significa inscribirse en un linaje prestigioso, captar parte de esa herencia.

A su vez, la prensa económica contribuyó ampliamente a hacer nacer entre las clases medias superiores la fascinación por un modo de vida aristocrático que parecía accesible a todos. En 1998, el programa “Capital”, difundido por el canal M6, le dedicó un programa a los riads de la Medina promoviendo el modo de vida palaciego de los europeos que habían comprado esas casas a precios irrisorios. Su éxito provocó una avalancha de inversores que transformó profundamente la Medina.

Nuevo auge y polarización social

En los años 60 la Medina, empobrecida por la partida de las elites locales que se instalaron en el barrio de Gueliz para ocupar las viviendas de los colonos, se convirtió en el espacio residencial de las personas mayores, de la burguesía desclasada, de los artesanos y campesinos que llegaban a la ciudad con la esperanza de encontrar trabajo. Así, de a poco, el centro histórico fue perdiendo su centralidad. Las profesiones liberales abandonaron sus callejuelas sinuosas y también lo hizo el consulado francés.

Sin embargo, hacia el final de los años 90 la Medina volvió a ser un desafío para las estrategias inmobiliarias de los europeos. El incremento de los precios inmobiliarios obligó a a una parte de los marroquíes a irse de allí. “Los pequeños inquilinos se vieron particularmente afectados, porque los propietarios vendieron para aprovechar el alza de los precios inmobiliarios”, afirma Ingrid Ernst, urbanista, profesora de la Universidad de París X y ex responsable del plan de ordenamiento de la Medina. Los precios, orientados hacia el alza por la especulación, explotaron. “Una casa de tamaño mediano comprada y renovada por 80.000 euros en 2003-2004 se revendía en 2006 a 200.000 euros”, señala Valérie Baradat, agente inmobiliaria instalada desde hace diez años en Marrakech.

De manera progresiva, la geografía social de la Medina se polarizó. Alrededor de la plaza central de la ciudad, donde algunas calles están pobladas en más del 50% por europeos, el frente de gentrificación (13) ganó terreno a favor de las operaciones de rehabilitación y de patrimonialización. Una cuneta separa esos territorios aburguesados de lo que queda de los enclaves pauperizados. El barrio de Mellah, antiguo gueto judío, recibe desde los años 70 gente sin dinero de las ciudades y del campo. Callejuelas alargadas de tierra apisonada y un hábitat degradado: este barrio superpoblado, lugar principal de la prostitución, es uno de los más pobres de la ciudad. La densidad de población es tres veces mayor que en el resto de la Medina, y cerca de tres cuartos de las familias viven con menos de 1.000 dirhams (alrededor de 90 euros) por mes (14).

De cualquier forma, las funciones de la Medina están en vías de disociación. Detrás de la puerta El Khemis, los barrios de Sidi Ghalem y Hart Soura agrupan talleres de carpintería, soldadura y herrería. En el souk El Khemis no hay ni babuchas ni baratijas: allí sólo van los obreros de la construcción para aprovisionarse de tablas y cemento y los buscadores que revuelven entre los restos de telas y otras cosas que puedan resultarles útiles. Los alrededores accesibles de la plaza Jemaa-El-Fna, dedicados al turismo, contrastan con las franjas productivas de la ciudad precolonial.

“Hoy la gente quiere poder acceder en automóvil a su casa; quiere calles limpias”, prosigue Baradat. Se han lanzado políticas públicas de renovación urbana (para pavimentar las calles de tierra y agregar un sistema de saneamiento). A escala barrial, la desaparición de los hornos de pan, de los hammams (baños públicos típicos) y las tiendas de comestibles, reemplazados por una sarta de negocios de recuerdos, amenaza el equilibrio de la vida social. La privatización de algunos derb –callejones sin salida unidos a las calles principales– inquieta a los habitantes puesto que, tras compras sucesivas, algunos inversores han logrado apoderarse de un conjunto de casas. Finalmente, el reordenamiento de las viviendas plantea un problema. “Los europeos quieren tener acceso a la terraza y una piscina, despreciando la arquitectura de las casas, las reglas del urbanismo y de la buena vecindad que prohíben que las miradas, dirigidas desde las terrazas hacia los patios vecinos, vengan a molestar la intimidad familiar”, nos explica Mouyal. En un lugar se tira abajo una pared para agrandar el comedor; en otro se instala un jacuzzi sobre el techo.

Muchos de los nuevos propietarios transformaron sus residencias en habitaciones para huéspedes que alquilan por semana a los turistas. La Medina tendría unas quinientas. Maurice de l’Arbre, originario de Mónaco, “compró su primer riad hace cinco o seis años. Y después otras casas pequeñas, para hacer de ellas una verdadera casa de huéspedes con encanto”. Progresivamente, adquirió la casi totalidad de una manzana. El negocio funciona, con más razón porque aquí “se ofrece un Relais&Chateaux [hotel de lujo] al precio de un Etap-Hotel [nombre de una cadena de hoteles confortables pero económicos]”. Decoración oriental, “sin que resulte opresiva para el cliente”, una fuente y naranjos en el patio, pero también un gimnasio que ofrece, para la energía de los pensionistas, equipos rutilantes. Todo está pensado para contentar “a viajeros exigentes como Pierre Loti, pero durante una breve estadía”, precisa el inversor. Este éxito se debería “a la motivación y al espíritu comunitario que reina entre él y los marroquíes que trabajan con él”, nos explica de l’Arbre, confortablemente instalado en la terraza de su riad.

El ballet de la explotación salarial

Hassan Korapi, tesorero en Marrakech de la Confederación Democrática del Trabajo (CDT), uno de los principales sindicatos del país, menciona otras causas. “Al 90% de los trabajadores en el sector turístico se les paga el sueldo mínimo, o sea 2.200 dirhams [alrededor de 190 euros] por mes. Además, es muy difícil saber en qué condiciones y cuantas horas diarias trabajan las personas contratadas en las casas de huéspedes”. El trabajo en negro es frecuente. La situación no es mejor en los grandes hoteles. “Los empleadores no siempre aplican el código del trabajo y combaten cualquier presencia sindical. En 2007 habíamos instalado una sección sindical en el Club Med de Marrakech. En los meses que siguieron, todos nuestros militantes fueron reafectados a Senegal, Egipto o, en el mejor de los casos, a Tetuán, ¡a más de 600 kilómetros de aquí!”.

“En Marrakech es particularmente difícil organizar manifestaciones porque la ciudad es la vitrina de Marruecos”, señala el dirigente. En efecto, la industria turística necesita un espacio pacífico y el derrumbe de las visitas turísticas después de las revoluciones tunecina y egipcia está allí para recordarlo. La preservación del orden urbano parece ser una prioridad para todos. En una ciudad donde un tercio de la población activa depende directa o indirectamente del turismo, son muchos los habitantes que temen ver amenazada su fuente de ingresos. La situación de dependencia de los trabajadores constituye un medio de presión temible, que el poder no ha dudado en utilizar, por ejemplo, sobornando a jóvenes para sembrar el desorden en un cortejo de protesta el 20 de febrero pasado. Según el propio Mustapha Sabbane, responsable local del Partido Socialista Unificado y co-organizador del movimiento, esta provocación significó la suspensión de la movilización.

En la plaza Jemaa-El-Fna, el ballet de la explotación salarial se despliega desde el alba hasta el crepúsculo. Los vendedores de jugos se asemejan a los obreros fabriles que trabajan por pieza, con gestos repetitivos y acompasados, con la única diferencia de que, en este caso, el uniforme folklórico reemplaza al overol azul. Asimismo, la masa de pequeños empleados de los negocios de la ciudad, forzados a utilizar, mil veces al día, las mismas astucias y la misma palabrería, recuerda a los call centers, donde los trabajadores recitan las mismas preguntas, como en una línea de montaje. En este medio urbano sobreexcitado, saturado de estrépito mercantil, el agotamiento le gana incluso a las serpientes, autómatas con resortes que –según dicen– mueren de tener que seguir todo el día las empeñosas flautas de los encantadores.

Sin embargo, es en esta ciudad alienada por la potencia expropiadora de los capitales y por las fantasmagorías, donde los habitantes han tratado de organizar un movimiento revolucionario. Interrumpiendo el curso ordinario de las existencias, la irrupción democrática dejó aflorar al pueblo, allí donde el turismo lo mantenía idéntico a su representación en el decorado de sus espacios folclorizados. La ciudad, a favor del Movimiento del 20 de febrero (15), apareció ya no como una ciudad turística, sino como la base territorial de una comunidad política.

1. Casa tradicional marroquí, cerrada hacia el exterior y organizada en torno a un patio.

2. “Quand les politiques français jouent les bronzés à Marrakech”, L’Express, París, 13-1-11.

3. Expresión concebida por los sociólogos Michel Pinçon y Monique Pinçon-Charlot.

4. Jean-Paul Enthoven, Ce que nous avons eu de meilleur, Le Livre de Poche, París, 2008.

5. Jean-Paul Enthoven, op. cit.

6. Thornstein Veblen, Théorie de la classe de loisir, Gallimard, colección Tel, París, 1979.

7. Antiguos notables del Norte de África.

8. Patrick Festy, Mohamed Sebti, Youssef Coubage y Anne-Claire Kurzac-Souali, Gens de Marrakech. Géo-démographie de la ville rouge, Les éditions de l’INED, París, 2009.

9. Patrick Festy et al, op. cit.

10. David Harvey, Géographie de la domination, Les Prairies ordinaires, París, 2008.

11. Véase Juan Goytisolo, “Jemaa-el-Fna, patrimoine oral de l’humanité”, Le Monde diplomatique, París, junio de 1997, retomado en “Comprendre le réveil arabe”, Manière de voir, París, N° 117, junio-julio 2011.

12. “La perle du Sud est le nouveau Saint-Tropez marocain!”, www.gala.fr

13. Proceso de reinversión en los barrios del centro, desvalorizados y populares, por parte de categorías sociales con buen poder adquisitivo.

14. Patrick Festy et al, op. cit.

15. El Movimiento 20 de febrero nació en Facebook hacia el final del mes de enero de 2011, en el contexto de la “primavera árabe”. La red social permitió difundir la convocatoria a manifestar por “la democracia, la justicia y una vida digna”. El Movimiento prosiguió a través de varias manifestaciones en las principales ciudades de Marruecos.

* Geógrafos.


Traducción: Lucía Vera


 
 
 
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