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Edición Nro 179 - Mayo de 2014


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Explorador N° 2: Alemania

Los nuevos caminos de Alemania

Por Luciana Rabinovich

Reunificada hace casi veinticinco años, Alemania ocupa hoy un lugar central en la escena internacional que le había sido vedado durante décadas. En el marco de una Europa en crisis –de la cual es en parte responsable– esta potencia ya no disimula sus ambiciones.

ás de dos décadas han pasado desde la reunificación alemana. El mundo ha cambiado. El fin de la Guerra Fría dio lugar a la expansión de un capitalismo salvaje en un escenario cada vez más multipolar. El surgimiento de nuevos actores de peso y la relativa pérdida de hegemonía de Estados Unidos, en un contexto de crisis económica y financiera mundial, son la expresión de un nuevo orden. También Alemania ha cambiado. No es la misma que en 1989 veía caer el Muro de Berlín, pero tampoco es la que, casi cincuenta años antes, había hecho padecer y había sufrido ella misma los crímenes del Tercer Reich. Aunque algo de ella sigue vivo: su potencia y su ambición. Sin embargo, esta nueva Alemania todavía lucha por definir su identidad, en una tensión permanente entre aquel pasado y su futuro.

Dos guerras mundiales, de las cuales salió derrotada, aniquilaron moral y económicamente al país. La reunificación, sellada en octubre de 1990, con la anexión de los territorios del Este, implicó también un enorme esfuerzo económico. Sin embargo, hoy Alemania es la cuarta potencia mundial, la primera de Europa y uno de los principales exportadores del mundo. ¿Debería sorprender acaso la fortaleza de este ex gran Imperio?

El peso de la culpa

Con el fin de la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles, a través de la “cláusula de culpabilidad”, señalaba a Alemania como la principal responsable. Las condiciones que se le impusieron la dejaron económica, territorial, militar y moralmente desgastada. Ese era el objetivo de los aliados: debilitar al poderoso imperio alemán. Pero Alemania se levantó. Y, tal como explica la historiadora Margaret MacMillan (1), fueron estas duras condiciones las que dieron lugar al resentimiento alemán, que sentaría las bases para el surgimiento y expansión del nazismo.

La Segunda Guerra, por su parte, dejaría a Europa devastada y a Alemania con una deuda moral impagable sobre sus espaldas. Su nombre quedaría por siempre asociado a los crímenes del nazismo. El estigma de la culpa y las obligaciones para con sus vecinos la llevaron a relegar sus intereses nacionales y a adoptar una política exterior más pasiva, que le ha impedido durante muy largo tiempo asumir cualquier tipo de liderazgo.

Pero poco después del fin de la Guerra, gracias al Plan Marshall de ayuda a la Europa de la poscrisis, Alemania se recuperó y alcanzó una situación económica incluso más favorable que la de muchos de sus vecinos. Fue lo que se denominó el “milagro alemán”, período en el cual el país mostraría una vez más una sorprendente capacidad de resiliencia.

La clave del éxito

A lo largo de la década de 1990, Alemania debió enfrentarse a un doble desafío: la reunificación con Alemania Oriental y el establecimiento de la Unión Monetaria Europea. Los altos costos de la integración de los territorios del Este –colapsados tras adoptar un tipo de cambio sobrevaluado, el marco occidental– provocaron altos déficits e incremento de la deuda. A eso se sumó, poco después, el establecimiento de la Unión Monetaria, que se tradujo en un período de tasas de interés reales relativamente altas, acompañadas por baja inflación y lento crecimiento (2).

Esa situación condujo al estancamiento en el que se encontraba la economía alemana a comienzos del siglo XXI. Las reformas de la denominada Agenda 2010 –flexibilización de la economía y desmantelamiento del Estado de Bienestar–, implementadas por el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder en 2003, se propusieron reencauzar la situación del país. Si bien lograron incrementar la competitividad y sentaron las bases para el modelo exportador actual, tuvieron un efecto social negativo. El “éxito” se obtuvo a costa de un aumento de las desigualdades, desregulación del mercado laboral, reducción de salarios, deterioro del sistema de previsión social, todo lo cual llevó a debilitar la demanda interna a la vez que frenó el crecimiento.

Los pilares del nuevo modelo se basaron entonces en la gran capacidad exportadora del país, beneficiada por un aumento en la competitividad que obedece a la entrada en vigor de un euro fuerte, pero también a la implementación de políticas salariales restrictivas. Sin embargo, este “nuevo milagro” alemán, que llevó al país a la cabeza de los exportadores mundiales (sólo superado por China en 2010), se basa en realidad en un sistema vulnerable, que desequilibra al resto de la eurozona, de la cual, paradójicamente, depende para seguir creciendo. Si bien, tal como señala Andrés Reggiani (3), Alemania parece querer salvarse de Europa, en vez de hacerlo con ella, ¿puede acaso salir victoriosa sin sus vecinos? Pareciera más bien que las huelgas griegas, el desempleo español y la competitividad alemana están indisolublemente ligados.

Un nuevo lugar

Cabe preguntarse entonces cuál es el rol de Alemania en el nuevo orden internacional. ¿En qué medida el pasado sigue presente y condiciona los márgenes de su política exterior? Hoy, casi veinticinco años después de la reunificación de su territorio y con los fantasmas del pasado alejados de la población más joven, que empieza a ocupar lugares en la dirigencia política, Alemania ha vuelto a pensar por sí misma y privilegiar sus intereses. Con un recobrado nacionalismo en materia de política internacional, Alemania ya no disimula sus ambiciones.

Sin embargo frente a la crisis del euro ha debido adoptar un rol de gendarme-responsable económico que hasta el momento no había querido asumir. Las duras condiciones de austeridad impuestas a sus vecinos y su reticencia a coordinar esfuerzos al inicio de la crisis terminaron agravando la situación y despertando un fuerte rechazo en los países más afectados, que no ven con buenos ojos las políticas dictadas por Angela Merkel. La hegemonía alemana aparece así paradójicamente como necesaria, por un lado, y amenazante, por el otro, despertando incertidumbres y reavivando viejos temores. Ahora bien, es indudable que en la era de la globalización la hegemonía se define en términos económicos, y en ello Alemania lleva la delantera. Como potencia económica, se encuentra ante una encrucijada: de Alemania depende, en buena parte, la evolución de la crisis europea; pero de la evolución de la crisis también dependerá su futuro.

1. Margaret MacMillan, Paris 1919. Six months that changed the world, Random House, Nueva York, 2002.

2. Michael Dauderstädt, “Alemania y la crisis: victorias pírricas”, Nueva Sociedad, Buenos Aires, julio-agosto de 2013.

3. Andrés Reggiani, “Las razones de Alemania”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2012.


EXPLORADOR N° 2: Alemania



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