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Edición Nro 3 - Septiembre de 1999

Una iniciativa de Le Monde Diplomatique y las ediciones Complexe

La historia del siglo XX, a pesar de sus censores

Por Eric Hobsbawm*

La Historia del siglo XX del británico Eric Hobsbawm se ha constituido en un fenómeno de cultura masiva. Pero el mundo francoparlante sólo accede a ella por iniciativa de Le Monde diplomatique y la editorial belga Complexe. La persistente negativa de las editoriales francesas a publicar esta obra y las razones para esa negativa aventuradas por publicaciones especializadas son objeto de análisis en el prólogo del mismo Hobsbawm a la postergada edición francesa y por el especialista argentino José Carlos Chiaramonte.

sta obra se publicó en 1994 en Gran Bretaña, y poco después en Estados Unidos bajo el título de Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991 (La era de los extremos: el breve siglo XX, 1914-1991). No tardaría en ser publicada en todas las grandes lenguas de cultura internacional... salvo en una. En efecto, se tradujo al alemán, al español y al portugués (en ediciones europea y estadounidense), al italiano, al chino (en Taiwan, pero también en China popular), al japonés y al árabe. Se prepara una edición rusa.

Otras ediciones se emprendieron rápidamente en todas los lenguas oficiales de la Unión Europea, salvo en una: y en las lenguas de los antiguos Estados comunistas de Europa central y oriental: en polaco, en checo, en húngaro, en rumano, en esloveno, en serbo-croata y en albanés. Pero no en francés, hasta ahora. A diferencia de los editores de Lituania (3,7 millones de habitantes), de Moldavia (4,3 millones) y de Islandia1, al parecer los editores franceses (60 millones) no juzgaron posible, o deseable, traducir el libro a su lengua. La revista Le Débat (enero-febrero 1997) estimó, sin embargo, que era suficientemente importante como para consagrarle un dossier crítico de un centenar de páginas, aun cuando eminentes editores franceses se esforzaron por explicar por qué era un libro que no se podría publicar en Francia. Si no fuese por la iniciativa de Le Monde diplomatique y de un editor belga, todavía sería inaccesible al mundo francoparlante.

La resistencia de los editores franceses, únicos entre los editores de unos treinta países que tradujeron La historia del siglo XX, no deja de intrigar. Por cierto que el autor de estas páginas se sorprendió, pero no es el único. La mayor parte de mis libros anteriores se tradujeron al francés, y algunos se reeditaron incluso últimamente en ediciones de bolsillo. No me esperaba que la editorial que había publicado los tres volúmenes de mi historia del siglo XIX, siempre disponibles, se negara sin comentario ni explicación a publicar La historia del siglo XX que concluye la serie. ¿Era probable, como sugirieron algunos editores franceses, que a diferencia de las obras anteriores del autor, este libro diese pérdidas? A juzgar por la recepción y por las ventas en todos los países donde fue publicado, la falta de interés del público francés es una hipótesis poco plausible. De modo que el hecho de que todos los editores franceses por unanimidad hayan rechazado ese libro exige unas líneas de explicación.

La explicación más concisa nos viene de Lingua franca, revista universitaria estadounidense cuya especialidad es dar cuenta de los debates y de los escándalos intelectuales: "Hace veinticinco años, observa Tony Judt, historiador de la New York University, La historia del siglo XX se habría traducido en una semana. ¿Qué pasó? Parece que tres fuerzas se conjugaron para impedir la traducción de ese libro: el fortalecimiento de un antimarxismo agresivo entre los intelectuales franceses; las restricciones presupuestarias que afectan la edición de las ciencias humanas, y, factor no menos importante, el rechazo o el miedo de la comunidad editorial a oponerse a estas tendencias"2. El hecho de que este libro se haya publicado poco antes del último gran éxito de François Furet, El Pasado de una ilusión, "análisis igualmente ambicioso de la historia del siglo XX, pero mucho más conforme a los gustos parisinos en su manera de tratar al comunismo soviético" , hizo "dudar a los editores franceses sobre publicar una obra como la de Hobsbawm".

Se encuentra una explicación muy parecida en el Newsletter del Comittee on Intellectual Correspondance. apadrinado por la American Academy of Arts and Sciences, el Wissenschaftskolleg de Berlín y la Fundación Suntory de Japón3. Que Hobsbawm siga siendo un impenitente hombre de izquierdas sería "una molestia" para la moda intelectual hoy vigente en París.

Este es también el punto de vista de Pierre Nora, de la editorial Gallimard, en el cuadro claro y autorizado que pinta de la situación tal como la ve un editor francés. "Todos (los editores), de buen o mal grado, están obligados a tener en cuenta la coyuntura intelectual e ideológica donde se inscribe su producción. Ahora bien, hay serias razones para pensar (...) que (ese) libro aparecería en un ambiente intelectual e histórico poco favorable. De ahí la falta de entusiasmo para apostar por sus oportunidades. (...) Como Francia ha sido el país más larga y profundamente stalinizado, la descompresión, de un solo golpe, acentuó la hostilidad a todo lo que, de cerca o de lejos, pueda recordar esa época de filosovietismo o procomunismo anterior, incluido el marxismo más abierto. Eric Hobsbawm cultiva este apego, aun distanciado, a la causa revolucionaria, como motivo de orgullo, una fidelidad altanera, una reacción a los tiempos que corren: pero en Francia y en este momento, cuesta digerirlo"4. No sabemos muy bien si (ni en qué medida), el editor se reconoce en esta Francia donde "cuesta digerir" la actitud del autor.

A la vista de estos argumentos, el lector podría esperar descubrir esencialmente, al igual que en El Pasado de una ilusión de François Furet, una amplia polémica política e ideológica. Pero La historia del siglo XX no se escribió con este espíritu. El lector lo percibirá enseguida. No es para nada el mismo tipo de libro. Se trata de una historia de conjunto del siglo XX (y del último volumen de una serie iniciada hace muchos años, que se presenta como una historia del mundo desde el fin del siglo XVIII, es decir la era de las revoluciones): es con esta vara que corresponde juzgar sus méritos. Se lo ha reconocido y tomado en serio en países con regímenes y modas intelectuales tan diferentes como la República Popular de China y Taiwan, Israel y Siria, Canadá, Corea del Sur y Brasil, para no hablar de Estados Unidos. La mayoría de las veces, para gran satisfacción financiera del autor y de sus editores, se vendió muy bien -y se leyó- en tres continentes. Se observará, al pasar, que los editores de países al menos tan profundamente "stalinizados" en su tiempo como Francia, y expuestos a una "descompresión" todavía más espectacular, a saber los antiguos Estados comunistas, no dudaron en publicarlo. (En la época comunista, las obras históricas del autor no se publicaron nunca en Rusia, Polonia ni Checoslovaquia).

Difundir la buena nueva

La publicación de esta traducción francesa de La historia del siglo XX permitirá entonces descubrir si los críticos y el público francés inteligente son realmente tan diferentes como lo sugiere Pierre Nora en su poco halagadora evaluación del estado intelectual de Francia.

Permitirá también al lector juzgar otro argumento que se usó para justificar la negativa persistente a publicar La historia del siglo XX en Francia: por la demora en ser traducido, la obra sería ya anticuada y su lectura superflua. Desde mi punto de vista, no llegó aún el momento de editar una versión revisada. La situación mundial no cambió fundamentalmente desde mediados de los años 1990. En consecuencia, si mi análisis histórico general y mis observaciones sobre el mundo en este fin de siglo requieren una revisión de gran amplitud, no sería la sucesión de hechos la que las habría invalidado.

La situación internacional permanece tal como yo la esbocé en la primera parte del capítulo 19. Los acontecimientos dramáticos y terribles de la región de los Grandes Lagos, en Africa Central (Zaire), no ofrecen más que una ilustración suplementaria. Una de las tesis centrales de este libro es que el "corto siglo XX" terminó con una crisis general de todos los sistemas, y no simplemente con un derrumbe del comunismo. Si fuera necesario, lo confirma la erupción, en 1997-1998, de la crisis de la economía capitalista más grave desde los años 1930. A decir verdad, hace pensar que el autor pecó de optimismo al sugerir que la economía mundial "entraría en otra era de prosperidad y expansión antes del fin del milenio" , aun cuando enseguida agregara, con razón, que esa prosperidad corría el riesgo de verse "obstaculizada transitoriamente por los contragolpes de la desintegración del socialismo soviético, por el sumergirse de regiones enteras del mundo en la anarquía y la guerra, y quizás por un apego excesivo a la libertad mundial de intercambios" . Resumiendo, desde el punto de vista del autor, lo que se produjo en el mundo desde 1994 -fecha de la primera edición inglesa de este libro- no afectó sensiblemente los méritos y las debilidades de su interpretación del siglo XX.

Además, excepto correcciones de detalle ¿el texto presentado al público francés es el mismo que el texto publicado, o a punto de serlo, en otras lenguas? Que juzgue el lector.

Para terminar, el autor quisiera agradecerle a las ediciones Complexe, que han hecho posible esta edición; a los que tradujeron magníficamente un texto inglés largo y difícil, al igual que a los amigos parisinos que, en los últimos años, demostraron que no todos los intelectuales franceses veían con malos ojos que sus compatriotas leyeran obras de autores que no gozaban de los favores de las modas bienpensantes de los años 90.

  1. (270.000)
  2. "Chunnel Vision" , Lingua franca, noviembre de 1997.
  3. "Furet vs. Hobsbawm" , Newsletter, otoño/invierno 1997-1998.
  4. Pierre Nora, "Traduire: nécessité et difficultés" , Le Débat, París, nº 93, enero- febrero 1997.

¿Censura del mercado o del nacionalismo?

Chiaramonte, José Carlos

La Historia del siglo XX, 1914-1991 de Eric Hobsbawm -la historia del siglo XX "corto" , como gusta delimitar el autor- es un libro muy distinto en su génesis y construcción a los anteriores del historiador británico. Ya no estamos solamente ante un texto que ofrece al lector información y explicaciones sobre lo ocurrido en un período dado de la historia, con la maestría para organizar el relato histórico amplio que caracteriza al autor. Según él mismo explica en el Prefacio, su motivación y su metodología han sido muy distintas en este libro que culmina los que dedicó al siglo XIX. No sólo porque la incomparable abundancia de fuentes primarias y de bibliografía relativas a la historia de esta centuria hacen imposible su cobertura por una sola persona. Y tampoco por el hecho mismo de que, según aduce, no es especialista en la historia del siglo XX sino en la de la centuria anterior. Lo que hace de este libro una obra de distinta naturaleza es que se trata del producto de la reflexión de un sobresaliente historiador contemporáneo sobre hechos de los que fue testigo, sobre acontecimientos en los que participó y sobre corrientes políticas a las que adhirió.

De esta realidad, que el experto historiador confiesa de entrada para alertarnos sobre los condicionamientos de su trabajo, surge la posibilidad de una experiencia poco frecuente: que el lector pueda escuchar a un testigo de parte de lo que narra, evaluar el grado de compromiso de sus juicios, discrepar más de una vez con lo que escribe o con lo que omite, pero siempre descubrir perspectivas distintas, inteligentes y estimulantes. Claro está, se requiere un lector que no pida a la historia lo que ella no puede dar, la profecía. Un lector, en suma, más atento a las advertencias del prólogo que ansioso por las inciertas inferencias sobre el futuro que podrían extraerse del epílogo.

Sorprendentemente, la Historia del siglo XX va camino de hacerse un lugar en la historia de la vida cultural del siglo XX "largo" , no sólo por su mérito intrínseco sino por el fenómeno de cultura masiva, a doble faz, que ha protagonizado. Por un lado, su enorme difusión internacional: a los datos que aporta el mismo Hobsbawm en el prólogo de la edición belga de su libro, deben añadirse los de la venta en Argentina: entre 1995 y 1999, 11.500 ejemplares de la edición española y entre 1998 y 1999, 11.500 de la edición de bolsillo editada en el país, a los que deben sumarse 9.300 ejemplares exportados.

Por otra parte, el rechazo del mundo editorial francés, cuyas motivaciones son causa de justificada intriga, le ha conferido mayor notoriedad. De esta actitud, que sólo ha podido ser compensada por la edición belga que se comenta en estas páginas, lo menos que puede decirse es que es desconcertante. Cuál puede ser el motivo de tal anomalía, si el juego de intereses profesionales o factores de mayor profundidad, no es cuestión de fácil discernimiento.

Por encima de las inquietantes hipótesis que ya se han formulado o insinuado, debe advertirse, ante todo, el sorprendente encierro de los principales países europeos en su propio mundo cultural; sorprendente sobre todo para el viajero latinoamericano que arriba al viejo continente con la ingenua visión de una Europa cosmopolita. Y, por otra parte, la sensibilidad empresaria de esos países por su posición en el mercado cultural exterior, en el que la producción francesa tiene un lugar preeminente. Tal como reflejaba Le Nouvel Observateur en la presentación de un reportaje al famoso historiador Georges Duby publicado en 1982, al comentar con cierta dosis de humor que, junto al Renault 5 y el agua de Perrier, la escuela histórica de los Annales era uno de los mejores productos de exportación franceses de entonces.

El fuerte nacionalismo de la cultura francesa, con el añadido de la histórica rivalidad con Inglaterra, no parece en principio motivo suficiente para frenar los negocios editoriales. El hecho mismo de las exitosas ediciones francesas de obras anteriores de Hobsbawm no parecerían convalidar esa hipótesis. Sin embargo, al mismo tiempo, hace más extraño este episodio. Y las no convincentes explicaciones de un miembro conspicuo de ese mundo, el historiador Pierre Nora -que describe el caso como producto de una evaluación de las características del mercado- sólo logran fortalecer aquella hipótesis sobre algo que parece asumir así aspectos de censura.

Otro de los factores, el del hosco antimarxismo surgido ya hace algún tiempo entre los intelectuales franceses -según la revista Lingua franca, citada por Hobsbawm en el prólogo a la edición belga- resulta menos convincente. Por una parte, porque la obra de Hobsbawm ha sido de un marxismo no dogmático, de notable amplitud de criterios. Por otra, retornando a la hipótesis del nacionalismo, porque un caso similar se produjo hace años en el seno mismo del marxismo francés. Se trata de la también sorprendente exclusión de la obra de Antonio Gramsci, de la que sólo muy tardíamente, en 1980, el historiador Robert Paris comenzó a editar en Francia una selección. Otra omisión -que en el contexto de la amplia difusión del pensamiento gramsciano desde los años ´50 en adelante es tan sorprendente como la que motiva esta nota- explicable en parte como censura del estalinismo del partido comunista francés, pero en buena medida también, como expresión de los celos de ese partido por no haber contado con un intelectual de la talla del autor de los Cuadernos de la cárcel. Tal como se encargó sutilmente de subrayar, con evidente satisfacción, la entonces dirigente del ala izquierda de ese partido, Rossana Rossanda, la presencia de un Gramsci le había ahorrado a los italianos la formación de una fuerte izquierda no comunista como la que existía en la Francia de los tiempos de Sartre.

No nos es posible discernir si ese nacionalismo y anglofobia de la cultura francesa, manifestada no necesariamente en expresiones críticas sino también en simple ignorancia del otro, es cosa de los editores franceses o de su mercado. Algunos observadores del caso, mencionados por Hobsbawm en el citado prólogo, apuntan en ambas direcciones. Si fuera así, muy lejos estaríamos de los tiempos en que Voltaire se abría con admiración a la cultura inglesa en sus Lettres Philosophiques. Y lejos también de lo que hoy la Unión Europea implicaría en este terreno. ¿Será esta "anomalía" , según la palabra usada por Pierre Nora -una "extraña anomalía" como ironizó Ruggiero Romano- otro de los inquietantes signos de este incierto fin de siglo y de milenio?

* * Historiador. Su "Historia del Siglo XX" fue precedida por "La era de las revoluciones", "La era del capital (1848-1875)", y "La era del imperio (1875-1914)", Gribaldo, Colección Crítica, Buenos Aires, 1998


Traducción: Yanina Guthmann


 
 
 
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