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Edición Nro 214 - Abril de 2017

Explorador Corea del Sur

Cómo hablar con Pyongyang

Por Philippe Pons*

na vez más, la República Popular Democrática de Corea (RPDC), conocida también como Corea del Norte, mantiene en vilo al resto del mundo: lluvia de amenazas –ataque nuclear a Estados Unidos, rechazo del armisticio de 1953 (1), “segunda guerra de Corea inevitable”– y baterías de misiles apuntando tanto a Japón como a la base estadounidense de Guam. A mediados de marzo de 2013, estalló la propaganda norcoreana, y los medios de comunicación internacionales, difundiendo con complacencia sus diatribas belicosas, sin medir la verosimilitud de esas amenazas, le dieron un eco desmesurado, para gran satisfacción de Pyongyang.

Tras haber practicado la confrontación bajo el gobierno de George W. Bush, Estados Unidos retomó bajo el gobierno de Barack Obama una estrategia de espera. Sin embargo, se debe reconocer el rotundo fracaso de su política, así como la del presidente surcoreano hasta febrero de 2013, Lee Myung-bak, quien pretendía hacerle sentir su autoridad a Pyongyang. La situación se tornó infinitamente mucho más compleja de lo que era hace unos quince años.

Desde luego, los objetivos norcoreanos son los mismos que en 1998, durante el lanzamiento de un cohete portador de un satélite, con la misma tecnología que un misil de largo alcance, que pasó por encima de Japón. La administración Clinton modificó entonces su política y, en octubre de 2000, la secretaria de Estado Madeleine Albright viajó a Pyongyang. Se contempló incluso una visita del presidente. Luego Bush echó por tierra los logros de su predecesor.

Desde entonces, la RPDC realizó tres pruebas atómicas, en 2006, 2009 y 2013, y se proclama potencia nuclear. Dispone de reservas de plutonio, un programa de enriquecimiento del uranio y capacidades balísticas.

Desarrollo y fuerza militar

El 31 de marzo de 2013, durante una reunión del Comité Central del Partido de los Trabajadores, su líder, Kim Jong-un, afirmó: “Las armas nucleares no son una moneda de cambio para obtener dólares de Estados Unidos, ni una prenda de negociación […]. La República Popular Democrática de Corea no renunciará jamás a ellas mientras exista la amenaza nuclear de los imperialistas”. Así, Pyongyang pone muy alto el listón para unas eventuales negociaciones.

De unos treinta años de edad, Kim Jong-un, segundo heredero del clan de los Kim, a la cabeza del régimen tras la muerte de su padre, Kim Jong-il, en diciembre de 2011 (2), parecía ofrecer una imagen más amena del país, que tiene sin embargo más de 150.000 prisioneros en campos de trabajo forzado, según las organizaciones humanitarias. Un año después de haber sido investido de plenos poderes (primer secretario general del Partido de los Trabajadores, primer presidente de la Comisión Nacional de Defensa, mariscal y comandante en jefe del Ejército Popular), desató una ofensiva de una virulencia inusitada, con el lanzamiento de un satélite en diciembre y un ensayo nuclear en febrero, ambos condenados por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas.

Kim cursó cinco años de estudios secundarios en Suiza; con esta experiencia en el extranjero, es sin duda más consciente que la vieja generación de la necesidad de reformas. Pero sigue siendo fiel al camino trazado desde fines de los años 90: “Un país fuerte y próspero”, fórmula que concilia supuestamente desarrollo y fuerza militar. Con algunos matices léxicos de diferencia, ésta fue, en el siglo XIX, la ambición del Japón de la era Meiji (3) (“país rico, ejército fuerte”) enfrentado a la amenaza exterior. En Corea del Norte, ambos objetivos son difícilmente conciliables: la “prosperidad” supone reformas, pero sobre todo una apertura al exterior y una ayuda externa, bajo la forma de una asistencia tecnológica y de inversiones. Ahora bien, Estados Unidos y sus aliados rechazan toda cooperación en tanto Pyongyang represente una amenaza.

El único logro

Asumiendo un firme compromiso, el régimen norcoreano hizo tambalear el statu quo: puso en tela de juicio la “paciencia estratégica” de Washington, reforzó las sanciones internacionales que estrangulan al país e incrementó su aislamiento, aun cuando China practique un doble juego, ya que lo apoya económicamente al mismo tiempo que suma su voz al coro de las condenas internacionales. Además de un desafío a Estados Unidos y sus aliados, el tercer ensayo nuclear representa una afirmación de soberanía respecto de Pekín.

Disponiendo de fuerza de disuasión, la RPDC se considera al abrigo de un ataque nuclear; una amenaza que Washington blandió en al menos cinco oportunidades. Se muestra exitosa ante su población, mientras que, desde hace un cuarto de siglo, el régimen justifica los sacrificios con la necesidad de volver al país invulnerable y garantizar una independencia que ya se convirtió en un objetivo sagrado. Un renunciamiento a esta arma, el único logro de la era Kim Jong-il, parece pues improbable.

Un nacionalismo exacerbado

El empecinamiento de la RPDC en ser reconocida como potencia nuclear por el resto del mundo y su aparente rechazo de cualquier transición post-totalitaria son producto de un nacionalismo exacerbado. Lo que la inscribe menos en la historia de la bipolaridad del mundo, desaparecida tras la caída del bloque soviético, que en la del postcolonialismo. En Europa, la Guerra Fría fue, en los hechos, una época de paz. En Asia, en la península coreana y en Vietnam fue un período de enfrentamientos armados vividos como secuelas de las guerras de liberación (4). En la RPDC, la propaganda fomenta la memoria sublimada de la “gloriosa lucha” de los combatientes agrupados detrás de Kim Il-sung contra el ocupante japonés, que funda la legitimidad del régimen. Y coloca sistemáticamente la situación presente en el marco de la lucha contra el imperialismo.

Tras el fin de la URSS, los temas recurrentes del postcolonialismo –independencia, soberanía nacional, búsqueda de reconocimiento– volvieron con fuerza, alimentando y acentuando en el seno de la población una mentalidad de sitiados permanentes (5). Haciendo figurar a la RPDC en su “eje del mal”, y luego atacando a Irak, Bush reforzó ese sentimiento de amenaza. Actualmente potencia nuclear, el país no vivirá jamás el destino de Irak, insiste la propaganda.

Guerra y paz

De todas formas, su situación geopolítica difiere: la proximidad de China torna improbable una intervención militar. En efecto, Pekín pretende evitar toda inestabilidad que pueda generar una reunificación de la península “en el calor del momento”, bajo la dirección del Sur y, como corolario, con fuerzas estadounidenses en su frontera. En caso de guerra, la RPDC sería desde luego vencida, pero no sin causar enormes daños en el Sur, incluso en Japón.

Y, en medio del caos, ¿qué sucedería con las armas nucleares o las reservas de plutonio de las que dispone? Estos riesgos deberían propiciar que se encuentre un enfoque distinto del recurso a las sanciones y al boicot.

1. La guerra de Corea entre el Sur y el Norte, a partir de 1950, finalizó en 1953 con la firma de un armisticio. Desde entonces, no se celebró ningún acuerdo de paz. Véase Bruce Cumings, pág. 7.

2. Véase Bruce Cumings, “La dinastía Kim o los tres cuerpos del rey”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2012.

3. La era Meiji (1868-1912) marca el comienzo de la política de modernización en Japón.

4. Heonik Kwon, The Other Cold War, Columbia University Press, Nueva York, 2010.

5. Véase Philippe Pons, “Corea del Norte, una sociedad que despierta”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, enero de 2011.


Este artículo forma parte del Explorador Corea

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* Periodista.


Traducción: Gustavo Recalde


 
 
 
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