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Edición Nro 209 - Noviembre de 2016


Fotografía de la serie La Chute du mur de Berlin, de Alexandra Avakian.

Presentación

Sin dogmas, sin prohibiciones, sin tabúes

Por Serge Halimi*

Los hechos de la historia universal son complejos y recurrir al trabajo de especialistas ayuda a entenderlos. Debatir las diferentes miradas sobre lo sucedido ayuda a comprender el pasado.

quello que cada uno de nosotros pueda pensar acerca de las guerras de religión, del capitalismo, del comunismo, del fascismo, de las vacaciones pagas o del Banco Central Europeo suscita un debate político. Se trata de elecciones que todo ciudadano puede tomar con relativa libertad en función de sus conocimientos, de sus convicciones, de sus intereses, de sus orígenes o de sus alienaciones. El historiador le ayuda al ciudadano a tener los ojos abiertos. Y no lo hace para, a posteriori, echar por tierra su juicio sobre los hechos del pasado sino porque sabe que la mayoría de las construcciones de la historia muestran contrastes con nuestra sensibilidad actual. Así pues, el historiador no cree en la existencia de una humanidad en otro tiempo poblada de monstruos, que sólo habría adquirido forma civilizada a medida que sus rasgos se hubieran ido pareciendo a los nuestros.

Las aventuras más apocalípticas, en efecto, se han beneficiado de la colaboración (activa o pasiva) de pueblos enteros. En sus Memorias de guerra, Charles de Gaulle describe, por ejemplo, una Alemania que, hasta el 8 de mayo de 1945, servía a su Führer “con un esfuerzo mayor al que ningún otro pueblo sirvió a su jefe jamás” (1). ¿Aún debemos pretender que un país que, en aquella época, aguardaba a las tropas de ocupación aliadas “en silencio, en medio de sus ruinas”, podría haber sufrido un hechizo colectivo durante más de doce años? ¿Debemos pretender que su odio al judeo-bolchevismo no constituya nada que no sea el delirio paranoico de algunas mentes enfermas? En distinto grado, la colonización, el estalinismo, el apartheid, el macartismo, el general Pinochet o Margaret Thatcher despiertan las mismas preguntas. Estos también pudieron contar con una base social sufrida y con abnegados combatientes. Pero, ¿cómo explicar todo esto de una forma sencilla? Precisamente, ese es el propósito de los libros de historia: comprender el pasado en lugar de predicar a los vivos para que excomulguen a los muertos.

A los grandes tiranos y a los escritores de segunda les encanta reescribir el relato nacional para que dé apoyo a las formas de su actual proyecto. ¿Acaso se quiere alentar al apaciguamiento consumista, al compromiso moderado, al orden tibio o al federalismo europeo?

Así pues, insistiremos, con un tono frío y consensual, en los desastres que habrían provocado todas las grandes revoluciones, las oleadas totalitarias y los odios nacionalistas. Por el contrario, ¿nos preocupamos por el desencanto político, por la ausencia de cohesión nacional o por el presunto desamor por parte de los jóvenes a su nación? Teñiremos entonces con fervor a los héroes de antaño, la ‟unión sagrada” y las “misiones civilizadoras” (colonial, neoimperial, religiosa…). Contrarios en apariencia, estos dos tipos de relatos comparten una misma estructura mental conservadora. La historia descafeinada de los federalistas, cuyo gran mercado junto con la desaparición de las fronteras constituyen su apogeo, ya no percibe del pasado más que un encadenamiento de catástrofes que deberían haber enseñado a los pueblos el carácter destructor de los fanatismos políticos. La nostalgia nacionalista o religiosa prefiere exaltar la fraternidad de las trincheras, pero, como detesta los motines y las barricadas de la lucha social tanto como a los moderados, acepta una disolución del frente interior, una inteligencia común al enemigo.

En cambio, los extractos de libros escolares de distintos países publicados en este Atlas nos lo recuerdan: no hay una historia universal susceptible de ser contada del mismo modo por todos los habitantes del planeta. Si nadie discute la fecha del martirio de Hiroshima (6 de agosto de 1945) o del anuncio del pacto germano-soviético (23 de agosto de 1939), es entonces cuando todo empieza. En el instante en que Harry Truman hizo caer aquella bomba, ¿pretendía únicamente aterrorizar a los japoneses, cuando para él esa guerra ya estaba ganada? Y Joseph Stalin, ¿firmó el pacto con Alemania para apoderarse de la mitad de Polonia o para devolverles la moneda a los franceses y a los británicos quienes, apenas un año antes, habían ofrecido Checoslovaquia a Hitler? En todo caso, hay una cosa que está clara: ninguno de estos líderes tomó su decisión sobre consideraciones morales muy refinadas. Consideraciones del tipo de las que surgen, de manera espontánea, en el pensamiento de sus exquisitos jueces de hoy en día.

Se ha convertido en algo habitual imputar a Lenin y a Stalin los millones de víctimas de las requisas agrícolas de los años 1920 y 1930. Con menor frecuencia recordamos que fueron el librecambio y el propio mercado los que provocaron la muerte de un millón y medio de irlandeses entre 1846 y 1849, y no la colectivización de las tierras. ¿Se sabe también que Churchill carga con una gran responsabilidad respecto a la muerte de tres millones de bengalíes en 1943, a quienes había acusado anteriormente de “multiplicarse como conejos”? Efectivamente, prefirió proteger las reservas de alimentos de las tropas británicas, generosamente provistas, en vez de proteger a la famélica población. La hambruna que diezmaba a estos “indígenas” no le preocupaba. El gobernador británico había asegurado a Londres que “la hambruna no representaba ninguna amenaza seria contra la paz y la tranquilidad de Bengala, ya que sus víctimas eran totalmente pasivas” (2). El olvido progresivo de estos hechos permite evaluar quién ganó la batalla de las ideas.

En diciembre de 2005, muchos grandes historiadores, crispados por las incesantes intervenciones políticas y judiciales sobre la apreciación de los hechos pasados, comprendidos bajo la forma de “leyes de memoria histórica”, recordaron, entre ellos Pierre Vidal-Naquet, algunos principios metodológicos: “El historiador no acepta ningún dogma, no respeta ninguna prohibición y no conoce los tabúes. Puede ser molesto. La historia no es la moral. La función del historiador no es exaltar ni condenar, sino explicar. La historia no es esclava de la actualidad. El historiador no entierra en el pasado esquemas ideológicos contemporáneos ni introduce en los acontecimientos de otro tiempo la sensibilidad de hoy en día” (3). A partir de estos principios se define la ambición de esta obra. Los tiempos que corren nos otorgan toda la moderación de su libertad.

1. Charles de Gaulle, Mémoires de guerre. Le salut (Plon, 1959).

2. Citado por Joseph Lelyveld “Did Churchill let them starve?”, The New York Review of Books (23 de diciembre de 2010).

3. Llamamiento colectivo “Liberté pour l’histoire”, Libération (13 de diciembre de 2005).


Atlas de Historia Crítica y Comparada

Disponible en kioscos y librerías de todo el país.

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* Director de Le Monde diplomatique, París.




 
 
 
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