
Mineros en manifestación de apoyo a Evo Morales, Bolivia, 12-10-11 (Jorge Bernal/AFP)
Bolivia: un Estado en crisis
uando llegué a Santa Cruz hacía un calor que yo consideraba excesivo y sin embargo los habitantes de esa ciudad tropical, enclavada en la región amazónica de Bolivia, se quejaban del frío. Un poco de viento y que la temperatura bajara a veinte grados era suficiente para asustar a los cruceños.
Pero había cosas más importantes de las que preocuparse. La Confederación Nacional de Transportistas acababa de darle un ultimátum al presidente Evo Morales para que derogara un decreto; en caso contrario, una huelga de transporte paralizaría el país. En ese decreto, Evo, cansado de tantos accidentes en las rutas nacionales, obligaba a que los vehículos de transporte público no tuvieran más de doce años de antigüedad. Esto, decían los transportistas, llevaría a muchos a la quiebra, pues el decreto tocaba al 95% de sus vehículos. Un taxista me dijo que no estaba bien que justos pagaran por pecadores. “El Evo se está aplazando otra vez”, decía. No entraba en el razonamiento del taxista la posibilidad de que algunos de esos justos fueran los pasajeros de las flotas que se accidentaban cada rato (hace tan sólo unos días, camino a Tarija, una flota se había desbarrancado causando veintiocho muertos).
Otra fuente de problemas para Evo era su ley para “nacionalizar” todos los autos indocumentados en Bolivia. Es sabido que muchos autos robados en países limítrofes se introducían ilegalmente en Bolivia; con papeles falsos, los dueños de estos autos se arriesgaban a que la policía los decomisara. Con la nacionalización se buscaba legalizar estos autos. “Es nuestra realidad, nuestra vivencia”, declaraba Evo, que soñaba con que todos los bolivianos fueran dueños de un auto. Un sueño neoliberal de un presidente estatista, podía decirse, pero ¿quién se lo discutiría? Por lo menos en Santa Cruz, nadie se animaba a entrar en una discusión con Evo. Esta otrora plácida ciudad se había convertido en una urbe caótica de dos millones de habitantes en la que a cualquier hora del día el tráfico colapsaba sus arterias principales. La nacionalización de los autos “chutos” ayudaría a exacerbar los problemas.
Un amigo me contó en La Casa del Camba –un restaurante donde, junto a comida típica como el keperí, también se encuentran platos raros como el ceviche de lagarto–, que el problema principal de Santa Cruz era que sus líderes regionales, deseosos de lograr una autonomía que les diera mayor independencia del poder central, no estaban preparados para una larga lucha con Evo. El orgullo regionalista de Santa Cruz había nacido como una respuesta defensiva a la indiferencia de la capital, La Paz, a sus pedidos; si el gobierno central no ayudaba al progreso de Santa Cruz, entonces Santa Cruz aprendería a progresar por sí misma. Con la ayuda de la migración interna, la economía de Santa Cruz creció al punto de llegar a desafiar a La Paz; un departamento con tanto poder económico debía tener mayor poder político.
En ese momento de consolidación de los reclamos autonómicos de Santa Cruz apareció Evo, que siempre había visto con desconfianza cualquier iniciativa nacida del Oriente. Curiosa situación: la autoafirmación del Occidente andino chocaba con los deseos de autoafirmación del Oriente. En la pulseada, Evo se preparó para una larga batalla; Santa Cruz, en cambio, no. Al primer choque –septiembre de 2008: trece muertos en los enfrentamientos entre el gobierno y la oposición–, los líderes cruceños perdieron la iniciativa. Y cuando un sector de la derecha cruceña se enfrascó en una aventura insensata con mercenarios croatas contratados para armar un grupo que se opusiera a Evo, el presidente lo desarticuló fácilmente y utilizó el hecho para quitarle legitimidad a Santa Cruz. Como resultado de la operación antiterrorista de Evo, los políticos de Santa Cruz perdieron su credibilidad entre las masas del departamento y los empresarios tuvieron miedo de seguir apoyando económicamente a sus líderes. Así, de golpe y porrazo, las pretensiones válidas de autonomía de Santa Cruz fueron archivadas; poco a poco, Evo ha ido cooptando el discurso de la autonomía, pero a su estilo y no según lo que soñaba Santa Cruz.
Me fui de La Casa del Camba pensando en los vaivenes de la historia, en cómo muchas veces los sueños de una región o de un país pueden extraviarse por los errores de quienes representan esos sueños. Quizás era que, como decía mi amigo, Santa Cruz no preparaba en sus universidades a cuadros de dirigentes políticos, y que para eso habría que invertir en un par de generaciones. Lo que sí había, a montones, era el impulso empresarial. La Feria Internacional del Libro, que se llevaba a cabo por esos días, seguía creciendo; dos editoriales cruceñas, La Hoguera y El País, se habían convertido en puntas de lanza del renacer editorial en Bolivia. La Hoguera apunta, aparte de los libros de textos, a crear nuevos lectores en espacios sin tradición editorial en Bolivia (el cómic, la literatura para adolescentes); El País, por su lado, se ha inclinado por el ensayo político. Esas dos editoriales compartían espacio con otras independientes llegadas de otros departamentos: Gente Común, Plural y El Cuervo (La Paz); Nuevo Milenio (Cochabamba). También estaban las filiales locales de editoriales españolas como Alfaguara. Ese renacer editorial viene acompañado por la aparición de una notable generación de escritores menores de 40 años: los cruceños Giovanna Rivero, Maximiliano Barrientos, Liliana Colanzi y Darwin Pinto; el cochabambino Rodrigo Hasbún; los paceños Sebastián Antezana, Wilmer Urrelo y Juan Pablo Piñeiro. La mayoría de ellos ya publica fuera del país (unos en Argentina, otros en España), lo cual confirma la sospecha de algunos: no faltaba talento en la literatura boliviana (para demostrarlo están Jaime Sáenz, Augusto Céspedes, Óscar Cerruto), sino infraestructura y una mejor red de difusión en el exterior.
En Santa Cruz vi Del cielo al infierno, un programa de televisión en el que se somete a un entrevistado a preguntas de todo tipo. Esta vez fue el turno del vicepresidente Álvaro García Linera, conocido como un intelectual de fuste, uno de los grandes ideólogos del Movimiento al Socialismo (MAS, el partido de Evo). Sus ensayos están siendo traducidos al inglés y al francés, y sus palabras han encontrado eco en críticos y teóricos de la talla de Antonio Negri y Bruno Bosteels, que consideran a García Linera clave en el resurgimiento del pensamiento comunista. Sorprendía ver al vicepresidente, siempre tan en su lugar, en un programa de tintes más bien frívolos. Sin embargo, quizás era necesario para no mostrar la imagen de un gobierno alejado del pueblo… Evo hace rato que se niega a dar entrevistas a la prensa nacional.
Durante la entrevista, García Linera reconoció enfáticamente que el gobierno se había equivocado en diciembre pasado con el gasolinazo. La gasolina es muy barata en Bolivia –en comparación con los precios de los países vecinos–, y debido a ello los contrabandistas la venden en Perú o Argentina. En diciembre pasado, el gobierno intentó dejar de subvencionar la gasolina y ponerle un precio más adecuado. Después de tres días de protestas que debilitaron la figura de Evo, el presidente se echó para atrás y abrogó el decreto. Así, en realidad no se solucionó nada: habrá algún momento en que el gobierno tendrá que tomar una medida impopular y ponerle un precio más adecuado a la gasolina. Las protestas en diciembre no fueron organizadas por la oposición, todavía sin rumbo, sin un plan o un líder que la guíe, sino por los mismos movimientos sociales que son el sustento del MAS.
Evo salió de la crisis del gasolinazo con una frase que repite como mantra: gobernar obedeciendo al pueblo. Esta frase encierra el problema estructural de Bolivia. Ni siquiera el gran capital político de Evo ha sido suficiente para revertir la situación endémica de crisis del Estado nacional. Evo tomó muchas medidas para centralizar nuevamente la economía y soñó con un aparato estatal fuerte, con instituciones sólidas. Sin embargo, lo cierto es que determinadas regiones (El Alto) y determinados movimientos sociales tienen el suficiente poder como para paralizar, llegado el caso, al gobierno. Desde la oposición, Evo fue hábil para usar esos espacios y romper el espinazo de gobiernos anteriores. Como presidente, Evo se ha nutrido de esos movimientos, pero también ha conocido los límites de su poder. El caudillo omnímodo sabe que esos movimientos también pueden volverse contra él.
Pocos días después de ver Del cielo al infierno leí en la prensa que Evo había decidido ceder a las presiones de los transportistas y eliminar el veto a los autos viejos. Al mismo tiempo, los gobiernos de los países limítrofes protestaban por el hecho de que muchos autos robados a sus ciudadanos estaban en Bolivia y con la nacionalización de Evo no podrían ser recuperados. No una crisis de Estado, pensé, sino un Estado en crisis permanente, con una incapacidad total para cuidar sus fronteras (los autos robados entran fácilmente, la gasolina barata sale igual de fácil) y con serios problemas para hacer cumplir la ley. Gobernar obedeciendo al pueblo, pensé. El pueblo, obviamente, quería gasolina barata y autos baratos robados en otros países, y Evo prefería no hurgar el avispero.
* Escritor boliviano, autor de nueve novelas, entre ellas Palacio Quemado, Alfaguara, Madrid, 2006; Los vivos y los muertos, Alfaguara, Madrid, 2009 y Norte, Mondadori, Barcelona, 2011. Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas. En 1997 recibió el Premio