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Edición Nro 152 - Febrero de 2012

Crisis: Los orígenes estadounidenses del salario máximo

Tope a la desigualdad

Por Sam Pizzigati*

Una de las banderas levantadas por los luchadores sociales en Estados Unidos, en distintas épocas, fue la fijación de un tope a los altos ingresos. Esta medida redistributiva fue llamada en tiempos de la Primera Guerra Mundial “reclutamiento de la riqueza”.

Nico Sara, Sin título, 2011 (Gentileza Galería Elsi del Río)
ntre las reivindicaciones planteadas por los militantes del movimiento Ocupar Wall Street hay una que encuentra sus raíces allá lejos en la historia de Estados Unidos: la instauración de un tope a los altos ingresos. Desde la época dorada de la posguerra civil estadounidense, las grandes movilizaciones en favor de la justicia económica expresaron siempre este reclamo, hoy llamado “salario máximo”. Esta fórmula no sólo abarca el salario sino la totalidad de los ingresos anuales; permite crear un vínculo de familiaridad con la noción de “salario mínimo”.
Fue el filósofo Felix Adler –conocido sobre todo por haber fundado y presidido, a comienzos del siglo XX, el National Child Labor Committee– el primero en hacer este reclamo. Según él, la explotación de los trabajadores, jóvenes y viejos, genera inmensas fortunas privadas que ejercen una “influencia corruptora” en la vida política estadounidense. Para limitar esta influencia, proponía implementar un sistema fiscal fuertemente progresivo que pudiera alcanzar, más allá de cierto umbral, el 100% de tributación. Dicha tasa dejaría al individuo “todo lo que puede servir realmente para la realización de la vida humana” y le arrancaría “aquello que está destinado a la pompa, la arrogancia, el poder” (1).
Si bien The New York Times dio amplia difusión al reclamo de Adler, la noción de “salario máximo” no tuvo su correlato legislativo antes del primer conflicto mundial. Con el fin de financiar el esfuerzo de la guerra, los progresistas propusieron entonces gravar hasta el 100% los ingresos superiores a 100.000 dólares. El grupo que apoyó esta medida, el American Committee on Finance War, reunía a una red de 2.000 voluntarios en todo el país. Publicó en los diarios cupones recortables que los lectores podían firmar, comprometiéndose así a “trabajar por la rápida promulgación de una ley” sobre la limitación de los ingresos: un “reclutamiento de la riqueza”, según las palabras del Comité. “Si el Estado tiene derecho a confiscar la vida de un hombre para satisfacer el interés general, entonces debe indudablemente poder hacerlo con la fortuna de alguien por las mismas razones”, declaraba ante el Congreso el presidente de la organización, el abogado Amos Pinchot, antes de señalar que el 2% de los estadounidenses poseía el 65% del conjunto de las riquezas del país. “Estados Unidos, como cualquier otro país, no puede conducir una guerra que sirva a la vez a los intereses de los plutócratas y los de la democracia. Si la guerra sirve a Dios, no puede servir a Mammon”, concluía (2). A Pinchot y sus compañeros progresistas no les dieron la razón, pero su campaña modificó profundamente la fiscalidad nacional: la tasa impositiva máxima sobre los ingresos que superaban el millón de dólares pasó del 7% en 1914 al 77% en 1918.
La “Amenaza Roja” (3) que siguió a la Primera Guerra Mundial destruyó las esperanzas de un país más igualitario. De regreso al poder, la derecha hizo de Estados Unidos una nación acogedora para los plutócratas. Los años veinte conocieron un proceso rápido de concentración de la riqueza. En el Congreso, demócratas y republicanos luchaban por obtener una disminución de los impuestos a los altos ingresos. En 1925, la tasa impositiva máxima era del 25%.

Idas y vueltas

Pero la crisis de 1929, que llevó la economía al borde del derrumbe, cambió nuevamente la situación. En 1933, el 25% de los trabajadores estadounidenses se encontraba desempleado. El reclamo de un tope a los ingresos resurgía. Desde Louisiana, Huey P. Long, joven y brillante senador, lanzaba el movimiento “Compartamos nuestra riqueza”, que se propagaría a través del país. Proponía la instauración de un límite de un millón de dólares para los ingresos anuales individuales –lo que equivaldría a más de 15 millones de dólares en 2010– y ocho millones de dólares para el patrimonio.
En junio de 1935, el presidente Franklin Delano Roosevelt escandalizaba al Estados Unidos adinerado anunciando su intención de “hacer pagar a los ricos” para resolver la crisis. Creó entonces una tasa del 79% para los ingresos superiores a cinco millones de dólares (aproximadamente 78 millones de dólares en 2010). Esta decisión –y el asesinato de Long en agosto de 1935– alejó durante un tiempo la idea del ingreso máximo. Pero ésta resurgió en abril de 1942. Roosevelt, inspirado por varios sindicatos, propuso crear un ingreso máximo en tiempos de guerra, fijado en 25.000 dólares por año (aproximadamente 350.000 dólares en 2010). Sin ir tan lejos, en 1944, el Congreso fijó la tasa impositiva de los ingresos superiores a 200.000 dólares en un nivel inigualado: 94%.
Durante las dos décadas siguientes –un período de gran prosperidad para la clase media estadounidense–, la tasa impositiva máxima rondaba el 90%, antes de caer a menos del 70% durante la presidencia de Lyndon Johnson (noviembre de 1963 - enero de 1969). Bajo el gobierno de Ronald Reagan, dicha tasa siguió cayendo, hasta alcanzar el 50% en 1981, y el 28% en 1988. En la actualidad asciende al 35%. Lo que para algunos es demasiado. Pero, afortunadamente para ellos, la mayor parte de los ingresos declarados por los más ricos provienen de las ganancias de capital, los beneficios obtenidos gracias a la compraventa de acciones, obligaciones y otros activos, que sólo son gravados hasta el 15%. Una estadística resume esta evolución: en 2008, los cuatrocientos contribuyentes más ricos embolsaron 270,5 millones de dólares cada uno y pagaron 18,1% de impuestos al Estado federal; en 1955, habían ganado 13,3 millones de dólares (en dólares constantes, teniendo en cuenta la inflación) y pagado el 51,2% de impuestos.
El debate se desplazó. Actualmente, los herederos de Adler, Pinchot y Long se concentran en las empresas antes que en los individuos. Según ellos, los diferentes escalones del poder (local, estatal, federal) deberían sacar provecho del hecho de que las empresas privadas reciban dinero público –bajo la forma de contrataciones del Estado, subsidios al “desarrollo económico” o beneficios fiscales– para exigirles nuevas políticas salariales. Ningún dólar proveniente de los impuestos debería ir a las cajas de empresas que pagan a sus directivos diez, veinte e incluso cincuenta veces más que a sus empleados (4). “El Estado federal se niega actualmente a firmar contratos con empresas que desarrollan prácticas de contratación racistas o sexistas. El mismo principio podría invocarse para rechazar contratos a aquellas que, a través de los salarios exorbitantes de sus directivos, aumentan las desigualdades económicas de la nación” (5), estima un informe del Institute for Policy Studies.
¿El objetivo final? Un verdadero “salario máximo”, ajustado al salario mínimo, que adquiriría la forma de un sistema fiscal fuertemente progresivo, tal como Adler propuso hace un siglo. El máximo se definiría como un múltiplo preciso del mínimo y todo ingreso superior a diez o veinticinco veces ese mínimo sería gravado con un impuesto del 100%. Esta disposición alentaría y alimentaría casi inmediatamente una forma de economía solidaria: por primera vez, los más ricos tendrían un interés personal y directo en el bienestar de los menos ricos.
Antes del movimiento Ocupar Wall Street, semejante perspectiva parecía una fantasía política. Ya no. Signo de los tiempos: dos eminentes universitarios estadounidenses, uno jurista de Yale y el otro economista de Berkeley, acaban de publicar en The New York Times un alegato convincente para una reforma fiscal que limitaría el ingreso promedio del 1% de los estadounidenses más rico a treinta y seis veces el ingreso medio (6). Hoy consideramos el salario mínimo como una conquista social. ¿Por qué no el salario máximo?


1. Felix Adler, “Social reform: proposing a system of grand taxation”, The New York Times, 9-2-1880.
2. The Public, Nueva York, 28-9-1917.
3. Es decir, los años 1919-1920, marcados por un fuerte sentimiento anticomunista.
4. Los principales directivos estadounidenses ganan actualmente 325 veces más que el salario semanal promedio.
5. Institute for Policy Studies, “Executive Excess 2007: The Staggering Social Cost of U.S. Business Leadership. 14th annual CEA Compensation Survey”, Washington DC, 29-8-07 (www.ips-dc.org/reports/070829-executiveexcess.pdf).
6. Ian Ayres y Aaron Edlin, “Don’t Tax the Rich. Tax Inequality Itself”, The New York Times, 18-12-11.

* Investigador asociado del Institute for Policy Studies (Washington DC) y editor del semanario Too Much (www.toomuchonline.org). Autor de The Rich Don’t Always Win: the forgotten triumph over Plutocracy, 1900-1970, that created the classic American middle


Traducción: Gustavo Recalde


 
 
 
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