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Edición Nro 151 - Enero de 2012

Cómo evitar las presiones especulativas

“Sintonía fina”

Por Carlos Heller*

A la salida de dólares registrada en octubre pasado se le hizo frente con controles sobre el mercado cambiario y un manejo inteligente de la flotación por parte del Banco Central. La reacción logró frenar el ataque especulativo, pero es necesario adoptar medidas complementarias.

ace varios años que Argentina viene creciendo a tasas superiores al 8% y, con la única excepción del 2009, registra bases (fundamentals) económicas muy positivas en el plano fiscal y de comercio exterior, junto a un sistema financiero que viene creciendo a un ritmo significativo, con una solidez difícil de encontrar en la historia del país. En este contexto, comparar la situación actual con la crisis de 2001 no sólo resultaría anacrónico sino también un delirio. Pese a ello, a partir de la decisión del gobierno de regularizar las operaciones cambiarias, muchos medios recurrieron a expresiones propias del 2001, como “corralito verde” o “cerrojo cambiario”, entre otras. Por eso, antes de analizar el fenómeno de la dolarización y sus efectos en la economía argentina es necesario realizar algunas comparaciones entre la situación de fines de 2001 y la actualidad.

Diez años después

En noviembre de 2001 los depósitos totales del sector privado en el sistema financiero estaban compuestos por 17.000 millones de pesos, convertibles en dólares en una relación 1 a 1, y por 44.600 millones de dólares. Las reservas internacionales ascendían a 17.900 millones de dólares, muy por debajo de los niveles de depósitos. Existía, además, un fuerte descalce de monedas, principalmente porque gran parte de los préstamos en dólares estaba colocado en individuos y empresas que solamente recibían ingresos en pesos, lo cual generaba una altísima exposición de las variables financieras a una devaluación.

Hoy, en cambio, los depósitos en dólares llegan a los 12.500 millones y no pueden aplicarse a otro destino que no sean préstamos cuyos receptores tengan ingresos en dólares, los que ascienden a 9.900 millones. Las reservas internacionales son de US$ 46.000 millones, otorgando una holgada liquidez en dólares.

Otros datos completan el cuadro. La mora en el sistema financiero en 2001 era de 14% y hoy es de 1,4%. El déficit fiscal luego del pago de intereses ascendía a 7,3% del PIB, mientras que el 2011 cerraría con un déficit de 0,6% del PIB. Asimismo, el PIB cayó 4,4% en 2001 y el 2011 concluirá con una suba de 8,3%. En el año en que estalló la crisis, los intereses de la deuda externa representaban el 17% de los gastos totales, y eran pagados totalmente en dólares. En 2010, los intereses de la deuda representaron el 6% del gasto total; de ellos, menos de la mitad fue exigible en dólares.

Se trata, por supuesto, de algunos datos puntuales, pero permiten obtener una foto que muestra la enorme distancia entre el fin de la convertibilidad y la actualidad. Pero la gran diferencia con aquel entonces no es tanto la foto sino la película: los resultados de los modelos aplicados, el del Consenso de Washington, con sus efectos de endeudamiento y empobrecimiento, y el actual, que evidencia un fuerte crecimiento con una mejora en la distribución del ingreso y en las condiciones sociales. En aquel entonces, las decisiones económicas habían quedado en manos de los mercados y sujetas a la aprobación del FMI, mientras que hoy el Estado recuperó sus atributos para dirigir la política económica y es totalmente independiente de las decisiones del exterior.

La dolarización de activos

El fenómeno de la dolarización obedece a cuestiones culturales fuertemente arraigadas en la sociedad argentina. Su intensificación se origina en el inicio de la crisis financiera internacional en septiembre de 2007. En el primer semestre de ese año, la formación de activos externos generó una salida de sólo 258 millones de dólares, teniendo en cuenta que en el período se registró un interesante ingreso de capitales. Pero en el segundo semestre la salida llegó a los 8.621 millones de dólares, según datos del balance cambiario. A partir de ese momento, las salidas fueron significativas y se incrementaron fuertemente en 2008 y en 2011.

La formación de activos externos es la suma de dos componentes principales: las operaciones financieras del sector privado con el exterior y la compra de divisas billete por parte de los residentes. La compra de divisas alcanzó en los últimos años a más del 70% del total: se trata de billetes que tienen por destino las cajas de seguridad y en parte los depósitos en dólares en los bancos.

La normativa argentina siempre ha sido generosa con la compra de dólares: permite que cualquier persona compre hasta dos millones de dólares por mes y no opone ninguna objeción a las operaciones de contado con liquidación (la compra con pesos en el mercado local de títulos públicos en dólares que cotizan en mercados internacionales para luego venderlos en esos mercados y quedarse con los dólares).

La reacción oficial

Por la dolarización de carteras, los fuertes ingresos provenientes del superávit comercial fueron prácticamente absorbidos por las compras de dólares: al 28 de octubre, las reservas internacionales cayeron, en relación a inicios del 2011, en 4.600 millones de dólares, luego de haberse pagado más de 7.600 millones de deuda externa a través del Fondea.

A partir de esta fecha se adoptó una decisión importante, orientada a transparentar el mercado cambiario, consistente en que todo aquel que compre dólares deba demostrar que tiene fondos lícitos para realizar la operación. Los límites no se modificaron. En el caso de las grandes operaciones, esta medida resulta un importante freno al lavado de dinero. En el caso de las pequeñas compras realizadas por los coleros, personas que compraban dólares al precio oficial para luego venderlos en el mercado informal, operaciones altamente especulativas, prácticamente desaparecieron.

Pero la decisión no se produjo de manera aislada. Estas medidas fueron el corolario de un paquete de disposiciones que tendieron a incrementar la soberanía del Estado en el mercado de divisas, entre las que se encuentran la obligación a las empresas hidrocarburíferas y mineras de liquidar en el mercado local la totalidad de sus exportaciones, y la repatriación de las inversiones de las compañías de seguros, entre otras medidas.

Desde luego, cualquier regulación estatal activa automáticamente las alarmas de los cultores del pensamiento neoliberal, que vaticinaron todo tipo de dificultades y se pronunciaron en contra de las medidas. En este entorno, y ante la desconfianza de algunos inversores altamente sensibles, comenzó un proceso de retiro de depósitos en dólares. Pero en la medida en que todos los inversores que retiraban sus depósitos obtenían sus billetes sin mayores problemas, la salida fue menguando paulatinamente.

Las cifras son elocuentes: en la primera semana (contando desde el 31 de octubre) se retiraron 644 millones de dólares; en la segunda, 1.046 millones; en la tercera, 673 millones; en la cuarta, 249 millones; en la quinta, sólo 111 millones.

El alivio de las tensiones financieras también fue resultado de diversas medidas adoptadas por el Banco Central. En particular, fue crucial el eficiente manejo de la flotación cambiaria, que generó un claro mensaje: el valor del dólar no lo determinará el mercado sino la autoridad monetaria. Esta actitud es coherente con la idea de que las reservas internacionales están para ser usadas en forma eficiente: si bien importa el stock total de las mismas, su utilización eficaz es igualmente importante.

Por otro lado, cabe señalar también que, mientras las reservas internacionales disminuyeron en 4.600 millones de dólares al 28 de octubre, la base monetaria creció 26.400 millones en ese período, evitándose el efecto contractivo que hubiese significado mantener una determinada relación reservas/base monetaria, tal como aconsejan varios economistas neoliberales. Recordemos que esta relación no es más que un resabio de la convertibilidad, que aún persiste en algún cuerpo normativo mediante la definición de reservas de libre disponibilidad para el pago de deuda externa, un concepto que habría que rever.

El futuro

Aunque la fortaleza de la economía y de las variables financieras permitió que las tensiones derivadas de la dolarización de activos se solucionaran en forma rápida y sin mayores efectos negativos, persiste uno de ellos: la suba de las tasas de interés. Ésta se produjo por la mayor competencia de los bancos para captar depósitos en pesos, así como por la decisión de la Anses de no renovar los depósitos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad en los bancos privados. Y si bien la Anses revisó la medida luego de algo más de un mes, las tasas ya habían saltado a más del 20% para las operaciones mayoristas.

Esta suba en las tasas por depósitos arrastra a las tasas por préstamos, que incrementan los costos de financiamiento de las personas, y especialmente de las pymes, con efectos negativos sobre la producción. La tasa mayorista logró estabilizarse en el 20% anual, pero es un valor mucho más alto que el ideal, por lo que su reducción es una tarea pendiente que habrá que resolver en los próximos meses.

Como síntesis, podemos decir que la solidez económica y financiera, junto con las decididas medidas del gobierno, fueron mucho más fuertes que las presiones especulativas. Pese a ello, el episodio alerta sobre la necesidad de aplicar la “sintonía fina” en el manejo de este tema y subraya la necesidad de aplicar otras decisiones estructurales, como el reemplazo de la actual Ley de Entidades Financieras y la modificación de la Carta Orgánica del Banco
Central, para que ayuden a fortalecer y profundizar este modelo que obtuvo un contundente respaldo en las urnas.

* Diputado nacional, Bloque Nuevo Encuentro Popular y Solidario.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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