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Edición Nro 172 - Septiembre de 2013

Presentación Revista Explorador N° 4

El retorno de Rusia

Por Luciana Garbarino

Apoyada en sus inmensos recursos energéticos, Rusia es otra vez protagonista en el escenario internacional. Su potencial económico y su poder militar sostienen sus renovadas ambiciones, pero todavía persisten una sociedad y un régimen político traumatizados, que no acaban de reconstruirse tras el colapso del comunismo.

© Michael Nicholson / Corbis / Latinstock
n 1991 se produjo un hecho que cambiaría la historia mundial: la disolución de la Unión Soviética significó no sólo el derrumbe de un enorme imperio, sino también la muerte de lo que había sido, hasta ese momento, una alternativa al capitalismo. Rusia debió enfrentarse entonces al inmenso desafío de reconstruir por completo los principios que organizaban el Estado, la sociedad y la economía, para lo cual no pudo seguir los pasos de las otras ex repúblicas socialistas, que redefinieron su identidad a partir del rechazo de su pasado soviético. Por un lado porque, a diferencia de estas últimas, heredó derechos y responsabilidades internacionales de la URSS: presencia en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas y en otros organismos internacionales, poderío nuclear y deuda externa. Por otro, porque su población seguía apegada a una dimensión multinacional del país, que constituía también una herencia imperial. De hecho, antes del derrumbe de diciembre, en marzo de 1991, se celebró un referéndum en nueve repúblicas de la Unión Soviética cuyos resultados fueron contundentes: el 76,4% votó a favor del mantenimiento de la misma. Si posteriormente se produjo su desintegración acelerada, fue sobre todo producto del temor de las repúblicas hermanas de perder territorio, ante las insinuaciones de Boris Yeltsin de que las fronteras deberían renegociarse.

Por lo tanto, su desmembramiento empujó a Rusia a una situación ambigua: si bien la complacía poder consagrar finalmente todos sus recursos a su propio desarrollo, sin dudas le costaba aceptar ser una potencia declinante, con las fronteras más estrechas que hubiera conocido desde Pedro el Grande en el siglo XVIII.

Para resolver la encrucijada, una vez más ensayó un rumbo propio. Así como Lenin, embarcado en la tarea de construir el nuevo orden socialista, debió improvisar con urgencia las respuestas a los obstáculos colosales que se le fueron presentando –con el “comunismo de guerra” primero, y el salto hacia la NEP, después–, del mismo modo vertiginoso –pero sin ese genio–, quienes condujeron la salida del comunismo arrastraron al país a lo peor del capitalismo, en sintonía con las premisas del Consenso de Washington. De manera que, por esas ironías de la historia, los postulados del líder revolucionario finalmente se harían realidad, sólo que la desaparición del Estado no sería esta vez producto de la lucha de clases, sino de la entrega de sus facultades al mercado y los organismos internacionales de financiamiento.

Ante ese vacío de poder, el mundo de los negocios penetró todas las esferas y fue moldeando la reconstrucción del país y configurando el conjunto de los valores sociales.

El renacimiento de una nación

En una primera aproximación, entonces, parece que lo que sobrevino a partir de la década del 90 fue la negación de lo que –al menos simbólicamente– representaba el proyecto anterior. Sin embargo, la caída de un régimen de gobierno no equivale al fin de una identidad y una tradición colectivas. Rusia, aún transformándose, con los años fue capaz de construir un sistema capitalista con una impronta propia, en el que viejas y nuevas prácticas conviven no siempre armoniosamente.

En este proceso, el resultado de más de medio siglo de un sistema autoritario y de la posterior metamorfosis capitalista fue la emergencia de una sociedad “sin ciudadanos”, desmovilizada y escéptica. Todavía hoy la mayoría de los rusos no cree en sus instituciones y, en general, los símbolos de poder son considerados como instrumentos en manos de los intereses personales de las élites.

En el plano ideológico, se desmoronaron los principales discursos organizadores. El relato mítico de la Gran Revolución de Octubre, que durante más de setenta años había sido el principal acontecimiento de su historia, comenzó a ser percibido como un golpe de Estado por parte de un grupo de extremistas. Según una encuesta de la Fundación de la Opinión Pública (FOM) realizada en 2007, en ocasión del 90 aniversario de la Revolución, sólo el 62% de los menores de 35 años podía precisar el año en que había tenido lugar ese acontecimiento.

Con respecto a las diferencias sociales, Rusia se convirtió en uno de los países más desiguales del mundo, ubicándose en el puesto 98 sobre 144 según el coeficiente de Gini (que mide la desigualdad en la distribución del ingreso). El dato resulta más preocupante si se analiza su evolución, que muestra que la recuperación económica no fue acompañada por mayores niveles de igualdad, sino por una concentración de la riqueza.

En el escenario surgido tras el desmoronamiento de la Unión Soviética –que según Hobsbawm “dejó un vacío internacional entre Trieste y Vladivostok que no había existido previamente en la historia del mundo moderno […]; una vasta zona de desorden, conflictos y catástrofes potenciales”–no resulta sorprendente la emergencia de un “hombre fuerte”, en esta ocasión, procedente de las filas de los servicios secretos. Valiéndose de la tradición autoritaria, de la nostalgia de grandeza y de la fenomenal renta proveniente de los hidrocarburos, Vladimir Putin logró reconstruir un Estado fuerte, capaz de combinar con pragmatismo libre mercado e intervención estatal en los sectores estratégicos. De esta forma consiguió asociar en la mente de su pueblo restauración del poder, repunte económico y estabilidad, fundando una suerte de contrato social por el que la población aceptaba sus desbordes institucionales a cambio de una indudable mejoraen su nivel de vida.

Construir su futuro

Desde comienzos del siglo XXI Rusia ha venido incrementando su Producto Interno Bruto, aunque todavía no ha logrado recuperar la posición que tenía en la economía mundial en 1990. Cuenta además con un sólido potencial científico e industrial, que si bien se derrumbó con todo lo demás, conservó sus cimientos gracias al impulso que tuvo durante la era soviética.

En un contexto de prolongada crisis en las viejas potencias y de conformación de un nuevo orden multipolar, Rusia tiene la oportunidad de recuperar un lugar central. Para ello deberá afirmar su nueva identidad, asumiendo que su protagonismo ya no puede construirse según los modos de la era imperial, ni de la soviética. Esto implica un trabajo de revisión de su pasado que, en vez de obstinarse en demonizarlo o enaltecerlo permita comprenderlo, para construir un futuro en el que sea capaz de consolidar la grandeza que ha comenzado a recuperar.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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