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Edición Nro 222 - Diciembre de 2017

Editorial

Chávez, Marcos y la atonía del kirchnerismo

Por José Natanson

os debates dividieron a la izquierda latinoamericana en los últimos años, y los dos los ganó Hugo Chávez.

El primero lo enfrentó al subcomandante Marcos. Como se recordará, Marcos irrumpió en la escena mundial el 1 de enero de 1994, cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)intentó tomar siete cabeceras municipales de Chiapas y emitió su famosa Declaración de la Selva Lacandona, en la que le declaraba la guerra al Estado mexicano. Con su hablar suave de profesor universitario, su pasamontañas negro y sus auriculares descansando en el cuello, el subcomandante (“porque el comandante es el pueblo”) Marcos supo combinar reclamos indígenas centenarios con una serie de estudiados gestos simbólicos (el alzamiento, por caso, se produjo el mismo día que entraba en vigencia el tratado de libre comercio con Estados Unidos) y un talento literario capaz de articular en un solo discurso fábulas campesinas, imágenes que remitían a un primitivismo idealizado y sutiles ironías contra la sociedad de consumo, la represión estatal y el capitalismo.

Al calor del zapatismo, convertido en la penúltima esperanza de la izquierda pos-caída del Muro, fueron surgiendo iniciativas como ATTAC, que propuso un impuesto a las transacciones financieras globales, el Foro Social Mundial, un encuentro de partidos políticos y movimientos sociales creado en espejo con el Foro de Davos, y una serie de nuevos planteos teóricos entre los que sobresalían los libros de Michael Hardt y Antonio Negri y los best-sellers globalifóbicos de Naomi Klein (1) (nótese que muchas de estas reacciones se originaron en países del primer mundo, igual que la banda de sonido de aquellos años, la insufrible demagogia del artista francoespañol Manu Chao). Pero el zapatismo no ofrecía un camino a recorrer, mucho menos un programa; funcionaba apenas como una vanguardia cultural inorgánica y un poco confusa, que encubría su ausencia absoluta de objetivos con las frases de Marcos, de una resonancia romántica conmovedora pero totalmente inútiles en términos políticos. Por ejemplo: “Marcos es gay en San Francisco, negro en Sudáfrica, asiático en Europa, anarquista en España, palestino en Israel, indígena en las calles de San Cristóbal, judío en Alemania, comunista en la post Guerra Fría, preso en Cintalapa, pacifista en Bosnia…” (2).

Frente a los devaneos zapatistas acerca de “tomar el poder sin tomar el poder”, construir un mundo nuevo desde abajo o luchar por una globalización alternativa, Chávez fue a los bifes. Intentó un golpe de Estado, fracasó, coqueteó con el abstencionismo, se dio cuenta de que no conducía a ningún lado, creó un partido político y finalmente… ganó las elecciones. Aunque su programa original no era menos borroso que el de Marcos (una especie de “tercera vía” socialdemócrata mezclada con un nacionalismo inespecífico), la diferencia pasaba por el orden de prelación: llegar al gobierno primero, transformar después.

Los resultados están a la vista. El chavismo, con todos sus problemas, su crisis económica y su autoritarismo, se mantiene en el poder, y no es improbable que siga allí si Nicolás Maduro adelanta las elecciones y obtiene la reelección. El zapatismo, en tanto, se fue deshilachando en una serie de iniciativas que generaban un enorme entusiasmo inicial pero que no daban ningún resultado concreto y que terminaban en una desilusión desmoralizante, al tiempo que estableció una relación de absurda competencia con la izquierda real mexicana, incluyendo al ala más radical de Andrés Manuel López Obrador, que incluyó el boicot a las elecciones de 2006, en las que el candidato del PRD quedó a menos de un punto de la derecha. Hoy el zapatismo administra, a través de sus juntas del buen gobierno, una serie de pequeños municipios chiapanecos, rodeado de un ejército que lo tolera, y sigue fascinando a los mochileros europeos. En febrero se conoció la noticia de que la justicia sobreseía a Marcos, al que le terminó ocurriendo lo peor que le puede pasar a un líder guerrillero: volverse inofensivo.

El segundo debate enfrentó a Chávez con Lula, su amigo y socio político, y giró alrededor de la forma más efectiva de impulsar las políticas de transformación social. Vanguardia real más que cultural de la nueva izquierda latinoamericana, Chávez centró su primera campaña presidencial en la promesa de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente que reescribiera desde cero el pacto social venezolano, y subrayó su voluntad refundacionista con un par de gestos que impuso a pesar incluso de la resistencia de sus propios seguidores: le agregó el adjetivo “Bolivariana” al nombre de la República y luego ordenó añadirle una quinta punta a la estrella de la bandera nacional y reorientar, por supuesto hacia la izquierda, la mirada del caballo del escudo. Con las particularidades de cada caso, el modelo de Constituyente chavista fue seguido luego por Evo Morales en Bolivia y por Rafael Correa en Ecuador.

Lula, en cambio, descartó la alternativa refundacionista que en algún momento se había debatido en el seno del PT y optó por gobernar bajo el marco, por otra parte bastante progresista, de la Constitución de 1988, como expresión de una estrategia de continuidad que se verificaría sobre todo en el área económica. Chile, Uruguay y Paraguay seguirían este modelo. Una década más tarde, la apatía con la que una mayoría de los brasileros aceptó el desplazamiento irregular de Dilma Rousseff, las derrotas del lugosismo en Paraguay y de la izquierda en la primera vuelta de las elecciones chilenas, junto a las encuestas que pronostican dificultades para el Frente Amplio uruguayo, contrastan con la persistencia de los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia. La conclusión es clara: en términos de continuidad, no necesariamente de resultados, el modelo refundacionista bolivariano le ganó a la moderación institucional lulista.

El kirchnerismo, si bien inscripto en el subtipo lulista, recorrió un camino menos lineal. Aunque hoy pocos lo recuerdan, la conmoción de la crisis del 2001 abrió un debate acerca de la conveniencia de convocar a una reforma constitucional, propuesta defendida por líderes emergentes como Elisa Carrió e intelectuales como Pepe Nun (3), pero que Néstor Kirchner, más pragmático de lo que sugiere la reescritura posterior de su historia, descartó como condición para su alianza inicial con el duhaldismo.

Sin embargo, el kirchnerismo intentó un giro radical, sólo que, a diferencia de las experiencias bolivarianas, no lo hizo al principio sino ya mediado su ciclo político, a partir del conflicto del campo, cuando desplegó una serie de iniciativas de transformación profunda entre las que se destacaban la Asignación Universal, la estatización de las AFJP y la ley de medios. En ese lapso de menos de un año y medio que se inició con una derrota, el voto no positivo de Julio Cobos en el Senado, y concluyó con una tragedia, la muerte de Néstor Kirchner, el kirchnerismo logró reinventarse en un reformismo enfático, que es el que posibilitó la victoria en las elecciones de 2011 pero que –es fácil verlo ahora– incubó también los motivos de su posterior caída: fue en este período cuando se terminó de afianzar un rabioso núcleo anti-K que luego derivaría en el macrismo y cuando el gobierno, ya convertido en cristinismo, consolidó algunas de las marcas –el autocentramiento, la verticalidad inapelable del liderazgo, los desbordes retóricos del yo– que luego lo conducirían a sus tres derrotas sucesivas: 2013, 2015 y 2017.

Como la historia se parece pero nunca se repite, los debates político-intelectuales que ganó Chávez deben leerse a la luz del momento latinoamericano actual, signado por un retroceso de la izquierda y el ascenso de una nueva derecha. Y en este sentido quizás la principal enseñanza que nos dejan es que las discusiones políticas se ganan o se pierden no en las mesas de la teoría sino en el campo de las relaciones de fuerza, la movilización popular y las elecciones, experiencia que haría bien en considerar un kirchnerismo que durante una década logró combinar su voluntad reformista con una vocación de mayorías pero que ahora, sumido en una estridente atonía, parece conformarse con tener razón en lugar de salir a buscar los votos.

1. Los dos libros de Hardt y Negri son Imperio (Paidós, 2002) y Multitud. Guerra y democracia en la era del imperio (Debate, 2004). El libro más famoso de Klein es No logo (Paidós, 1999). De entre todas las críticas que generaron estas ideas una de las más interesantes es la de Slavoj Žižek. En La revolución blanda (Atuel, 2004), Žižek identificaba las contradicciones de un movimiento anti-globalización en el que convivían por ejemplo los granjeros franceses que reclamaban políticas proteccionistas con los agricultores del tercer mundo que exigían menos barreras para exportar sus cosechas. “La lógica de multitud funciona porque estamos hablando de resistencia. Sin embargo, ¿qué pasa cuando ‘tomamos el poder’? –si es que éste es realmente el deseo y la voluntad de estos movimientos–. ¿Qué sería una multitud en el poder?”, se preguntaba Žižek. Y señalaba una paradoja: el principal éxito político del zapatismo fue su contribución a la caída del PRI, que sin embargo marcó también el corte del último lazo que aún unía al Estado mexicano con la revolución de 1910 y la herencia de Zapata, y el ingreso definitivo, de la mano de Vicente Fox, en la globalización capitalista.

2. www.bbcmundo.com

3. Nun formuló su propuesta en una nota en Clarín (26-1-2003). Una de las respuestas más interesantes fue la de Hernán Charosky, Marcos Novaro, Edgardo Mocca y Vicente Palermo (Clarín, 9-2-2003), quienes objetaron la idea de impulsar una reforma constitucional “con el aliento de las masas en la nuca”.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


 
 
 
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