
Sike (www.sike.com.ar)
Justicia para la mujer
uando un funcionario de la Corte Suprema de Justicia de la Nación dijo cuál era su opinión sobre la perspectiva de género, dejó a muchos compañeros de trabajo boquiabiertos. “Para mí, son los trapos”, se sinceró. Otros convocados, en cambio, coincidieron con la mirada restrictiva, pero en voz baja. Lo cierto es que, más allá de uno u otro pensamiento, todos se sumaron a un murmullo intenso que sirvió de puntapié para el debate. El contexto era propicio: por primera vez en la historia, un grupo de empleados del máximo tribunal de Argentina se reunía en el marco de una capacitación vinculada con la temática del género. La experiencia había surgido como una propuesta de la doctora Carmen Argibay quien, a través de la Oficina de la Mujer de la Corte –oficina que preside–, puso en marcha el Plan Nacional de Sensibilización de Género para la Justicia, en septiembre de 2010. Todo un desafío: casi concluida la primera década del siglo XXI, contrarrestar el persistente estilo conservador del Poder Judicial argentino no se perfilaba como tarea sencilla.
“En general, desde su creación, la Oficina de la Mujer (OM) fue un espacio mirado con cierto desdén, sin entender de qué se trataba. Muchos pensaban que éramos un grupo de feministas que veníamos a copar la Justicia. Y es curioso, porque a lo largo de este año de trabajo, cada vez que terminábamos con algún taller de capacitación varios participantes salían convencidos de que lo que decíamos se trataba de una verdad de Perogrullo. Pero así son las cosas. No hay que perder de vista tampoco que el hecho de que la doctora Argibay y la doctora Highton estén en la Corte Suprema no responde sólo a sus capacidades y su experiencia, sino también a una decisión política”, aseguró Gabriela Pastorino, integrante del equipo de la OM y una de las participantes en la organización del Plan, a Le Monde diplomatique. Y agregó: “Las mujeres siempre están más a cargo de las tareas de cuidado y los hombres de las tareas de mando, de decisión. Esa raigambre cultural, que incorporamos desde que somos pequeños porque así nos educan, la trasladamos a otros órdenes de la vida, sin cuestionarla siquiera. No está mal la diferencia; sí, en cambio, el hecho de que venga jerarquizada con cosas que tienen más valor que otras. Es decir, las actividades que realizan los hombres son más valoradas que las que las mujeres tienen a su cargo. Y así, en esa organización doméstica que le establecen al género femenino, llegamos hasta los puestos de poder de las empresas o los organismos públicos, reservados en su mayoría a los hombres. Esa situación no escapa al organigrama del Poder Judicial, aunque no sabría decir si se tuvo o se tiene conciencia de esa discriminación. Más bien, diría que es una diferencia estructural que se reproduce también en este ámbito”.
Injusticias de la Justicia
Resulta curioso que de la matriz de desigualdades entre hombres y mujeres no escape ni siquiera la institución que imparte justicia. Incluso cuando hay una serie de normas legales que sostienen la defensa de la perspectiva de género y que sirven de base para el proyecto, sin contar el artículo 16 de la Constitución Nacional, que establece que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que su idoneidad. En ese plexo normativo, figuran la Ley 26.485 –de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en todos los ámbitos de sus relaciones interpersonales–, y dos convenciones internacionales: la Interamericana, firmada en Belem do Pará en 1994, y la CEDAW, que se refiere a la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer.
Además de ese corpus, el plan tomó en cuenta para su organización un mapa de género de la Justicia que encargó la Oficina de la Mujer. Los resultados echaron luz sobre los desequilibrios a lo ancho y largo del país: mientras los hombres retenían mayoritariamente los puestos jerárquicos, la matriz femenina integraba la base de la pirámide. Un esquema que se reflejó como espejo en la mayoría de las cincuenta jurisdicciones judiciales, que abarcan tribunales superiores provinciales, cámaras federales y cámaras nacionales.
De acuerdo al mapa, el total del personal abarca un 54 por ciento de mujeres y un 46 por ciento de varones, con excepción de la Corte Suprema y el Ministerio Público Fiscal, donde se presenta una relación inversa y los integrantes varones superan en cantidad a las mujeres. En la provincia de Buenos Aires, por mencionar un caso, el Poder Judicial cuenta con 12.390 empleados: 6.824 mujeres y 5.566 varones. Los cargos evidencian la disparidad: hay siete ministros, una sola mujer; de 69 camaristas, sólo 1 pertenece al género femenino; 582 jueces versus 388 juezas; 400 secretarios, mientras 590 son mujeres, y un total de 629 administrativos de los cuales 328 (la mayoría) son personal femenino. Con esa estructura a la vista, la ministra Argibay lanzó su propuesta, que recibió el aval de la Organización de las Naciones Unidas. El objetivo: que administrativos, funcionarios y magistrados participaran de cursos de formación para incorporar la perspectiva de género a su cotidianidad.
“En ese camino, hubo –y todavía hay– de todo: gente con más o menos predisposición, con más o menos confianza en el proceso. En definitiva, la distancia que muchos trabajadores judiciales marcan con la cuestión del género reside en que los obliga a entender que aquello que pensaban que era natural es, más bien, una diferenciación meramente cultural. Y, por ende, una cuestión que comienza a derribar sus propios pilares de vida”, reflexionó Carlos Gabriel del Maso, prosecretario letrado y replicador de los talleres. Del Maso tiene 46 años y hace 18 que trabaja en el Poder Judicial. Nunca había participado de una capacitación de género, pero tampoco lo sorprendió la iniciativa: “Hablar de una perspectiva de género es algo más o menos nuevo, pero estoy convencido de que su incorporación es necesaria sobre todo en la Justicia. Por naturaleza, el derecho forma parte de una estructura tradicional que debe incorporar los cambios de los nuevos tiempos”.
La horma del machismo
Como se dice, oxigenar la Justicia. “Y mucho más –sentenció Pablo Hirschmann, secretario letrado de la Corte–. Yo tengo 53 años, lo que implica que mi formación infantil y juvenil estuviera cruzada por un rol de la mujer que claramente no es el actual. Recuerdo, por ejemplo, Hechizada, con Elizabeth Montgomery, un programa televisivo donde la brujita que era tan habilidosa tenía que subordinar sus atributos a las posibilidades de éxito de su marido. Hoy el mundo es distinto. Está más claro que los hombres y las mujeres son iguales, que deben tratarse con respeto y tener las mismas oportunidades. Por eso digo que los que formamos parte de una generación acostumbrada a otra sociedad, comprendemos la necesidad de cambiar nuestras conductas en términos profesionales y, sobre todo, personales.” La secretaria letrada Carolina Graciarena coincidió con su compañero: “Los jóvenes se adaptan más a esta experiencia. En esa línea, pareciera que cuando se piensa la perspectiva de género uno debe despojarse de cualquier estructura que tiene incorporada por valores culturales que están arraigados. En el ámbito de la Justicia, eso también se trasluce, porque conforma y es una parte de la sociedad. La generación de los de cuarenta o cincuenta años manifestaron ejemplos más concretos de discriminación, aun cuando de entrada todos negaron su existencia dentro del Poder Judicial. Pero nadie escapa al hecho de que un juez haya preferido ascender a un varón y no a una mujer, porque es ella la que se embaraza o cuida a los chicos cuando están enfermos”.
El mecanismo de formación judicial, que se puso en marcha en 2010 y continuó a lo largo de 2011, contó con la formulación de unos protocolos propuestos por la Oficina de la Mujer. Los contenidos son los mismos, pero se diferencian, en términos de ejercicios, según el escalafón judicial (empleados administrativos, funcionarios y magistrados). Entre otras cuestiones, el material incluye el estado de situación del género, de dónde proviene el término, cuál es su sentido, qué es el androcentrismo, cómo se vinculan derecho y género, cómo se aplica el artículo 16 de la Constitución, cuál es la importancia de las convenciones internacionales –que no son facultativas sino que representan una obligatoriedad a cumplir en tanto Estado–, cómo se entiende la igualdad...
“En ese último aspecto, desarrollamos dos acepciones –comentó la doctora Pastorino–. Igualdad como no discriminación e igualdad como no sometimiento. Entendemos que la desigualdad estructural, a la que las mujeres quedaron atadas históricamente, genera sometimiento. La propuesta apunta a comprender qué es lo que hay que hacer con los grupos desaventajados estructuralmente. Una de las posibilidades de nuestra Constitución contempla lo que son las acciones positivas, como la Ley de Cupos en el Congreso. Algunos podrán decir que eso conlleva el hecho de que las personas no acceden a sus cargos por mérito sino por la obligatoriedad legal, pero lo cierto es que sin esas normas no sería posible su acceso. En ese sentido, consideramos que es fundamental poder pensar este tipo de acciones para su aplicación en diferentes escenarios.”
De los 78 mil agentes que forman parte del Poder Judicial, ya se capacitaron más de 10 mil, con una proyección que se estima será más amplia el próximo año. Cada jurisdicción determinó si sus trabajadores debían participar de los talleres por decisión propia o por obligación, a partir de la sanción de acordadas específicas. Una situación que tuvo lugar, por ejemplo, en la Cámara Federal de Apelaciones de General Roca. El juez Ricardo Barreiro realizó su capacitación en Buenos Aires y reprodujo los talleres en la provincia de Río Negro. “La cuestión del género parecía cosa de mujeres y la gran mayoría compartía esa forma de pensamiento, por omisión o inconciencia –contó Barreiro–. Pero finalmente entendí la consistencia del proyecto, me alegré, me contagié de esa necesidad de difundir este fenómeno. Así que adopté el compromiso de trabajar esa perspectiva en mi provincia y también en Neuquén.”
Para los talleres, la Corte Suprema elaboró protocolos de trabajo. Las jornadas están estructuradas para comenzar con un video que sirve de enseñanza sobre el estado de la cuestión de la discriminación contra la mujer. Luego se especifica la situación en la Justicia y se da lugar a una serie de preguntas que sirven de disparador para debatir en grupos. Los ejercicios individuales llegan con el transcurso del taller, aunque cada referente que lo dicta tiene flexibilidad para amoldar el trabajo individual y en equipo según las características de cada grupo. El magistrado Barreiro, por caso, puso en juego la situación personal de los convocados. “Cada taller cuenta con un video que ilustra, por ejemplo, instancias de discriminación. Pero nosotros propusimos que cada uno contara experiencias personales –comentó Barreiro–. No como una especie de caza de brujas, sino para que pudieran compartir historias de familia. Todo el mundo, en mayor o menor grado, se refugió en el discurso de la corrección pero asumiendo que los padres eran la autoridad del hogar y las mujeres quienes se encargaban apenas de los asuntos domésticos, como limpiar la casa o cocinar. Después, cuando comprendieron que ese orden no estaba bien, se quedaron callados, sin poder reaccionar. Desde ahí, desde lo propio, la propuesta de la Corte permite avanzar sobre otros objetivos, como mejorar las relaciones internas entre los trabajadores de la Justicia y aplicar esa mirada horizontal en la atención al público y el análisis de los casos y sentencias. De todos modos, el enriquecimiento más notable de todo el proceso es el de mirarnos hacia adentro, ser más respetuosos con el otro y prevenir o evitar conflictos futuros.”
La atención de la mujer
Para el doctor Barreiro, la aplicación de las capacitaciones en las provincias resalta también los diferentes niveles de desarrollo. Si en el Norte las sociedades se conforman de manera más verticalista, en el Sur, con una conformación de pueblos más cosmopolita, la desigualdad entre hombres y mujeres morigera su intensidad. En concreto, los casos de discriminación pueden advertirse en la cantidad de veces que una mujer debe acudir a la Justicia para denunciar violencia de género –porque, muchas veces, los empleados descreen de las historias que cuentan o simplemente ni siquiera consideran que las actitudes de los hombres conformen actos de violencia–; son maltratadas por los empleados que deben asistirlas –sometiéndolas nuevamente a una instancia de tensión–, o tienen que brindar sus testimonios ante cada personal que la atiende –se trate de un administrativo, un secretario letrado o un magistrado– reproduciendo la exposición al acto violento en múltiples instancias. Pero esas situaciones ni siquiera desaparecen en las ciudades más cosmopolitas. “Estas ciudades se poblaron de manera más aluvional –reflexiona el juez Barreiro– con un perfil machista menos arraigado que en otras localidades del interior del país. Pero, más allá de eso, la cuestión social de dominación no se diluye en el paisaje y las mujeres terminan siendo maltratadas de algún modo. Por ejemplo, cuando llega al juzgado para hacer una denuncia de violencia, ya sabemos que pasó por la comisaría del barrio y por la defensoría del pueblo, donde el nivel de institucionalidad es más bajo. Incorporar a nuestra formación la perspectiva de género nos permite brindarle en los juzgados una contención más integral. Parece algo chiquito, pero vale la pena empezar por algún lado. A mí me gustaría pensar que esta obligación del Estado, asumida para producir un cambio en esta temática, pueda aplicarse en otras áreas que también tienen vínculo directo con la mujer, como las policías, los ministerios públicos, las defensorías. Ya dimos un gran paso y hay que seguir”.
La sensación de continuidad se comparte con aquellos que consideran que la experiencia propuesta por la Corte traspasa las fronteras de la institución que imparte justicia. Teniendo a la vista que la violencia y la discriminación constituyen una violación a los derechos humanos, la aplicación de la perspectiva de género en el Poder Judicial contribuye a la construcción de una ciudadanía más igualitaria, más plena. Y algo, al menos, ya está cambiando. Por caso, recientemente el Tribunal Penal, Contravencional y de Faltas Nº 6 de la Ciudad de Buenos Aires condenó a seis meses de prisión en suspenso a un profesor universitario por amenazar a su ex pareja. Una sanción al maltrato verbal y psicológico que demuestra que el ámbito penal comienza a entender en asuntos de violencia doméstica y construye jurisprudencia caracterizada por los tiempos de cambio. Para la doctora Pastorino, del equipo de Argibay, esas situaciones ponen en evidencia que “los empleados judiciales empiezan a ponerse los anteojos del género. Te doy un ejemplo. Hay veces que la lesión estética, en algunos fallos, se entendía distinto para hombres o mujeres. Porque si estas últimas sufrían una, las sentencias podían argumentar que mermaban sus chances de conseguir marido. Ni hablar de los casos de violencia, donde los hombres no aparecen casi como víctimas sino como victimarios. El cambio de paradigma en la lógica de comprender la igualdad entre el género femenino y masculino contribuye no sólo a mejorar la calidad judicial. Las buenas prácticas se trasladan a otros órdenes de las relaciones personales, generando una transformación cultural sorprendente”.
De cara al futuro, el desafío reside en la puesta en marcha de talleres específicos, que incorporen la perspectiva de género a problemáticas como la trata de personas, la violencia laboral o el modo en que el personal de seguridad debe atender a las mujeres víctimas de violencia. “Hasta el momento, el balance del plan es positivo –aseguró el doctor Del Maso–. Abrió una brecha, generó debates, dio paso a la reflexión y a los cambios en que se tratan los casos judiciales. ¿Cuánto falta para que todo cambie? Mucho. No veo que esta cuestión tenga un final a mediano y largo plazo. Las prácticas culturales se transforman con el tiempo y nosotros deberemos persistir en las capacitaciones. En ese trabajo cotidiano y persistente, tendrá lugar el cambio.” Porque, se sabe, cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede.
* Periodista, licenciada en Ciencia Política.