EDICIÓN 147 - SEPTIEMBRE 2011
EDITORIAL

El sonido del silencio

Por José Natanson

¿Qué vota la gente cuando vota? La pregunta es tan vieja como la democracia y admite muchas respuestas: una idea, a veces; programas más definidos, casi nunca, identificaciones, empatías, recuerdos, mandatos familiares… 

Como las mujeres, las explicaciones simples son las menos interesantes, y los motivos de las decisiones electorales, lo que los politólogos llaman “los determinantes del voto”, no son una excepción. Un voto es sólo un voto, pero detrás de él se esconden tramas complejas de razones individuales y colectivas, materiales y emocionales. 

El rotundo triunfo de Cristina Kirchner en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) del 14 de agosto se debe, en primer lugar, a los efectos del crecimiento económico registrado de los últimos años: como señaló el ministro de Educación porteño Esteban Bullrich (1), Argentina logró en 9 años, entre 2002 y 2011, la misma tasa de crecimiento que obtuvo España en los 21 años que duró su famoso “milagro”, entre 1985 y 2006. Surfeando esta ola, el gobierno desplegó una serie de políticas redistributivas de impacto muy directo y alcance masivísimo, como la Asignación Universal por Hijo (3 millones y medio de beneficiarios), las nuevas jubilaciones (2 millones y medio) y las computadoras para los estudiantes secundarios (1 millón). 

Pero estos datos cuantitativos, por más impresionantes que suenen, no alcanzan a explicar las victorias oficialistas en ciudades sojeras como Lincoln, Chascosmús o Baradero, en lugares que fueron bastiones de la oposición (la Gualeguaychú de Alfredo De Angeli, la Mendoza de Julio Cobos), en distritos de fuerte impronta anti-oficialista (la Capital, Santa Fe), ni los resultados soviéticos obtenidos en provincias como Salta (62 por ciento), San Juan (65 por ciento) y Formosa (¡70 por ciento!). A la medianoche del 14 de agosto la Presidenta se había impuesto en todos los distritos salvo en lo que Jorge Asís llama “la República Libre-Asociada de San Luis”.

Blando 

Seguramente incidió también el dolor generado por la muerte del ex presidente y el modo discreto y a la vez firme en que Cristina gestionó el duelo, que derivó más tarde en un estilo de comunicación inusualmente ecuménico para los estándares kirchneristas (el hecho de que su hija Florencia haya subido al escenario del triunfo por primera vez desde 2003 no parece casual).  

Un nuevo estilo, en suma, que sintoniza con las políticas de “poder blando”  (2) desplegadas por el gobierno tras su derrota en el conflicto por la 125, desde la ley de matrimonio igualitario a Tecnópolis, y que le permitieron primero, en los meses más duros, consolidar una “minoría intensa” que lo sostuvo políticamente y le mejoró la autoestima, y después, cuando la economía y el humor social comenzaron a mejorar, extender este núcleo sólido de kirchnerismo sunnita a círculos más difusos pero también más amplios. En el medio, el kirchnerismo activó una militancia juvenil inédita desde los primeros años de la recuperación democrática.

Para ello fue crucial la insistencia en lo que se ha puesto de moda definir como “relato”, en rigor la capacidad del gobierno de organizar la disputa política alrededor de dos ejes bien definidos: el primero es neoliberalismo-antineoliberalismo (y sus derivaciones: mercado-Estado, producción-finanzas, concentración-redistribución), alrededor del cual se inscriben algunas de las medidas más interesantes de todo el ciclo K, de la renegociación de la deuda a la nacionalización de las AFJP. El segundo eje es dictadura-derechos humanos, que explica iniciativas como la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final y otras más sorprendentes como la ley de servicios audiovisuales (sancionada con el argumento de que era necesario terminar con la regulación impuesta por los militares). 

Lo central a los efectos de mi argumento no es la valoración de cada una de estas iniciativas sino la eficacia política de un discurso que las articula y que se despliega a partir de una reivindicación de fuerte tono reparatorio, en el sentido de atender los males heredados de la dictadura y del menemismo, considerados por el kirchnerismo como los momentos más críticos del ciclo anti-popular de la historia argentina reciente.

Gobernabilidad

Pero más allá del bienestar económico o la eficacia del relato hay una cuestión central que explica el triunfo de Cristina y el actual clima social, tan positivo y optimista como riesgoso (vuelvo sobre este punto en el final del editorial). 

Para plantearlo con delicadeza, digamos que si en 2009 se aprobó la ley de medios y se lanzó la Asignación Universal, y si en 2010 se decidió el pago de la deuda con reservas y se sancionó la norma de matrimonio igualitario, el 2011 es hasta ahora un año sin grandes novedades. ¿Significa esto que el gobierno se limita a flotar en mares de soja? Ciertamente no: el gobierno gobierna, aunque últimamente parece escaparle a las medidas de fuerte impacto transformador, a los anuncios sorpresivos, a todo aquello que en otros momentos le permitía sacudir a la sociedad y retener la iniciativa política.

Surgido de las cenizas de la crisis del 2001, a la que le debe más de lo que habitualmente se piensa, el kirchnerismo incluyó desde sus inicios una dimensión de lo inesperado, de lo impensable: para bien o para mal, se trata de un gobierno que hizo lo que se pensaba que no se podía hacer (barrer a la Corte menemista tras ser elegido con el 22 por ciento de los votos, por ejemplo). Esta inclinación hacia lo inimaginable le inyectó necesarias dosis de epopeya a un gobierno en muchos otros aspectos muy conservador, que se contentaba con presentarse como un “administrador eficaz”: en esa cualidad fronteriza, hamacándose entre la gestión y la gesta, en ese “aspecto abismal” que señalaba Horacio González (3), se cifra, creo, buena parte del éxito del ciclo K.

 Y esto a su vez se conecta con la razón principal a la hora de explicar la victoria de Cristina en las primarias de agosto y sus inmejorables perspectivas para los comicios de octubre: la sensación de que tiene una agenda de pendientes, que incluye, como ella misma señaló, temas tan sensibles como la ley de tierras, junto a la capacidad de ofrecer una ecuación de gobernabilidad que admite pilares opacos –el aparato bonaerense, algunos gremios, ciertos peronismos del interior– pero que al final es la única realmente verosímil. Cristina, en definitiva, como la única capaz de garantizar la continuidad del actual orden económico.

Y es que también –como dirían los economistas, esos poetas contemporáneos– hay que mirar por el lado de la oferta. El carácter exclusivo de la opción kirchnerista queda subrayado por la asombrosa atonía, dispersión y ñoñez de las fuerzas opositoras: Ricardo Alfonsín pagó los costos de un sistema de alianzas que desnaturalizó su principal atractivo electoral, que era justamente la posibilidad de encarnar una oposición moderada y racional; y Eduardo Duhalde insistió con un discurso de orden que difícilmente podía penetrar en una sociedad cargada de conflictos pero pacificada, con la autoridad estatal recompuesta y sin desbordes a la vista. En este panorama más bien desolador, solo Hermes Binner, con un discurso sereno, que le reconoce méritos al gobierno pero no se priva de señalar sus numerosos déficits, se perfila como una opción taquillera. No parece casual que algunas encuestas lo ubiquen ya en un segundo lugar.

Desbalances

Veamos por un momento el contexto más general en el que se inscriben estos cambios. En tiempos de desidentificación partidaria y dilución de las identidades políticas tradicionales, es lógico que los sistemas se organicen cada vez más en torno al eje oficialismo-oposición. El problema de esta tendencia, por otra parte común a muchos países, es una escena política desbalanceada: en todas las elecciones que se realizaron hasta ahora salvo en Catamarca, triunfaron los oficialismos, con porcentajes superiores a los de la elección anterior. Esto puede explicarse por una clara legitimidad de ejercicio de los poderes ejecutivos en sus diferentes niveles tanto como por el sesgo pro oficialista en la distribución de los recursos electorales (frente a la debilidad de los partidos, el Estado se afianza como la única maquinaria electoral eficiente). 

En todo caso, parece evidente que el oficialismo parte con ventaja y que, por lo tanto, sería conveniente ofrecer un handicap a las oposiciones: la cláusula de la ley de reforma política que garantiza publicidad en los medios audiovisuales para todos los partidos avanza en este sentido, que podría complementarse con prohibiciones más estrictas en el uso de los recursos públicos en tiempos de campaña (desde inauguraciones de obras hasta el aprovechamiento de la infraestructura oficial para actividades proselitistas).

Pero el desbalance es doble porque el sistema es pro oficialista pero también pro peronista. Y si Argentina nunca fue uno de esos países bipartidistas en donde dos fuerzas más o menos equivalentes compiten en igualdad de condiciones, la preeminencia del peronismo es cada vez mayor. Como señaló Andrés Malamud, muchos sistemas políticos subnacionales –y cabe preguntarse si también el nacional– se ubican a las puertas de lo que Giovanni Sartori define como “sistema de partido predominante”, o sea uno en donde hay elecciones limpias y donde la oposición compite y hasta gana… muy raramente (4).

Sonidos

Las ideas mencionadas más arriba se pueden articular en un solo razonamiento. Digámoslo así: la combinación entre un sistema político desbalanceado, un clima de prosperidad redistributiva y un alto consenso pro oficialista puede ser anestesiante. La comparación que se me ocurre es la escena final de El graduado: Ben (Dustin Hoffman) irrumpe a los gritos en la iglesia en la que Elaine (Katharine Ross) está a punto de casarse con su novio de siempre, rubio y anodino. Fuera de sí, Ben grita ¡Elaine! ¡Elaine!, ignora a Mrs. Robinson, lucha contra el padre de la novia y se saca de encima a los invitados amenazándolos con una cruz de madera gigante. Toma de la mano a su amada y ambos salen corriendo. Ella, en la cumbre de su belleza, con su vestido blanco de novia, él en una especie de overol sucio, y se suben a un colectivo amarillo que pasaba de casualidad. Se acomodan en el último asiento y se miran y se sonríen, colorados, transpirados y felices, pero apenas el micro arranca ronroneando y empiezan a relajarse la cara se les transforma, en un gesto apenas perceptible pero definitivo: es la duda, que los invade. 

Mi planteo es: los consensos son bienvenidos en tanto generan previsibilidad y certezas. Pero también pueden dejar poco espacio para el debate acerca de posibles correcciones y silenciar temas importantes, muchos de los cuales requieren un amplio debate público para encontrar una solución (5). En suma, dificultan el ejercicio de la duda, que es la clave para mejorar pero que a veces puede llegar demasiado tarde, como en el final de El graduado, con Simon & Garfunkel de fondo:

Hello darkness, my old friend

I’ve come to talk with you again

because a vision softly creeping

left its seeds while I was sleeping

and the vision that was planted in my brain

still remains

within the sound of silence… 

1. Página/12, 18-08-11.

2 El concepto de Joseph Nye (La paradoja del poder norteamericano, Taurus), que define al “poder blando” como aquel que se consigue por medios culturales o ideológicos, es decir a través de la persuasión, en lugar del “poder duro”, que se impone por medios militares o económicos, por la coacción y la fuerza. 

3. Horacio Gonzalez, Página/12, 28-10-10.

4.  Giovanni Sartori, Partidos y sistemas de partidos, Alianza Editorial, Madrid, 1980. Citado en el número 146 de el Dipló.

5. A analizar algunos de estos temas está dedicado el dossier de tapa de la presente edición de el Dipló.

Edición SEPTIEMBRE 2011
Destacadas del archivo