La sociedad ansiosa
El miedo es la más poderosa de las emociones humanas. Pura evolución natural: mientras que el amor, la fe o la alegría nos reconfortan y enriquecen la vida, el miedo garantiza que sigamos vivos para poder experimentarlas. Por eso está primero. En este punto, la selección natural operó bajo el principio del “error de asimetría”: era mucho más seguro confundir una sombra con un depredador (falso positivo) que confundir un depredador con una sombra. Así, en el entorno hostil del Pleistoceno, los homínidos que carecían de miedo no sobrevivían y quienes sí lo hacían lograban reproducirse, transmitiendo en sus genes el instinto de autoconservación que nos caracteriza. Esta herencia biológica quedó grabada en nuestro cerebro a través de la amígdala, una estructura profunda y primitiva que procesa el peligro milisegundos antes de que el córtex racional entienda qué está pasando. Por eso podemos intuir el auto que doble la esquina, y saltar, antes de verlo o escucharlo.
Físicamente, el miedo nos hace respirar más fuerte (para disponer de más oxígeno), latir más rápido (para bombear más sangre a los músculos y al cerebro y elevar la glucosa) y tensar los músculos (para huir o defendernos). La adrenalina se dispara, la visión se agudiza. Ninguna otra emoción –ni siquiera el amor– posee la capacidad de anular el pensamiento lógico de forma tan inmediata y total. El miedo es una alarma conectada a un sistema de reacción rápida. Una vez que la amenaza ha pasado, las hormonas del estrés dejan de fluir y el sistema nervioso se reequilibra.
La ansiedad es como una sombra del miedo. Mientras que el miedo es la reacción a un peligro inminente, la ansiedad puede definirse como la reacción anticipada a una amenaza, real o inventada. El miedo nos protege, mientras que la ansiedad, que es una niebla fría, nos desgasta y, después de un tiempo, nos agota. Por eso es un problema, que se expresa en el cuerpo a través de una sensación de tensión u opresión y, a veces, una molestia en el abdomen. Desde el punto de vista cognitivo, la ansiedad impide pensar con claridad, lo que lleva a las personas que la padecen a la rumiación improductiva y los pensamientos intrusivos. Como somos bichos sociales, la ansiedad no se activa sólo ante peligros físicos, sino también ante “riesgos sociales”, como la exclusión, el rechazo o la vergüenza. Esto es particularmente grave en los adolescentes.
Las investigaciones más ambiciosas y serias, como las que realiza la Organización Mundial de la Salud, calculan que 1.100 millones de personas (15% de la población mundial) padece algún trastorno de salud mental, entre los cuales la ansiedad es el más relevante (el segundo es la depresión) (1). Según un metaanálisis publicado por el Journal of Affective Disorders, la tasa de incidencia global de los trastornos de ansiedad experimentó un aumento neto del 20,6% en los últimos quince años, rompiendo la relativa estabilidad que se venía registrando en las décadas anteriores (2). Algo grave está pasando: cuando cientos de millones de personas de países, entornos socioeconómicos y culturas tan diversos comparten la misma sintomatología, el origen del problema no es personal, sino que debe buscarse en la matriz organizativa de la sociedad moderna. No estamos ante una agregación de situaciones individuales, sino ante un problema social. Un mal de época.
Cada período histórico lleva la cicatriz abierta de su sufrimiento psíquico. Si en la sociedad industrial el trastorno más extendido era la depresión, que se notaba en la dificultad para enfrentar las obligaciones cotidianas de un sistema que exigía disciplina, obediencia a las jerarquías y el cumplimiento de los roles preestablecidos; si durante las guerras mundiales el padecimiento era el shock postraumático, que afectaba a los soldados pero también a quienes regresaban del frente sin un rasguño pero de todos modos ciegos, mudos o con parálisis total de un brazo (el “brazo de disparar”), la marca de hoy, la que caracteriza al mundo digital pos pandemia, es la ansiedad.
Las explicaciones de esta tendencia son precarias, más intuitivas que realmente científicas. Por un lado, los procesos de individualización debilitaron los clásicos anclajes colectivos –la familia, el barrio, el trabajo estable– que funcionaban como dispositivos de represión y alienación, pero también de solidaridad, contención y pertenencia. Hoy nadamos solos, en mares abiertos. Bajo la “cultura del rendimiento”, internalizamos la idea de que el éxito o el fracaso son responsabilidad individual, lo que amplía la brecha entre el yo real, imperfecto y vulnerable, y el yo ideal. La digitalidad, como veremos más abajo, exacerba esta presión, que al principio pasó desapercibida porque se manifestaba con poco ruido. Sucede que, a diferencia de los trastornos que se exteriorizan, como las dificultades para manejar la ira, los comportamientos temerarios o las trasgresiones públicas, la ansiedad tiende a interiorizarse. Como escribimos en tiempos de cuarentena (3), hoy la gente revienta para adentro.
En La generación ansiosa (4), el psicólogo social Jonathan Haidt, uno de los intelectuales públicos más interesantes de Estados Unidos, sitúa este quiebre en la irrupción conjunta de los teléfonos inteligentes, la banda ancha y las redes sociales. En contraste con los primeros celulares, que servían para hablar y mandar mensajes de texto desde un tecladito incómodo, y de las computadoras personales, que muchas veces se compartían en casa, los smartphones, con acceso permanente a internet y portadores de las apps de las redes, cambiaron para siempre la estructura emocional de las personas, en particular de las más jóvenes. Haidt sostiene que entre 2010 y 2015 se produjo una “gran reconfiguración” de las nuevas generaciones.
El nuevo ecosistema digital terminó de definirse en esos años. El iPhone 4 y el Samsung Galaxy S, los primeros teléfonos con cámara frontal, es decir que permitían tomarse fotos a uno mismo, comenzaron a venderse en 2010, casi en simultáneo con el lanzamiento de Instagram, una app que nació apta sólo para celulares y que un par de años después, cuando la adquirió Facebook, experimentó un boom de usuarios. Por esa misma época Facebook introdujo el novedoso botón de “Me gusta”, que convirtió a la red en un sistema de rating personal permanente, y comenzó a reemplazar el “pasar página” por el scroll infinito, que también aplicó a Instagram. Si hasta el momento las redes sociales habían funcionado como espacios acotados de socialización, la incorporación de estas herramientas las convirtieron en sistemas de retroalimentación reverberante y estimulación infinita.
No es difícil intuir la forma en que esto potencia los estados de ansiedad. Diseñadas para capturar y fragmentar nuestra capacidad de concentración a través de mecanismos de recompensa variable similares a los de las maquinitas de los casinos, las redes nos llaman a interrumpir nuestra experiencia directa para atender notificaciones y estímulos, lo que somete al cerebro a un estado crónico de hipervigilancia. También modelan el yo, dado que operan como un tribunal invisible que evalúa de forma constante nuestro “valor social”. Este nuevo sujeto hiperconectado, sometido a la valoración algorítmica, ya no se mide únicamente con sus pares inmediatos, sus amigos o compañeros, no compara su césped sólo con el del vecino, sino con una vitrina global de vidas minuciosamente curadas, estetizadas y filtradas: una perfección inalcanzable. En su libro, Haidt llama la atención sobre la cantidad creciente de adolescentes y jóvenes que declaran estar conectados “casi constantemente” a sus celulares, lo que hace que, incluso cuando estén alejados del dispositivo, porque están en una clase o cenando en familia o hablando con un amigo, parte de su atención está pendiente –en estado de ansiedad– por lo que pasa en el mundo, virtual.
Como resultado de esta crisis, el consumo de psicofármacos para tratar la ansiedad se ha disparado. En Estados Unidos, la proporción de adultos que toman medicamentos para la ansiedad pasó de 11,7% en 2019 a 14,3% en 2024, según datos consolidados de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) (5). Europa también registró un incremento, con España encabezando los rankings. En términos globales, el tamaño del mercado de tratamiento de trastornos de ansiedad y depresión pasó de 16 mil millones de dólares en 2025 a 17 mil millones en 2026, y se estima que llegará a 25 mil millones hacia 2034 (6). Argentina no es ajena a esta tendencia mundial: un informe de la Subsecretaría de Medicamentos confirma que, mientras la venta de otros psicofármacos fluctúa, el consumo de hipnóticos y sedantes subió un 6,9% en los últimos cuatro años (7).
Resulta curioso como cada país tiene su pastilla favorita. En Estados Unidos es el Xanax (alprazolam), muy recetado por los seguros médicos privados porque garantiza una “solución química” rápida y medible que permite seguir funcionando sin afectar la productividad. En Francia es el Lexomil (bromazepam), el favorito de los médicos del sistema público para atender el arraigado malestar general (mal-être). De hecho, la expresión “je suis sous Lexomil” es parte del lenguaje cotidiano francés, mientras que la pastilla tiene forma de… baguette. En Argentina, la estrella es sin dudas el Rivotril (clonazepam): 300 millones de comprimidos de clona vendidos al año, más o menos la mitad de todos los psicofármacos recetados en el país (8). También integrado a la cultura popular (Perdimos estabilidad / No sabemos de qué lado / Vamos a quedar parados / Se agotó lo natural / Mentimos una vez más, canta Calamaro en “Clonazepam y circo”), el clonazepam se impuso porque es barato (la patente venció hace décadas, así que se consigue el genérico de 30 comprimidos por menos de 13 mil pesos), porque las obras sociales y las prepagas lo cubren y porque el sistema habilita a cualquier médico, no sólo a los psiquiatras, a recetarlo.
La ola de ansiedad es global, pero la situación se agrava en contextos de crisis económica y deterioro de las condiciones de vida como el que atraviesa Argentina. Un informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA muestra que la proporción de personas que dicen haber sentido ansiedad o depresión pasó del 18,4% al 28,1% en los últimos años (9). Aunque nadie está a salvo de los padecimientos mentales, que como todo “mal de época” atraviesan las barreras sociales y de clase, otro informe, en este caso del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA, muestra que afecta especialmente a las personas de niveles socioeconómicos más bajos, donde también pesa la “brecha de atención”, la distancia entre la necesidad de tratamiento y el tratamiento efectivamente recibido (10).
Volvamos a los celulares y a las redes. Si una de las causas de la ansiedad global, sobre todo en los adolescentes y jóvenes, es la hiperconexión, entonces es razonable que los Estados progresistas busquen enfrentarla estableciendo algún tipo de regulación. Australia fue el primer país en prohibir el acceso a las redes sociales (TikTok, Instagram y Facebook) a los menores de 16 años, restricción a la que se sumaron Gran Bretaña, Bélgica y Francia. Otros países, como Portugal y Dinamarca, obligan a los menores a vincular su cuenta a la de un adulto responsable. Sin embargo, dado el volumen de usuarios, la facilidad con la que es posible mentir sobre la edad y las posibilidades de elusión que ofrece la misma tecnología (cambiar el VPN, la más clásica), las normas resultan difíciles de aplicar. La excepción es China, que estableció límites estrictos al tiempo de uso de pantallas por parte de los menores y un apagón nocturno total, pero se trata de un Estado no democrático que ejerce un control total sobre la codificación de los smartphones.
La Comisión Europea debate un proyecto para prohibir el scroll infinito y establecer puntos de pausa obligatorios, en línea con otros intentos similares, por ejemplo del estado de California, para suspender las notificaciones nocturnas y la reproducción automática de videos. La iniciativa es ambiciosa, porque no se limita a establecer un rango etario o una franja horaria sino que busca avanzar sobre la arquitectura misma de la plataforma de manera tal de moderar su diseño adictivo. El especialista Enrique Dans explica que las redes sociales buscan maximizar tres cosas: el tiempo de permanencia, la intensidad de interacción y la cantidad de datos comportamentales capturados, que alimentan los modelos de perfilado que se traducen en publicidad dirigida, que es el motor de ingresos del sistema. Por eso, aun apoyando el proyecto de la Comisión, Dans pone en duda su eficacia: “Mientras ese motor siga intacto, el diseño volverá a optimizar la adicción. Si se prohíbe el scroll infinito, aparecerán otros mecanismos de continuidad. Si se limitan las notificaciones, se rediseñarán las dinámicas sociales para generar urgencia psicológica. Si se introducen pausas forzadas, se experimentará con recompensas intermitentes más intensas antes de la pausa. No es una cuestión estética: es una cuestión puramente económica, porque la optimización del modelo de publicidad depende de ello” (11).
En América Latina, la vanguardia la lleva el Brasil de Lula, que en marzo pasado creó el Estatuto Digital de los Niños y Adolescentes, que obliga a las plataformas a eliminar aquellos elementos que contribuyen a crear comportamientos compulsivos en los usuarios menores de edad: prohibición del scroll infinito y de la reproducción automática, eliminación de la autodeclaración de edad, que ahora debe ser verificada por un adulto de manera estricta mediante biometría, y la obligación de que las cuentas para adolescentes traigan por defecto los máximos niveles de protección. También establece un control parental simple de utilizar, que debe venir incorporado y que les permite a los padres supervisar el tiempo de pantalla de sus hijos, bloquear conversaciones con terceros e impedir transacciones económicas. La autoridad de aplicación, el Centro Nacional de Protección a la Niñez Digital, cuenta con poder de policía para investigar incumplimientos, rastrear riesgos y detectar dinámicas nocivas.
Pero la ofensiva del gobierno brasilero no terminó ahí. Al cierre de este editorial, Lula firmó una “medida provisional”, equivalente a un DNU argentino, por medio de la cual estableció la prohibición drástica de las apuestas on line, una epidemia social que estaba generando una crisis de sobreendeudamiento, potenciando el malestar psicológico de las familias y la ansiedad de los jóvenes –y, en casos extremos, propiciando los suicidios–. La medida incluye un bloqueo de depósitos que ya comenzó a regir, un plazo de dos semanas para que los apostadores retiren sus fondos, la prohibición de cualquier tipo de publicidad y un apagón total de todos los casinos on line de Brasil a partir del 6 de octubre. Sólo unos pocos países asiáticos, como China, Corea del Sur o Singapur, se animaron a enfrentar los lobbies –en el caso de Brasil, por ejemplo, casi todos los clubes de fútbol tienen a las bets como espónsor principal– y avanzar de manera tan drástica contra un negocio que es una fuente de malestar social.
En Argentina, algunos gobernadores, como Axel Kicillof, Maximiliano Pullaro e incluso Jorge Macri, adoptaron medidas en este mismo sentido, pero su competencia es limitada y choca contra la absoluta inacción del Gobierno Nacional. Por eso, más que Zohran Mamdani, que por más simpático que nos caiga no deja de ser el alcalde de una ciudad que tiene poco que ver con la realidad argentina, es en el Brasil de Lula donde es posible encontrar ejemplos de políticas interesantes y audaces que alimenten el programa de la oposición a Milei, que gana fuerza conforme el gobierno se debilita pero a la que ciertamente no le sobran ideas.
1. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/mental-disorders
2. “Tendencias en la epidemiología de los trastornos de ansiedad de 1990 a 2021: un análisis global, regional y nacional con énfasis en el índice sociodemográfico”, https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0165032724020743
3. “Las almas rotas de la pandemia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Nº 268, octubre de 2021.
4. Editorial Planeta, 2024.
5. https://www.aldiaenamerica.com/2026/03/02/aumenta-consumo-de-ansioliticos-pese-criticas-aldia-en-america/
6. https://www.fortunebusinessinsights.com/anxiety-and-depression-treatment-market-102787
7. “El consumo de psicofármacos se agudizó en la Argentina en el último año”, La Nación. https://www.lanacion.com.ar/sociedad/el-consumo-de-psicofarmacos-sin-indicacion-medica-se-agudizo-en-el-ultimo-ano-nid15102025/
8. https://waltermartello.com.ar/psicofarmacos/
9. “Malestar psicológico: la evolución histórica en la Argentina urbana (2010-2024) y determinantes en el contexto reciente (2022-2024)”, https://repositorio.uca.edu.ar/bitstream/123456789/20442/1/malestar-psicologico-evolucion.pdf
10. “Relevamiento del estado psicológico de la población argentina”, https://www.psi.uba.ar/opsa/documentos/informes/24%20OPSA%20informe%20salud%20mental%20SCL-27%20OASIS%20ODSIS-2.pdf
11. https://www.pressenza.com/es/2026/02/prohibir-scroll-infinito-no-soluciona-problema-real/
© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur






