Toda salud mental es política – El Dipló
EDICIÓN 328 - OCTUBRE 2026
DEPRESIÓN, ANGUSTIA, SUICIDIOS

Toda salud mental es política

Por Santiago A. Levín*
El deterioro de la salud mental, que se manifiesta en un aumento de la depresión y los suicidios, tiene múltiples causas, entre las cuales está la pandemia de Covid 19. Para enfrentar la crisis no alcanza con políticas públicas, sino que es necesario revisar las condiciones materiales de existencia y el modo de vivir en sociedad.
Jaap Arriens/AFP

La pandemia de coronavirus puso a la salud mental sobre la mesa. De pronto se escucha hablar de salud mental. Esto no significa, y es muy importante decirlo desde el inicio, que se estén tomando las medidas necesarias para enfrentar su empeoramiento. Habría que discutir si esta coyuntura está facilitando el pensamiento colectivo sobre la salud mental o si más bien funciona como una especie de moda –un consumo más– en un mundo hiperdigital en el que aquello que llama nuestra atención se transforma rápidamente primero en trending topic, luego en materia de consumo, enseguida en negocio y finalmente en desecho.

Pero se habla. ¿Qué significa “empeoramiento de la salud mental”? Dos informes recientes de la Organización Mundial de la Salud (el World Mental Health Today, del año 2025, y el Mental Health Atlas 2024) (1) indican que tanto la ansiedad como la depresión han ido en aumento en los últimos años, afectando a todas las edades y todos los niveles de ingresos. Constituyen la segunda causa de discapacidad prolongada, incrementan la pérdida de años de vida saludable –un indicador muy utilizado en medicina sanitaria– y ocasionan pérdidas económicas sustanciales.

La OMS calcula que aproximadamente 1.100 millones de personas padecen trastornos de salud mental, esto es, casi el 15% de la población mundial. Surge también de estos informes que las mujeres resultan desproporcionadamente más afectadas que los varones, y que el suicidio sigue siendo un serio problema de salud pública. El último número oficial de suicidios por año publicado por la OMS es de 2021: entre 700 y 800 mil personas se quitan la vida cada año en el mundo. Si se tiene en cuenta que por cada suicidio consumado hay aproximadamente 20 intentos, estamos diciendo que 16 millones de personas intentan quitarse la vida cada año –las mujeres presentan más intentos que los varones, pero en estos últimos los suicidios consumados son más frecuentes–.

En el World Mental Health Report de la OMS (2022, actualizado en 2025) se destaca que la mayoría de las personas que necesita ayuda no recibe una atención adecuada. Algunos no la reciben nunca, constituyendo lo que en salud pública se llama “brecha sanitaria”. Sólo a modo de ejemplo: la brecha sanitaria en el continente americano para la esquizofrenia (enfermedad que afecta al 1% de la población mundial) es del 70%. Esto quiere decir que 7 de cada 10 personas con esta afección jamás reciben un diagnóstico ni un tratamiento –ni bueno ni malo– en toda su vida.

En un informe muy reciente (agosto de 2026) publicado por el Observatorio de Política Criminal de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (2) puede leerse que la tasa de suicidios en Argentina ascendió a 11,8 por cada 100 mil habitantes, siendo la más alta de todas las conocidas hasta la fecha. El suicidio pasó a ser la principal causa de muerte entre personas de 15 a 34 años, por encima de los incidentes viales. Esto significa un aumento de 22,3% en la tasa de suicidios en un solo año (2024: 3304 suicidios; 2025: 5209). Más aun, el mismo informe señala que “entre 2017 y 2025 los suicidios en Argentina aumentaron un 57,7% en términos absolutos; la tasa, ajustada por población, aumentó un 43,9%”.

Otro informe, esta vez del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral (3), publicado en septiembre de 2025, señala que el suicidio fue por primera vez la principal causa de muerte entre mujeres de 10 a 19 años de edad.

La pandemia

Aunque las metodologías de estos informes no son uniformes, señalan una realidad incontrovertible, que además “vemos” los profesionales de la salud cotidianamente: la salud mental poblacional ha empeorado en proporciones alarmantes. ¿Cuáles son las causas de este deterioro? La pregunta es indispensable; la respuesta debe ser construida con urgencia, desde la interdisciplina y la cooperación intersectorial. Pero para ello es indispensable resucitar a la epidemiología como prioridad nacional.

La epidemiología (el estudio científico de la incidencia, prevalencia y distribución de las enfermedades en una población) requiere inversión y conducción experta. Es una tarea sanitaria estatal fundamental. Sin datos bien obtenidos e interpretados es imposible construir política pública, y en los países como el nuestro éste constituye otro lamentable déficit. El panorama que tenemos es, entonces, fraccionado: los informes no son siempre comparables entre sí, y abundan los reportes incompletos, parciales, a veces informales, y las extrapolaciones –metodológicamente cuestionables– de indicadores obtenidos en el Norte global.

Al pensar en las causas del deterioro en la salud mental surgen infinidad de hipótesis. Algunas más serias que otras, algunas plausibles e inteligentes, pero son necesarios estudios profundos que nos permitan pensar con seriedad y planificar con responsabilidad. ¿La pandemia lo empeoró todo? Sin dudas, pero no terminamos de entender bien por qué, ni cómo. ¿La ubicua vida digital tiene alguna relación con esta crisis? Nos apuraríamos a decir enfáticamente que sí. De hecho, es ya un lugar común afirmar que las secuelas de la pandemia, los conflictos bélicos, la crisis ecológica, las migraciones forzadas, la inestabilidad política global y la omnipresencia del nuevo mundo digital afectan negativamente la salud mental. Pero precisamos aún mucha producción científica que nos permita fundamentar estas intuiciones, y no podemos abrigar mucho optimismo acerca de su realización plena en una etapa histórica en la que el Gobierno Nacional ha decidido desfinanciar hasta el ahogamiento a la universidad pública y las instituciones científicas y técnicas.

Sin embargo, hay pocas dudas de que la pandemia incidió en esta situación. En su momento, un hecho de notable trascendencia pasó casi inadvertido: tan temprano como en mayo de 2020 el secretario general de la ONU, António Guterres, cuando aún no sabíamos casi nada de la inminente pandemia –ni del virus, ni de sus vías de diseminación y contagio, ni de medidas de cuidado, ni de la enfermedad que ocasiona–, llamó en una conferencia de prensa a todos los países del mundo a aumentar preventivamente los presupuestos en salud mental. “Los servicios de salud mental son una parte esencial de las respuestas gubernamentales frente al Covid 19”.

Pero prácticamente ningún gobierno prestó atención a este llamamiento de alerta temprana. Similar suerte tuvimos los profesionales de la salud mental que, ya en la pandemia, fuimos convocados a la mesa de asesores del Gobierno Nacional. Con unas pocas excepciones puntuales, el gobierno argentino tampoco logró escuchar y dimensionar el tremendo efecto sobre la salud mental que una crisis sanitaria inédita, global, distópica, estaba ocasionando en las vidas de millones de personas.

Llevamos en esa oportunidad varias propuestas, todas ellas basadas en una estrategia simple, barata y eficaz: la comunicación. Solo señalo una de ellas, a modo de ejemplo. Propusimos no hablar de “distanciamiento social”, que era la expresión utilizada por el gobierno (y en casi todo el mundo occidental), sino de “distanciamiento sanitario”. El primer constructo tendía, decíamos, a generar temor y a facilitar conductas evitativas y paranoides –el otro es el problema, el otro es el portador de la peste–, mientras que el segundo invitaba a cuidarnos entre todos. Intentemos aislar al virus sin aislar nuestras subjetividades, proponíamos. Esto no solo como una intención humanista, sino advirtiendo con preocupación el surgimiento de corrientes terraplanistas, antivacunas, que alimentaron los discursos de odio que luego terminaron engrosando el triunfo electoral de una propuesta política que antes de la pandemia hubiese sido inconcebible.

No podemos hablar de salud mental sin hablar del contexto social, económico, comunicacional, convivencial.

La comunicación es consustancial a la condición humana. Y ello en todos los niveles: en el individual, el vincular, el colectivo. Y es una herramienta sanitaria de primer orden. No alcanza con comunicación, por supuesto. Pero no se puede sin ella. El mejor cuidado de las palabras y las metáforas con las que se comunicó en pandemia hubiera contribuido a una tramitación menos traumática y unas consecuencias menos catastróficas en todas las áreas de la convivencia social, en particular la salud mental.

¿Qué es la salud mental?

Precisemos brevemente de qué hablamos cuando hablamos de salud mental, porque se trata de un sintagma polisémico. Cuando se escribe con minúscula (salud mental) hace referencia a la salud mental individual; con mayúscula (Salud Mental), al conjunto de políticas públicas referentes al área –que para mayor claridad deberíamos llamar Salud Mental Pública, como se hace desde hace tiempo en la literatura anglosajona–. La salud mental es también un campo (siguiendo a Pierre Bourdieu), es decir, un conjunto de actores, instituciones, conocimientos, prácticas, debates, en el que confluyen saberes profesionales (medicina, psicología, derecho, antropología) y no profesionales (asociaciones de pacientes, de familiares, de vecinos), los tres poderes del Estado y sus diversas instituciones, etc.

Pero salud mental es también un ángulo insoslayable que permite analizar y aportar sentido en cualquier instancia del acaecer humano: etapas del ciclo vital, actitudes frente a la muerte, concepciones del amor, modos de vincularse, rituales y festejos, formas del dolor moral, estados de ánimo, creencias, el deseo de futuro –o su ausencia–, el disfrute y el aburrimiento, la creación artística, las vocaciones, la frustración, el enojo, la fe religiosa, las diferencias y sus formas de tramitación, y un infinito etcétera.

Salud mental no es solo hablar de trastornos (enfermedades) mentales. Ese sería el terreno específico de los especialistas. Salud mental es, también, concebir el padecimiento mental como resultado de la vida en sociedad y de sus vicisitudes. La injusticia social produce sufrimiento mental. La falta de trabajo, de vivienda, de horizonte, producen sufrimiento mental. Y físico: sufrimiento humano. En este sentido, son conocidos los relevamientos en hospitales porteños que detectaron un aumento sorpresivo de infartos agudos de miocardio en las guardias durante la crisis política y social de 2001 y 2002 (4).

No deberíamos sorprendernos con esto: la división entre mente y cuerpo es uno de los problemas aún no resueltos de la filosofía occidental. En efecto, la distinción entre una res cogitans (mente) y una res extensa (cuerpo), comúnmente mencionados en latín siguiendo al filósofo francés René Descartes ha teñido nuestras concepciones sobre el fenómeno humano desde hace siglos. Pero bien sabemos, aún a falta de una teoría monista (no dualista) que explique el todo sin divisiones, que la vida –nuestra existencia– no admite divisiones ni presenta fronteras nítidas, y que todo lo corporal es mental, y viceversa. La angustia se siente en las tripas, los arranques de timidez se reflejan en el enrojecimiento del rostro, y las angustias intensas pueden desencadenar episodios físicos agudos transitorios o crónicos, algunos fatales.

Así, podríamos agregar una última acepción de “salud mental”, en conexión con la anterior, pero yendo un poco más allá. Eso que hoy llamamos salud mental ya no es únicamente un concepto vinculado a la salud, un ángulo más de análisis de cualquier escena humana. Es una alocución pospandémica para referirse a las nuevas experiencias vitales en este mundo apocalíptico, día a día menos comprensible, violento. Conectadísimo pero generador de seres aislados. En este último sentido, decir que la salud mental está en crisis equivale a decir que lo que está en crisis es la convivencia social y la supervivencia misma de la especie humana.

El corolario: hoy más que nunca, no podemos hablar de salud mental sin hablar del contexto social, económico, comunicacional, convivencial. El problema del suicidio adolescente no se soluciona con un teléfono de atención al suicida; es indispensable, sí, pero no alcanza. El problema de la depresión, que se va convirtiendo en la enfermedad más frecuente en el planeta, no se soluciona con especialistas en psiquiatría o en psicología clínica; son esenciales, pero no alcanzan para dar cuenta de un fenómeno que adquiere dimensiones de pandemia. El problema de la inequidad de género no se resuelve con campañas educativas; son indispensables, sí, pero… y así.

Eso que hoy llamamos salud mental no es un problema solo de salud ni solo mental: es un problema profundamente político.

Transformar la existencia

Enunciar el problema de la salud mental, expresar preocupación y luego pasar a la noticia que sigue no conduce a ningún lado. Por ese camino solo contribuimos a pasteurizar una angustia social legítima que interpela al sistema como un todo. Hay trastornos (enfermedades) mentales específicos, algunos de ellos con una base biológica (no necesariamente hereditaria) bastante estudiada; los hay también derivados de la experiencia biográfica traumática, y la mayoría de ellos son multifactoriales. Dejemos esta parte del problema en manos de los especialistas y de las políticas de salud pública, hoy abandonadas.

Hay un padecimiento mental cada vez más extendido, íntimamente conectado con un clima social cada vez más conflictivo, inaceptable y al mismo tiempo inescapable. ¿Cómo abordarlo? Para finalizar, voy a dividir el problema en dos planos diferenciados.

Desde el punto de vista estrictamente sanitario y nacional, el problema de la salud mental requiere de políticas públicas claras, financiadas y sostenidas en el tiempo, transectoriales y con perspectiva de derechos. Está demostrado que es el mejor camino para mejorar realidades dolorosas e indicadores técnicos en rojo. Estamos a distancias cósmicas de ello: nuestro sistema de salud atraviesa una de las crisis más profundas de su historia. En medio del abandono del Estado Nacional, algunas jurisdicciones provinciales y municipales hacen esfuerzos heroicos frente a una demanda-tsunami, con profesionales desbordados, pluriempleados, mal remunerados y al borde del colapso.

Desde un punto de vista más macro, sostenemos que cuando hablamos de la crisis en salud mental estamos hablando de una crisis civilizatoria en todos los sentidos posibles, que excede la noción estricta de salud mental y que está generando sufrimientos colectivos inéditos. Estos padecimientos interpelan al sistema global en su conjunto y reclaman, dramáticamente, la intervención inmediata y decidida de “la gran política”. La salud mental no puede ser reducida ni a la enfermedad mental ni a los servicios destinados a tratarla, porque expresa también las condiciones sociales, económicas, políticas, culturales y vinculares en las que los sujetos desarrollan sus vidas. Por eso, su crisis no puede ser abordada exclusivamente mediante intervenciones clínicas: exige pensar y transformar las condiciones de existencia.

Toda salud mental es política.

1. World Mental Health Today: Latest Data, 2025, https://www.who.int/publications/i/item/9789240113817 y Mental Health Atlas 2024, https://www.who.int/publications/i/item/9789240114487
2. [AYUDA] Cuando matarse aparece como una opción en la Argentina, Observatorio de Política Criminal, https://www.observatoriopc.com.ar/blog/ayuda_cuando_matarse_aparece_como_una_opcin_en_la_argentina
3. “Salud mental: el suicidio es la principal causa de muerte en mujeres adolescentes”, Página/12, 21-09-2025.
4. “Cuando la crisis pega en el cuerpo”, Página/12, 18-01-2002.

 

* Médico Psiquiatra. Doctor en Medicina. Docente de la UNAJ. Presidente de la Asociación de Psiquiatras de América Latina (APAL).

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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