La paradoja de Brasil

Si los primeros dos gobiernos de Lula fueron excelentes, el que concluye a fin de año habrá sido menos brillante, pero no malo. El PBI creció un promedio de casi 3%, contra 1,5% de la gestión anterior, la pobreza se redujo 8,5%, el desempleo se mantuvo en niveles bajos (5,2%) y la inflación controlada (4,4% estimado para este año). En julio de 2025, Naciones Unidas anunció que Brasil había vuelto a salir del Mapa del Hambre, lo que ocurre cuando el riesgo de desnutrición se encuentra por debajo del 2,5% de la población. Al mismo tiempo, Lula supo enfrentar con éxito la ofensiva de Donald Trump, que incluyó sanciones al juez del Superior Tribunal de Justicia que había ordenado la prisión de Jair Bolsonaro y un conjunto de aranceles especiales para los productos brasileros. Pero la medida afectaba, entre otras cosas, las importaciones de café (30% del café que se consume en Estados Unidos proviene de Brasil) y naranjas (50% del jugo de naranja tiene origen brasilero) (1). Ante el riesgo de arruinarles el desayuno a sus votantes, Trump tuvo que dar marcha atrás, y en 2025 Brasil batió un nuevo récord de exportaciones. Del mismo modo, la condena contra Bolsonaro y los militares que lo acompañaron no produjo, como algunos temían, una revuelta social, aunque sí resultó clave para que su hijo Flávio encabezara la intención de voto entre los candidatos de derecha para las elecciones del 4 de octubre.
A pesar de una gestión económica positiva, de un carisma que permanece intacto y de una vitalidad que desmiente sus 80 años, Lula se encamina a una elección que, según todas las encuestas, será muy disputada. ¿Cómo se explica que el líder más importante de la historia reciente de Brasil y probablemente el gran estadista latinoamericano del último medio siglo encuentre dificultades para ganarle a un candidato cuyo mérito principal es ser el hijo de un ex presidente que condujo un gobierno errático, que produjo una catástrofe humanitaria durante la pandemia y que terminó con un frustrado intento de golpe de Estado?
La primera explicación es la no novedad. El triunfo de Lula en 2003 tuvo la significación de una revolución simbólica, el primer Presidente de origen pobre de un país lleno de pobres, sólo comparable a la que por esa misma época lideraba Evo Morales en Bolivia. Durante sus ocho años de gobierno, Lula desplegó un “reformismo conciliador” que permitió redistribuir ingresos y desplegar ambiciosas políticas sociales sin afectar los intereses de la elite económica. Como la torta del PBI, empujada por el viento favorable de los commodities, no paraba de agrandarse, el tamaño de la parte correspondiente al capital se mantuvo constante. Negociador nato, Lula surfeó sobre el conflicto social de un país en donde la lucha de clases nunca llegó a materializarse, y en el camino produjo un realineamiento silencioso de su base de apoyo: los sectores medios y medio bajos del Sur, que hasta el momento lo habían acompañado, se alejaron del PT, espantados por el escándalo de corrupción del mensalão y la pérdida de privilegios respecto de las capas populares, al tiempo que lograba, con el aumento sostenido del salario mínimo y la masificación del Bolsa Familia, la adhesión de los sectores más pobres del Nordeste, que hasta entonces se volcaban por caudillejos conservadores tipo Sarney, un giro que André Singer definió célebremente como el paso del “petismo” y al “lulismo” y que se mantiene hasta hoy (2).
En contraste, este tercer mandato de Lula perdió parte del ímpetu reformista original. Muchas de sus nuevas políticas sociales, como el plan Gás do Povo, que distribuye garrafas gratuitas, o Agora Tem Especialistas, que acerca médicos de diversas especialidades a las zonas más alejadas, parecen réplicas deslucidas de las de su primer gobierno, lo que muestra una cierta falta de imaginación para pensar ideas nuevas. Pero decisivamente, y aunque, como señalé más arriba, el balance económico es positivo, persiste un malestar social que los indicadores económicos convencionales no logran capturar. Igual que en otros países de la región, la economía podrá crecer, pero ese crecimiento no se siente, no llega, afectado por el deterioro de la calidad del trabajo, consecuencia a su vez de la pérdida de puestos industriales y su reemplazo por otros más precarios en el sector servicios, la insuficiencia de ingresos, la informalidad y el multiempleo. Como muestra de la sensibilidad social de Lula tanto como de los límites que encuentra, el proyecto de enmienda constitucional para abolir el 6×1 y reducir la semana laboral a cinco días de trabajo y dos de descanso (5×2) permanece frenado en el Senado.
El sobreendeudamiento asfixia a las familias. En un país en donde los robos y arrebatos en las calles y el transporte público son parte de la vida cotidiana, la gente se acostumbró desde hace muchos años a no utilizar efectivo, reemplazado primero por las tarjetas de crédito y últimamente por las fintech, impulsadas a su vez por el fabuloso sistema Pix. La financiarización se expandió antes que en otras economías latinoamericanas y, en combinación con la expansión del consumo en cuotas, fue creando una bomba de endeudamiento que comenzó a hacerse visible con la recesión de la pandemia y terminó de estallar con las altas tasas de interés decididas por Lula (Brasil tiene una de las tasas de interés más altas del mundo). El resultado son 81 millones de personas con algún nivel de mora y el dato impactante de que el pago de deudas e intereses consume casi el 30% de los ingresos de los hogares (3).
Atento a esta situación, Lula lanzó el plan Desenrola (algo así como “desenreda”), que busca aliviar el peso de la deuda de los más pobres con un fondo de garantía oficial que permite aplicar descuentos sobre el capital y bajar las tasas, ampliado este año a sectores medios que ganan hasta cinco salarios mínimos. El gobierno estableció además que quienes adhieran al plan tienen prohibido utilizar los sitios de apuestas on line (una verdadera epidemia en un país cuya afición a las apuestas se remonta al Jogo do bicho), pero no pudo llevar a la práctica la restricción, que los brasileros aprendieron a esquivar cambiando el VPN y utilizando plataformas internacionales que no cuentan con licencia, o apostando en alguna de las páginas ilegales que funcionan en espejo (clones) con las legales. Toda la secuencia resulta interesante como ilustración de época: un gobierno popular que detecta un problema social y busca resolverlo, apelando a un paternalismo sano para evitar que el dinero se vaya por la canaleta del juego, pero que termina burlado por la agilidad de la innovación tecnológica.
Además de este malestar social estructural, un segundo factor que amenaza a Lula es la rearticulación de la oposición en un bloque más radicalizado. Este proceso, que comenzó con el impeachment a Dilma en 2016 y continuó con el desplazamiento de la tradicional centroderecha moderada a la ultraderecha bolsonarista, tiene varias dimensiones. La primera es la politización del evangelismo. Hasta hace unos años, los evangélicos operaban como un grupo de defensa de los valores conservadores, sobre todo la prohibición del aborto, transversal a los diferentes partidos; de hecho, convivieron bastante bien con la primera etapa de Lula. Sin embargo, el PT, igual que el peronismo argentino y otras fuerzas populares de la región, fue absorbiendo la agenda progresista y feminista hasta hacerla propia, al tiempo que el evangelismo se volcaba a una guerra espiritual que lo llevó a convertirse en uno de los pilares de la nueva derecha radicalizada (el otro, que analizo más abajo, es el agronegocio). El Frente Parlamentario Evangélico, una coalición transversal de legisladores de diferentes bancadas de derecha, nuclea al 40% de los diputados y al 32% de los senadores, bastante por encima de su peso demográfico (27% de la población se reconoce evangélica). Esta sobrerrepresentación parlamentaria, resultado de un largo proceso de organización, le otorga un fuerte poder de lobby, que a su vez se refleja en la política. Según la última encuesta de Datafolha, Flávio Bolsonaro duplica a Lula en el segmento de los evangélicos (4).
La relación del lulismo con el agronegocio evolucionó de una manera parecida. En sus primeros gobiernos, Lula logró mantener un equilibrio precario entre las demandas históricas del Movimiento de Trabajadores sin Tierra (MST) y los intereses de los capitanes de la soja; de hecho, fue Lula quien autorizó el paquete transgénico, que hasta el momento se introducía ilegalmente desde Argentina, lo que habilitó un rápido salto de productividad. Brasil es hoy el granero del mundo (primer exportador mundial de soja y maíz) y una potencia proteica (es el primer productor de carne de vaca y pollo del planeta, y explica por sí solo el 32% de toda la carne congelada que se consume globalmente) (5). Sin embargo, las tensiones derivadas de las ocupaciones del MST, la decisión de Dilma de aplicar de manera más estricta la legislación ambiental y los conflictos por la demarcación de tierras con la agencia federal encargada de proteger los derechos de los pueblos indígenas llevaron a una disputa cada vez más abierta. El agronegocio tuvo su “momento 125” con el juicio político contra Dilma y luego fue uno de los pilares de las gestiones de Michel Temer y Jair Bolsonaro, que disolvieron las regulaciones ambientales y paralizaron la identificación de áreas protegidas. El mapa político es elocuente: el bolsonarismo arrasa en los estados tradicionalmente agrícolas del Sur, como Mato Grosso y Goiás, y ha ido ganando presencia en estados del Amazonas y del Norte, como Rondônia y Pará, donde las zonas que forman parte del “arco de la deforestación” (selva quemada para ampliar la superficie dedicada a la ganadería extensiva y la soja) se inclinan por Bolsonaro, mientras que las áreas costeras y las ciudades siguen fieles a Lula.
El último factor, difícil de cuantificar pero muy relevante, es la revancha de clases. En Brasil, un país históricamente oligarquizado, último del mundo occidental en abolir la esclavitud (recién en 1888), el ascenso de Lula generó la irritación de los sectores más acomodados por la pérdida de estatus relativo, verificable por ejemplo en la creciente presencia de negros y mulatos en espacios antes reservados a las elites blancas, como los aeropuertos, donde se ven cada vez más trabajadores nordestinos volviendo del Sur a sus estados de origen para pasar unos días a fin de año; las universidades, que adquirieron una mayor diversidad como consecuencia de la política de cuotas étnicas y raciales adoptada por Lula; o la cuestión del servicio doméstico, que es parte esencial del estilo de vida de las clases altas y medias brasileras: prácticamente todos los departamentos tienen “cuarto de servicio” en un país que reúne la mayor cantidad de empleadas domésticas del mundo. Hacia el final del segundo gobierno de Lula, producto de la mejora de los niveles de empleo y los aumentos salariales, se había tornado difícil encontrar mujeres dispuestas a trabajar en casas de familia. Aquí pueden encontrarse algunas pistas para entender esta “contrarrevolución sin revolución” que desde hace un par de décadas se vive en Brasil.
Concluyamos.
Las encuestas le otorgan a Lula unos pocos puntos de ventaja sobre Flávio Bolsonaro (6). El resultado aún no está definido; la segunda vuelta es una incógnita. Pero además sucede que las dinámicas analizadas en esta nota sugieren un cambio estructural del perfil económico y social de Brasil que conspira en el largo plazo contra las chances de la izquierda, más allá de lo que pase en esta elección: la desindustialización –y el consiguiente debilitamiento de los sindicatos– se consolida (contra el mito de la “potencia industrial”, el 70% de las exportaciones brasileras hoy son alimentos, minerales o hidrocarburos), la frontera agropecuaria se expande, los evangélicos ganan más y más lugar. Otros problemas, como la crisis de seguridad, están lejos de resolverse; de algún modo, parece como si el tiempo jugara en contra de la izquierda.
En este contexto difícil, una victoria de Lula implicaría un golpe al bolsonarismo, que podría a su vez activar una renovación en el radicalizado campo anti-petista, al tiempo que funcionaría como un freno al avance regional de la derecha, que en sus diferentes variantes se impuso en 12 de las últimas 15 elecciones presidenciales latinoamericanas (las excepciones fueron México, Guatemala y Uruguay). Por su peso económico y demográfico (Brasil explica más o menos la mitad del PBI y la población sudamericana), su imbricación económica (es el primer o el segundo socio comercial de todos los países de la región) y la envergadura del liderazgo de Lula, el resultado de los comicios será clave para definir el tono ideológico de América Latina en los próximos años.
1. https://www.investopedia.com/orange-juice-coffee-prices-could-rise-trump-brazil-tariffs-11774093
2. André Singer, Os sentidos do lulismo: reforma gradual e pacto conservador, Companhia das Letras, 2012
3. https://elpais.com/america/2026-04-26/brasil-y-sus-81-millones-de-morosos-un-pais-de-familias-ahogadas-en-numeros-rojos.html
4. https://www1.folha.uol.com.br/poder/2026/08/datafolha-lula-lidera-entre-mulheres-e-mais-pobres-e-flavio-bolsonaro-entre-evangelicos.shtml
5. https://www.sela.org/brasil-se-convierte-en-el-primer-exportador-de-maiz-y-soja-en-el-mundo/ y https://phenomenalworld.org/es/analisis/corral-del-mundo/






