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Politización científica y planetaria

Por Julio Burdman*

La COVID-19 trae enfermedades respiratorias, muerte, injusticia, depresión económica y caos. Pero siempre hay un vaso medio lleno que ver. En este caso, la oportunidad de visualizar mejor la dimensión planetaria de los problemas sociales. La escala planetaria se ubica por encima de la internacional (relaciones entre Estados) y de la global (relaciones sociales mundiales) y supone que la humanidad puede ser considerada como un sujeto único. Con una agenda política propia e indivisible. Hasta ahora “pensar planetariamente” sonaba a utopía marketinera, bienpensante y algo nerd. Pero esta crisis nos dio algunas pistas para verle otro sentido.

En los últimos 70 años hubo intermitentes apariciones de la política planetaria. Tres o cuatro temas fueron entendidos como un riesgo para la supervivencia humana y movilizaron a la acción. Los más conocidos fueron: el miedo a la hecatombe nuclear en los años 50 y 60, el “agujero de la capa de ozono” en los años 80, y el cambio climático desde entonces. La política planetaria fue impulsada por actores no gubernamentales, que partían de la premisa de que Estados y empresas son incapaces de ver el problema o hacer algo al respecto, porque están dominados por los intereses particulares, nacionales o económicos. Fueron creados para eso, y se les va la vida en eso. Y los organismos internacionales, brazos diplomáticos de los Estados y sus intereses, demostraron no estar a la altura de la gravedad de la hora. En el mejor de los casos, la ONU y los bloques regionales produjeron negociaciones y cooperación de baja contundencia. ¿Quiénes, entonces, podrían movilizar la acción planetaria frente al invierno que acecha? Las ONG, los individuos connotados –de Bill Gates a Greta Thunberg– y los líderes religiosos piden concientización. Pero la que realmente mueve el amperímetro, y que en esta pandemia se graduó en política, es la red científica global. “Los científicos” como actor siempre lideraron la construcción política del riesgo planetario. En los años 50, el manifiesto de Albert Einstein y Bertrand Russell pidió a la Guerra Fría que ponga fin al armamento nuclear. Eran conocidos, aunque pocos. Desde entonces, la red científica global que “advierte a la política” en nombre de la humanidad fue creciendo en número e influencia. En esta pandemia, los científicos son la verdadera fuente de autoridad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no está funcionando como un organismo internacional de gobiernos –de hecho, entró en conflicto con Estados Unidos, su principal aportante–, sino como un nodo más de una red global que se mueve al margen de los gobiernos. Cuando la OMS declaró la pandemia, quienes pretendieron ignorarla quedaron en ridículo. Trump y Boris Johnson finalmente recularon. Bolsonaro se puso a la vanguardia de los anti ciencia y sigue dispuesto a morir con las botas puestas. Y están los que se subordinaron a ella y sus prescripciones. Alberto Fernández, quien antes de la pandemia reivindicó su “gobierno de científicos”, hoy se apoya y legitima en el comité de expertos, que a su vez se apoya en la red global. Sus opositores internos hablan del “gobierno de infectólogos” con furia contenida.

Por ahora, esta pandemia está lejos de ser la más letal que haya conocido la humanidad, pero sí es la más global en su alcance y respuesta, coordinada a partir de la red científica y su línea directa con autoridades y gestores de todo nivel. La fantasía cinematográfica y sigloveintera de que la acción planetaria iba a culminar en una gran reunión de líderes mundiales quedó desmitificada. La red científica es un actor autónomo y no necesita intermediaciones. Y ya aparecen las voces que dicen que la pandemia y el cambio climático son parte del mismo fenómeno. Veremos entonces como continúa esta peculiar dinámica de politización de la ciencia global, porque los negacionistas de la pandemia y del cambio climático son los mismos.

 

Este artículo integra la serie: ¿Dejará algún saldo positivo la pandemia?, parte I. Volver a nota principal.

* Politólogo.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur