¿Qué nos dice el Nobel de Economía sobre Argentina? – El Dipló
LOS USOS POLÍTICOS DE UN PREMIO

¿Qué nos dice el Nobel de Economía sobre Argentina?

Por Martín Guzmán*
El Premio Nobel de Economía otorgado a dos académicos estadounidenses fue utilizado por el gobierno de Javier Milei como un argumento de validación de su gestión. En esta nota, Martín Guzmán, ex ministro de Economía y profesor de la Universidad de Columbia, explica que los modelos teóricos resultan útiles pero tienen sus límites, sostiene que la discusión de la teoría económica internacional hoy pasa por otro lado y que el aporte premiado tiene poco que ver con la realidad argentina.
Javier Milei en Washington. (Foto: Presidencia)

El Premio Nobel de Economía de 2026 fue otorgado a Robert Hall, de la Universidad de Stanford, y Michael Woodford, de la Universidad de Columbia, por sus contribuciones a los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica. Como muchas veces ocurre en estas situaciones, hay quienes buscan usar un premio para validar posiciones concretas de política económica. Esto pasó en Argentina el mismo día en que el galardón fue anunciado, desde el propio gobierno. La realidad es bastante distinta de lo que un mensaje oportunista de turno pretende transmitir. A continuación analizaremos sus contribuciones y pondremos en contexto qué valor aportan a la hora de analizar la realidad argentina y pensar nuestra política económica.

El valor de los modelos económicos

Todo modelo científico es una simplificación deliberada y tiene una relevancia práctica acotada al rango de validez de los axiomas sobre los que se construye. Lo mismo vale para la economía (1): quien utiliza modelos tiene el rol de identificar cuál es el rango de validez de los axiomas y de sus resultados, de modo de poder llegar a conclusiones sobre cuáles son útiles para entender los fenómenos de la realidad y para el diseño y la implementación de políticas económicas.

En economía, sin embargo, es común que se pretendan aplicar las conclusiones de los modelos a circunstancias que van mucho más allá que las justificadas por sus supuestos. Por ejemplo, el modelo económico que parte del supuesto de que los tomadores de decisiones conocen a la perfección la verdadera distribución de probabilidades de todas las variables que son relevantes para sus decisiones, conocido hipótesis de expectativas racionales. Bajo este modelo, difícilmente podamos explicar crisis económicas y financieras en las que no hubo ninguna perturbación externa obvia que permita dar cuenta de un colapso de transacciones económicas y quiebras difundidas, sino que fueron el producto de decisiones previas que se revelaron inconsistentes con el funcionamiento de la economía. Es decir, si con ese supuesto queremos entender una crisis, dejamos afuera justamente lo que una crisis es: el momento en que millones de personas descubren a la vez que sus planes eran incompatibles entre sí y que sus expectativas estaban equivocadas. Con un modelo de ese tipo, no hay forma de entender la Argentina de 2001 ni tampoco la corrida cambiaria que en 2018 llevó al gobierno de Macri a pedirle un préstamo al FMI.

Eso no convierte a un modelo con supuestos casi extremos en un algo inútil. Puede hacer una contribución genuina, pero dentro de un rango de validez limitado. La pregunta relevante no es si un modelo es “verdadero”, sino para qué sirve y para qué no. Es desde esta perspectiva que debemos analizar la contribución que hacen los investigadores económicos. Pero con un llamado de atención importante, como recordaba el economista sueco Axel Leijonhufvud, quien enseñó durante tres décadas en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y dirigió la escuela de verano de economía adaptativa en la Universidad de Trento. Por esa escuela pasaron generaciones de jóvenes economistas argentinos de la mano de quien fuese el más preciado estudiante de Leijonhufvud en la UCLA a principios de la década de 1980, el macroeconomista argentino Daniel Heymann. Leijonhuvud planteaba que la historia de la teoría macroeconómica no es una acumulación lineal de conocimientos dentro de un marco cada vez más refinado. Algunas decisiones metodológicas abren caminos de investigación, pero también cierran otros. La profesión puede avanzar durante décadas por un sendero y descubrir, en medio de una crisis, que una bifurcación abandonada habría sido más fructífera. Algo así sucedió en 2008, cuando la crisis financiera global hizo desempolvar ideas sobre inestabilidades financieras, deuda y deflación que los modelos de la corriente principal habían dejado de lado.

Que un camino se imponga sobre otro no depende sólo de su capacidad explicativa. En la academia internacional, las carreras se construyen publicando en un puñado de revistas consideradas de primer nivel. De eso dependen los mejores puestos y los ascensos. Quienes evalúan los artículos son, en general, referentes del enfoque dominante, y es natural que valoren más los trabajos que hablan su mismo lenguaje. Hay detrás de la evolución del pensamiento económico un sistema de incentivos: un investigador joven que se aparta del marco establecido asume riesgos profesionales que no corre quien sólo lo refina.

El resultado es que lo que se considera mainstream, la corriente principal del pensamiento económico, recibe mucha más atención que el resto de las corrientes. Los premios, incluido el Nobel, también reflejan esa dinámica.

Hall y Woodford

Robert Hall, de la Universidad de Stanford, hizo una contribución sobre todo metodológica. Formalizó un marco para analizar cómo las personas deciden cuánto consumir y cuánto ahorrar, a partir de una idea intuitiva: no deciden cuánto gastar sólo en función de lo que ganan hoy, sino también de lo que esperan ganar en el futuro. En buena parte de la macroeconomía que siguió a la Teoría general de John Maynard Keynes, publicada en 1936, se asumía que el consumo dependía principalmente del ingreso presente (aunque el rol de las expectativas resulta absolutamente central en su obra, incluyendo los famosos “espíritus animales”). Milton Friedman y Franco Modigliani ya habían incorporado con cierta formalidad analítica la mirada sobre el futuro. El aporte de Hall, en un artículo de 1978, fue darle una forma rigurosa y manejable, que permite estudiar cómo reacciona el consumo ante cambios en los ingresos y en las expectativas, y contrastar esa teoría con los datos.

Uno de sus resultados centrales es que el consumo debería cambiar principalmente cuando aparece información nueva que modifica lo que se espera del futuro. Si alguien ya sabe que el año próximo tendrá un aumento de sueldo, puede ajustar sus gastos desde hoy, sin esperar a cobrarlo. Naturalmente, quien no tiene acceso al crédito —una porción enorme de la población en todos los países— no puede gastar ingresos que todavía no recibió. Pero tiene sentido que el marco sea lo bastante general como para contemplar a quienes sí pueden hacerlo.

El marco de Hall se enseña en universidades de todo el mundo. Yo lo uso en mis clases de la Universidad de Columbia y en las de la materia Moneda, Crédito y Bancos en la Universidad Nacional de La Plata. Es un marco de referencia, con severas limitaciones, pero útil para cualquier analista con buen juicio. El problema, como sucede con todo modelo, no son sus limitaciones intrínsecas, sino creer de forma incondicional en la validez del modelo.

La corriente principal del pensamiento económico, recibe mucha más atención que el resto de las corrientes. Los premios, incluido el Nobel, también reflejan esa dinámica.

Michael Woodford, colega de la Universidad de Columbia, desarrolló un marco para evaluar cómo la política monetaria afecta la actividad económica y la inflación, con especial énfasis en las expectativas. Su libro Interest and Prices es un pilar de la macroeconomía moderna. Su punto de partida es que los precios no se ajustan instantáneamente cuando cambian las condiciones económicas. Las empresas fijan precios que revisan cada tanto y, mientras, producen lo que se les demanda. Eso puede generar fluctuaciones ineficientes de la producción y del empleo, y en esas circunstancias la política monetaria puede mejorar los resultados. El marco tiene como implicancia que los mercados no siempre producen por sí solos resultados socialmente deseables. Hay por lo tanto un papel para la estabilización, aun cuando los hogares y las empresas planifiquen todo con expectativas racionales sobre el futuro. Este resultado lo diferencia de los teoremas de inefectividad de la política económica que surgieron principalmente desde la escuela de Chicago.

La otra idea central es que no importa sólo la tasa de interés de hoy, sino la que se espera para mañana y pasado mañana. Una empresa que decide invertir mira toda la trayectoria de tasas que cree que enfrentará. Por eso la política monetaria no consiste simplemente en subir o bajar una tasa, sino en influir sobre las expectativas. Es así que en su marco la credibilidad y la comunicación de un banco central se vuelven instrumentos de política.

Lo que estos modelos no pueden explicar

Valorar un marco exige también identificar sus limitaciones. La primera es el peso que se les asigna a las expectativas racionales. En estos modelos las personas no sólo miran al futuro: lo hacen conociendo a la perfección cómo funciona la economía, desde el presente al infinito. Esto tiende a sobrestimar el poder de la formación de expectativas como mecanismo estabilizador. Los modelos de este tipo dejan de lado la incertidumbre, que no puede reducirse a probabilidades conocidas y que domina en los momentos más tensos de una economía, justamente aquellos que en Argentina ocurren con frecuencia.

La segunda limitación es que estos modelos describen una economía que siempre está en equilibrio: los planes de todos son compatibles entre sí. Pero una de las preguntas centrales de la macroeconomía es cómo el conjunto de mercados de la economía alcanza simultáneamente el equilibrio, y qué pasa cuando no se llega. Una economía puede absorber shocks moderados y volver a su sendero. Frente a shocks grandes, en cambio, las quiebras, la caída del crédito y el pesimismo pueden retroalimentarse y empujarla lejos de cualquier equilibrio, un asunto que resultaba central en el pensamiento de John Maynard Keynes -y otros economistas que construyeron sobre sus hombros-. Las crisis económicas con quiebras generalizadas de empresas, corridas bancarias y contracciones del crédito quedan fuera del alcance de los modelos “neokeynesianos” canónicos como los desarrollados por Woodford.

Por último, no hay evidencia concluyente de que esta forma de modelar haya mejorado la estabilización, aunque el Comité del Premio Nobel afirme lo contrario. La crisis financiera de 2008 en Estados Unidos encontró a los bancos centrales equipados con modelos que tenían muy poco para decir sobre lo que estaba ocurriendo. La reina de Inglaterra se lo preguntó a los economistas en 2008 en la London School of Economics: ¿cómo es que nadie vio que esto podía ocurrir?

Agua salada y agua dulce

La política es coyuntural, del minuto a minuto, y suele querer usar premios como éste para validar posiciones de política económica. Conviene poner las cosas en perspectiva. En primer lugar, usar este Nobel para avalar al libertarismo del presidente Milei no tiene fundamentos. Justamente las razones del Comité Nobel para el galardón refieren a un rol activo del Estado en la política macroeconómica para propiciar mayor estabilidad, en lugar de asumir que el mercado alcanzará la mejor solución por sí solo, como argumenta Milei citando a la escuela austríaca.

Pero usar el galardón para confrontar al libertarismo no tiene demasiado sentido, ya que esa visión ocupa un lugar marginal en la teoría económica académica por haber sido probado que no tiene un mínimo grado de robustez a pequeñas modificaciones sobre los supuestos extremos e irrealistas sobre los que se basa.

Las confrontaciones históricas relevantes dentro de la academia son otras: aquella entre economistas de “agua dulce” y “agua salada”, y la grieta interna entre los de “agua salada”.  Se habla de economistas de “agua dulce” en referencia a aquellos que trabajan en instituciones cercanas a los Grandes Lagos en Estados Unidos, como Chicago y Minnesota. Robert Lucas, Edward Prescott y Finn Kydland son algunos de ellos. Sostienen que los mercados se mantienen en equilibrio prácticamente todo el tiempo, que las fluctuaciones son en buena medida respuestas eficientes a shocks de productividad y que la política de estabilización hace más daño que bien.

Los economistas de “agua salada” trabajaban o trabajan en las universidades de las costas, como el MIT, Harvard, Yale, Princeton, Brown y la propia Columbia. Paul Samuelson, Robert Solow, James Tobin y, más tarde, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Olivier Blanchard comparten, con diferencias entre sí, la idea de que los mercados pueden fallar en coordinar las decisiones de millones de personas y de que la política económica tiene un papel en la estabilización de la actividad y el empleo.

Dentro de este grupo, hay quienes consideran extremadamente limitado el valor de las aportaciones del marco neokeynesiano, como el desarrollado por Woodford, por sobreestimar el conocimiento del funcionamiento de la economía de quienes toman decisiones y subestimar el rol de la incertidumbre para la toma de decisiones. Justamente una peculiaridad del trabajo de Woodford es que adoptó supuestos que son tradicionales entre los economistas de “agua dulce” —agentes que optimizan con expectativas racionales en modelos de equilibrio— para llegar a conclusiones de “agua salada”. Y por eso las críticas más incisivas al marco premiado provienen de quienes, siguiendo la inspiración keynesiana, consideran que esa síntesis conservó los supuestos que impiden entender los aspectos más determinantes de los procesos que derivan en inestabilidad macroeconómica y que desembocan en un rol del Estado tanto para prevenirla como para atacarla, como ocurre con Stiglitz y tantos otros.

Lo que sirve, y lo que no, para Argentina

Para Argentina la pregunta importante es qué parte de estos marcos sirve para una economía con nuestro tipo de desequilibrios sociales y productivos y los consecuentes patrones de inestabilidad. Son, precisamente, características que estos modelos no miran. Usarlos sin esa advertencia sólo lleva a problemas.

Eso no significa que no enseñen nada. Ayudan a pensar cuestiones importantes para el diseño y la implementación de la política económica: el efecto de las expectativas sobre el futuro en las decisiones del presente, aún bajo supuestos irrealistas; que la consistencia entre la política fiscal y la monetaria es condición de cualquier estabilización duradera; que anunciar una meta no alcanza si los números no cierran. Pero en una economía como la nuestra, la credibilidad no se construye solo con comunicación sino con consistencia sostenida para transformar los fundamentos de la estructura productiva y social que recurrentemente generan tensiones en la balanza de pagos y en el frente fiscal.

Los marcos económicos galardonados con el Nobel este año son mapas de un territorio que la Argentina transita poco. Conocerlos es valioso. Saber dónde terminan, también.

1. https://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/66879/Documento_completo.pdf-PDFA.pdf?sequence=1&isAllowed=y

* Profesor de Universidad de Columbia y de la Universidad Nacional de La Plata. Ex ministro de Economía.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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