ENTREVISTAS DIPLÓ | ÁLVARO GARCÍA LINERA

“Hoy el neoliberalismo es el defensor de un mundo en retroceso, no un constructor de futuro”

Por José Natanson
Superado el golpe de Estado que puso en peligro su vida y la de su familia, de regreso en su casa de La Paz, Álvaro García Linera describe el momento político que atraviesa América Latina, caracterizado por un nuevo impulso progresista en un contexto de profunda inestabilidad regional. En esta entrevista, que inaugura el ciclo de diálogos del Dipló con grandes figuras del pensamiento, el ex vicepresidente de Bolivia habla de los desafíos de la izquierda, los peligros de un neoliberalismo a la defensiva y su recuerdo de las plazas de Buenos Aires.
Álvaro García Linera

Académico de prestigio, cofundador de la guerrilla indigenista, dos veces vicepresidente de su país, Álvaro García Linera reúne dos características que en general conjugan mal en los intelectuales de acción –o en los políticos con capacidad de elaboración teórica–: las propias de un dirigente dispuesto a salir del escritorio o del aula para poner el cuerpo, como demuestran su paso por la insurgencia y la cárcel, sus giras políticas y sus candidaturas, y el sentido crítico de quien no acepta resignar la complejidad del pensamiento, ni siquiera por un objetivo mayor. García Linera habla desde un lugar, pero no simplifica; reconoce la viscosidad de los problemas y la densidad de los momentos, admite contradicciones y no teme mirar atrás, incluso si pareciera que eso lo alejara de un fin superior (él está seguro de que no es así). De nuevo en la casa que debió dejar en medio del golpe de Estado, el ex vicepresidente de Bolivia parece tranquilo a pesar de la crisis económica y sanitaria que atraviesa su país y de los temblores de una región fracturada.

A comienzos del siglo XXI América Latina vivió un ciclo largo de gobiernos progresistas, de izquierda o nacional-populares, que garantizó muchos años de estabilidad política, crecimiento económico e inclusión social. Hace cuatro o cinco años esa etapa parecía que había comenzado a agotarse: las derrotas de la izquierda en Chile, del PT en Brasil, del peronismo en Argentina y del Frente Amplio en Uruguay, junto al golpe en Bolivia, parecían sugerir el inicio de un nuevo ciclo histórico. Pero en algunos casos se trató de “derechas breves”, que no lograron reelegir, o que siguen en el poder pero muy frágiles, como sucede con Sebastián Piñera. A ello hay que sumar una nueva inestabilidad en los países andinos. ¿Cómo describirías la situación de América Latina hoy?

Yo no hablaría de un fin del ciclo progresista sino de un proceso por oleadas. En efecto, hubo una primera oleada muy fuerte que comenzó en 1999, en el 2000, y que llevó al poder a una serie de líderes y partidos y movimientos de izquierda. Ya desde 2014, 2015, señalábamos que se venía una ofensiva conservadora, una contraoleada neoliberal, aunque también decíamos que iba a ser muy difícil que permaneciera, que se estabilizara. Y efectivamente desde hace dos o tres años asistimos a un repliegue de esa ofensiva conservadora y un nuevo ascenso de los progresismos. Había en algunos compañeros y colegas una mirada teleológica de la historia, pensar la historia como un ciclo que empieza y termina, y luego empieza otro, pero yo creo que estamos en un mundo menos claro en este sentido.

¿Este nuevo ciclo progresista se va a imponer?

No lo sé, pero no es una resaca del ciclo progresista anterior sino una nueva oleada, algo que conserva parte de lo anterior pero también es distinto. Esto se ve en los cambios de signo político en Argentina, México, Bolivia, Perú, pero también en el ciclo de intensa protesta social que se vive en países como Chile, Ecuador o Colombia. Incluso más allá de los resultados electorales: en Ecuador ganó la derecha pero eso no significa que esta oleada se haya detenido.

“Desde hace dos o tres años asistimos a un repliegue de esa ofensiva conservadora y un nuevo ascenso de los progresismos.”

¿Es un progresismo igual al anterior?

No. Esta segunda oleada tiene características diferentes. En los lugares en donde se presenta no lo hace de la mano de grandes movilizaciones sociales o largos ciclos de protesta, como antes, salvo quizás en aquellos casos en los que el progresismo aún no pasó por el poder, como Colombia y otros países de la franja pacífica, como Perú o Chile.

No hay “Guerra del agua” o “Guerra del gas” o “Diciembre de 2001”.

No, no hay. Lo que hay es una expresión fundamentalmente de un hecho político-electoral, no tanto de movimientos sociales o protestas populares. La otra característica de esta segunda oleada progresista es que está liderada por dirigentes moderados. Esto no necesariamente es un defecto; es una cualidad de la época, una cualidad de la estructura progresista. No estamos ante liderazgos carismáticos y excepcionales como antes.

¿Los casos de Alberto Fernández y Luis Arce nos permiten hablar de un “progresismo por delegación”?

Es una cualidad de las estructuras progresistas, de su capacidad para leer la época y adaptarse, encontrar dirigentes acordes al momento. Son dirigentes que tienen otra manera de llevar adelante las cosas, son menos arriesgados, pero porque no son resultado, como antes, de un proceso casi insurreccional, sino básicamente porque surgen de procesos electorales, en algunos casos muy condicionados.

¿Qué tienen enfrente?

Fuerzas conservadoras radicalizadas. El contraoleaje conservador que se inicia en 2014-2015 no es un neoliberalismo triunfante, bonachón, optimista, como podía ser el de los 90. Es un neoliberalismo rabioso, que carga un discurso más racializado, menos pluralista, más violento. Incluso capaz, en países como Bolivia, de un discurso y una acción golpistas. Aunque en algunos países ensaye posturas más moderadas, con los años vamos viendo que la derecha deja el centro y se acerca a la extrema derecha, abandona el centro, tanto en lo económico como en lo político y cultural. Es una novedad.

¿A qué atribuís este giro a la derecha de la derecha?

A que surge en un momento de declive histórico planetario de las hegemonías neoliberales, lo que no quita que puedan volver a ganar elecciones, a veces al filo de las posibilidades, como en Ecuador, desatando emotividades cada vez más primarias, acciones cada vez más autoritarias. Esto ayuda a entender algo que habíamos previsto sobre la contraoleada conservadora. Decíamos que iba a ser temporal, porque estaba claro que el mundo neoliberal estaba en un tiempo de declinación moral e ideológica, estaba dejando atrás el optimismo histórico, ya no entusiasmaba. Hoy el neoliberalismo se presenta solo como defensor de un mundo en retroceso, no como constructor de futuro, como en los 90. Ese discurso se desvaneció y entonces la contraoleada era necesariamente de pies de cortos, de miradas cortas, porque el neoliberalismo actual es un neoliberalismo cansado, con signos de decrepitud.

“La otra característica de esta segunda oleada progresista es que está liderada por dirigentes moderados.”

¿El contexto histórico entonces ayuda a esta nuevo ciclo progresista?

Sí. Estamos en un contexto mundial más favorable. Muchos de los temas que discutíamos en América Latina en 2007, 2008 o 2009 son los temas que se discuten en Estados Unidos y Europa: el rol del Estado, la necesidad de construir ciertas redes de protección, cierto nacionalismo económico que proteja el mercado interno. Son temas que inició el progresismo latinoamericano y que ahora encuentran un ambiente mundial más tolerante.

¿La agenda tiene que ser la misma que en los años 2000?

Por un lado sí, porque muchos problemas permanecen e incluso se han agravado a partir de la llegada de fuerzas conservadoras y de la crisis económica de la pandemia. Pero también hay que incorporar nuevas miradas, agendas y temas. El progresismo de la primera oleada fue encontrando un límite, mostrando contradicciones, debilidades. Este nuevo ambiente mundial más favorable a los temas progresistas le puede brindar una renovación de su agenda, algo así como un nuevo conjunto de transformaciones y reformas.

Reformas de segunda generación, como se decía en los 90.

Sí, algo así.

¿Y cuáles serían?

Pienso que deberían ser reformas muy segmentadas por país, más necesarias que nunca por la agudeza de la crisis. Hemos decrecido nueve puntos en los últimos años, retrocedido diez años. No alcanza con volver a hacer lo mismo que antes, que además ya había comenzado a mostrar sus límites. La pandemia jugó un papel catalizador de múltiples crisis. En Bolivia, por ejemplo, el tema sigue siendo el mismo, aunque las medidas sean diferentes. ¿Cuál es el tema que enfrentan los progresismos? De dónde saldrán los recursos para enfrentar la debacle económica, el aumento del déficit, el cierre de la economía obligado por la pandemia, la recuperación de las empresas zombies, la construcción de nuevas redes de protección, el apoyo a los trabajadores. Para salir de la etapa de emergencia va a haber que generar recursos.

Simplificando, los gobiernos del giro a la izquierda concretaron una serie de nacionalizaciones, como en Bolivia o Venezuela, nacionalizaciones más parciales, como en Brasil y Ecuador, o suba de impuestos a las exportaciones, como las retenciones. Esto les permitió fortalecerse financieramente y utilizar esos recursos para impulsar políticas de inclusión social y, en menor medida, de desarrollo económico. ¿Cuál sería el camino hoy?

Hay que pensar en una segunda oleada de nacionalizaciones, entendida como el control de fuentes de elevados excedentes. Eso por un lado. Por otro, avanzar en políticas tributarias más audaces; el número de multimillonarios aumentó en América Latina en estos años. Pero la gravedad del hueco, de la crisis en la que estamos, es tan grande que se requieren grandes esfuerzos, intentar que vuelva a la economía la riqueza latinoamericana depositada fuera de los países, a veces en paraísos fiscales. Implementar amnistías tributarias que ayuden a la repatriación o medidas que generen incentivos y obliguen a traer ese dinero. Y, también, un nuevo enfoque en la integración, trabajar en acuerdos comerciales temáticos, puntuales y muy prácticos. En el ciclo anterior tuvimos una mirada de integración, en tiempos de Lula, Evo, Correa, Chávez, Néstor, que logró un acercamiento y coordinación política muy importantes. Pero ahora necesitamos avanzar en cosas concretas y específicas para darle materialidad a la integración. No ya grandes acuerdos sino líneas prácticas, en una, dos o tres áreas, que vinculen cadenas específicas, para fabricar en conjunto una computadora o una máquina o lo que sea. Crear un área, que funcione, y pasar a la segunda, la tercera y la cuarta…

Para avanzar en este tipo de reformas e iniciativas se necesitan dos cosas: estabilidad política y tiempo. ¿Habrá?

Es un gran tema. No veo que sea posible la estabilización de una larga oleada progresista. Va a ser difícil y va a depender de lo que hagamos. Pero lo más probable es que tengamos intermitencias, oleadas y contraoleadas, fuerzas progresistas que ganan en un país, luego lo pierden, ganan en otro. Es un momento de mucha inestabilidad. No sólo en América Latina; es similar a la inestabilidad que está atravesando el mundo. Estamos en un tiempo liminal. Algo se está cerrando, todo el mundo sabe lo que está envejeciendo, languideciendo, pero nadie sabe con exactitud lo que viene. El progresismo es un intento de salida, el radicalismo trumpista es otro intento, el golpe es otro. Hay una divergencia de elites, no hay una sola opción. Lo que surge como propuesta no aparece con la fuerza y el entusiasmo para construir un horizonte de mediano plazo. Hay propuestas tácticas, más progresistas, más fascistoides, pero son tácticas. Sabemos lo que ya no está bien, pero nadie sabe lo que viene.

Futuro abierto…

Un tiempo histórico que no se puede prever. No hay un fin adonde llegar, no hay un futuro claro. La cualidad de este momento es la superposición de ideas, propuestas, elites con opiniones diferentes. Estamos en un período, esperemos que no muy largo, en el que va a haber varias propuestas en disputa, no hay una gran propuesta de largo aliento. Y esto es así porque el nuevo horizonte no se construye sólo en América Latina, se va a constituir a nivel mundial. América Latina nos dio una primera oleada, pero ahora es un tema mundial. El discurso de [Joseph] Biden, la propuesta de un Green New Deal, son discusiones globales. Entonces esta década va a estar marcada por la incertidumbre, incluso el caos. Los momentos liminares visibilizan el cansancio de la hegemonía neoliberal, aunque aún no tenga sustituto. Por eso muchas sociedades viven este desasosiego, esta situación de incertidumbre y miedo: cuando uno deja de tener un destino ordenado y una imaginación clara de futuro. Esperemos que cuando se abran los corazones y las mentes de la gente el progresismo se imponga. Es un momento interesante que no se da sino cada 40 y 50 años, como se dio en los años 60 y 70. En ese momento éramos niños o adolescentes, ahora estamos viendo esa batalla como adultos.

“Estamos en un período, esperemos que no muy largo, en el que va a haber varias propuestas en disputa, no hay una gran propuesta de largo aliento.”

¿Qué te llevaste de tu paso obligado por Argentina?

Muchas cosas. Los amigos, la solidaridad, las librerías. Y los parques.

¿Las plazas?

Sí. Disfruté mucho cuando pude salir con mi hija a esos lugares maravillosos de encuentro que son los parques. El lugar en donde nos encontrábamos con gente que no conocíamos, familias que van a pasar un rato o todo el día, llevan sus galletas, sus jugos. Un lugar de protección y de disfrute, de igualdad entre hombres y mujeres, de niños que no se conocen y juegan entre ellos, de padres que tienen que aprender a negociar con otros padres, a ser tolerantes. En Bolivia había una cultura de juego en las calle pero se fue perdiendo. Jugabas el futbol en la calle, ahora los niños están mucho más encerrados. Por supuesto me llevo también la generosidad de los amigos y colegas que nos cobijaron, nosotros llegamos sin nada, vivimos siempre de nuestro salario, no teníamos ninguna protección material y nos ayudaron mucho. El mundo intelectual argentino, la masa intelectual es algo que no vi en los otros países en los que estuve, como España y México. Pero lo que más me llamó la atención son los parques, es una institución argentina de proyección universal.

 

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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