¿Cómo enfrentar a la extrema derecha? – El Dipló
RESPUESTA AL EDITORIAL DE JOSÉ NATANSON

¿Cómo enfrentar a la extrema derecha?

Por Nicolás Tereschuk*
En su último editorial, José Natanson argumentó que Axel Kicillof deberá avanzar en un compromiso con la estabilidad económica que prive al gobierno de jugar la carta del miedo. En esta nota, el politólogo Nicolás Tereschuk responde que no se trata de emprender giros a la derecha o a la izquierda, de ajustar mensajes o elaborar programas, sino de explorar un cambio de organización que reconecte a las fuerzas progresistas con la sociedad.

Sea que hayamos perdido el gobierno a manos de una fuerza de derecha radical o que estemos en el gobierno siendo acosados por un partido de esa orientación, los “progres del mundo” (1) nos encontramos discutiendo cuál es la mejor estrategia a seguir. Y lo estamos haciendo de manera idéntica en todas partes.

Hoy, las derechas radicales que integran la “internacional reaccionaria” (2) funcionan como una red en la que líderes, partidos, financistas, estrategas, proveedores de tecnología e influenciadores se reconocen como parte de lo mismo. Hay diferencias nacionales en ese fenómeno global, pero lo cierto es que el debate político en el mundo se commoditiza, se achica, se uniformiza. Hoy, para entender nuestra aldea, es necesario pintar el mundo.

De esta forma, luego de cinco años en los que el mundo cambió más que en los últimos cincuenta y de un año en el que los cambios han sido más acelerados que en los cinco anteriores, un sector de los “progres del mundo” –en San Francisco o La Matanza, en Frankfurt o Río de Janeiro– considera, como lo manifiesta José Natanson en su nota “Sobre la candidatura presidencial de Axel Kicillof” (3), que una clave está en producir un viraje hacia el centro.

El razonamiento completo es que nuestras fuerzas políticas arrastran una mochila cargada de agendas “particulares” –mujeres, feminismo, minorías raciales, étnicas, sexuales–, una imagen de poco profesionalismo para el manejo de la economía y lenguajes extraños que las alejan de cómo se piensan las cosas en la “mesa de la cocina” (kitchen table) de los trabajadores. A esto se agrega el hecho de que hay regiones enteras “del interior” donde estas fuerzas políticas solían ganar y ya no lo hacen, se llamen Arkansas o Mendoza.

Apenas como una de centenares de muestras de este fenómeno, el mismo día en que se publicó la nota de opinión en el Dipló, The New York Times daba a conocer un texto en el que se llamaba a los demócratas a buscar un candidato blanco: “Tras las derrotas de Hillary Clinton y Kamala Harris, muchos miembros del partido, según diversos informes, buscan un candidato presidencial para 2028 que sea heterosexual, blanco y hombre. La representante Jasmine Crockett de Texas resumió la actitud predominante con la frase: ‘Busquemos al chico blanco más seguro que podamos’”.

Del otro lado, otros progresistas están dispuestos a discutir ese tipo de posiciones. Este enfoque alternativo diagnostica que en realidad lo que pasa es que nos hemos vuelto demasiado conservadores, demasiado “tibios”, demasiado parte del sistema, demasiado apegado a las élites, sin cambiarle la vida a nadie. Lo que correspondería, por lo tanto, es un giro a la izquierda: enfrentamiento con las (tecno) oligarquías, más impuestos a los ultra ricos, un Estado que reduzca la jornada laboral, fije pisos de ingresos, mejore los servicios públicos y ofrezca cuidados gratuitos para niños y adultos mayores como una forma de abaratar el costo de vida de las familias, entre otras medidas.

Hay buenos argumentos en ambas posiciones. Argumentos que suelen usarse como armas políticas contra adversarios internos en el “juego de las culpas”, juego en el que se invierte buena parte de la energía en este período de inseguridades, derrotas y fragmentación en nuestro campo. Y todo ello mientras atravesamos la montaña rusa de este nuevo mundo, en el que un día parece que Donald Trump es, sin más, la encarnación de Occidente, pero hay otros días en los que el Papa, Europa, Bad Bunny u ocho millones de estadounidenses en las calles parecen decir que no. O donde vivimos otras jornadas en las que parece que Milei es, sin más, la expresión de la Argentina profunda, pero de inmediato la Primera Sección Electoral de la Provincia de Buenos Aires, Paolo Rocca, un grupo de policías rosarinos de paro o Lali Espósito parecen darnos señales de que, en realidad, no es así.

La tercera posición

Como argumento en mi libro, en este debate global existe una tercera posición, aún minoritaria, que creo contiene respuestas importantes a las preguntas de un nuevo tiempo. Se trata de una mirada que, por un lado, parte de la base de considerar que ni un mensaje bien enfocado, ni mucho menos un “programa” preciso y atractivo resolverá del todo los problemas que nos aquejan. De acuerdo a mi visión, aquí no estamos ante un problema de policies, de políticas públicas, ni de comunicación. Estamos ante un problema político.

Un primer desvío: ¿discutimos sobre el mejor mensaje –más al centro, más a la izquierda– y el mejor programa –más pragmático, más idealista– aquellos que nos dedicamos a esas dos faenas, que desarrollamos carreras profesionales en torno a la confección de mensajes y a los programas?

Un segundo desvío: ¿cuántas horas dedicamos a hablar de mensajes y programas que al final del camino no ofrecen votos? Los desempeños electorales de Horacio Rodríguez Larreta, Juan Schiaretti, Martín Lousteau o Guillermo Moreno han sido inversamente proporcionales al tiempo de conversación que han generado entre “los informados”.

Un tercer desvío: quizás no sean las policies ni los mensajes los que den votos ni fortaleza política. Repasemos las espectaculares políticas públicas de Joe Biden: las más pro trabajadores y pro (nuevas) industrias de los últimos 50 años en Estados Unidos. Y que llevaron a su partido a una derrota histórica. Otro caso: la comunicación del gobierno brasileño está a años luz de la de casi cualquier dirigente político argentino y sin embargo Lula se encuentra luchando voto a voto por su reelección. Ni hablar de las muy eficaces policies de Gabriel Boric, que llevaron a la izquierda chilena a un callejón sin continuidad o al hecho de que el país trasandino parece ofrecer hoy todo lo que promete como punto de llegada una derecha radical como la de Milei… lo que no impidió que sus ciudadanos votaran mayoritariamente a un presidente de extrema derecha.

Entonces, ¿qué dice esta tercera posición de la que hablo? Que no se trata de ir más a la izquierda ni más a la derecha, sino de estar más cerca. Y que para eso la variable clave no es el mensaje o el programa, sino la organización.

Los partidos políticos de las democracias occidentales se han convertido muchas veces en cáscaras vacías donde no entran ni los sueños ni las broncas ni las emociones de las personas de carne y hueso. Esa vacuidad es rellenada con tecnologías diversas como encuestas, grupos focales, mensajes y estrategias en redes o pauta publicitaria. La relación que se genera con los ciudadanos es puramente transaccional (“vos me das el voto en esta elección, yo te doy…”) y nada se transforma: ni cómo actúan los ciudadanos ni cómo se comportan los partidos. Al decir de algunos autores, se trata de una era de “política chatarra” que, como la comida homónima, parece rica, parece que sacia, pero no nutre ni saca del todo el hambre (4).

Volver a llenar la actividad política de personas de carne y hueso, estar capilarmente en los lugares donde ocurre la vida de las personas, que quienes participen de la actividad política sean personas tan comunes como tus vecinos, con las aspiraciones y formas de ver el mundo que quieran tener, es parte de esta posición.

Vinculada a esta mirada “organizacional” aparecen las preguntas por cómo romper la velocidad de circulación de mensajes de odio y miedo que priorizan los algoritmos y cómo volver a crear espacios comunitarios “positivos” que se contrapongan a las poderosas comunidades “negativas” –contra las mujeres, contra los empleados públicos, contra la comunidad LGBTI, contra los inmigrantes, etc.– que fortalecen a las derechas radicales.

Se trata de una mirada que pone en el centro la cuestión de la comunidad luego de que planteos ya clásicos, como el de Robert Putnam, quien atribuye la creciente polarización de las sociedades al vaciamiento de los espacios donde se comparte tiempo cara a cara con otros, cobraran un sentido renovado tras la pandemia. La “epidemia de aislamiento y soledad” (5) que afecta todavía a porciones de la sociedad impone pensar nuevas formas de vinculación también para la acción política.

Esta mirada organizacional puede aportar también al problema del territorio, al problema del “interior”. La politóloga Suzanne Mettler (6) explica, tras una profunda investigación en Estados Unidos, que la división entre el voto rural y el voto urbano no se debe a diferencias de opinión relevantes sobre políticas públicas. Así, en regiones del interior, “en la mayoría de los temas, si se consideran las opiniones de los estadounidenses blancos no hispanos, no existe una diferencia —una diferencia significativa— en cuanto a la cantidad de dinero que deberíamos invertir en áreas como educación, salud o seguridad pública”. La autora agrega: “si bien existen algunos temas, como el aborto y el derecho a portar armas, donde sí hay una brecha, ésta no es tan grande ni ha aumentado con el tiempo, por lo que no explica esta creciente división entre zonas rurales y urbanas”. De esta forma, “aunque existe una división geográfica en cuanto al partido político al que apoyan las personas, esto no se debe a una diferencia en las opiniones reales de los estadounidenses en esas dos regiones sobre temas importantes”.

La especialista explica que lo que se da es, ante una serie de frustraciones, “un sentimiento de ira que se ha canalizado hacia el Partido Demócrata, aunque en muchos sentidos esto sea injusto” (7). “Creo que es cierto que gran parte del Partido Demócrata, al haberse alejado tanto de los votantes rurales, no comprende su situación ni sus comunidades. Así que hay una base real en ello”, agrega, al tiempo que se refiere a una “sensación que tienen los habitantes de las zonas rurales sobre la extralimitación de las élites demócratas” y una “falta de comprensión” de su realidad puntual.

Insistimos: se trata de un problema que es más que de mensaje, que es más que de programa. Es de lejanía. Esa lejanía genera con el tiempo un círculo vicioso en el que “los habitantes de las zonas rurales están sometidos a un gobierno de partido único en muchos lugares”. De esta manera, el partido progresista, en este caso el demócrata, “simplemente decide darse por vencido y no organizarse en las zonas rurales”.

Los partidos políticos de las democracias occidentales se han convertido en cáscaras vacías donde no entran ni los sueños ni las broncas de las personas de carne y hueso.

Si los vecinos del lugar en donde uno vive no hablan, conversan y participan de una organización política que quiera hacer las cosas de otra manera, y que eso sea algo creíble y deseable, es difícil que una nueva alternativa se genere a control remoto.

El hecho de que estemos ante algo más que un problema de mensaje y de programa puede intuirse también a partir de la relevancia que toman en este tiempo de “híperincertidumbre” los sentimientos en política, algo que para nosotros, los “progres del mundo”, no es tan fácil de entender. Con los sentimientos de odio y miedo copando las redes y la política de la derecha radical a la ofensiva, la pregunta tal vez no sea cómo virar más al centro o más hacia la izquierda, sino cómo hacer sentir otra cosa. Y cómo esos otros sentimientos pueden ser productivos políticamente ¿Qué valor pueden tener los sentimientos que no están “tomados” por las fuerzas políticas a las que nos oponemos? ¿Pueden generar votos la alegría, el entusiasmo, la empatía, el coraje o la compasión?

Añadimos un elemento a este panorama: la búsqueda del santo grial de la “autenticidad” en la que están embarcados —no siempre con éxito– todos los aspirantes a dirigir los asuntos públicos. Esa pátina casi mágica que da el hecho de ser respetado aún en el error, en esa convicción de que “viste cómo es él/ella”. Esa forma única (más que de mensaje, más que de programa) de transmitir que esa persona a la que elegimos para un cargo, cuando esté a puertas cerradas en un despacho, va a terminar decidiendo en favor de los muchos que lo votaron y no en virtud de los intereses de unos pocos dirigentes políticos, sindicales o empresariales.

Por último, señalemos una cuestión más que no se resuelve con virajes de mensaje o de programa: el problema de detener el scrolleo. Para que vean tu “giro” primero tienen que verte a vos. ¿Cómo hacer para que te presten atención, sea para contarles que estás más a la izquierda o más a la derecha?

A ras del suelo

Un corolario de la hipótesis del cambio organizacional que aquí planteamos quizás sea que, para lograr una dinámica política más al ras del suelo, más presente, cercana y parecida a cada territorio, hay que aceptar mayores niveles de incertidumbre. Menores niveles de control de los resultados. Y de los mensajes. Y de los programas. Por parte de quienes –hasta aquí–los vienen definiendo.

Si esta hipótesis es correcta, puede ser que los nuevos programas impliquen un viraje todavía más pronunciado hacia el centro que el que planteaba Natanson en su editorial, o aún más a la izquierda del que podría plantear una visión crítica de su nota. O, lo que es más probable, una mezcla sincrética de miradas “derechistas” e “izquierdistas” según los territorios, coyunturas y temas.

El politólogo Steven Levitsky (8) realizó hace algunas décadas una exhaustiva investigación para entender por qué el peronismo había logrado sobrevivir al período de reformas estructurales de los 90, de un modo en que otros partidos “populistas” latinoamericanos no lograron hacerlo. Allí determinó que la clave para entender lo ocurrido estaba en un exitoso cambio organizacional, más que en un viraje ideológico. El peronismo dejó de ser un partido basado en el accionar de dirigentes y estructuras sindicales y pasó a descansar en los dirigentes políticos territoriales, transformándose en una organización de base clientelar. ¿Es posible pensar que ese tipo de organización hoy vuelve a entrar en tensión con el contexto?

Alvaro García Linera sostiene que nos encontramos en un “tiempo liminal” (9), un período de incertidumbre y de crisis, de esos que se dan cada 50 o 60 años. No estamos en un tiempo de normalidad. En ese contexto, plantear que un cierto tipo de “armado” de coalición entre dirigentes, un cierto “giro” –hacia el centro, hacia la derecha, hacia la izquierda– es lo que  necesita un sector político que tiene que pasar de una situación defensiva a una ofensiva, implica pensar que el mundo y la Argentina atraviesan tiempos “normales”. Que el de Milei es un gobierno más de un tiempo más, que las marcas y las heridas que dejaron los últimos diez años –cada uno definirá la cantidad de años que le parezcan– y que las que están dejando estos últimos dos años son algunas manchas más en el tigre, y que con una corrección táctica –como las que se hicieron en otros países en otros tiempos– puede reponerse una estrategia ganadora.

Creo, como traté de explicar en esta nota, que los “progres del mundo” estamos ante desafíos más grandes y difíciles, para los cuales no existe todavía un manual ni una receta. Como cuando se atraviesa el espacio exterior o se flota en un bote en el medio del océano, probablemente la izquierda y la derecha digan poco sobre cómo orientarse. Y entonces se trate es de remar más fuerte y más rápido o activar motores con energías diferentes hacia nuevos horizontes.

1. Llamo así a las fuerzas políticas que promueven el capitalismo, la democracia y algún grado de “justicia social” o intervención del Estado para morigerar desigualdades y distribuir oportunidades. Para más detalles del argumento que se desarrolla en esta nota, véase mi libro  ¡Progres del mundo! Qué hacen las fuerzas políticas que se enfrentan a las derechas radicales, Buenos Aires, Ediciones Futurock.

2. https://www.eldiplo.org/notas-web/la-internacional-reaccionaria/

3. https://www.eldiplo.org/322-la-fiebre-de-la-guerra/sobre-la-candidatura-presidencial-de-axel-kicillof/

4. Ned Howey, Fixing Our Democracies and Winning Elections in the Age of Junk Politics. A Guide to Transformational Campaigning. Tectonica, 2004, https://www.tectonica.co/age_of_junk_politics_book

5. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK595227/

6. Suzanne Mettler y Trevor Brown, Rural Versus Urban: The Growing Divide That Threatens Democracy, Princeton University Press.

7. https://www.nytimes.com/2025/10/21/opinion/ezra-klein-podcast-suzanne-mettler.html

8. Levitsky, Steven, La transformación del justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista, 1983-1999, Buenos Aires, Siglo XXI.

9. https://jacobinlat.com/2021/01/tiempo-historico-liminal/

* Politólogo. Presidente del Instituto Argentina Grande (IAG).

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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